Historia National Geographic

Imágenes para la historia

Desde hace un siglo, National Geographic ha convertido la fotografía en seña de identidad y en un poderoso instrumento para evocar los mundos del pasado.

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26 de febrero de 2013

El 13 de enero de 1888, un grupo de sesudos y entusiastas caballeros reunidos en el Cosmos Club de Washington, D.C., fundó National Geographic Society con el fin de promover el conocimiento geográfico. Nueve meses después, en octubre, aparecía el primer número del boletín dirigido a sus miembros: el National Geographic Magazine, cuya austera portada de color pardusco, en la que solo figuraban el nombre de la revista y el emblema de la Sociedad, traslucía el carácter científico de la publicación. Aquella comunidad de paladines de la ciencia y su erudito y poco llamativo boletín podrían haber quedado simplemente en eso si Gilbert H. Grosvenor, el editor de la revista entre 1903 y 1954, no hubiera tenido la determinación de convertir lo que era un compendio de «fríos datos geográficos» en «un vehículo para llevar la vida, la respiración, el verdadero interés humano de este gran mundo nuestro». Y en esa transformación desempeñó un papel clave el empleo de la imagen, hasta el punto de convertir la Sociedad en un extraordinario e impactante archivo visual de nuestro pasado. ¿Cómo se produjo esta alianza indisoluble entre la Sociedad, la fotografía y una atractiva combinación de historia, arqueología y aventura?

Para responder esta pregunta hay que volver la mirada a la época en que nació National Geographic. En las décadas del cambio de siglo, periódicos y revistas aumentaban exponencialmente sus tiradas al tiempo que disminuían sus costes, gracias a un apabullante progreso tecnológico que condujo a la linotipia, la monotipia, la rotativa… La imparable difusión de la prensa quería satisfacer un mercado nuevo y ávido, formado por millones de lectores surgidos a raíz de la expansión de la enseñanza primaria y media en los países occidentales. Lectores interesados en conocer un mundo cuyos límites se ampliaban incesantemente, en un tiempo en que los afanes imperialistas llevaban a científicos y exploradores al corazón de las selvas africanas o a los confines de Extremo Oriente. Exotismo, emoción y aventura acompañaron el auge que conocieron las revistas ilustradas, una invención del siglo XIX que no se desarrolló hasta que en el XX se produjeron los avances tecnológicos de la fotografía. La reproducción de fotografías convertiría esas publicaciones en uno de los productos culturales más populares del siglo pasado. Y a su vanguardia estuvo National Geographic.

Ya antes de Grosvenor, su suegro Alexander Graham Bell (el inventor del teléfono), segundo presidente de la Sociedad, había insistido para llenar el magazine de fotografías y dar un carácter más popular a sus textos –en definitiva, para orientarlo hacia la divulgación–, frente a las reticencias de muchos socios que temían que su revista se convirtiera en un mero álbum de fotos y perdiera el talante científico. Grosvenor supo aquilatar como nadie el valor que para sus propósitos tenía la fotografía, especialmente en combinación con la aventura. Su insistencia en que la Sociedad financiara la primera expedición de Hiram Bingham a Machu Picchu en 1911 situó al magazine en primera línea de las revistas ilustradas cuando, dos años después, publicó un número íntegramente dedicado a aquella exploración, escrito por el propio Bingham e ilustrado con sus imágenes. El éxito fue instantáneo, y desde entonces la historia y la arqueología ocuparon un puesto de honor en las páginas de la publicación. La labor de Bingham ponía de ma­­nifiesto que la fotografía había dejado de ser patrimonio de etnólogos, antropólogos y geógrafos para convertirse en parte del arsenal científico de los estudiosos del pasado: Howard Carter la utilizó para documentar minuciosamente su excavación de la tumba de Tutankamón, que descubrió en 1922.

A la apertura oficial de la sepultura del faraón asistió un enviado de National Geographic: Maynard Owen Williams, cuyos reportajes para la revista –que le valieron el sobrenombre de Mr. Geographic– eran una sugerente amalgama de literatura histórica, de viajes y etnográfica. En este sentido destaca su experiencia de 1931- 1932, cuando cruzó toda Asia en la mítica expedición motorizada Citroën, siguiendo la Ruta de la Seda que en el siglo XIII  llevó a Marco Polo ante el Gran Kan. Antes, entre 1923 y 1925, Owen residió en Francia para estudiar la fotografía en color, que National Geographic quería introducir en su magazine.

En las páginas de la Geographic la fotografía formaba un matrimonio muy bien avenido con unos textos claros y atractivos, escritos siempre en primera persona, otra de las aportaciones de Grosvenor. Por todo ello, no es de extrañar que la difusión de la revista pasara de 1.400 ejemplares en 1899 a 74.000 en 1910, y a más de 713.000 en 1920. La aparición, en la década de 1930, de cámaras fotográficas ligeras, como la Leica, y de rollos de película mucho más versátiles, como los carretes Kodachrome, desterró definitivamente las engorrosas cámaras de placas y propició el florecimiento del fotoperiodismo y de la fotografía documental.

Lugares remotos y antiguos mundos olvidados se introducían por el buzón en casa de los lectores del magazine, quienes podían disfrutar de sugerentes viajes en el espacio y el tiempo. Desde entonces, una pléyade de fotógrafos ha contribuido a hacer de la imagen un instrumento de divulgación de la historia. Sus nombres pertenecen ya a la leyenda de la fotografía, como Kenneth Garrett, autor de espléndidos trabajos sobre el Egipto faraónico; James Stanfield, cuyas tomas han ilustrado magníficamente la historia de Grecia y de Roma o las interioridades del Vaticano; o Michael Yamashita, especializado en Asia, quien, además de hacer amplios reportajes sobre la Gran Muralla o sobre el intrépido almirante chino Zeng He, repitió en la pasada década el viaje de Marco Polo dentro de la mejor tradición de la Sociedad. Y en esta fértil tradición se inscribe la colección Historia, la última creación de National Geographic Society. Una historia para ser vista, leída y disfrutada, tal como la Sociedad la ofrece a sus lectores desde hace más de un siglo.