Filipo II, la tumba del rey de Macedonia

En 1977, el arqueólogo Manolis Andronikos hizo un descubrimiento sensacional en la necrópolis real de Vergina: la tumba intacta de Filipo de Macedonia, padre del gran Alejandro

Ver todas las fotos

6 de octubre de 2014

Mucho se ha escrito sobre la muerte de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, y sin embargo, quedan aún cuestiones por resolver. Según los cronistas, en el día de la boda de su hija Cleopatra, un joven guardaespaldas del rey llamado Pausanias, con quien quizá Filipo había tenido algún affaire amoroso, se acercó a él ante la multitud y con su espada le asestó un golpe mortal. El asesino fue muerto rápidamente por los soldados que debían haber protegido al rey, y ello nos ha privado de conocer más detalles del crimen. El mayor beneficiario de este suceso fue el joven Alejandro, que había mantenido con su padre airadas discusiones relacionadas con las diferencias conyugales entre Filipo y su esposa Olimpia, madre de Alejandro. Por ello, hubo rumores que acusaban a madre e hijo de estar detrás del magnicidio. Pero las habladurías debieron durar poco: ante el cadáver de su padre, Alejandro fue reconocido como rey y cualquier acusación de asesinato suponía enfrentarse al nuevo soberano.
En cualquier caso, las inesperadas circunstancias del regicidio motivaron la necesidad de construir una tumba real con urgencia. Pese a las prisas, el mausoleo de quien había sido el más grande de los reyes de Macedonia tenía que ser excepcional y por ello se edificó en Egas (actual Vergina), ancestral capital macedonia en la que tradicionalmente se enterraba a los reyes. Pero con el tiempo, la gloria de Filipo se fue difuminando y hasta la misma Egas cayó en el olvido. Ni siquiera los saqueadores recordaban el lugar donde descansaba Filipo II. Hasta que en 1977, el silencio de la cripta se rompió cuando el arqueólogo Manolis Andronikos descubrió la sepultura del monarca.

Un gran enterramiento real

La historia de la exploración de las tumbas reales macedonias es bastante antigua. En 1855, el arqueólogo francés Léon Heuzey había señalado la posibilidad de que la primera capital de la antigua Macedonia, Egas, se ocultase en alguna área cercana a Vergina. Más tarde, en 1937, Konstantin Rhomaios, académico y arqueólogo griego, siguió las intuiciones de Heuzey e inició unas excavaciones en la zona de Vergina. Pese a que se vio obligado a parar los trabajos a causa de la segunda guerra mundial, obtuvo éxitos importantes, como el hallazgo de la tumba que lleva su nombre, famosa por un precioso trono de mármol hallado en su interior. Manolis Andronikos heredó de su maestro Rhomaios la dirección de los trabajos en 1952, mientras la supuesta tumba de Filipo II esperaba oculta a que las excavaciones se fuesen aproximando, poco a poco, hasta 1977.

Durante unos años, los trabajos de Andronikos y su equipo se centraron en un montículo, conocido como Gran Túmulo, que era el mayor de la región. El arqueólogo suponía que en su interior debía ocultarse una tumba importante a juzgar por sus enormes dimensiones: 110 metros de diámetro por 12 de altura. Cuando en 1977, Andronikos excavó el montículo, descubrió dos tumbas en su interior; una de ellas había sido saqueada en el pasado, pero la otra permanecía inalterada. Finalmente, el 8 de noviembre de ese año, tras mucho trabajo y arduos esfuerzos, los arqueólogos lograron retirar la piedra central de la bóveda de la
segunda tumba y bajaron por una escalera de mano al interior. Andronikos tuvo la certeza de hallarse ante la tumba de un gran rey macedonio, y no sólo por sus grandes dimensiones, sino también por la extraordinaria belleza y calidad de la construcción. El lugar estaba magníficamente decorado con pinturas murales y el espacio interior quedaba articulado por medio de dos bóvedas. En la habitación interior, que probablemente se había construido primero, había un sarcófago de mármol dentro del cual se había depositado un larnax o urna funeraria de oro con la estrella de 16 puntas, símbolo de la realeza macedonia, que contenía unos restos incinerados, posiblemente de un rey. Acompañaban al difunto su panoplia de gala y un ajuar de gran valor: preciosas armas, objetos cotidianos y numerosas piezas en oro y plata. Asimismo, bajo la bóveda exterior, una antecámara contenía una tumba con huesos femeninos dentro de otro precioso larnax de oro. Sorprendentemente, estos restos iban acompañados de diversas armas, así como de una diadema de oro y diversos objetos de gran calidad.

Polémicas en torno al hallazgo

La noticia del descubrimiento corrió como un reguero de pólvora, provocando reacciones en todo el mundo y un interés renovado por Alejandro, Filipo y la antigua Macedonia. De hecho, el hallazgo adquiría además un gran valor político, puesto que la presencia de los antiguos macedonios en la región daba a la República de Grecia argumentos de peso para reivindicar el territorio que componía el antiguo reino de Macedonia, parte del cual se hallaba entonces bajo dominio yugoslavo –en 1991 se convertiría en un Estado independiente: la República de Macedonia–. Por todo ello, Manolis Andronikos fue un héroe nacional en su país, así como un símbolo del valor de la historia. Hasta la fecha está considerado como el arqueólogo griego más importante.
El descubrimiento de la tumba trajo consigo otras polémicas, de carácter más propiamente histórico. Tomando en consideración tanto la dimensión de la sepultura como la excelente factura de los ajuares, Andronikos rápidamente identificó al difunto con Filipo II, una gran figura histórica que, además, podía entenderse como un símbolo nacional para los griegos modernos. Andronikos apoyó su identificación en evidencias como que las dos bóvedas fueron construidas en momentos diferentes o la falta de talla en la laja de piedra del sarcófago, algo que él atribuía a la urgencia con que se hubo de acondicionar la tumba a causa de la repentina muerte de Filipo. De este modo, la mujer que lo acompañaba podría ser Cleopatra, la última de sus esposas, una joven de la nobleza macedonia, muerta pocos días después a manos de Olimpia, madre de Alejandro. Asimismo, de entre los restos humanos atribuidos al monarca, la calavera parecía haber sufrido ciertos daños físicos, quizá provocados por la dura vida militar que había llevado Filipo.

Las otras hipótesis

No todos los historiadores aceptaron las conclusiones de Andronikos. En 1980, la prestigiosa arqueóloga estadounidense Phyllis Williams Lehmann publicaba un artículo en el que expresaba sus dudas al respecto. Lehmann defendía que el tipo de bóveda de la tumba no se empleó en Macedonia hasta finales del siglo IV a. C., y, por tanto, difícilmente podía ser conocida en 336 a.C., año de la muerte de Filipo. Asimismo, también cuestionaba que la diadema de oro hubiese pertenecido a Filipo, puesto que, según su opinión, había sido Alejandro quien importó esta costumbre persa posteriormente, tras sus campañas de conquista en Oriente. Considerando, pues, la tumba como posterior a Alejandro, Lehmann proponía que los cadáveres pertenecían en realidad a Filipo III Arrideo –hijo de Filipo II y hermano mayor de Alejandro, que sucedió a éste a su muerte– y a su esposa Adea Eurídice, su medio hermana, conocida por su espíritu guerrero heredado de su origen; había nacido en Iliria, un belicoso reino vecino de Macedonia. Ambos habían perecido en 317 a.C. a manos de Olimpia, madre de Alejandro, que buscaba así que el gobierno recayese en el jovencísimo Alejandro IV, su nieto, el único descendiente legítimo de Alejandro.
Lehmann obtuvo una rápida respuesta por parte de Fredricksmeyer, un reconocido especialista en Alejandro, que estaba convencido de la validez del argumento a favor de Filipo II y desestimó las observaciones de Lehmann respecto a la datación de la bóveda, y en especial sobre la diadema, pues en algunas representaciones Filipo II aparecía precisamente coronado de esta forma. Asimismo, la datación de la tumba, que los arqueólogos situaban en el tercer cuarto del siglo IV a.C., cuadraba perfectamente con la fecha de la muerte de Filipo II y resultaba muy difícil pensar que hubiese podido ser enterrado en tan magnífico sepulcro un rey como Arrideo, que no había sido un gobernante destacado y que se cree que delegó el poder en los generales de Alejandro a causa de una probable deficiencia mental.

Una labor detectivesca

La cuestión resulta más controvertida en cuanto a los restos femeninos. La presencia de armas junto a los restos de la mujer ha sido un poderoso argumento a favor de la atribución de la tumba a Filipo III, pues Adea aparece a menudo descrita en los textos de los autores antiguos ataviada a modo de un guerrero. Frente a esto, las propuestas son diversas, pero la prestigiosa profesora Elizabeth Carney ha sugerido que el hecho de que se hubiesen puesto armas en un sepulcro femenino no quiere decir que éstas tuviesen que ver con el cadáver, sino que pudieron haberse añadido al ajuar para suplir la escasez de objetos femeninos. También ciertos restos del ajuar suscitan dudas, puesto que algunos autores han datado la cerámica en un momento posterior al reinado de Alejandro, mientras que otros han propuesto dataciones anteriores.
En medio de este laberinto de opiniones, incluso la medicina tuvo algo que decir al respecto. Gracias al trabajo anatómico-forense de Jonathan Musgrave y su equipo, los restos óseos del difunto fueron sometidos a un meticuloso análisis, prestando especial atención al cráneo. Se determinó así que el difunto había sufrido una herida muy grave con un objeto punzante en el ojo derecho que le habría dejado secuelas, lo que coincide con el hecho de que Filipo II
quedó tuerto a causa de la herida causada por una flecha durante el asedio de Metone, en 354 a.C. Junto con ello, las grebas (espinilleras) de diferentes medidas demostraban que la panoplia real habría sido pensada para alguien que presentaba dificultades al andar, un nuevo indicio a favor de Filipo II, pues sus múltiples heridas le habrían provocado una famosa cojera. Datos y más datos, al fin y al cabo, que siguen siendo discutidos acaloradamente por los especialistas, aunque no está claro que pueda llegarse a una solución definitiva. Sin embargo, nada de ello disminuye la importancia del descubrimiento de la tumba de Vergina por Manolis Andronikos, el equivalente para la Grecia clásica del hallazgo de la tumba de Tutankhamón por Howard Carter o a la localización de Troya por Heinrich Schliemann.

Para saber más

Grecia en el siglo IV a.C. Del imperialismo espartano a la muerte de Filipo de Macedonia. José Pascual González. Síntesis, Madrid, 1997.
Civilizaciones perdidas (volumen 10). VV.AA. Time Life Folio, Barcelona, 1996.
Tumba de Filipo

Outbrain