En busca de Doggerland

Los arqueólogos intentan responder una pregunta de suma actualidad: ¿qué le ocurre a una población cuando su tierra desaparece bajo el mar?

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Doggerland

8000 a.C.: Después de retirarse tierra adentro a causa de una tormenta, un grupo de cazadores-recolectores regresa a Doggerland y encuentra su asentamiento inundado. A la larga, no habría tierra seca a la cual regresar.

John Tomanio y Amanda Hobbs, NGM / Ilustración: Alexander Maleev / Fuentes: Simon Fitch, Vincent Gaffney y Benjamin Gearey, Universidad de Birmingham, Reino Unido

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Doggerland

Asesinadas y luego enterradas juntas en una tumba adornada con cornamentas, estas dos mujeres de un cementerio mesolítico de la isla Téviec, en Bretaña, Francia, son el testimonio de una era violenta. La pérdida de territorio debido a la subida del nivel del mar pudo provocar conflictos entre poblaciones vecinas. 

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Foto: Robert Clark, Museo de Toulouse, Francia

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Doggerland

La arqueóloga Lisa Snape-Kennedy calca las huellas de una grulla en Goldcliff. Hoy apenas hay grullas en Gran Bretaña, pero seguramente fueron una valiosa fuente de alimento para los pueblos del mesolítico. 

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Foto: Robert Clark

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Doggerland

En el estuario del Severn, en Goldcliff, Gales, la bajamar revela la huella de un cazador de hace 7.500 años, cuando el nivel del mar registraba una subida gradual. 

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Foto: Robert Clark

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Doggerland

Unas puntas de flecha de hueso y asta recuperadas en el mar del Norte, frente a la costa neerlandesa, testimonian un modo de vida que quedó sumergido bajo el agua. 

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Foto: Robert Clark, Museo de Antigüedades, Leiden, Países Bajos

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Doggerland

El paleontólogo aficionado Jan Glimmerveen exhibe en su casa de La Haya algunos de los huesos fósiles y herramientas que a lo largo de los años le han hecho llegar los pescadores de arrastre del mar del Norte. Este tipo de objetos es lo único que se conserva del desaparecido mundo de Doggerland.

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Foto: Robert Clark

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Doggerland

En Vedbaek, un pueblo de la costa de Dinamarca, un anciano fue enterrado sobre un lecho de cornamentas y con dos cuchillos de pedernal en un costado. Conocido como «el viejo cazador», es uno de los 22 enterramientos descubiertos en la década de 1970 en un cementerio mesolítico situado debajo del aparcamiento de una escuela.

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Doggerland

Los restos de un roble prehistórico asoman entre el barro del estuario del Severn durante la marea baja, cerca del pueblo galés de Goldcliff. Conforme el mar avanzaba los bosques mesolíticos del norte de Europa morían gradualmente por la intrusión de agua salada. Los seres humanos se debieron de trasladar a zonas más elevadas, hasta que el mar también las engulló.

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Doggerland

Cubo en mano, una herramienta esencial para los arqueólogos que trabajan en zonas intermareales, Lisa Snape-Kennedy examina los sedimentos en busca de rastros de vida del mesolítico. Las crestas de la cuenca del estuario del Severn están formadas por estratos de limo anuales, lo que permite determinar la época del año en que los pueblos del mesolítico ocuparon la zona.

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Doggerland

Durante una marea excepcionalmente baja, la arqueóloga Jennifer Foster saca un molde de una huella mesolítica perfectamente conservada, que ha aflorado cuando el mar en retirada se ha llevado los sedimentos suprayacentes. La subida de la marea y un mar agitado podrían borrarla para siempre.

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Foster sostiene una piedra descubierta en el yacimiento de Goldcliff. Las grietas que presenta sugieren que estuvo expuesta al calor de un hogar, señal de que el lugar estuvo ocupado por seres humanos, al menos durante un tiempo.

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Doggerland

A medida que la marea baja, el arqueólogo jefe Martin Bell, de la Universidad de Reading, se apresura a sacar a la luz una huella. El estuario del Severn, que posee uno de los rangos mareales más altos del mundo, solo ofrece unas dos horas para trabajar antes de que vuelva la marea. 

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Doggerland

Miembros del equipo arqueológico de Goldcliff despliegan un plástico con las huellas en negro de seres humanos, ciervos y grullas del mesolítico; en rojo, los contornos de los estratos sedimentarios anuales. 

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Foto: Robert Clark

Los arqueólogos intentan responder una pregunta de suma actualidad: ¿qué le ocurre a una población cuando su tierra desaparece bajo el mar?

Cuando empezaron a encontrarse vestigios de un mundo perdido en el fondo del mar del Norte, nadie podía creerlo. Aparecieron por primera vez hace un siglo y medio, cuando la pesca de arrastre se extendió por toda la costa neerlandesa. Los pescadores barrían el lecho marino con sus redes y las subían llenas de lenguados, platijas y otros peces que viven en el fondo del mar. Pero a veces caía también sobre la cubierta algún colmillo enorme, o los restos de un uro, de un rinoceronte lanudo o de alguna otra bestia extinguida. Estas pistas de que las cosas no siempre habían sido como eran ahora inquietaban a los pescadores, quienes devolvían al mar todo aquello para lo que no tenían explicación.

Generaciones después, Dick Mol, un hábil aficionado a la paleontología, convenció a los pescadores para que le facilitasen esos huesos y tomasen nota de las coordenadas exactas del lugar donde los habían encontrado. En 1985 un capitán le entregó una mandíbula humana completa, perfectamente conservada, con los molares desgastados. Mol y su amigo Jan Glimmerveen, otro paleontólogo aficionado, hicieron datar el hueso mediante radiocarbono. Resultó que tenía 9.500 años de antigüedad, lo cual quiere decir que el individuo a quien perteneció aquella mandíbula vivió durante el mesolítico, período que en el norte de Europa comenzó al final de la última glaciación, hace unos 12.000 años, y se prolongó hasta la llegada de la agricultura, unos 6.000 años más tarde. "Creemos que proviene de un enterramiento que ha permanecido intacto desde que aquel mundo desapareció bajo las olas, hace unos 8.000 años", dice Glimmerveen.

Hace unos 18.000 años, el nivel del mar en el norte de Europa era unos 122 metros más bajo que el actual

La historia de esta tierra desaparecida empieza con la retirada de los hielos. Hace unos 18.000 años, el nivel del mar en el norte de Europa era unos 122 metros más bajo que el actual. Gran Bretaña no era una isla, sino la deshabitada esquina noroccidental de Europa, y entre ella y el resto del continente se extendía una tundra helada. A medida que el planeta se calentaba y el hielo retrocedía, los ciervos, uros y jabalíes empezaron a dirigirse hacia el norte y hacia el oeste, seguidos de los hombres que los cazaban. Procedentes de las regiones montañosas de lo que hoy es la Europa continental, los cazadores se encontraron ante una vasta llanura de escasa altitud.

Un lugar llamado Doggerland

Los arqueólogos denominan ese terreno desa­parecido Doggerland, por el banco de arena del mar del Norte conocido como Dogger. Antes considerado como un puente de tierra entre la actual Europa continental y Gran Bretaña, un lugar de paso en su mayor parte deshabitado, hoy se cree que Doggerland estuvo poblado du­­rante miles de años por gentes del mesolítico, hasta que fueron expulsadas por la crecida im­­placable del mar. A ese período le sucedió otro de convulsiones climáticas y sociales hasta que, a fines del mesolítico, Europa ya había perdido una parte importante de su masa continental y su aspecto era más o menos el que tiene hoy.

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Muchos expertos ven en Doggerland la clave para entender el mesolítico en el norte de Europa, y en el mesolítico, un referente que debemos tener en cuenta en una época de cambio climáti­co como la actual. Gracias a un equipo de arqueólogos de la Universidad de Birmingham dirigido por Vince Gaffney, tenemos una idea del aspecto que debió de tener ese territorio. Basándose en datos sísmicos del subsuelo del mar del Norte, ellos han reconstruido digitalmente 46.620 kilómetros cuadrados del paisaje sumergido.

En el Centro de Tecnología Visual y Espacial IBM de la universidad, Gaffney proyecta imágenes de esta tierra ignota sobre inmensas pantallas en color. En una esquina del mapa, el Rin y el Támesis se unían y fluían hacia el sur hasta lo que actualmente es el canal de la Mancha. Habría otros sistemas fluviales para los cuales no tenemos nombre. En el clima de aquella época –quizás un par de grados más cálido que el de hoy– los contornos de la pantalla se traducirían en suaves colinas onduladas, valles arbolados, exuberantes pantanos y lagunas. "Era un paraíso para los cazadores-recolectores", dice.

La publicación en 2007 de la primera parte del mapa permitió a los arqueólogos "ver" por prime­ra vez el mundo mesolítico, e identificar la probable ubicación de algunos asentamientos, con vistas a una posible excavación. El elevado coste de la arqueología submarina y la escasa visibilidad del mar del Norte han mantenido esos yacimientos fuera de nuestro alcance. Pero los arqueólogos también disponen de otros medios para desvelar quiénes fueron los habitantes de Doggerland y cómo respondieron al inexorable avance del mar sobre sus tierras.

En primer lugar están los tesoros atrapados en las redes de los pescadores. Además de la mandíbula humana, Glimmerveen ha acumulado más de 100 piezas: huesos de animales con marcas de despiece y herramientas de hueso y de asta, entre ellas un hacha con un motivo en zigzag. Al conocer las coordenadas de estos descubrimientos, y dado que los objetos no suelen desplazarse demasiado sobre el lecho marino, puede determinar que muchos provienen de la zona meridional del mar del Norte que los neerlandeses llaman De Stekels (las espinas), caracterizada por sus abruptas crestas del fondo marino. "El yacimiento o yacimientos debían de estar cerca de un sistema fluvial –dice–. Quizá vivían en dunas fluviales."

Otra línea de investigación sobre Doggerland son las excavaciones en aguas someras o en zonas intermareales cercanas de una antigüedad similar. En las décadas de 1970 y 1980, en un ya­­cimiento llamado Tybrind Vig, a pocos cientos de metros de la costa de una isla danesa del mar Báltico, se hallaron indicios de una cultura pesquera del mesolítico tardío sorprendentemente avanzada. Entre los objetos figuran remos decorados con elegancia y varias canoas largas y estrechas, una de ellas de más de nueve metros.

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Más recientemente, Harald Lübke, del Centro de Arqueología Báltica y Escandinava en Schleswig, Alemania, y sus colegas han excavado una serie de yacimientos submarinos en la bahía de Wismar, en la costa alemana del Báltico, de entre 8.800 y 5.500 años de antigüedad. Los yacimientos documentan de manera ostensible un cambio en la dieta de sus habitantes, que pasaron de comer pescado de agua dulce a consumir especies marinas a medida que la subida del nivel del mar transformaba sus tierras; con el paso de los siglos los lagos interiores rodeados de bosques se transformaron en marismas cubiertas de juncos, más tarde, en fiordos y finalmente, en la bahía abierta que hay en la actualidad.

Una transformación similar tuvo lugar en Goldcliff, en el estuario galés del Severn, donde el arqueólogo Martin Bell, de la Universidad de Reading, y su equipo llevan excavando 21 años. Durante el mesolítico el Severn estaba encajado en un valle estrecho, pero a medida que el mar fue subiendo, se desbordó sobre los lados del valle y se extendió, creando el actual estuario.

Un día de agosto, durante una marea excepcionalmente baja en Goldcliff, seguí a Bell y sus colaboradores por la fangosa llanura mareal hasta dejar atrás enormes troncos negros de robles prehistóricos que el lodo ha preservado. Teníamos menos de dos horas antes de que la marea volviese a subir. Llegamos a una pequeña elevación que 8.000 años atrás era el litoral de una isla. Un miembro del equipo echó agua a presión, y de pronto surgió el relieve de 39 huellas dejadas por tres o cuatro individuos en ambas direcciones a lo largo de la orilla. "Debían de salir de su campamento para examinar las trampas para peces en un canal cercano," dice Bell.

Testimonios de cambios excepcionales

El arqueólogo opina que en algún momento hubo numerosos campamentos en el estuario, y que cada uno de ellos estuvo poblado por un grupo familiar de unos diez individuos. Segura­mente no estaban habitados de forma permanen­te. El más antiguo habría quedado sumergido durante las mareas más altas, por lo que está claro que sus ocupantes eran estacionales, y cada vez que regresaban construían el campamento un poco más arriba en la ladera. Lo asombroso es que siguieran volviendo durante siglos, quizá milenios, y que cada vez encontrasen el camino a través de un paisaje siempre cambiante. Esta población fue testigo de la desaparición del bosque de robles, tras quedar anegado por el mar. "En algún momento los árboles colosales asomarían, muertos, a través de la marisma. Debió de ser un paisaje extraño", imagina Bell.

Los individuos de mayor edad serían los guardianes del conocimiento medioambiental, capaces de interpretar el patrón de las migraciones

El verano y el otoño habrían sido épocas de bonanza en toda la costa, con buena caza gracias a los animales salvajes que llegaban atraídos por los extensos pastizales de las marismas, el mar lleno de peces, y avellanas y bayas en abundancia. Durante las otras estaciones los grupos se trasladaban a tierras más altas, probablemente siguiendo los valles de los afluentes del Severn. Puesto que se trataría de culturas de transmisión oral, los individuos de mayor edad serían los guardianes del conocimiento medioambiental, capaces de interpretar, por ejemplo, el patrón de las migraciones de las aves y poder así informar a su grupo sobre el momento adecuado para abandonar la costa y migrar a las tierras altas, decisiones de las que dependía su supervivencia.

El hallazgo de grandes concentraciones de objetos sugiere que los pueblos del mesolítico, al igual que los posteriores cazadores-recolectores de América del Norte, se reunían en grandes grupos para celebraciones anuales de tipo social, posiblemente a principios del otoño, cuando llegaban las focas y los salmones. En el oeste de Gran Bretaña, estos encuentros tenían lugar en las cimas de las colinas, con vistas a los cazaderos de focas. Habría sido el momento ideal para que los jóvenes encontrasen pareja y para el intercambio de información sobre otros sistemas fluviales más allá del territorio de cada grupo, una información cada vez más crucial conforme el mar iba alterando el paisaje.

La subida más drástica del nivel del mar se produjo a un ritmo de uno o dos metros por siglo, pero dada la variada topografía del terreno, las inundaciones no debieron de ser uniformes. En los territorios bajos, como Doggerland, el avance del mar convirtió los lagos en estuarios. La reconstrucción digital de Gaffney muestra que uno en particular, el Outer Silver Pit, contiene inmensos bancos de arena que solo se podrían haber creado por fuertes corrientes mareales. En algún momento esas corrientes habrían dificultado enormemente el paso en canoa, y a la larga habrían creado una barrera permanente a lo que antes habían sido territorios de caza.

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¿Cómo se adaptaron los cazadores del mesolítico, cuya existencia estaba determinada por el ritmo de las estaciones, a la progresiva desaparición de su mundo? Jim Leary, arqueólogo de English Heritage, ha buscado en la litera­tura etnográfica paralelismos con los inuit y otros cazadores-recolectores actuales que se enfrentan al cambio climático. Para quienes aprendieron a explotar ese mar en ascenso, convirtiéndose en expertos fabricantes de canoas y pescadores, la nueva situación debió de ser una bendición, pero solo por un tiempo. Al final la pérdida de territorio llegaría a contrarrestar esos beneficios.

Los ancianos del mesolítico, los «depositarios del conocimiento» como los llama Leary, ya no habrían sido capaces de interpretar por más tiempo las sutiles variaciones estacionales del paisaje para aconsejar al grupo. Aislados de sus territorios de caza y pesca ancestrales, y de sus cementerios, las poblaciones humanas debieron de sentirse profundamente desarraigadas, dice Leary, «como los inuit, aislados de sus tierras por la fusión de los témpanos de hielo».

«Debieron de producirse enormes flujos mi­­gratorios –añade Clive Waddington, de Archaeological Research Services Ltd., una consultora de Derbyshire–. Es probable que los pueblos que vivían en lo que hoy es el mar del Norte tuvieran que marcharse con gran rapidez.» Algunos se dirigieron a Gran Bretaña. En Howick, Northumberland, en los acantilados que recorren la costa nordeste de Gran Bretaña y que por tanto debieron de ser las primeras colinas que vieron, el equipo de Waddington ha encontrado los restos de una vivienda que ha sido reconstruida tres veces en un período de 150 años. La cabaña data de hacia 7900 a.C., una de las evidencias más antiguas de asentamiento en Gran Bretaña. Waddington interpreta su repetida ocupación como señal de un creciente sentimiento de territorialidad: sus residentes tuvieron que defenderse de las oleadas de desplazados de Doggerland.

Síntomas que resultan familiares

«Sabemos lo importantes que fueron las zonas de pesca para la subsistencia de aquellos pueblos –dice Anders Fischer, arqueólogo de la Agencia Danesa para la Cultura, en Copenhague–. Si cada generación veía desaparecer sus mejores calade­ros, sin duda debían de verse obligadas a encontrar unos nuevos, y eso los llevaría repetidamente a entrar en competición con grupos vecinos. En sociedades con una organización social de escasa complejidad, eso seguramente derivaba en conflictos y violencia.»

¿Fue el tsunami de Storegga el golpe de gracia, o ya había desaparecido Doggerland bajo el mar?

Migración, territorialidad, conflicto: modos diversos y difíciles de adaptarse a las nuevas circunstancias, pero adaptaciones al fin y al cabo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que el mar agotó por completo la capacidad de supervivencia de los habitantes de Doggerland. Hace unos 8.200 años, tras milenios de una ininterrumpida crecida del mar, una inmensa descarga de agua de deshielo procedente de un gigantesco lago glaciar norteamericano, el Agassiz, causó una subida del nivel del mar de más de 0,6 metros. Esta entrada de agua helada ralentizó la circulación de agua caliente en el Atlántico Norte, lo que provocó una bajada brusca de la temperatura e hizo que las costas de Doggerland –si es que aún quedaba algún trozo de tierra emergida– fueran azotadas por vientos gélidos. Por si el panorama no fuese bastante dramático, casi al mismo tiempo un deslizamiento submarino cerca de la costa de Noruega conocido como el deslizamiento de Storegga provocó un tsunami que inundó todo el litoral del norte de Europa.

¿Fue el tsunami de Storegga el golpe de gracia, o ya había desaparecido Doggerland bajo el mar? Los científicos no están seguros, pero lo que sí saben es que a partir de ese momento el ritmo de la subida del nivel del mar se ralentizó. Después, hace unos 6.000 años, un nuevo pueblo procedente del sur arribó a las costas de las islas Britá­nicas, por entonces cubiertas de bosques densos. Llegaron en barcos, con ovejas, ganado y cereales. Hoy, los descendientes de aquellos primeros agricultores neolíticos, aunque equipados con una tecnología mucho más sofisticada que la de sus congéneres mesolíticos, se enfrentan una vez más a un futuro con un mar en ascenso.