El Trienio Liberal, el pronunciamiento del general Riego

El primer día de 1820, el general Riego se alzó en Andalucía con el objetivo de derrocar el régimen absolutista y restablecer la Constitución

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El triunfo de la Revolución

Este grabado recrea el momento en que la Constitución de Cádiz es proclamada en la plaza Mayor de Madrid, en marzo de 1820, entre el alborozo de los soldados y el pueblo. Museo de Historia, Madrid.

M. C. ESTEBAN / PHOTOAISA

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La jura de la Constitución

La escena que protagonizó Fernando VII en 1820 decora un estuche lacado que servía para guardar un ejemplar de la Constitución de 1812. Museo Romántico, Madrid.

ORONOZ / ALBUM

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fototeca9x12-20423005. Constitución española

Constitución española

Constitución política de la monarquía española. Edición de 1822. Biblioteca de Temas Gaditanos, Cádiz.

P. ROTGER / IBERFOTO

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21135. Vista de Cádiz

Vista de Cádiz

La catedral de Santa Cruz, en Cádiz, del siglo XVIII, en estilo barroco, rococó y neoclásico, vista desde el mar.

REINHARD SCHMID / FOTOTECA 9X12

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album orz081201. El rey absolutista

El rey absolutista

Fernando VII, el rey que combatió las ideas liberales. Retrato por Vicente López y Portaña. Museo del Prado, Madrid.

ORONOZ / ALBUM

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album orz007034. El suplicio del general Riego

El suplicio del general Riego

El general Riego es conducido al lugar del suplicio. «Como si montarle en borrico hubiera sido signo de nobleza, llevábanle en un serón que arrastraba el mismo animal [...]; cubierta la cabeza con su gorrete negro, lloraba como un niño», escribió Pérez Galdós.

IBERFOTO / PHOTOAISA

Albert Ghanime, historiador

2 de agosto de 2013

El primer día de 1820, el general Riego se alzó en Andalucía con el objetivo de derrocar el régimen absolutista y restablecer la Constitución

Más información

Fernando VII, el rey que derogó la Constitución de 1812

Fernando VII, el rey que derogó la Constitución de 1812

Las luces de Europa no permiten ya, Señor, que las naciones sean gobernadas como posesiones absolutas de los reyes. Los pueblos exigen instituciones diferentes, y el gobierno representativo […] es el que las naciones sabias adoptaron, el que todos apetecen, el gobierno cuya posesión ha costado tanta sangre y del que no hay pueblo más digno que el de España». En estos términos se dirigían al rey Fernando VII los militares que el 1 de enero de 1820 se habían alzado en armas en Andalucía, en las comarcas próximas a Cádiz. Su propósito era forzar al monarca a abandonar el régimen absolutista que había restaurado en 1814, al término de la guerra contra Napoleón, y establecer la constitución de las Cortes de Cádiz de 1812. «Resucitar la Constitución de España, he aquí su objeto: decidir que es la Nación legítimamente representada quien tiene solo el derecho de darse leyes a sí misma, he aquí lo que les inspira el ardor más puro y los acentos del entusiasmo más sublime», decía asimismo el texto. La revolución victoriosa inauguraría el llamado trienio liberal, un período en el que, por primera vez en la historia de España, el conjunto del país estaría regido por un sistema constitucional.

El héroe de la revolución

El gran protagonista del alzamiento de 1820 fue el teniente coronel Rafael del Riego. Nacido en una familia asturiana, noble pero de escasos recursos económicos, Riego tuvo una buena formación, a diferencia de otros compañeros de generación. Realizó estudios secundarios y en 1807 ingresó en un regimiento prestigioso, la Compañía Americana de Guardias de la Real Persona.

Al año siguiente, la sacudida de la guerra de la Independencia lo alcanzó de pleno. Capturado por los franceses ya en abril de 1808, consiguió escapar de su prisión en El Escorial y marchó a Asturias para sumarse al levantamiento contra los franceses. Dio muestras de valor y arrojo en la batalla de Espinosa de los Monteros, que tuvo lugar en noviembre de 1808, en la que fue capturado. A continuación fue enviado a Francia, donde estuvo encarcelado en varios centros durante unos cinco años. Pasó también por Holanda e Inglaterra. Según algunos autores, fue en ese tiempo cuando Riego se convirtió al liberalismo, de modo que cuando regresó a España, en el año 1814, se aprestó a jurar la Constitución de Cádiz.

Pero 1814 sería un año de aciaga memoria para el liberalismo español. El retorno de Fernando VII puso fin al ensayo de régimen liberal de Cádiz y dio paso a la restauración del absolutismo. Mientras sus partidarios gritaban «¡Vivan las cadenas!», el rey abolió la Constitución y la casi totalidad de la obra legislativa de las Cortes de Cádiz, «como si no hubiesen pasado jamás», al tiempo que ponía en marcha una dura represión contra todos los elementos sospechosos de simpatías liberales. Rafael del Riego hubo de adaptarse a este estado de cosas para seguir en el ejército, pero pronto se sumó a los movimientos clandestinos de oposición liberal que fueron cristalizando en distintas ciudades españolas. Destinado en 1817 al ejército de Andalucía, dos años más tarde fue introducido, en Cádiz, en la masonería.

Las logias masónicas fueron uno de los resortes más poderosos de la lucha contra el absolutismo; por su carácter de sociedades secretas permitían a sus miembros conspirar y preparar incluso un alzamiento militar contra el gobierno. Se produjeron varias intentonas de alzamiento, los llamados pronunciamientos, que el gobierno logró desbaratar. La ocurrida en enero de 1819 se saldó con la ejecución de 18 implicados. El general Elío declaró entonces: «La Divina Providencia, que vela sobre nosotros, se vale de medios incomprensibles para procurarnos el poder exterminar a los enemigos del trono, de las leyes y de la religión».

Pocos meses después, sin embargo, las circunstancias sonrieron a los rebeldes. El gobierno decidió reunir en la región de Cádiz varios destacamentos, con un total de 20.000 hombres –aunque al final fueron menos–, que debían embarcarse rumbo a América para participar allí en la represión de las revoluciones independentistas que se desarrollaban en el Imperio español. La mayoría de los soldados tenían muy escasos deseos de marchar a ultramar, y además pronto descubrieron que la flota que debía trasladarlos, recién comprada a Rusia, se encontraba en un estado deplorable. Todo ello hizo que prestaran oídos a los oficiales que los preparaban para amotinarse. Estos últimos habían entrado en contacto con los conspiradores civiles de las ciudades andaluzas, sobre todo en Cádiz, donde a partir de una logia masónica se constituyó una sociedad secreta llamada Taller Sublime, «un cuerpo donde estaban juntos los más arrojados y dirigentes de los conspiradores», según recordó más tarde uno de los promotores del movimiento, Alcalá Galiano. Los fondos aportados por Álvarez Mendizábal, influyente hombre de negocios de origen judío, fueron también decisivos.

La operación estuvo a punto de fracasar por la traición de dos oficiales, el conde de La Bisbal y el general Sarsfield, que llevó a la detención de quince militares en El Palmar (Cádiz). Pero el proyecto siguió adelante gracias a los oficiales que habían podido evitar la detención. Finalmente, en la noche del 27 al 28 de diciembre, los conspiradores celebraron una reunión secreta en la que acordaron su plan de acción: tres cuerpos de ejército, dirigidos respectivamente por Quiroga, López Baños y Riego, se alzarían en tres puntos diferentes de Andalucía y a continuación se dirigirían a Cádiz. En cuanto le fue dado a conocer el plan de la conjuración, Riego se implicó en cuerpo y alma, pero su papel inicialmente tenía que ser secundario. Nadie podía imaginar que acabaría convirtiéndose en el alma del movimiento.

El pronunciamiento

A las ocho de la mañana del 1 de enero de 1820, las tropas dirigidas por Riego se alzaron en Las Cabezas de San Juan, a unos 45 kilómetros al norte de Sevilla. El propio comandante leyó un manifiesto a sus hombres, en el que hacía referencia a la injusta orden de embarcarse a América: «Soldados, mi amor hacia vosotros es grande. Por lo mismo yo no podía consentir, como jefe vuestro, que se os alejase de vuestra patria, en unos buques podridos, para llevaros a hacer una guerra injusta al nuevo mundo; ni que se os compeliese a abandonar a vuestros padres y hermanos, dejándolos sumidos en la miseria y la opresión». Pero Riego, que según un contemporáneo «procedía sin atenerse a más regla que a su voluntad propia», tomó una decisión que no estaba prevista por sus compañeros de conspiración: proclamar la Constitución de Cádiz. Según Antonio Alcalá Galiano, tres días antes del levantamiento los conspiradores tenían planes muy vagos y varios de ellos consideraban que la Constitución de Cádiz era demasiado radical. Riego, sin embargo, mantenía intacta su fe en el régimen de Cádiz, de modo que se dirigió a la tropa con voz enérgica y tono paternal, apelando a las obligaciones filiales de sus hombres: «España está viviendo a merced de un poder arbitrario y absoluto, ejercido sin el menor respeto a las leyes fundamentales de la nación. El rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución; la Constitución, pacto entre el monarca y el pueblo, cimiento y encarnación de toda nación moderna. La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz entre sangre y sufrimiento. Mas el rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el rey jure y respete esa Constitución de 1812».

Mensajeros de la libertad

Durante varias semanas, el resultado del levantamiento fue incierto. A pesar de los éxitos iniciales, logrados gracias al factor sorpresa, los sublevados no lograron ocupar Cádiz; las autoridades reales en la ciudad, avisadas por el telégrafo del avance de la insurrección, organizaron una mínima defensa y dos cañonazos desde el frente de la Cortadura bastaron para repeler a las fuerzas de Quiroga. La llegada de Riego tampoco sirvió para inclinar la balanza. Además, al pasar por las localidades andaluzas los sublevados encontraron una actitud de indiferencia entre la población, y muchos soldados se desanimaron rápidamente y decidieron desertar.

En aquellas circunstancias, el tiempo corría en contra de los insurgentes. Después de que fracasasen varios asaltos a Cádiz, Riego, en un intento de reactivar el movimiento, decidió ponerse en marcha al frente de una columna, con el objetivo de sumar el mayor número de adeptos posible. A partir del 27 de enero recorrió parte de Andalucía, deteniéndose en diversas poblaciones para proclamar la Constitución. A los realistas que capturaban los dejaban en libertad para poner de manifiesto que no estaban haciendo una guerra. Sin embargo, el entusiasmo inicial se desvanecía a medida que iban pasando los días. El cansancio, el acoso de las fuerzas absolutistas y la falta de recursos hicieron mella en el estado de ánimo de los sublevados, y las deserciones redujeron de forma drástica el número de soldados de la columna. El 11 de marzo, Riego se hallaba en un pueblo perdido de Extremadura y tenía a sus órdenes a poco más de cincuenta soldados. Estaba a punto de darse por vencido, disolver la columna y refugiarse él mismo en Portugal. Pero justo en ese momento le llegó la noticia de que la revolución había estallado en las principales ciudades de toda España.

El turno de las ciudades

En efecto, la noticia del levantamiento del ejército en Andalucía fue difundiéndose por los círculos liberales de todo el país y alentando conspiraciones locales contra las autoridades. Galicia tomó la delantera. El general Félix Álvarez Acevedo se levantó en La Coruña, donde una Junta proclamó la Constitución de 1812. Acto seguido, Acevedo ocupó Orense y Santiago de Compostela, pero murió de un disparo cuando arengaba a los enemigos. La sublevación de La Coruña fue clave para el éxito final del movimiento. A partir de entonces, la llama de la rebelión se propagó por todo el territorio. El 5 de marzo se proclamó la Constitución en Zaragoza, y en los días siguientes el resto de Aragón se sumó al movimiento revolucionario. En Barcelona, la revuelta se desencadenó el 10 de marzo, sin que el capitán general, el veterano general Castaños, pudiera frenarla. Según diversos testimonios, por las calles sólo se oían los gritos de «¡Viva la Constitución!» y «¡Viva el rey constitucional!». La euforia se desbocó. La sede del tribunal de la Inquisición fue saqueada y los presos liberados. Se publicaron manifiestos que proclamaban: «Nosotros no pretendemos sustraernos de la obediencia del rey… Sólo queremos el gobierno de las leyes bajo la potestad real, lo mismo que nuestros vecinos los aragoneses y que lo restante de la nación». El resto de Cataluña no tardó en seguir el ejemplo de la capital.

Otras poblaciones, como Pamplona, también se sumarían a la proclama constitucional, en un clima de fervor popular y con escasa resistencia por parte de las fuerzas del rey. Cádiz, en cambio, corrió una suerte muy distinta. En la mañana del día 10 de marzo, cuando una multitud se congregó en la plaza de San Antonio para asistir al juramento de la Constitución, las tropas realistas fueron a su encuentro al grito de «¡Viva el rey!» y abrieron fuego indiscriminadamente, dejando el suelo de la plaza sembrado de cadáveres. A continuación, la soldadesca protagonizó espeluznantes escenas de violencia y pillaje.

La hipocresía de Fernando VII

Entre tanto, en Madrid, Fernando VII se sentía cada vez más desbordado por los acontecimientos. Sus ministros le aconsejaban hacer concesiones, como convocar las Cortes según el modelo tradicional. Pero la revolución se aproximaba cada vez más a Madrid y el 6 de marzo el ejército, al mando del conde de La Bisbal, proclamaba la Constitución en Ocaña, a 60 kilómetros de la capital. Al día siguiente el rey capitulaba y anunciaba su intención de jurar la Constitución de 1812. El marqués de Miraflores cuenta en sus Apuntes histórico-críticos que el rey la juró «delante de cinco o seis desconocidos, que se llamaban representantes del pueblo». La Gaceta Extraordinaria de Madrid del 12 de marzo reproducía el texto firmado en palacio dos días antes en el que el soberano afirmaba: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Unas palabras que se han hecho famosas como ejemplo de doblez e hipocresía, pues en los tres años que seguirían el rey Fernando VII y sus adictos no cesaron de maniobrar para hacer descarrilar el ensayo liberal. Éste terminaría en 1823, con la invasión de un ejército francés enviado por las potencias absolutistas de Europa, que habían decidido cortar de raíz la revolución que amenazaba el orden europeo.

Para saber más

El trienio liberal. Alberto Gil Novales. Siglo XXI, Madrid, 1980.

La Fontana de oro. Benito Pérez Galdós. Alianza, Madrid, 2007.