Hammurabi: el conquistador de Mesopotamia

Aunque se le recuerda sobre todo por el código legal que lleva su nombre, Hammurabi, rey de Babilonia, fue un estratega excepcional, que supo combinar la fuerza y la diplomacia para construir uno de los mayores imperios del Próximo Oriente

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hammurabi2. El rey hace justicia

El rey hace justicia

El grabado sobre estas líneas recrea al rey Hammurabi de Babilonia impartiendo justicia en su palacio, mediante la aplicación de su propio código de leyes. Neville Dear (1923) para Mira y aprende, 1964.

BRIDGEMAN / INDEX

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hammurabi1. El Código de Hammurabi

El Código de Hammurabi

El dios Shamash tiende a Hammurabi las insignias del poder. Relieve de la estela que contiene el Código del soberano de Babilonia, conservada en el Museo del Louvre, en París.

CHRISTIAN LARRIEU / RMN-GRAND PALAIS

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hammurabi3. Un poderoso aliado de Hammurabi

Un poderoso aliado de Hammurabi

Yarim-Lim, soberano de Yamhad (Alepo, en Siria), era un rey poderoso, que se alió con Hammurabi contra Elam. Abajo, cabeza en basalto de Yarim-Lim, hallada en su palacio de Alalakh (Tell Atchana, Turquía). Museo Arqueológico, Antakya.

 

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hammurabi4. Los ejércitos mesopotámicos

Los ejércitos mesopotámicos

Soldado de Hammurabi armado con un hacha y, tras él, guerrero acadio de tiempos de Naram-Sin
(500 años anterior) dotado de arco compuesto.

Johnny Shumate

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hammurabi5. Estado de guerra en Mesopotamia

Estado de guerra en Mesopotamia

Un soldado conduce a un prisionero desnudo. Relieve de arcilla correspondiente a la época de las dinastías amorreas
en Mesopotamia; tanto Hammurabi como el soberano de Mari eran amorreos. 2000-1000 a.C. Louvre, París.

E. LESSING / ALBUM

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hammurabi6. Panel de la investidura

Panel de la investidura

Hammurabi ocupó y destruyó Mari hacia 1760 a.C.  Casi 4.000 años después, André Parrot sacó a la luz los restos de
la ciudad (la actual Tell Hariri, en Siria), y hoy esta pintura mural de su palacio se conserva en el Museo del Louvre, en París.

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2 de marzo de 2015

«Con el arma poderosa que me habían prestado el divino Zababa y la divina Ishtar, con la agudeza que me dio el divino Ea, con la fuerza que me donó el divino Marduk, aniquilé a los enemigos de arriba y abajo, extinguí la resistencia y volví placentera la vida del País». Así de contundente se muestra Hammurabi, rey de Babilonia, cuando relata sus éxitos militares en el texto del código legal que lleva su nombre. Triunfos que, en efecto, debió a los tres dones que le concedieron los dioses mesopotámicos: de poco le hubiera servido al monarca tener armas poderosas sin la agudeza y el ingenio necesarios para saberlas utilizar en el momento preciso, y sin la habilidad para combinarlas con la diplomacia y la paciencia, que tan bien sabía administrar el soberano, el predilecto del dios Marduk.

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Para conocer el verdadero alcance de las gestas de Hammurabi es preciso viajar a la Mesopotamia de hace cuatro milenios, hacia el año 2002 a.C., cuando se hundió el imperio de la poderosa III dinastía de Ur. Su desaparición no sólo significó el final de la larga historia política del pueblo sumerio, sino que creó un vacío de poder en Mesopotamia que facilitó la irrupción de una oleada de pueblos semitas: los amorreos.

Procedentes del desierto que se extiende por Siria y Arabia, aprovecharon las circunstancias y se fueron instalando en algunas ciudades mesopotámicas sin apenas oposición. Allí fundaron nuevas e importantes dinastías, como las de Assur, Ekallatum y Eshnunna en la Alta Mesopotamia, la de Mari en el curso medio del Éufrates, y las de Larsa y Babilonia en la Baja Mesopotamia. En menos de dos siglos, todos estos centros estaban controlados por una quinta y sexta generación de reyes semitas.

Los comienzos: un reino pequeño

En el nuevo mundo de las dinastías amorreas, Babilonia era tan sólo un reino de dimensiones medias. Y allí, en el año 1792 a.C., subió al trono un nuevo gobernante llamado Hammurabi, «El dios Hammu cura». El flamante soberano estaba rodeado por monarcas mucho más importantes. Sin duda, el más poderoso era el gran Shamshi-Adad de Asiria, que reinaba en su capital de Shubat-Enlil al tiempo que sus dos hijos lo hacían desde los tronos de Ekallatum y de Mari; con ello, los asirios controlaban la Alta Mesopotamia, el territorio al norte de Babilonia. Otros grandes reinos eran el de Eshnunna y el de Larsa. En esta última ciudad gobernaba Rim-Sin, que desde allí controlaba la Baja Mesopotamia, la tierra al sur de Babilonia. Todos luchaban con un mismo objetivo: defender su propio territorio y dominar las rutas comerciales.

Hammurabi no se amedrentó. No existen documentos que nos hablen de su personalidad, pero sus actos permiten discernir algunas de sus cualidades: además de ser un gran estratega, tuvo la astucia y la paciencia necesarias para saber cuándo, cómo y con quién pactar para ganar una fuerza cada vez mayor. Todo ello le permitió escapar de la asfixiante situación política internacional que se encontró al subir al trono y convertir Babilonia en la máxima potencia mundial de su tiempo. Veamos cómo lo consiguió.

Las primeras conquistas

Una tablilla conocida como Lista de los nombres de año de Hammurabi recoge de forma detallada las gestas del soberano. Allí se menciona una primera serie de campañas militares entre los años 7 y 11 de su reinado (1787-1781 a.C.), con conquistas al sur, al este y al norte. Al parecer, estas primeras victorias fueron el fruto de la alianza de Hammurabi con los poderosos Shamshi-Adad de Asiria y Rim-Sin de Larsa.

La Lista no menciona ninguna otra campaña militar hasta el año 30 de su reinado. Durante este lapso de 19 años sin actividad bélica relevante, Hammurabi consolidó su posición y embelleció su ciudad y todos sus dominios mediante la construcción de estatuas, templos y canales. Y en ese tiempo sucedió algo extraordinariamente importante: la muerte de Shamshi-Adad de Asiria, acaecida en 1781 a.C.

El nuevo rey asirio careció de la autoridad de su predecesor y perdió el control de la importante ciudad de Mari, que los asirios habían ocupado años atrás. El trono de Mari volvió a manos de su antiguo soberano, Zimri-Lim, que había permanecido exiliado en Alepo.

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En este escenario se sitúa una carta hallada en el palacio de Mari, en la que se mencionan las fuerzas de cada reino y donde se observa que el rey babilonio ya se ha hecho un hueco entre las grandes potencias: «No hay rey que sea fuerte por sí solo; 10 o 15 reyes siguen a Hammurabi; otros tantos siguen a Rim-Sin de Larsa, Ibalpiel de Eshnunna y Amutpiel de Qatna; mientras que 20 reyes siguen a Yarim-Lim de Alepo». Por lo que leemos en el texto parece que Alepo era la principal potencia, mientras que los demás reinos estaban igualados.

Este equilibrio se rompería cuando el rey de Eshnunna, decidido a obtener la supremacía, se alió con el reino de Elam, al este de Mesopotamia. Esta alianza provocó la caída de Asiria y engrandeció a Eshnunna, convirtiéndola, junto con Elam, en la gran amenaza para los reinos de Alepo, Mari y Babilonia. Parecía claro que la respuesta a semejante desafío tenía que ser la alianza entre ellos.

Hammurabi dirigió la alianza, que inició su ataque contra los elamitas en 1763 a.C

Así las cosas, no es de extrañar el texto de esta otra carta, también hallada en el palacio de Zimri-Lim de Mari: «Después de que yo mismo, Zimri-Lim y Yarim-Lim [rey de Alepo] hayamos pactado asociarnos y nos hayamos dado la mano, ni adversario, ni enemigo ni nada podrá arrancarnos del corazón la idea de derrotar a este enemigo [Elam]. Hammurabi ha dicho entre otras palabras que su corazón está de acuerdo con nuestras palabras».

Hammurabi dirigió la alianza, que inició su ataque contra los elamitas en 1763 a.C. Esto sucedía en el año 30 del reinado del monarca babilonio, el año en que «el rey, el poderoso, amado de Marduk, con el magnífico poder de los grandes dioses, venció al ejército de Elam». Pero Hammurabi no se detuvo aquí. La alianza con Alepo y Mari le había permitido deshacerse de los peligrosos elamitas, cuya derrota le abría las puertas de la Baja Mesopotamia, la tierra al sur de Babilonia. Y avanzó sin dudarlo, como nos cuenta la Lista: en el año 31 de su reinado (1762 a.C.), Hammurabi, que «marcha con confianza en An y Enlil al frente de las tropas» y «a quien los grandes dioses han dado magnífico poder», conquista el país de Iamutbal y su rey Rim-Sin. No satisfecho con esto, en el mismo año «Hammurabi, el rey, el héroe, que consigue la victoria para Marduk, abatió en combate a los ejércitos de Eshnunna, Subartu y Gutium con su fuerte arma y conquistó Mankizum y las orillas del Tigris hasta el país de Subartu».

La destrucción de Mari

Tras aquella formidable sucesión de victorias, los dominios de Hammurabi incluían el sur de Mesopotamia, un territorio importante tanto por su riqueza agrícola como por su simbolismo, ya que las antiguas ciudades sumerias que lo habían ocupado fueron la cuna de la religión y la cultura mesopotámicas. Su poder también se extendía hacia el norte, sobre Asiria y su vasta red comercial, que alcanzaba el Mediterráneo y Asia Menor. Y, hacia el este, la autoridad del rey babilonio alcanzaba las regiones de la cuenca del río Diyala, estratégicas por sus rutas comerciales de la meseta iraní. De este modo, lapislázuli, oro, cobre, hierro y maderas preciosas fluían hacia Babilonia, acrecentando el esplendor de la metrópoli y la magnificencia de su soberano.

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Seguramente este auge repentino de Hammurabi irritó o hizo desconfiar de tal poder a su antiguo aliado Zimri-Lim de Mari, que se enfrentó al monarca babilonio. La Lista, en efecto, nos dice que, en el año 33 de su reinado (1760 a.C.), Hammurabi «venció al ejército de Mari y Malgium en batalla», e hizo a Mari «vivir en amistad según su mandato». Pero la cosa no quedó en este aviso por parte del rey babilonio, quien dos años después «destruyó las murallas de Mari y Malgium». Con las murallas derruidas, el palacio entregado al fuego y su rey desaparecido, la ciudad de Mari se esfumó para siempre de la historia.

La Lista menciona las postreras conquistas del soberano babilonio, siempre obtenidas con la ayuda de los dioses: «Año 37: el año en que Hammurabi, el rey, con el gran poder de Marduk, venció al ejército de Turukka, Kakmu y el país de Subartu en batalla». «Año 38:
el año en que Hammurabi, el rey, al mandato de Anu y Enlil con la sabiduría que Marduk le dio, destruyó Eshnunna con grandes aguas [una catastrófica inundación]». «Año 39: el año en que Hammurabi, el rey, con el fuerte poder que Anu y Enlil le dieron, abatió a la totalidad del enemigo de Subartu».

Viéndose señor de toda Mesopotamia, Hammurabi dedicó los años finales de su vida a realizar más construcciones. La última data del año 43 de su reinado, cuando «fijó la muralla de Sippar, la ciudad primaveral de Utu, con una gran cantidad de tierra». Con esta última entrada se cierra la Lista de los años de uno de los más poderosos monarcas mesopotámicos. No deja de ser simbólico que su última gesta estuviera dedicada al dios del sol, Utu, poniendo así punto y final a un luminoso reinado.

Para saber más

Breve historia de Babilonia. J. L. Montero. Nowtilus, Madrid, 2012.
Textos para una historia política de Siria-Palestina I. El bronce antiguo y medio. J. Oliva. Akal, Madrid, 2008.