La escultura y el culto al hombre

Héctor Rodríguez

16 de febrero de 2017

En sus estatuas monumentales, realizadas para Florencia o para los sucesivos papas, Miguel Ángel plasmó el ideal de humanidad de su tiempo

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El arte en el Renacimiento se desarrolló en el marco de una nueva corriente de pensamiento: el Humanismo. El germen del Humanismo tuvo su origen en la Italia de finales del siglo XIV, y se desarrollaría durante los siglos posteriores acabando con una concepción del mundo que en Europa, se dilataría por más de mil años, durante toda la Edad Media.

Es este el momento en el que, entre las grietas de una noción eminentemente teocéntrica del mundo y de la existencia humana, arte y ciencia comienzan a abrir paso al antropocentrismo: donde el hombre y la naturaleza empiezan a ocupar el eje central del pensamiento, la filosofía y la cultura. A su vez, el Humanismo sembraría la simiente para el florecimiento, siglos después, de la Ilustración y el estallido de la Revolución Francesa.

Así, con un renovado interés por la civilización greco-romana y un ávido afán de conocimiento, en su traducción artística, este nuevo movimiento ideológico trató de interpretar la naturaleza para plasmarla con total libertad en todas sus disciplinas, bien a trazo de pincel, a punta de pluma o a golpe de cincel.

En este sentido quizá sea, en términos generales en la escultura de la época, y abordando la obra Miguel Ángel en particular, donde encontremos la máxima expresión artística del ideal humanista. La escultura del Renacimiento hundiría sus cimientos en la Antigüedad Clásica así como en su mitología. Se caracterizó por la representación del cuerpo humano desnudo a través de una técnica muy perfeccionada. Para los escultores renacentistas, la expresión matemática de la naturaleza se vería encarnada en la figura humana, donde quedaba representado el ideal absoluto de belleza durante el Renacimiento.

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De este modo, la producción escultórica de Buonarroti es el testigo pétreo de esta influencia clásica, siendo la representación del cuerpo humano, y más concretamente de la silueta masculina –lo que se explica a través de la homosexualidad del genio-, una obsesión constante en su carrera.

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