Felipe el Hermoso: de conde de Flandes a Rey de Castilla

En 1505 partió de Flandes junto a su esposa Juana la Loca para hacerse cargo del gobierno de Castilla. Sin embargo, la muerte le sorprendió unos meses después sin darle tiempo para asentar un régimen que podría haber cambiado la historia de España

21 de septiembre de 2017

Pocos personajes han sido tratados tan injustamente por los historiadores españoles de todos los tiempos como Felipe el Hermoso. La figura de este rey joven y apuesto, pero que durante su breve reinado fue visto ante todo como un extranjero, se ha convertido en poco más que un apéndice de algunos de sus más inmediatos parientes. Así, lo poco que se suele referir de él está siempre condicionado a la biografía de sus suegros Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; a la de su padre, el emperador Maximiliano; o a la de su hijo, el emperador Carlos V. Y más que a ninguna otra, a la singular y llamativa personalidad de su esposa, Juana la Loca.

Sin embargo, y aunque su vida fue terriblemente fugaz, ya que murió cuando tenía tan sólo 28 años, es imposible dejar de lado a un personaje que ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo: archiduque de Austria y heredero del Sacro Imperio Romano Germánico; conde soberano de Borgoña y Flandes; y sobre todo, por lo que aquí nos interesa, rey de Castilla y León, introductor en España de la gloriosa dinastía de los Habsburgo, que sería continuada al poco por su hijo Carlos, entronizado en 1517.

Nacido en 1478 en la floreciente ciudad de Brujas, el príncipe Felipe fue hijo de Maximiliano de Habsburgo, entonces archiduque de Austria –sucedería a su padre en la dignidad imperial en 1493–, y de su esposa María de Borgoña, condesa de Flandes y de Borgoña, señora de amplísimos territorios en la zona que hoy corresponde a Bélgica, Holanda, Luxemburgo y el norte de Francia. Hija única del ambicioso duque Carlos el Temerario, muerto en 1477, María consiguió mantener el legado de su linaje, excepto el ducado de Borgoña, que fue confiscado por el rey galo Luis XI.

Pese a una vida terriblemente fugaz, Felipe II ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo

A la muerte prematura de su madre en 1482, Felipe se convirtió en soberano de todos estos estados, aunque la regencia quedó inicialmente en manos de su padre Maximiliano. No obstante, en cuanto alcanzó el poder efectivo Felipe dio un giro copernicano a la orientación diplomática tradicional de su casa, buscando una alianza con el vecino francés. Esta francofilia, que le acompañaría toda su corta vida, terminó por enfrentarlo con su propio padre, y mucho más con Fernando el Católico, su futuro suegro, ya que Francia se había convertido desde finales del siglo XV en el más encarnizado rival de los reyes de España.

Al mismo tiempo, Felipe, como conde soberano de Flandes y duque de Borgoña, desarrolló una importante labor en el terreno institucional, impulsando una serie de reformas administrativas de gran trascendencia, como la creación del Gran Consejo de Malinas y la reorganización de las finanzas locales. Hay que reconocer que Felipe el Hermoso fue ante todo un soberano borgoñón y centró sus ambiciones políticas en estos complejos y ricos territorios. Ni siquiera su compromiso y posterior boda con Juana, la hija de los Reyes Católicos, cambió su perspectiva política.

Una boda de estado

El enlace español de Felipe fue el resultado del complejo juego diplomático al que se libraron las monarquías europeas de finales del siglo XV. En ese momento, el equilibrio entre los grandes estados de Occidente estaba a punto de cambiar para siempre. Las desmesuradas aspiraciones del nuevo soberano francés, Carlos VIII, amenazaban Italia, auténtico centro económico, cultural y político de la época. Y la monarquía española, unificada desde 1479 bajo la égida de los Reyes Católicos, no podía permitirlo, ya que entre otras cosas la presencia francesa en Nápoles, objetivo de la expedición militar gala de 1494, amenazaba seriamente la isla de Sicilia, dominio aragonés desde hacía siglos.

En esta tesitura, los Reyes Católicos diseñaron una ambiciosa política matrimonial encaminada a reforzar sus nuevas alianzas internacionales y controlar el peligro francés. Como peones de esta política, tal y como era habitual en la época, utilizaron a sus numerosos vástagos. Dos casamientos con Portugal e Inglaterra cerraron el frente oeste, mientras que otros tantos matrimonios los unieron, y de qué forma, con la dinastía alemana de los Habsburgo. El hijo mayor y heredero, Juan, príncipe de Asturias, se desposó con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, mientras que el hermano de ésta, Felipe el Hermoso, lo hizo con Juana, un año menor que él.

Este doble enlace no tenía otro objetivo que el de estrechar de forma indisoluble la alianza hispanoaus-tríaca contra Francia, pero por los azares biológicos se transformó en el germen de un nuevo y enorme imperio. En efecto, en 1498 murió sin dejar descendencia el príncipe heredero Juan, y dos años después falleció su sobrino Miguel, hijo de la infanta Isabel –fallecida también poco antes– y de Manuel I de Portugal. De este modo Juana pasaba a ser, automáticamente, princesa de Asturias y heredera al trono. Y con ella, su marido Felipe. Con la particularidad de que la herencia hispana y borgoñona quedaban ahora unidas en una sola línea dinástica, encarnada en el hijo de ambos, el futuro Carlos V.

Los celos de la princesa

El compromiso matrimonial entre Felipe y Juana se concertó en 1495. Al año siguiente, la infanta se embarcó en Laredo rumbo a Flandes, donde se habría de desposar el 20 de octubre con su prometido. Parece que los primeros años de vida en pareja fueron bastante felices, o eso nos indican los documentos y las crónicas coetáneas. Lo cierto es que ambos cónyuges tuvieron una larga descendencia, dos varones y cuatro mujeres, lo que al menos indica cierto grado de entendimiento. Pero la armonía conyugal se rompió pronto, tanto por la conducta a menudo extravagante de la infanta española, que anunciaba un futuro deslizamiento hacia la locura, como por la afición desmedida de Felipe por las aventuras galantes, algo que atormentaba de manera insoportable a su celosa esposa.

Lo extraño no es que Felipe el Hermoso tuviera relaciones, más o menos discretas, con damas de la nobleza, y menos considerando la tradición de los duques de Borgoña y de los emperadores Habsburgo, quienes sembraron de ilustres bastardos sus tierras de origen. Lo raro, en una época en la que la dominación masculina era incuestionable, es que la reina sintiese tales celos hasta llevarla al borde de la locura y escandalizar a la corte en pleno, que observaba atónita sus salidas de tono. En los primeros años Juana sufrió ya ataques de histeria y se aisló cada vez más de la corte borgoñona, pero la situación se agravó aún más a la vuelta del primer viaje que los dos príncipes hicieron a España en 1502, para ser reconocidos como herederos en Castilla y Aragón. Así, hallándose en Bruselas, al descubrir que su marido tenía una amante, Juana quiso herirla con unas tijeras en la cara, antes de ser frenada por los cortesanos. Ya entonces Felipe consideró la posibilidad de enclaustrar a su mujer.

Felipe provocó el enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico.

La muerte de Isabel la Católica en 1504 y la consiguiente elevación de Juana y Felipe al trono de Castilla obligaron a disimular la situación. Había demasiado en juego como para ponerlo en peligro por unas simples desavenencias conyugales, aun cuando la infeliz soberana sufriera infinitamente el desamor de su marido. Felipe, residiendo aún en Flandes, quiso asegurarse el apoyo de los sectores más influyentes de Castilla, lo que provocó un enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico. Éste, por su parte, intentaba escudarse en la locura de su hija para negarle el derecho a gobernar y mantenerse así él mismo en el poder. La rivalidad llegó a tal extremo que en 1505 Fernando el Católico se alió con su enemigo de antaño, Francia, y se casó de nuevo, esta vez con una sobrina del rey francés Luis XII, llamada Germana de Foix. Su objetivo no era otro que buscar nuevos aliados y, a ser posible, tener un hijo varón, quien hubiese heredado la Corona de Aragón y sus dominios italianos, segregándolos de Castilla y Flandes.

En noviembre de 1505 ambas partes llegaron formalmente a un acuerdo -la concordia de Salamanca- para repartirse de forma amistosa el poder en España. Pero la realidad era que ninguno pensaba en cumplir tales condiciones, y menos que nadie Felipe, que se sentía con muchas más fuerzas que su suegro. Así las cosas, en enero de 1506 los flamantes reyes de España embarcaron en Flandes rumbo a la Península, viaje enormemente accidentado que casi les costó la vida, ya que estuvieron a punto de naufragar frente a las costas inglesas.

El desembarco de la flota se produjo finalmente en La Coruña, región controlada por uno de los principales partidarios de Felipe, don Rodrigo de Castro Osorio, conde de Lemos. A medida que la comitiva regia avanzaba hacia el interior de Castilla, se le iban sumando nuevas e interesadas adhesiones, tanto de la nobleza como de las principales ciudades. De esta forma, fueron acudiendo el conde de Benavente, el marqués de Villena o el duque de Nájera, entre otras muchas familias nobles, junto con antiguos colaboradores de los Reyes Católicos que en la nueva coyuntura abandonaban sin pudor alguno al viejo rey.

La clave de la victoria de los nuevos monarcas en este juego de poder residió en el apoyo mayoritario que recibieron de la alta nobleza castellana, que cambió de bando con una rapidez asombrosa. Estaba claro que los años de riguroso gobierno de los Reyes Católicos no habían conseguido domeñar del todo las ansias de poder de la aristocracia y, salvo algún puñado de linajes que permanecieron fieles a Fernando, casi todos respaldaron al flamante rey, ofreciéndole sus ejércitos privados y sus recursos políticos y económicos. Era el momento de liberarse del control que habían sufrido por parte de una monarquía mucho más poderosa y centralizada de lo que estaban dispuestos a soportar.

Amo y señor de castilla

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés al suscribir, tras una entrevista con su yerno, la concordia de Villafáfila, por la que aceptaba retirarse a sus territorios aragoneses. El nuevo Felipe I de Castilla dejó enseguida a las claras que no iba a ser un mero rey consorte, sino que ejercería un mando personal. Para esa tarea se apoyó en dos facciones claramente diferenciadas: por un lado, sus consejeros castellanos que le habían servido en Flandes desde hacía años, unidos a algunos de los aristócratas locales que se habían pasado a su bando –entre los que destacaba don Juan Manuel, señor de Belmonte, su hombre de mayor confianza–; por el otro, un reducido pero codicioso grupo de notables flamencos, venidos con el nuevo rey, los cuales se lanzaron a acumular oficios, mercedes y rentas.

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés

Uno de los grupos de presión que más esperanzas puso en la llegada de un nuevo monarca fue, curiosamente, el de los judeoconversos, quienes vieron en Felipe I un posible e inesperado aliado contra la persecución de la Inquisición, que desde hacía casi tres décadas estaba diezmando sus filas. Muchos de los más poderosos comerciantes, banqueros y aun miembros de las élites urbanas de esta minoría se dirigieron al soberano a fin de que disolviera el tribunal del Santo Oficio, o al menos moderase su rigor contra los supuestos judaizantes. Lo breve de su reinado impidió que Felipe tomara medidas drásticas en este sentido, pero es posible que el rumbo de la Inquisición hubiera sido diferente si el rey hubiera vivido más tiempo.

Una de las primeras tareas de gobierno del nuevo monarca fue desplazar a los partidarios de Fernando el Católico de sus posiciones, colocando al frente de las principales instituciones a sus más allegados colaboradores. Las más poderosas fortalezas del reino cambiaron totalmente de manos, empezando por el simbólico alcázar de Segovia, del que fueron expulsados los marqueses de Moya, íntimos colaboradores del régimen anterior, a favor del privado de Felipe, don Juan Manuel. Había llegado la hora del ajuste de cuentas. Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia. El duque de Alba, por ejemplo, se retiró a sus estados, mientras que los condes de Alba de Liste y de Cifuentes perdieron las tenencias de diversas fortalezas. Pero el más afectado de todos fue el clan de los Fonseca, todopoderoso en épocas pasadas, que vio ahora cómo todo su linaje caía en desgracia.

Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia.

Mucho más difícil de aceptar para la opinión pública española fue el reparto de mercedes que Felipe ordenó para agradecer los servicios de sus nobles flamencos. La rapacidad de estos cortesanos fue tal que casi nada escapó a su ansia de poder, riqueza y honores. Rentas, oficios áulicos, dignidades eclesiásticas, cargos militares, títulos… nada se libró de su voracidad y hasta el maestrazgo de la Orden de Santiago estuvo a punto de caer en sus manos. Una actitud que prefiguraba la que mostraron, una década después, los miembros flamencos de la corte del jovencísimo Carlos V a su llegada a España y que sería una de las causas desencadenantes de la rebelión de las Comunidades.

Sin embargo, esta gran mudanza habría de durar poco tiempo. En uno de los más impactantes giros de la historia española de la Edad Moderna, el rey Felipe moría con 28 años, el 25 de septiembre de 1506, de forma totalmente imprevista. Unos días antes, a comienzos de ese mismo mes, el soberano había marchado con toda la corte a Burgos. Hallándose en esta ciudad, el día 16, después de comer quiso jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno de su guardia “que era mucho jugador”. Durante el juego bebió un jarro de agua fría y poco después comenzó a sentirse mal. Se recuperó un tanto, pero a los pocos días enfermó gravemente y, a pesar de la intervención de los mejores médicos del reino, nada se pudo hacer para salvarlo.

Como es lógico, las primeras sospechas apuntaron hacia la posibilidad de que hubiera sido envenenado, algo muy lógico en el clima reinante de odios y rencores acumulados. Sin embargo, la mayoría de sus coetáneos, los cronistas de la época o poco posteriores –como Bernáldez y Zurita– y casi todos los especialistas actuales consideran que la causa del fallecimiento fue el brote de peste que comenzaba a extenderse por toda la Península ese mismo año de 1506.

La muerte de Felipe I provocó un nuevo vacío de poder en el reino. Todos asumían que la locura de la reina Juana la incapacitaba para el gobierno y, dado que el heredero de ella y Felipe era un niño de seis años que se encontraba en Flandes, era necesario instituir una regencia. Fernando el Católico, desde Aragón, movió hábilmente los hilos para que el cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo, fuera nombrado gobernador, a la espera de retornar él mismo a Castilla para asumir de nuevo el poder. Comenzaba así el segundo reinado del viejo aragonés, como le llamaban sus enemigos, un paréntesis de diez años hasta su muerte y la entronización del hijo de Felipe, Carlos I, y con él de una nueva dinastía, la de los Habsburgo, el único logro definitivo que alcanzó el efímero conde de Flandes.

La desconsolada viuda

Pero no terminó aquí la historia de Felipe el Hermoso. O mejor dicho, con su muerte acababa la historia del rey y comenzaba su leyenda. Una mitología en torno a la locura de amor de su esposa, escenificada sobre el propio cadáver. Rota por el dolor, la reina Juana, que estaba embarazada, comenzó a dar muestras aceleradas de demencia, entre ellas, abrir diariamente el féretro que contenía el cadáver de su marido. Poco después, el 20 de diciembre, la soberana comunicó su intención de trasladar los restos de Felipe el Hermoso a la ciudad de Granada, en una macabra procesión que debía atravesar media Península. A pesar de todas las presiones que recibió para que desistiera, Juana, obsesionada con la idea de que alguien pudiera robar el cuerpo de su difunto marido, no cejó en su propósito.

Antes de partir, en la cartuja de Burgos, la reina ordenó que se abriera el ataúd y se expusiera públicamente el cadáver, obligando a todos los presentes a que contemplasen al yacente, quien aparecía envuelto en vendajes impregnados en ungüentos y embadurnado por completo en cal para evitar su descomposición, tal y como nos informa el humanista Pedro Mártir de Anglería, testigo presencial de la dramática escena. Cerrado el féretro, se acomodó en una carreta tirada por cuatro caballos y el lúgubre cortejo comenzó su marcha.

Juana la Loca y su cortejo no avanzaron demasiado. Al llegar a la cercana villa de Torquemada, la reina debió detenerse, entre otras cosas debido a las molestias provocadas por el embarazo de la que iba a ser su hija Catalina. Su padre se reunió con ella en Tórtoles y desde 1509 la confinó en Tordesillas, donde permanecería hasta su muerte. Todo lo demás es leyenda, ésa que hizo recorrer cientos de kilómetros a una reina enloquecida, abrazada al féretro donde yacía un cadáver en plena descomposición. Un mito romántico, ilustrado en multitud de novelas, obras de teatro y cuadros, que ha servido para eclipsar más, si cabe, la historia de un rey de Castilla que, aunque fue soberano de extensos territorios e introdujo una nueva dinastía en España, tuvo la desgracia de morir joven y de aparecer como un mero convidado de piedra entre algunas de las más importantes personalidades de nuestra historia.

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