Benjamin Franklin, el primer héroe de Estados Unidos

Editor y periodista de éxito, protagonista de la revolución norteamericana de 1776, Franklin se hizo famoso por inventos como el pararrayos, que mejoraron la vida de sus contemporáneos

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IH020242. El primer héroe americano

El primer héroe americano

Benajmin Franklin en 1767. Retrato por David Martin, llamado «el retrato del pulgar» por la posición de la mano de Franklin. Casa Blanca, Washington.

BRIDGEMAN

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PNP 330089. Franklin y la cometa

Franklin y la cometa

Este óleo de Benjamin West muestra el experimento que realizó Franklin para demostrar que los rayos son fenómenos eléctricos.

Corbis / Cordon Press

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SSI 82120. Padres de la Patria

Padres de la Patria

Franklin, Jefferson y Adams redactan la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. J. L. Gerome. siglo XIX.

BRIDGEMAN

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X2Y-1165999. Hospital de Pensilvania

Hospital de Pensilvania

Fue fundado por Benajmin Franklin y Thomas Bond en 1751 «para cuidar gratis a los enfermos pobres».

Age Fotostock

16 de noviembre de 2012

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Sólo en el siglo XVIII, en la época de la Ilustración, pudo ocurrir que un simple impresor, decimoquinto hijo de un modesto fabricante de velas y de jabón, nacido en una remota colonia inglesa de América del Norte, se convirtiera en una celebridad mundial. Con su carácter decidido y su ingenio, Franklin devino el símbolo del «hombre hecho a sí mismo», a la vez que revolucionaba todos los campos en los que se desarrolló su actividad, desde la investigación científica y la educación hasta el periodismo y la política. Dinámico, afable, pero también radical en sus ideas, Franklin es una de las figuras más simpáticas y atractivas de su época.

Benjamin Franklin nació en 1706 en Boston, ciudad a la que habían emigrado décadas antes su abuelo materno y su padre, que eran presbiterianos, huyendo de la persecución de la monarquía inglesa contra los disidentes protestantes. Sorprendentemente, quien llegaría a ser un gran científico y filósofo sólo cursó los estudios básicos hasta los diez años, en una escuela de gramática, pues su padre lo retiró de las aulas para que le ayudara en la fábrica familiar de velas. Al pequeño Benjamin esta profesión le desagradaba y soñaba con convertirse en marinero: «Ese oficio no me gustaba y sentía, en cambio, una fuerte inclinación por la navegación; pero mi padre se opuso a mis deseos». Con todo, su progenitor se dio cuenta de las aptitudes intelectuales de su hijo y cuando tenía 12 años lo introdujo como aprendiz en la imprenta de su hermano mayor James, donde se instruyó en el oficio que toda la vida consideraría el suyo.

Desembarco en Filadelfia

A los 17 años, Benjamin decidió escapar del control de su hermano y se marchó a Nueva York, pero nada más llegar alguien le propuso ir a Filadelfia, la capital de la colonia de Pensilvania. Cuando Franklin llegó una mañana al puerto de Filadelfia, a orillas del río Delaware, gastó los últimos peniques que le quedaban en comprarse un pan redondo y luego se paseó por las limpias ciudades de la ciudad, emblema del espíritu de orden y paz de los cuáqueros, la secta protestante mayoritaria en Pensilvania. Encontró trabajo en una imprenta y se ganó una reputación de joven responsable y emprendedor. A los 18 años viajó a Londres, donde pasó año y medio perfeccionando sus conocimientos como impresor. A su vuelta a Filadelfia no tardó en crear una imprenta propia con ayuda de varios protectores; pese a los malos auspicios de algunos, la imprenta se convirtió en una empresa próspera, gracias a encargos como el de la emisión de papel moneda en las 13 colonias.

"La libertad de palabra es siempre síntoma, así como el efecto, del buen gobierno" dijo Franklin

Al tiempo que prosperaba en su oficio, Franklin se embebía de la cultura de la Ilustración. En su autobiografía explica que prefería quedarse en el taller leyendo libros que unirse a sus compañeros «bebedores de cerveza». De ahí derivó sus ideas de tolerancia, de escepticismo ante los dogmas religiosos y de búsqueda del conocimiento útil para la sociedad. Fue ese también el origen de su vocación de periodista. A los 15 años publicó sus primeros artículos en el periódico fundado por su hermano en Boston; ya en Filadelfia, compró La gaceta de Pensilvania. «La libertad de palabra es siempre síntoma, así como el efecto, del buen gobierno», aseveraría. La imprenta también era un medio de educación popular, y en esa línea publicó durante muchos años el Almanaque del pobre Richard, con información del tiempo y astronómica, pasatiempos, aforismos... que se convertiría en la segunda obra más popular en la América británica después de la Biblia.

Educador del pueblo

En este y otros escritos Franklin prodigaba las máximas morales que transmitían su actitud tolerante y jovial ante la vida: «No anticipéis las tribulaciones ni temáis lo que seguramente no os puede suceder. Vivid siempre en un ambiente de optimismo»; «La alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro»; «Presta dinero a tu enemigo y lo ganarás a él; préstalo a tu amigo y lo perderás». Y una muy famosa, y perspicaz: «Nada puede decirse que es cierto en este mundo, excepto la muerte y los impuestos».

Su éxito como impresor y periodista procuró a Franklin un gran prestigio en Filadelfia. Enseguida se convirtió en un líder político, hasta ser elegido representante en la asamblea de la colonia. Impulsó la masonería en la ciudad; de su imprenta salieron las Constituciones de Anderson en 1734, el primer libro masónico publicado en América. También participó en muchas iniciativas sociales, como la fundación de la primera biblioteca pública de Filadelfia, el primer cuerpo de bomberos de la ciudad o la Universidad de Pensilvania.

Los polifacéticos intereses de Franklin se extendieron también al dominio de la ciencia. Como tantos otros hombres de la Ilustración, desde muy joven había sentido curiosidad por los fenómenos naturales. Por ejemplo, aprovechó el regreso de su primer viaje a Inglaterra para estudiar los delfines y calculó la posición del barco en el océano analizando un eclipse lunar.

En las tertulias con sus amigos de Filadelfia discutía todas las cuestiones científicas de actualidad. A partir de 1748, cuando vendió su imprenta para vivir de la fortuna «modesta pero suficiente» que había conseguido amasar, pudo dedicarse plenamente a lo que él llamaba sus «diversiones científicas». Aunque no tenía una formación teórica profunda, confiaba en su intuición y su ingenio para analizar sin prejuicios los problemas y para buscar a sus hallazgos aplicaciones prácticas, que ayudaran a las personas y a la sociedad.

Uno de los temas que más atrajo la atención de Franklin fue la electricidad, cuestión muy de moda en la época. Frente a muchos que creían que la electricidad podía crearse, por ejemplo mediante fricción, Franklin se dio cuenta de que los fenómenos eléctricos son resultado de la transferencia de electricidad entre polos positivos y negativos. En 1747 realizó varios experimentos con bolas de acero y de corcho que causaron sensación entre sus paisanos de Filadelfia. En una carta confesaba: «Nunca me había volcado tan totalmente en un estudio como ahora; hago experimentos cuando puedo estar solo, y los repito ante mis amigos y conocidos, que, por la novedad del tema, vienen en multitud a verlos». Demostró asimismo que los rayos eran descargas de tipo eléctrico mediante un experimento famoso, consistente en hacer volar, durante una tormenta, una cometa dotada de un alambre unido a un hilo de seda, conectado a su vez con una llave. Franklin acercó la mano a una llave que pendía del hilo y observó que saltaban chispas, lo que evidenciaba la presencia de electricidad.

El providencial pararrayos

El experimento de la cometa está relacionado con el invento que lo hizo famoso en el mundo entero: el pararrayos. En sus experimentos, Franklin observó que los objetos puntiagudos atraían y transmitían más eficazmente la electricidad que los objetos romos. De ello dedujo que una vara de hierro terminada en punta y colocada en lo alto de un edificio atraería la carga eléctrica de una tormenta, que se podría transmitir a la tierra mediante un cable, antes de que cayera el rayo. En una carta escrita en 1750, Franklin explicó esa técnica «útil a la humanidad para preservar casas, iglesias, barcos, etc., de las descargas de rayos». En una época en que los techos eran de madera y podían arder fácilmente, el invento de Franklin se difundió con gran rapidez; en 1782 se habían instalado en Filadelfia 400 de estos artilugios. Algunos clérigos se opusieron por considerar que los rayos eran un fenómeno sobrenatural en el que el hombre no debía interferir, pero Franklin replicó: «Desde luego el trueno del cielo no es más sobrenatural que la lluvia, el granizo o el sol, y bien que nos protegemos de ellos con techos y sombrillas».

El pararrayos no fue el único invento de Franklin. Para él toda investigación científica debía estar encaminada a mejorar la vida de la gente: «¿Qué sentido tiene la filosofía que no se aplica a un fin útil?», solía decir. De ahí su incansable búsqueda de soluciones ingeniosas a los problemas de la vida diaria. Sugirió, por ejemplo, que se evitaran las ropas oscuras en zonas de clima cálido, ya que los colores oscuros absorben más calor que los claros. Franklin sabía que un objeto absorbe todos los colores de la luz menos el que refleja, y que, mientras el blanco los refleja todos, el negro los absorbe todos.

Su conocimiento de los barcos –cruzó ocho veces el Atlántico– le llevó a sugerir que se siguiera el modelo chino de dividir las bodegas de los navíos en compartimentos estancos; de este modo, en caso de que se abriera una vía de agua en un sector, el fluido no ocuparía toda la bodega y la nave no se hundiría. También inventó el llamado «horno de Franklin» o «estufa de Pensilvania», que consumía mucho menos combustible que las chimeneas normales.

Por el bien de la humanidad

Otros inventos destacados fueron las lentes bifocales, que fusionaban dos pares de anteojos en una misma montura a fin de no tener que cambiarlos para ver de cerca y de lejos; los catéteres urinarios flexibles (para tratar los cálculos renales de su hermano John), así como las aletas de nadador, el humidificador para estufas, el cuentakilómetros o la armónica de cristal. Su espíritu filantrópico le llevó a permitir la libre difusión de muchos de estos hallazgos. Así sucedió con el horno que lleva su nombre: además de no registrar su patente, publicó un folleto en el que explicaba con todo lujo de detalles su constitución y funcionamiento, para que cualquiera pudiera construirlo.

Franklin murió en 1790, a los 84 años. Para entonces las colonias británicas de América se habían convertido en un país independiente, Estados Unidos, en un proceso en el que el propio Franklin tuvo una participación de primer plano. La nueva nación tuvo muchos padres de la patria, empezando por su primer presidente, George Washington, héroe de la guerra de independencia contra Gran Bretaña; pero quizás el más querido y más recordado de todos fue «Ben Franklin, impresor».

Para saber más

Franklin: electricidad, periodismo y política. J. Summers. Nivola, Madrid, 1999.

Autobiografía. Benjamin Franklin. Cátedra, Madrid, 2012.