Isabel de Valois, la reina que iluminó la corte de Felipe II

Desde su llegada a España a los 14 años hasta su muerte prematura a los 22, la francesa Isabel fue protagonista del período más brillante y feliz del reinado de su esposo Felipe

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BE087715. Rey y feliz esposo

Rey y feliz esposo

Felipe II representado en un camafeo, obra de Jacopo da Trezzo. 1557. Museo Degli Argenti, Florencia.

AKG / ALBUM

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album akg276060. La joven reina de España

La joven reina de España

Isabel de Valois retratada por Alonso Sánchez Coello en 1560, cuando se convirtió en reina de españa. Museo de Historia del Arte, Viena.

Corbis / Cordon Press

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fototeca9x12-828773. Patio de los leones del palacio del Infantado

Patio de los leones del palacio del Infantado

En este palacio de Guadalajara fue donde Isabel de Valois y Felipe II confirmaron su matrimonio en 1560.

David Blázquez / Fototeca 9 x 12

9 de julio de 2013

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Se dice que a Felipe II sólo se le vio llorar un día. Exactamente el 3 de octubre de 1568. Fue cuando murió la tercera de sus esposas y, posiblemente, la mujer a la que más amó: Isabel de Valois. Evidentemente, no hay constancia plena de este dato, pero lo cierto es que bien pudiera corresponderse con la realidad. Dejando a un lado la presunta pasión que, según la leyenda negra, sintió por Ana de Mendoza, princesa de Éboli, o la prueba de alguna que otra aventura galante –como, por ejemplo, su relación con Isabel de Osorio–, no cabe duda de que los años que el Rey Prudente compartió con su joven esposa francesa fueron los más felices de su agitada existencia.

El matrimonio, como era habitual entre personas de su clase y condición, se debió a razones de Estado. Concretamente a la firma, en 1559, de la paz de Cateau-Cambrésis con la que se daba por concluida una larga etapa de enfrentamientos bélicos entre Francia y España. En el tratado se estipulaba, además de una serie de pactos políticos y territoriales, el enlace entre Carlos, príncipe de Asturias, y la hija del rey de Francia. Pero la delicada salud del heredero de la corona y la reciente viudez del monarca hicieron creer más oportuno que fuera Felipe II quien desposara a la princesa francesa, segunda de los diez hijos de Enrique II de Francia y Catalina de Médicis.

Tragedia en París

Isabel había nacido el 13 de abril de 1546 en Fontainebleau, a unos 60 kilómetros de París. Tenía, pues, trece años cuando el 22 de junio de 1559 se celebraron los esponsales en la catedral parisina de Nôtre Dame. A la solemne ceremonia siguió una semana de grandes celebraciones que se vio brutalmente interrumpida cuando, en el transcurso de uno de los muchos torneos disputados, la lanza que empuñaba el duque de Montgomery se clavó en el ojo de su oponente, el rey Enrique de Francia.

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Pese a que le atendieron los mejores médicos –entre ellos el propio Andrea Vesalio, que fue enviado por Felipe II–, el monarca francés murió tras diez días de terrible agonía. La tragedia alteró los planes de la joven Isabel, que hubo de retrasar su viaje a España para asistir primero a las honras fúnebres de su padre y luego a la proclamación de su hermano, Francisco II, como nuevo rey de Francia.

Isabel de Valois cruzó los Pirineos seis meses después. El 31 de enero de 1560 se confirmó el matrimonio, ya en presencia de ambos contrayentes, en el palacio del duque del Infantado de Guadalajara, ante la corte en pleno. Una corte que no tardó en caer rendida ante la nueva esposa de su rey. Isabel de Valois no era una belleza, pero poseía un gran encanto. De su madre, Catalina de Médicis, había heredado rasgos esencialmente mediterráneos; de su padre, Enrique II, una gran capacidad de seducción. Alta y esbelta, de ojos y cabellos oscuros, tenía el rostro ovalado y la tez muy blanca. Amante del lujo y del refinamiento, se decía –y así lo atestiguan los libros de cuentas de palacio– que jamás repetía un vestido y exigía verse rodeada de un considerable ejército de damas y camareras.

Un soberano rejuvenecido

Felipe II tenía nueve años más que su esposa. Era todavía un hombre joven, pero las circunstancias no le habían permitido gozar de los placeres de una juventud sin responsabilidades. La temprana muerte de su madre, la abdicación de su padre y las complejidades del gobierno de territorios tan dispares le habían forzado a madurar antes de tiempo. Por otra parte, había estado casado con una niña, María Manuela de Portugal, y con una mujer que le aventajaba sobradamente en edad, María Tudor. No es de extrañar pues que la ingenua joie de vivre de su joven esposa le subyugara por completo.

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En torno a Isabel surgió un animado grupo formado por el propio rey, sus hermanos, Juana y Juan de Austria, el príncipe Carlos y otros cortesanos, entre los que se encontraban Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma, y Ana de Mendoza, princesa de Éboli. Juntos realizaban excursiones, representaban farsas, danzaban, cazaban… Isabel de Valois, además, entretenía su ocio con la música y el dibujo. Contaba para ello con una maestra de excepción, Sofonisba de Anguissola, el mejor pincel femenino del Renacimiento, y disponía en sus habitaciones de un órgano, dos arpas y una cítara, así como un clavicordio traído de Francia. A su lado, Felipe II recuperó una juventud de la que nunca había disfrutado y, en consecuencia, Isabel acabó por convertirse en la razón principal de su vida.

En medio de toda esta felicidad, sólo una cuestión ensombrecía la vida de la real pareja: la falta de hijos. El matrimonio entre Felipe e Isabel había tardado en consumarse, a la espera de que la reina alcanzara la edad núbil, pero la Corona ya contaba con un heredero, el príncipe Carlos, nacido del primer matrimonio del rey, aunque la salud mental y física del príncipe de Asturias no permitía abrigar demasiadas esperanzas de que un día ocupara el trono de su padre.

En busca de un heredero

La preocupación aumentó cuando, en 1564, la reina sufrió la interrupción de un embarazo gemelar. El golpe hundió a Isabel en una profunda depresión que la mantuvo alejada de todo y de todos, convencida de que nunca podría dar a su esposo el hijo que tanto deseaban. Sin embargo, sus temores no tardaron en desvanecerse. A finales del mismo año se anunció que la soberana volvía a estar embarazada y pocos meses más tarde, el 12 de agosto de 1565, nació en el palacio de Valsaín (Segovia) la mayor de las hijas de la real pareja: la infanta Isabel Clara Eugenia. Dos años después, el 10 de octubre de 1567, Isabel dio a luz a una segunda hija, que recibió los nombres de Catalina Micaela.

Por entonces, el príncipe de Asturias ya había dado sobradas muestras de tener perturbadas sus facultades mentales. Su salud, además, se vio muy afectada en 1562, tras caer por las escaleras de su residencia en Alcalá de Henares. Sólo Isabel conseguía calmar sus inopinados ataques de ira o hacerle olvidar la sospecha de que se tramaba un complot contra él.

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Fue precisamente este ascendiente lo que dio lugar al rumor de unos presuntos amores entre madrastra e hijastro. Una falacia romántica que alimentó la leyenda negra e inspiró obras como el Don Carlos de Schiller (1787) o la ópera homónima de Giuseppe Verdi (1867). No hay testimonio alguno que lo confirme. Si en enero de 1568, Felipe II se vio forzado a recluir a su hijo en sus aposentos no fue por sentirse traicionado, sino porque el príncipe estaba claramente perturbado. Su delicada salud no soportó el cautiverio y falleció el 28 de julio de 1568.

Víctima de los médicos

La muerte del príncipe heredero fue el principio del fin. La felicidad que parecía reinar en palacio se reveló terriblemente efímera. Cuando don Carlos murió, Isabel estaba de nuevo embarazada; sin embargo, algunos síntomas contradictorios hacían dudar a los médicos de su gravidez y, en consecuencia, para aliviar su malestar le aplicaron los remedios que creyeron oportunos, pero que no eran los más adecuados para una mujer embarazada.

Dos meses después, a finales de septiembre, confirmado el embarazo, la reina dio a luz a una criatura de poco más de cinco meses de gestación que apenas vivió unos minutos. Consciente de que su final se acercaba, Isabel de Valois dictó testamento. En él solicitaba que la amortajaran con el hábito franciscano e indicaba que sus restos debían recibir sepultura en el monasterio madrileño de las Descalzas Reales, fundado por su cuñada Juana de Austria. Luego, se despidió de su esposo y de todos sus allegados y se sumió en un sopor del que ya no despertó. En el escaso lapso de tres meses, Felipe II había enterrado a su primogénito y a su esposa más querida. Sin duda, 1568 acabó por ser su annus horribilis.

Para saber más

Las mujeres de Felipe II. M. Pilar Queralt. Edaf, Madrid, 2011.

El diamante de la reina. Mari Pau Domínguez. La Esfera de los Libros, Madrid, 2008.