Expediciones fallidas

A lo largo de la historia, muchos han sido los viajes de exploración que no han prosperado, pero su fracaso no ha sido en vano.

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HU006234. COMANDANTE ROBERT E.PEARY

COMANDANTE ROBERT E.PEARY

«Encuentra el camino o créalo tú mismo», dijo el explorador, escudriñando el hielo ártico en su tercer intento de llegar al polo Norte, en 1909. Aseguró haberlo logrado ese año, afirmación que algunos cuestionaron. 

Foto: Robert E. Peary, National Geographic Creative

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C2 1. EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

Los miembros de la expedición de S. A. Andrée de 1897 observan su aeronave derribada antes de emprender una letal caminata de tres meses en dirección sur. La foto se recuperó de una cámara localizada junto a sus restos 33 años después. 

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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19933 17. EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

Unas costureras de una fábrica parisina trabajan en el globo de Andrée en 1896. Construido con capas de seda barnizadas, rodeadas por una red, y cubierto en la parte superior por un casquete para protegerlo de la nieve y el sol, el globo, de casi 30 metros de altura, fue diseñado para soportar los elementos en el Polo. Antes de la expedición se exhibió en París; 30.000 espectadores pasaron para admirarlo.

 

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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B3 9. EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

Antes del despegue unos inspectores trepan por el globo de Andrée para realizar unas últimas comprobaciones. El explorador sueco dejó un legado ambiguo: arrogante e imprudente para algunos, visionario y pionero para otros. Sin embargo, se considera el primer explorador aéreo del Ártico, aún hoy uno de los entornos más difíciles para la aviación.

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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C3 12. EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

Antes de la emprender la expedición Andrée, sentado en el centro, a la derecha, ensambla diversas piezas del globo con los miembros del equipo. Junto con los cables de lastre, el globo, llamado el Águila, estaba equipado con cuerdas pesadas diseñadas para dirigirlo. Sin embargo, poco después del ascenso, los fuertes vientos las inutilizaron.

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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B4 10. EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

El globo de hidrógeno despegó de Danskøya (o isla de los Daneses) a las 14.30 horas del 11 de julio de 1897 con Andrée, Knut Fraenkel y Nils Strindberg en la barquilla. Fue la última vez que los tres aeronautas suecos fueron vistos con vida. Poco después de elevarse en el cielo comenzaron a sufrir los embates del viento. Además, la niebla se congelaba en la superficie del globo, creando un exceso de peso que lo hacía descender. Aun así lograron volar varios cientos de kilómetros.

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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EXPEDICIÓN EN GLOBO AL POLO NORTE

En una foto tomada por Andrée y recuperada 33 años después, Fraenkel (a la izquierda) y Strindberg posan junto a un oso polar muerto de un disparo durante la caminata en dirección sur. No les faltó comida durante los tres meses que el equipo sobrevivió después de que su globo aterrizara sobre el hielo. Los hombres emplearon toda su fuerza: cada uno de ellos tuvo que arrastrar un trineo cargado con equipamiento y víveres que pesaba unos 136 kilos.

Foto: Grenna Museum, Andréexpeditionen Polarcenter / Sociedad Sueca de Antropología y Geografía

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GEORGE MALLORY

Nadie había hollado la cima del Everest cuando Mallory (de pie, segundo por la izquierda) se unió a la expedición de 1924. Posaron en el campo base unos días antes de que Mallory muriese en el intento.  

Foto: J. B. Noel, Royal Geographic Society, con IBG

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NationalGeographic 11918. OTTO LILIENTHAL

OTTO LILIENTHAL

Este ingeniero alemán del siglo XIX, que inspiró a los hermanos Wright, fue pionero del vuelo sin motor. En 1896 un fotógrafo lo retrató en el aire días antes de que se matase en un accidente de vuelo. 

Foto: R. W. Wood, National Geographic Creative

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DSC 0738. AMELIA EARHART

AMELIA EARHART

La aviadora desapareció en 1937 mientras intentaba circunvolar el globo por el ecuador. Cuando las mujeres fracasan, dejó dicho, «su fracaso debe ser un reto para las demás». 

Foto: Hulton-Deutsch Collection/Corbis

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B3 44. EXPEDICIÓN DE ERNEST SHACKLETON

EXPEDICIÓN DE ERNEST SHACKLETON

«Cuántas veces me habré maravillado de lo fina que es la línea que separa el éxito del fracaso», escribió Shackleton al término de su fallida travesía transantártica de 1914-1916. Su equipo tuvo que abandonar el barco cuando este quedó atrapado en el hielo. Tras casi dos años de penoso avance por tierra y por mar, los 28 regresaron al Reino Unido. Los perros corrieron peor suerte. 

Foto: Underwood & Underwood, Corbis

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APOLO 13

La misión de 1970 a la Luna fue un fracaso: se abortó por la explosión de un tanque de oxígeno del módulo de servicio. Pero también fue un éxito: los astronautas regresaron con vida. 

Foto: Universal Images Group Limited / Alamy

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p016  copy. CUEVAS SUBMARINAS

CUEVAS SUBMARINAS

Profundas, oscuras y laberínticas, atraen a los exploradores más osados, que no temerarios. A veces la prudencia se impone a la seducción de un posible éxito. Después de examinar esta cueva de Florida, los buzos Kenny Broad (izquierda) y Tom Morris acuerdan que por el momento seguirá «relativamente inexplorada». 

Foto: Mark Long

14 de noviembre de 2013

La patrulla del frío: Groenlandia en trineo

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La patrulla del frío: Groenlandia en trineo

Y así fue como un día ventoso de julio de 1897, bajo los auspicios de Alfred Nobel y el rey de Suecia, este funcionario de patentes y dos colegas subieron a la barquilla de un globo aerostático de unos 20 metros de diámetro en Danskøya (o isla de los Daneses), en el archipiélago de Svalbard. Llevaban trineos de madera, víveres para varios meses, palomas mensajeras para enviar información y hasta un esmoquin que Andrée esperaba vestir al final del viaje. Entre los aplausos y buenos deseos de la prensa y el público, se elevaron en el cielo confiando en so­­brevolar un lugar nunca visto por el ojo humano.

En cuanto despegaron, comenzaron a sufrir los embates del viento. La niebla se congelaba en la superficie del globo, creando un exceso de peso que lo hacía descender. Durante 65 horas y media el Eagle voló a ras de agua, rozando a veces el océano Ártico. Treinta y tres años después, unos cazadores de focas hallaron los cadáveres congelados de Andrée y su tripulación, además de sus cámaras y diarios, gracias a los cuales se supo que habían efectuado un aterrizaje forzoso sobre la banquisa a 480 kilómetros del Polo. El trío no resistió una extenuante caminata de tres meses en dirección sur.

"Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor"

El fracaso –jamás buscado, siempre temido, imposible de ignorar– es esa sombra que se cierne sobre cualquier tentativa de exploración, pero si no fuese por ese gusanillo que tras una empresa fallida nos espolea a examinar de nuevo y replantearnos la situación, el progreso sería imposible. («Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez –escribió Samuel Beckett–. Fracasa mejor.») Hoy se reconoce cada vez más la importancia del fracaso. Los educadores buscan formas de que los niños aprendan a gestionarlo. En las escuelas de negocios se estudian las lecciones que de él pueden extraerse. Los psicólogos analizan cómo lo afrontamos, generalmente con miras a mejorar la probabilidad de éxito. De hecho, la palabra «éxito» deriva de la voz latina exitus, «salida», y sí, en efecto, salimos del fracaso para entregarnos al éxito. Uno no puede existir sin el otro. El veterano oceanógrafo Robert Ballard, con cerca de 130 expediciones submarinas y el hallazgo del Titanic en su haber, llama a esta interacción el yin y yang del éxito y el fracaso.

Hasta en los casos más estrepitosos, el fracaso proporciona una información que nos ayudará a hacer las cosas de otra forma la próxima vez. «Las cuatro primeras veces que intenté escalar el Everest aprendí lo que no hay que hacer –dice el alpinista Pete Athans, quien ha coronado el techo del mundo siete veces–. Fracasar te da la oportunidad de perfeccionar la estrategia, de abordar los riesgos de manera cada vez más inteligente.»

También sirve para recordarnos que cualquier empresa tiene su parte de suerte. Alan Hinkes, miembro del selecto grupo de alpinistas que han hecho cima en los picos más altos del mundo, ha tenido su dosis de infortunio: se fracturó un brazo; una rama le atravesó una pierna «como una lanza medieval», y a punto de coronar los 8.126 metros del Nanga Parbat, en Pakistán, un fuerte estornudo le causó una hernia discal y tuvo que abandonar. «Probablemente debería estar muerto», admite, pero añade: «Lo mío no han sido fracasos, sino “por los pelos” o “de milagro”».

Para la mayoría de los exploradores solo hay un fracaso que de verdad importa: no regresar vivo.

Para la mayoría de los exploradores solo hay un fracaso que de verdad importa: no regresar vivo. Para los que no exploramos, esos finales trágicos pueden resultar más fascinantes que los propios éxitos. Robert Falcon Scott, muerto con todos sus hombres después de alcanzar el polo Sur en 1912, es un héroe para los británicos. Los australianos recuerdan conmovidos una expedi­ción decimonónica que intentó cruzar el país de sur a norte y se saldó con la muerte de sus líderes. Estas historias quedan grabadas en nuestra memoria por la misma razón que lo hacen nuestros propios fracasos: «Recordamos nuestros fallos porque no dejamos de analizarlos», apunta Ballard. El éxito, en cambio, «se pasa rápido». Y demasiado éxito puede traducirse en un exceso de confianza, que a su vez puede desembocar en fracaso. En la temporada de escalada del Everest de 1996, en la que murieron 12 personas, alpinistas expertos cometieron el error de «creer que tenían un control absoluto sobre la montaña –dice Athans, que participó en las operaciones de rescate–. Las fórmulas inamovibles siempre dan problemas». El fracaso hace que estemos alerta y que no nos confiemos.

En general, los científicos son reacios a reconocer en público sus meteduras de pata, pues su reputación y la financiación de futuros proyectos dependen de la percepción del éxito. Pero en los últimos diez años, al menos media docena de revistas científicas –la mayoría de medicina y conservación– ha solicitado artículos sobre experimentos, estudios y ensayos clínicos fallidos, con la convicción de que los resultados «negativos» pueden dar lugar a conclusiones positivas.

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El mundo empresarial, en especial el de la alta tecnología, comprende ya el valor de los resultados negativos, si son económicamente asumibles y no catastróficos. A fin de fomentar el espíritu emprendedor, el banco neerlandés ABN AMRO ha fundado el Instituto de Fracasos Geniales. Eli Lilly and Company, el gigante farmacéutico, comenzó hace dos décadas a organizar «celebraciones de resultados con orientación I+D» (en otras palabras, fiestas de fracasos) para reconocer el valor de los datos obtenidos en ensayos de fármacos que no funcionaron. (En torno al 90 % de esos ensayos son fallidos.) Algunas fundaciones incluso han empezado a solicitar a sus becarios que comuniquen lo que sale mal además de lo que sale bien.

Los directivos empresariales suelen buscar lecciones prácticas y concretas en los fracasos, pero también se benefician de verdades más generales. La historiadora Nancy Koehn, de la Escuela de Negocios de Harvard, calcula que en sus clases ha sacado a colación un centenar de veces, si no más, la historia de Ernest Shackleton, el explorador polar de origen irlandés cuya expedición transantártica de 1914-1916 se vio condenada al fracaso cuando su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo. En un instante el objetivo de Shackleton pasó a ser que tanto él como su tripulación regresasen a casa sanos y salvos.

«Como exploración fue un fracaso monumen­tal –dice Koehn–. Pero por eso mismo tiene mucho que enseñarnos. Vivimos unos tiempos en los que muchas empresas cometen actos ilícitos, y cuando se les piden cuentas se lavan las manos. Por el contrario, Shackleton dijo: “Como que me llamo Ernest que esto lo arreglo”. Se sentía responsable de aquel desastre.» Y así fue. Shackleton devolvió a sus 27 hombres a sus hogares. «Demostró ser un magnífico gestor de crisis», dice Koehn. En su historia ejemplar, los alumnos «descubren qué son la perseverancia y la resiliencia, y aprenden mucho sobre la importancia de los pequeños gestos». Como las tazas de leche caliente con las que Shackleton reconfortaba a sus hombres en cuanto percibía el me­­nor indicio de que alguno de ellos flaqueaba.

Perseverancia. Resiliencia. Capacidad de adaptación y gestión de la crisis. Son todos elementos fundamentales de la exploración, y de la vida misma.

Perseverancia. Resiliencia. Capacidad de adaptación y gestión de la crisis. Son todos elementos fundamentales de la exploración, y de la vida misma. Mantener la perspectiva también ayuda: los exploradores tienden a pensar a largo plazo, reconociendo la naturaleza ilusoria del éxito y el fracaso. «Da idéntico trato a esos dos imposto­res», aconsejaba Kipling en su poema Si. «Pienso lo mismo –asegura el espeleólogo Kenny Broad. Muchos colegas suyos han perecido en la oscuridad de cuevas laberínticas–. A lo mejor un día tienes suerte. A lo mejor tienes suerte varias veces seguidas y empiezas a creerte muy competente. En la exploración de riesgo, la frontera entre éxito y fracaso es una línea muy fina.»

La expedición aerostática de S. A. Andrée era extrema para la época, y fue un fracaso en toda regla, pero «en aviación nada es seguro hasta que lo intentas», observa el historiador de la ciencia Urban Wråkberg, de la Universidad de Tromsø, en Noruega. Los avances tecnológicos permitieron finalmente solucionar los problemas de aviación en el Ártico (tres decenios después de la intentona de Andrée se realizó con éxito el primer vuelo al polo Norte) y abrieron además innumerables puertas en otros ámbitos. La comunicación vía satélite, la fiabilidad de las comunicaciones y los avances en meteorología y asistencia robótica, entre otras muchas innovaciones, han elevado las cotas de la exploración. Pero incluso Ballard, en cuyos grandes descubrimientos intervinieron robots, apunta que la tecnología «no lo posibilita todo».

Y menos mal. Porque «eliminar la incertidum­­bre es liquidar la motivación –dice Athans–. En la naturaleza de la condición humana está el de­­seo de ir más allá. Llegar hasta donde ya sabemos que podemos llegar no tiene gracia».