Vida cotidiana

El Nilo, río sagrado de Egipto

El historiador griego Heródoto afirmó que "Egipto es un don del Nilo". Río dador de vida, fuente inagotable de recursos y principal vía de comunicación, el ritmo de sus crecidas marcó la vida de quienes habitaban en sus orillas.

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Fuente de vida y de prosperidad, el río Nilo fue fundamental en el nacimiento de la civilización egipcia y marcó, al ritmo de sus estaciones, la vida de quienes habitaban en sus orillas. Pese a estar situado en una de las zonas desérticas y áridas más extensas del planeta, Egipto acogió una de las civilizaciones más brillantes y ricas de la Antigüedad. Ello fue posible gracias al río Nilo, que desempeñó un papel crucial en la formación y desarrollo de la cultura faraónica. Fuente inagotable de recursos, el Nilo aportó con generosidad el agua y los alimentos necesarios para la subsistencia de los egipcios, y su curso constituyó la principal vía de transporte de personas y mercancías por todo el país. Con más de 6.600 kilómetros de longitud, el Nilo es el mayor río del continente africano.

Inicia su periplo en la región de los Grandes Lagos de África central y fluye hasta Sudán, donde toma el nombre de Nilo Blanco y se une al Nilo Azul, que nace en Etiopía. Luego irrumpe en Egipto en medio de un gran valle y avanza hasta formar un amplio delta pantanoso antes de desembocar en el mar Mediterráneo. Sin embargo, los antiguos egipcios se asentaron únicamente en los últimos 1.300 kilómetros de su cauce, en los que era posible la navegación fluvial. Egipto era sólo la tierra fértil del valle (Alto Egipto) y del delta (Bajo Egipto). El resto era ‘Desheret’, «la tierra roja», llamado así por el árido color de las arenas del desierto deshabitado, yermo e infecundo. El sol desaparecía cada atardecer por occidente simbolizando la muerte, y nacía cada mañana por oriente simbolizando la vida y la resurrección. Por ello, las ciudades y las aldeas de los antiguos egipcios se ubicaban siempre en la ribera este del Nilo; y las necrópolis y los templos funerarios, en la orilla oeste. Hapi era la divinidad que personificaba el río, representaba el poder benéfico y fecundante del río que hacía verdear las orillas del valle y el Delta. El pueblo egipcio lo veneraba, y el faraón le hacía ofrendas para que la crecida del Nilo tuviera lugar durante el período correcto y su caudal fuese el adecuado.

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En efecto, si las aguas no subían lo suficiente, se reducía la superficie de tierra donde se podía sembrar y las cosechas decrecían, con la consecuente hambruna entre la población. Una crecida excesiva también conllevaba consecuencias desastrosas; se perdían cosechas enteras por anegamiento, se destruían diques y canales, y aldeas y pueblos enteros eran arrasados. La mayor parte de la sociedad en el Egipto faraónico estaba compuesta por campesinos que vivían del trabajo del campo y cuyas vidas se encontraban condicionadas por los ritmos de la inundación.

Las crecidas anuales del Nilo marcaron el ritmo de vida de sus habitantes durante milenios, hasta que la construcción de la gran presa de Asuán, en 1970, extinguió para siempre el ciclo anual de inundaciones.