El Más Allá en China

Espíritus inquietos

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China, el culto milenario a los ancestros

En la aldea del Valle de la Primavera, la gente no solía hablar de los muertos. Tampoco eran muy dados a recordar el pasado. «Este lugar siempre ha sido muy pobre», me decían los lugareños cuando les preguntaba por los viejos tiempos, y después callaban. Tenían algunas fotos antiguas y muy pocos documentos escritos. La Gran Muralla estaba cerca, pero ni siquiera sus impresionantes ruinas suscitaban mucho interés. En 2001 empecé a alquilar una casa en la aldea, en parte porque sentía curiosidad por la historia de la región, pero pronto descubrí que las referencias al pasado eran escasas y fugaces. Como la mayoría de los chinos de la generación actual, la gente estaba concentrada en las oportunidades que brindaba el presente: los precios en aumento de los cultivos locales y el boom de la construcción que estaba creando nuevos puestos de trabajo en Beijing, a menos de dos horas de distancia.

Sólo un día al año volvían la vista atrás, en abril, durante la fiesta del Qingming. El nombre en chino significa algo así como «día de la claridad brillante», y se celebra desde hace más de un milenio en toda China, con diversas variantes regionales. El culto a los antepasados es todavía más antiguo. Hace más de 5.000 años, las culturas del norte de China veneraban a los muertos con ceremonias muy elaboradas. Aún se conservan ecos de aquellas tradiciones, y durante mi primer año en la aldea, cuando llegó la festividad, acompañé a mis vecinos en su excursión ritual al cementerio.

Sólo podían participar hombres. Todos se apellidaban Wei, y alrededor de una docena de miembros del clan salieron del pueblo antes del alba y subieron la abrupta pendiente de la montaña

situada detrás de la aldea. Vestían sencillas ropas de trabajo, llevaban cestas de mimbre y cargaban palas sobre los hombros. No cruzaron palabra por el camino, ni pararon para descansar. Con las herramientas a punto, avanzaban con paso decidido junto a los albaricoqueros, cuyas flores recién abiertas brillaban como estrellas a la luz tenue de la madrugada. Al cabo de 20 minutos llegamos al cementerio de la aldea. Estaba en lo alto de la montaña, en un lugar con simples montones de tierra dispuestos en pulcras hileras. Cada fila representaba una generación diferente, y los hombres empezaron a trabajar por la primera, donde se alineaban las tumbas de los muertos más recientes: padres y madres, tíos y tías. Arrancaron las malas hierbas y apilaron tierra nueva sobre los montículos. Dejaron ofrendas: botellas de licor y paquetes de cigarrillos. Y quemaron billetes especiales para usarlos en el Más Allá, con una marca de agua donde podía leerse: «Banco del Cielo y Cía. S.L.».

Cada hombre prestaba especial atención a sus parientes más cercanos, avanzando de hilera en hilera, de los padres a los abuelos y a los bisabuelos. Casi ninguna tumba tenía marcas ni nombres, y a medida que retrocedían en el tiempo, de fila en fila, surgían más dudas respecto a la identidad de los difuntos. Al final el trabajo se volvía comunitario: todos ayudaban en todos los montícu-los y nadie sabía quién estaba enterrado debajo. La última tumba se erguía solitaria como única representante de la cuarta generación. «Lao zu –dijo un aldeano–. El antepasado.» No se conocía otro nombre para el fundador del clan, cuyos datos se habían perdido con el paso del tiempo.

Cuando terminaron, la luz matinal resplandecía por detrás de las cumbres del este. Un hombre llamado Wei Minghe me explicó que cada montículo representaba una casa para los muertos, y que la tradición local exigía que el ritual del Qingming estuviera terminado antes del alba. «Si echas tierra sobre la tumba antes de que salga el sol, entonces ellos tendrán un tejado sobre sus cabezas en la otra vida –dijo–. Si no llegas a tiempo, tendrán que conformarse con una techumbre de paja.»

Wei Minghe tenía sesenta y muchos años. Todavía conservaba el aspecto recio de un granjero, pero ahora vivía en una residencia de ancianos en la cercana ciudad de Huairou, lo que no le impedía volver fielmente al pueblo todos los años para el Qingming. Más tarde, ese mismo día, lo llevé en mi coche de vuelta a la ciudad. Cuando le pregunté si echaba de menos el Valle de la Primavera, me dijo: «Antes de la residencia, nunca había vivido en un lugar con buena calefacción». Su punto de vista acerca del progreso era perfectamente lógico, lo mismo que los de­­seos de sus antepasados: un techo de tejas en lugar de una techumbre de paja.

El concepto chino del más allá siempre se ha caracterizado por unas cualidades que muchos occidentales considerarían terrenales. En épocas pasadas, la visión de la otra vida solía ser pragmática, materialista, incluso burocrática, valores que son perfectamente visibles en los actuales hallazgos arqueológicos. Las tumbas reales suelen destacar por su meticulosa organización y su impresionante riqueza. La tradición de enterrar a los muertos acompañados de bienes va­­liosos se remonta al menos al V milenio a.C., época en la que algunas tumbas ya contenían objetos de jade y piezas de alfarería. Pero hay que esperar hasta la dinastía Shang, que reinó en el norte de China aproximadamente entre 1600 y 1045 a.C., para disponer de testimonios escritos acerca de las creencias que albergaba la gente respecto al Más Allá. La escritura china más antigua que se conoce aparece grabada sobre huesos oraculares de los Shang: omóplatos de buey y caparazones de tortuga utilizados en la corte real. Los huesos, cuyas grietas y líneas de fractura se interpretaban en los rituales adivinatorios, constituían un medio de comunicación con el mundo invisible, y se usaban incluso para transmitir mensajes a los antepasados de la fa­­milia real. «Informamos ritualmente de los ojos enfermos del rey al abuelo Ding.» «Respecto a la llegada del Shaofang [un enemigo], informamos ritualmente al padre Ding.»

Se atribuía a los difuntos gran poder sobre los acontecimientos cotidianos. Un antepasado disgustado podía causar enfermedades o catástrofes entre los vivos, y muchos huesos oraculares aluden a sacrificios humanos destinados a apaciguar a esos espíritus. En un complejo funerario de la provincia de Henan, las excavaciones han sacado a la luz más de 1.200 fosas sacrificiales, la mayoría de las cuales contienen víctimas humanas. Un arqueólogo me dijo en una ocasión que había contado 60 maneras diferentes de matar a una persona durante una ceremonia Shang. Pero también me recordó que se trataba de rituales, no de una arbitraria expresión de frenesí violento. Para los Shang, los sacrificios humanos simplemente formaban parte de un sistema muy bien organizado. Los Shang observaban un calendario estricto, con determinados días durante los cuales era preciso ofrecer sacrificios a ciertos antepasados. Eran tan meticulosos que a veces su empeño parecía casi científico. En una ocasión, un adivino procedió a partir nada menos que 70 huesos oraculares, uno tras otro, para averiguar cuál de todos los antepasados del rey era el responsable de su dolor de muelas.

Los difuntos, por su parte, se movían en una maraña burocrática. Los nombres reales se cambiaban después de la muerte para indicar la adopción de nuevas funciones. El propósito del culto a los antepasados no era recordar cómo habían sido las personas en vida, sino más bien halagar y mantener buenas relaciones con los fallecidos, que tenían a su cargo responsabilidades muy concretas. Muchas inscripciones en huesos oraculares recogen la petición de que un antepasado realice una ofrenda propia a una instancia superior.

David N. Keightley, historiador de la Universidad de California en Berkeley, me comentó que le impresiona particularmente la sensación de jerarquía y orden que se desprende de las inscripciones de los huesos oraculares. «Los muertos más recientes se ocupan de las pequeñeces y los que llevan más tiempo difuntos atienden los asuntos más importantes –me dijo–. Es una manera de organizar el mundo.»

Tras la caída de los Shang en 1045 a.C., la adivinación con huesos oraculares prosiguió bajo los Zhou, una dinastía que reinó en una parte del norte de China hasta el siglo iii a.C. Pero la práctica del sacrificio humano se hizo cada vez menos frecuente, y en las tumbas reales empezaron a aparecer mingqi, u «objetos espirituales», como sucedáneos de los objetos reales. Las figuras de cerámica sustituyeron a las víctimas humanas. Los soldados de terracota encargados por el primer emperador de China, Qin Shi Huangdi, quien unificó el país bajo una sola dinastía en el año 221 a.C., son el ejemplo más famoso. Este ejército, compuesto por unas 8.000 estatuas de tamaño natural, estaba destinado a servir al emperador en el Más Allá.

La siguiente dinastía, la de los Han, dejó una colección de piezas funerarias de carácter menos militar. La tumba de Han Jing Di, que reinó entre los años 157 y 141 a.C., ha proporcionado una sorprendente variedad de objetos espirituales que reflejan las necesidades de la vida cotidiana: reproducciones de cerdos, ovejas, perros, carros, palas, sierras, hachas, cinceles, fogones e instrumentos para pesar y medir. Incluso había moldes de madera para estampar sellos oficiales, destinados al uso de los burócratas en el otro mundo.

En una cultura tan rica y antigua como la de China, la línea entre el pasado y el presente nunca está claramente definida, e innumerables influencias han configurado y transformado la visión china del Más Allá. Algunos filósofos taoístas no creían en la vida después de la muerte; pero el budismo, que empezó a influir en el pensamiento chino a partir del siglo ii d.C., introdujo el concepto del renacimiento después de la muerte. También se filtraron las ideas de la recompensa y el castigo eternos, procedentes del budismo y el cristianismo.

Sin embargo, muchos elementos de las prime­ras dinastías, como la Shang y la Zhou, pervivie­ron a lo largo de milenios. Los chinos siguieron rindiendo culto a sus antepasados e imaginando el Más Allá en términos burocráticos y materialistas. Las experiencias cercanas a la muerte dieron pie a leyendas populares sobre funcionarios de bajo rango en el otro mundo que escribían mal un nombre en el libro de los muer­­tos, y a punto estaban de segar una vida pre­­ma­tu­ramente antes de descubrir su error.

David Keightley me dijo que la visión tradicional que los chinos tienen de la muerte le parece optimista. Al carecer del concepto de pecado original, el paso a la otra vida no les exige ningún cambio radical. El mundo no tiene defectos insuperables y sirve de modelo perfecto para el estadio siguiente. «En Occidente, la clave es el renacimiento, la redención, la salvación. En la tradición china, uno muere, pero continúa siendo lo que es», argumentó.

Keightley cree que ese tipo de ideas contribuyeron en la estabilidad de la sociedad china. «Las culturas que practican el culto a los antepasados están abocadas a ser conservadoras –dijo–. Nunca les parecerán atractivas las cosas nuevas, porque eso significaría desafiar a los antepasados.»

Los actuales cambios en china son cualquier cosa menos conservadores, y no tienen contemplaciones con los muertos. Muchos cementerios se destruyen para dejar espacio a nuevos proyectos de construcción, y muchos habitantes de las zonas rurales han emigrado a las ciudades, resultándoles imposible volver al pueblo para la fiesta del Qingming. Algunos prueban con formas alternativas del cuidado de los sepulcros: hay webs donde es posible cuidar las «tumbas virtuales» de los ancestros. Pero es difícil pensar en el pasado en un país que está cambiando tan rápidamente, y muchas tradiciones sencillamente se desvanecen.

Cada año parece haber menos gente dispuesta a celebrar el Qingming en la aldea del Valle de la Primavera. Aun así la festividad sobrevive, y algunos de sus elementos todavía recuerdan los antiguos rituales. Las tumbas del cementerio están organizadas con precisión burocrática, con una hilera para cada generación. Los aspectos materiales siguen siendo importantes: cigarrillos, licor y dinero de imitación para los muertos. Quizás algún día se abandonen también estas tradiciones, pero de momento siguen proporcionando un vínculo entre el pasado y el presente.

Tres años después de mi primer Qingming, sólo siete aldeanos subieron la ladera de la montaña hasta el cementerio. En la cima, una tumba nueva se erguía en la primera fila, adornada con una vela que llevaba la inscripción «eternamente joven». Le pregunté a mi vecino quién estaba enterrado allí.

«Wei Minghe –me respondió–. Usted lo llevó a casa en coche hace unos años. Murió el año pasado. No recuerdo en qué mes.»

«Es la primera vez que arreglamos su tumba», añadió otro hombre.

«El año pasado él estaba echando tierra sobre la tumba de otros –dijo un tercero–. Ahora nosotros la echamos sobre la suya.»

Cogí una pala y ayudé a apilar tierra sobre el montículo. Alguien encendió un cigarrillo Roja Flor de Ciruelo y lo colocó sobre la pila con la brasa hacia arriba. A Wei Minghe le hubiera gustado el detalle, y habría apreciado el respeto por la hora. Antes del alba ya nos habíamos marchado. Al menos durante un año más, los antepasados podrían disfrutar de un buen tejado.