El mundo a pie: caminata más allá del Edén

El periodista Paul Salopek emprende un viaje de siete años a pie desde África hasta Tierra del Fuego tras los pasos de nuestros inquietos antepasados.

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Paul Salopek conduce sus dromedarios a través del desierto etíope de Afar, reviviendo nuestro primer viaje.

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Inmigrantes africanos atestan por la noche la playa de Djibouti y tratan de captar la señal de telefonía móvil de la vecina Somalia, mucho más barata. Un tenue vínculo con la familia más allá de las fronteras.

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En el desierto de Afar la gente reza para que llueva. Una sequía extrema de miles de años de duración pudo dejar aislados en África a los primeros humanos, al hacer que los desplazamientos fuesen muy arriesgados. Un cambio climático con períodos húmedos probablemente impulsó la primera migración.

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Donde hay agua, también hay dromedarios y pastores. Pero el espacio para la vida tradicional seminómada se reduce. En Etiopía un dique desvía el cauce del río Awash como parte de un proyecto para convertir el desierto en una vasta plantación de caña de azúcar.

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A pocos centímetros de la superficie del árido desierto de Afar, los paleontólogos del Proyecto del Awash Medio encuentran utensilios y otras evidencias de humanos de hace 60.000 años o más. Un joven afar con un cuchillo tradicional, o jile, en la mano observa a los investigadores mientras trabajan en uno de los lugares más calurosos de la Tierra.

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Unos dromedarios viajan a bordo de un camión en dirección a la ciudad de Djibouti, donde los embarcarán rumbo a Oriente Medio. Los dromedarios criados en el Cuerno de África son un valioso artículo de exportación. El destino de algunos de ellos son las carreras, otros los compran por su leche, pero la mayoría se subastan y se sacrifican para aprovechar la carne, un alimento básico en los países del golfo Pérsico.

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Un viaje desesperado encontró su fin en un campo de lava en Djibouti. Decenas de tumbas y cadáveres aparecieron a lo largo de la ruta, ejemplo trágico de los africanos que han muerto en la travesía de ese desierto brutal de camino a Oriente Medio en busca de trabajo.

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Vestidas de blanco como símbolo de pureza, las mujeres acuden a orar a una iglesia ortodoxa de Etiopía, en Asaita. Cada vez son más los cristianos de las tierras altas de Etiopía que vienen a esta zona, a trabajar en las plantaciones.

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Un caballero afar examina sus elegantes rizos untados con leche de dromedaria en el espejo de un salón de belleza.

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Los camioneros que recorren largas distancias hacen un alto en el camino para disfrutar de la sombra y de unas partidas de billar en un hotel de Logiya, Etiopía.

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Los desperdicios de plástico tirados por los viajeros se enganchan en una acacia y susurran con la brisa. Los nómadas afar utilizan el término hahai, o «gente del viento», para referirse a los refugiados, desertores, emigrantes y otros grupos que pasan por el desierto.

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Oasis urbano, el mercado central de Djibouti palpita con el tráfico. A bordo de los autobuses llegan inmigrantes, que según Salopek han pasado en tan solo una generación de pastores premodernos a asalariados en esta ciudad de 500.000 habitantes.

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Más de 20 hombres, casi todos etíopes, aguardan hacinados en una choza de Djibouti a que sus parientes efectúen el pago al cabecilla de una banda que los pasará ilegalmente a Yemen. Unas 100.000 personas emigran cada año del Cuerno de África en busca de trabajo.

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Armados con sus viejos AK-47, los guardacostas de Djibouti vigilan las aguas de Bab el-Mandeb. Los primeros humanos que salieron de África lo hicieron atravesando este estrecho. Salopek se embarcó aquí hacia Arabia Saudí, siguiendo su estela.

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El periodista Paul Salopek emprende un viaje de siete años a pie desde África hasta Tierra del Fuego tras los pasos de nuestros inquietos antepasados.

Andar es caer hacia delante. Cada paso que damos es una caída que detene­mos a tiempo, un fracaso que evitamos, un desastre que sorteamos. Por eso caminar es un acto de fe. Lo repetimos a diario: un milagro en dos compases, un balanceo yámbico, una alternancia entre contenerse y dejarse ir. Durante los próximos siete años me precipitaré por el mundo.

Estoy de viaje. Voy en pos de una idea, una historia, una quimera, quizás una locura. Persigo fantasmas. Partiendo de la cuna de la humanidad en el Gran Rift Valley de África oriental, pienso recorrer a pie la ruta que siguieron nuestros antepasados para descubrir el mundo hace por lo menos 60.000 años. Ese sigue siendo con diferencia el mayor de nuestros viajes. Pero no porque nos abriera las puertas del planeta, sino porque aquellos primitivos Homo sapiens que abandonaron por primera vez el continente original, aquellos nómadas pioneros que en total no sumaban más de un par de cientos de individuos, nos legaron las cualidades más sutiles que hoy asociamos con el ser humano: el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, el impulso artístico, el genio para la innovación tecnológica y la actual diversidad racial. Sabemos muy poco de ellos. Cruzaron el estrecho de Bab el-Mandeb, la «puerta de las lamentaciones» que separa África de Arabia, y en apenas 2.500 generaciones –un abrir y cerrar de ojos en términos geológicos– ocuparon hasta el más remoto de los rincones habitables de la Tierra.

Milenios después, sigo sus pasos.

Guiado por los fósiles y la nueva ciencia de la «genografía» (disciplina que analiza el ADN de las poblaciones vivas en busca de mutaciones útiles para seguir el rastro de antiguas diásporas), me dirigiré al norte, de África a Oriente Próximo. Desde allí, mi ruta ancestral continúa hacia el este, a través de las vastas y áridas llanuras de Asia hasta China. De nuevo rumbo al norte, avanzaré hacia las azules sombras de Siberia. Desde Rusia, pasaré en barco a Alaska y recorreré, paso a paso, toda la costa occidental del Nuevo Mundo hasta Tierra del Fuego, territorio brutalmente azotado por el viento y última parada de nuestra especie en el nuevo continente. Serán un total de 34.000 kilómetros a pie.

Me he embarcado en este proyecto, al que he llamado Caminata Más Allá del Edén (Out of Eden Walk), por muchas razones: para redescubrir los contornos del planeta al ritmo humano de cinco kilómetros por hora. Para desacelerar, para pensar, para escribir… Para informar de los sucesos como una forma de peregrinaje. Espero restablecer ciertas conexiones importantes que la velocidad tecnológica y la falta de atención han destruido. Camino, como todos, para ver qué hay más adelante. Camino para rememorar.

Las sendas trazadas en el desierto etíope son quizá las marcas humanas más antiguas del mundo. Son muchos los que todavía las recorren: los hambrientos, los pobres, los castigados por el clima, los hombres y las mujeres que huyen como sonámbulos de la guerra. Casi mil millones de personas se desplazan hoy por el mundo. Vivimos la mayor migración en masa que ha conocido nuestra especie. Como siempre, el destino final es incierto. En la ciudad de Djibouti, los inmigrantes africanos enarbolan por la noche sus teléfonos móviles en playas cubiertas de basura para captar la barata señal procedente de la vecina Somalia. Los oí murmurar: Oslo, Melbourne, Minnesota… La imagen era extraña, y triste, y hermosa. Seiscientos siglos después, seguimos buscando que nos guíen, nos conforten, o incluso que nos rescaten, los que han emprendido el camino antes que nosotros.

Herto Bouri, Etiopía.
«¿Adónde vais a pie?», nos preguntan los pastores afar.

«Al norte, a Djibouti.» (No mencionamos Tierra del Fuego. Demasiado lejos. No tendría sentido.)

«¿Estáis locos? ¿Estáis enfermos?»

Por toda respuesta, Mohamed Elema Hessan –mi guía y protector en el abrasador Triángulo Afar, un granuja encantador, capaz de resolver cualquier problema– se inclina y se ríe. Él dirige nuestra microcaravana: dos dromedarios esquelé­ticos. No es la primera vez que oigo sus carcaja­das socarronas. Para él, este proyecto es un chiste, una broma cósmica. ¡Siete años andando! ¡Por tres continentes! Siete años de dificultades, soledad, incertidumbre, miedo, agotamiento, confu­sión, y todo por unas cuantas ideas, palabras y extravagancias científicas y literarias. Le parece absurdo y le hace gracia. No me extraña, sobre todo considerando nuestro ridículo comienzo.

Me he despertado antes del alba y he visto nieve: espesa, densa, sofocante, cegadora, como plancton suspendido en el fondo de un mar sin sol, formando remolinos a la luz de mi linterna frontal. Era polvo. Cientos de animales de la aldea de Elema habían levantado una nube de polvo tan fino como el talco. Había cabras, ovejas y dromedarios, pero por desgracia ninguno de esos dromedarios eran los nuestros.

Las bestias de carga que había alquilado meses antes (aspecto esencial de un proyecto que había requerido miles de horas de planificación) no aparecían por ninguna parte. Tampoco se habían presentado los conductores, dos nómadas llamados Mohamed Aidahis y Kader Yarri. Hemos tenido que quedarnos sentados en el polvo, esperando. Ha salido el sol, ha empezado a hacer calor, las moscas zumbaban. Al este, al otro lado del Rift, nuestra primera frontera, la de Djibouti, se alejaba a razón de dos centímetros al año, la velocidad con que Arabia se separa de África.

¿Estáis locos? ¿Estáis enfermos? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá?

El Triángulo Afar, en el nordeste de Etiopía, es un temido paisaje lunar sin una gota de agua. La temperatura roza los 50 °C. Hay salares tan brillantes que queman la vista. Sin embargo, hoy llueve. Elema y yo no tenemos tiendas impermeables. Pero tenemos una bandera etíope con la que mi compañero se envuelve para caminar. Hemos encontrado y alquilado dos dromedarios. Atravesamos un llano jalonado de acacias, oscurecido hasta el color del chocolate por las gotas de lluvia. Las patas de los dromedarios levantan la frágil costra de humedad y dejan atrás pálidas elipses de polvo claro.

A los 20 kilómetros, Elema ya me pide permiso para volver a su casa. Se ha dejado las botas americanas de andar. Y la linterna. Y también el sombrero y el móvil. Consigue que lo lleven en coche desde nuestro primer campamento hasta su pueblo para recoger esos importantes artículos. Ya ha vuelto. Ha hecho todo el camino de re­­greso corriendo y ahora se queja, riendo, de que se le ha irritado la piel de la entrepierna.

Es imposible recordar todos los detalles en un proyecto de esta magnitud. Yo también me he dejado cosas olvidadas: mochilas ligeras de nailon, por ejemplo. Por eso comienzo mi ruta desde África con equipaje de avión: una maleta urbana con ruedecitas de plástico y asa retráctil, amarrada al lomo de un dromedario.

Los científicos del proyecto de investigación del Awash medio fueron quienes nos invitaron a iniciar el camino en Herto Bouri, nuestro simbólico kilómetro cero en el Rift de Etiopía, uno de los yacimientos de huesos humanos más prolíficos del mundo. En este famoso lugar se han hallado algunos de los fósiles humanos más antiguos que se conocen, como Homo sapiens idaltu, extinguido hace 160.000 años. Se trata de un antepasado de huesos grandes, una versión de nosotros mismos en los albores de nuestra historia.

Los investigadores del proyecto del Awash medio, un equipo dirigido por Tim White, Berhane Asfaw y Giday WoldeGabriel, han descubierto en Etiopía muchos de los fósiles de homininos más importantes de los últimos decenios, entre ellos los de Ardipithecus ramidus, un bípedo que vivió hace 4,4 millones de años. Elema, mi impredecible guía afar, es su veterano cazador de fósiles.

Criado en una cultura nómada de fieros guerreros, Elema habla tres idiomas: afar, amárico y un inglés chapurreado que ha aprendido de los científicos del Awash medio. Es paleontólogo por derecho propio: suelta tacos y exclamaciones de asombro mientras identifica los estratos geológicos del Rift. (A mí me ha puesto el afectuoso apodo de Culo Blanco, y yo le devuelvo el cumplido llamándolo Culo Escocido, por su entrepierna perennemente irritada.) Es el balabat, o jefe tradicional, del clan Bouri-Modaitu de los afar. En su móvil tiene los teléfonos de aristócratas etíopes y de eruditos franceses. Estudió hasta el octavo curso en las escuelas del emperador Haile Selassie. Es un fenómeno.

Estamos acampados en Aduma, donde los científicos del Awash medio vienen a recogernos. Quieren enseñarnos un yacimiento del paleolítico medio.

«Estos utensilios son un poco anteriores a los humanos cuyos pasos estáis siguiendo –dice Yonatan Sahle, investigador etíope del Centro de Investigación sobre Evolución Humana, de la Universidad de California en Berkeley–. Pero la tecnología de estos últimos era básicamente igual de avanzada. Tenían armas arrojadizas que les permitieron superar a los otros homininos que se encontraron fuera de África.»

Nos inclinamos sobre una delicada punta lítica, una obra de arte que yace donde la dejó su fabricante hace entre 80.000 y 100.000 años. Oímos gritos a lo lejos y levantamos la vista.
Vemos a una mujer afar que se acerca a paso rápido por el desierto, agitando los brazos. ¿Quiere que nos marchemos de su colina? Va directa­mente hacia un hombre que dormita en el suelo y le propina un puntapié. Después coge una piedra –quizás un útil del paleolítico medio– y lo amenaza con partirle la cabeza. ¿Querrá co­­brarse una deuda? ¿Será un asunto pasional?

Oigo reír a la víctima. Conozco esas carcajadas de loco. Son del hombre que me guiará hasta Djibouti, en el golfo de Adén.

Dalifagi, Etiopía.
El agua es oro en el Triángulo Afar de Etiopía.

No me extraña. Estamos en uno de los desiertos más calurosos del planeta. En tres días de marcha por las proximidades del escarpe occidental del Rift, Elema y yo solo encontramos una milagrosa charca de agua de lluvia fangosa para aliviar la sed de nuestros dromedarios. Pero al día siguiente nos topamos con un nuevo tipo de oasis, un preciado oasis electrónico: el poblado de Dalifagi.

Las vastas llanuras de sal que envuelven las fronteras de Etiopía, Djibouti y Eritrea ni siquiera estuvieron cartografiadas hasta la década de 1920. Durante siglos, los belicosos pastores afar que dominaban la región resistieron todo intento de incursión del mundo exterior. Sin embargo, en la actualidad, además de su armamento habitual de dagas afiladas y fusiles Kaláshnikov, llevan teléfonos móviles. Han adoptado el instrumento de la comunicación instantánea con auténtico fervor. «Les da poder –dice Mulukan Ayalu, de 23 años, técnico del Gobierno etíope encargado del mantenimiento de la diminuta central eléctrica de Dalifagi–. Pueden llamar a diferentes comerciantes de cabras y elegir el mejor precio.»

El generador diésel de Dalifagi produce una corriente de 220 voltios durante seis horas cada día. Por unos céntimos, Ayalu recarga las baterías de los teléfonos de los nómadas. Los lunes (el día de mercado), pastores de aspecto fiero hacen cola delante de su despacho. Entre los pliegues de las túnicas semejantes a sarongs se adivinan los móviles «muertos» de los vecinos de poblados lejanos. Los nómadas son adictos a esos aparatos. «¿Aló? ¿Aló?», aúlla Elema a su móvil mientras vamos por el camino. Está preguntando cómo se llega a un antiguo pozo, o intercambiando noticias de los temidos issa, bandoleros armados de un grupo nómada rival.

El oasis electrónico de Dalifagi es la historia auténtica de hoy en el África subsahariana. Novecientos millones de personas. Una carrera vertiginosa hacia la era digital. Aspiraciones en rápido aumento. Consecuencias desconocidas.

Cerca del río Talalak, Etiopía.
El calzado es una moderna marca de identidad. No hay mejor manera de adivinar los valores básicos de un individuo a principios del siglo xxi. Hay que mirarle los pies, no a los ojos.
En el opulento «norte global», donde la moda satisface cualquier capricho y vanidad, el calzado indica la clase social, el grado de modernidad, la profesión, la disponibilidad sexual e incluso las convicciones políticas del usuario (no es lo mismo un par de zuecos que unas botas de cowboy). Resulta desconcertante, pues, caminar por una tierra donde los seres humanos –millones y millones de hombres, mujeres y niños– se ponen todas las mañanas el mismo tipo de calzado: las versátiles, democráticas y baratas sandalias de plástico de Etiopía. La pobreza orienta la demanda. La única marca es la necesidad.

Disponibles en una reducida gama de tonos sintéticos –negro, rojo, marrón, verde y azul–, las humildes sandalias de goma son un triunfo de la inventiva local. Fabricarlas no cuesta nada. Es posible hacerse con un par por el equivalente a un día de trabajo en el campo. (Tal vez dos dólares.) Son frescas, ya que permiten la circulación del aire en torno a los pies sobre el suelo abrasador del desierto. Las ubicuas sandalias de la Etiopía rural no pesan nada y son reciclables. Y todo el mundo las repara en casa: las tiras de plástico rotas se funden y vuelven a unirse sobre el fuego de leña.

A nuestra caravana de dromedarios binaria –las dos bestias de carga que la forman se llaman A’urta, «Cambiado por una Vaca», y Suma’atuli, «Marcado en la Oreja»– se han sumado por fin los dos conductores de dromedarios que estaban desaparecidos: Mohamed Aidahis y Kader Yarri. Los dos hombres nos dieron alcance desde nuestro punto de partida en Herto Bouri tras varios días de marcha a paso rápido. Tal como es costumbre aquí, nadie ha pedido ni ha dado explicaciones sobre la naturaleza de su demora de una semana. Llegaron tarde. Ahora están con nosotros. Ambos calzan las sandalias de plástico típicas de la región. Son de color verde lima.

El polvo del Rift Valley es un palimpsesto escrito con las huellas de ese calzado. Si bien las populares sandalias etíopes se producen en masa, sus usuarios no. Puede haber un hombre que arrastre el talón izquierdo, o una mujer que haya quemado la suela derecha al pisar una brasa.

El otro día Elema se arrodilló en el sendero para examinar esa interminable mutación de huellas.

«La’ad Howeni nos estará esperando en Dalifagi», dijo, señalando un rastro de sandalias en particular. Cuando llegamos a Dalifagi, La’ad nos estaba esperando.

Cerca de Hadar, Etiopía.
Vamos andando en dirección a Warenso.

El mundo cambia cuando tienes sed. Se encoge, pierde profundidad. El horizonte se acerca. (En el norte de Etiopía la Tierra se da topetazos contra el cielo, liso y duro como la superficie de un cráneo.) El desierto se estrecha en torno a ti como un nudo corredizo. El cerebro sediento comprime las distancias del Rift, sorbiendo los kilómetros con los ojos, y los amplifica, en busca de algún indicio de agua. Lo demás no importa.

Elema y yo hemos andado más de 32 kilómetros con un calor agobiante. Nos hemos separado de los dromedarios para visitar un yacimiento arqueológico acurrucado en una hondonada: Gona, el lugar donde se hallaron los utensilios líticos más antiguos del mundo (2,6 millones de años). Nuestras cantimploras están vacías. Estamos incómodos, ansiosos. Hablamos poco. (¿Qué podríamos decir? ¿Para qué resecarnos la lengua?) Los rayos del sol nos penetran en la cabeza. Un proverbio afar dice que el hombre sediento o perdido hace bien en seguir caminan­do bajo el sol, porque tarde o temprano alguien lo verá. Ceder a la tentación de la sombra y caer bajo uno de los 10.000 arbustos espinosos sig­nifica la muerte: nadie te encuentra. Por eso seguimos andando con paso vacilante a la luz cegadora de la tarde, hasta que oímos un tenue balido de cabras. Entonces sonreímos. Podemos empezar a relajarnos. Si hay cabras, hay gente.

Nuestros anfitriones: una familia afar acampada en una colina. Dos mujeres jóvenes, fuertes y sonrientes. Ocho niños vestidos con harapos. Y una mujer muy anciana –no sabe su edad–, agachada como un gnomo a la sombra de unos juncos. Se llama Hasna. Ha estado sentada allí, tejiendo con dedos de araña, desde el principio de los tiempos. Nos invita a sentarnos con ella, a descansar los huesos y quitarnos los zapatos. Nos sirve agua de un bidón maltrecho. Es calcárea y está tibia, pero aun así es un tesoro. Nos ofrece un puñado de bayas amarillas de un árbol silvestre que crece en los oasis. Es nuestra madre.

Cuando nuestros antepasados salieron de África hace 60.000 años o más, se encontraron con otras especies de homininos. El mundo estaba lleno de primos extraños: Homo neanderthalensis, Homo floresiensis, los denisovanos, y quizás otras variedades de parientes que no eran exactamente como nosotros.

Cuando se producía un encuentro con ellos, quizá como ahora, en la cumbre de alguna colina, ¿compartíamos el agua, nos mezclábamos pacíficamente y teníamos descendencia, como sugieren algunos genetistas? (Fuera de África, las poblaciones modernas presentan al parecer hasta un 2,5 % de ADN neandertal.) ¿O violába­mos y matábamos, iniciando así la larga historia de genocidios de nuestra especie? (En una cueva ocupada por humanos modernos, Fernando Ramírez Rozzi, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, ha identificado una mandíbula de neandertal con marcas de utensilios que sugieren un posible canibalismo.) Los científicos aún debaten ese enigma. Lo único seguro es que solo nosotros sobrevivimos para adueñarnos de la Tierra. Ganamos el planeta, pero al precio de quedarnos sin familia cercana. Somos una especie atormentada por la culpa del superviviente. Somos un mono solitario.

Me quedo dormido oyendo la dulce voz de Hasna.

Al despertarme, Elema está conversando en voz baja con los hombres del campamento nómada. Han vuelto de cuidar los rebaños. Nos estrechamos las manos. Les agradecemos. Dejamos paquetes de galletas para la sonriente Hasna y nos ponemos en marcha. Caminamos en dirección a Warenso. Esa noche, mientras bebemos a pequeños sorbos nuestro tesoro de agua salada junto al fuego rojo, Elema me cuenta que los hombres del campamento de Hasna lo han amenazado. No eran de su mismo clan. Estuvo a punto de atizarles unos bastonazos en la cabeza.

Dubti, Etiopía.
Avanzando al norte y después al este, dejamos atrás el desierto y pisamos el umbral del antropoceno, la era de los humanos modernos.

Aparece el asfalto: la carretera Djibouti-Etiopía, atestada de camiones. Pasamos por una serie de pueblos exhaustos. Polvo y gasóleo. Bares. Comercios con tablones a modo de mostrador.
Entonces, cerca de Dubti: un mar (no, un mu­­ro) de caña de azúcar. Kilómetros de regadío industrial. Canales. Azudes. Campos nivelados con un bulldozer. Diques rodeados de volquetes. Elema se pierde. La noche nos envuelve. Acabamos andando en círculos, tirando de los dromedarios agotados. «No hay manera! –exclama Elema, irritado–. ¡Esto ha cambiado demasiado!»

Estamos en la multimillonaria plantación de azúcar de Tendaho, un proyecto conjunto de Etiopía y la India que está haciendo florecer el Triángulo Afar. Muy pronto habrá cincuenta mil inmigrantes trabajando en estos 485 kilómetros cuadrados de desierto que han sido inundados por el río Awash para endulzar el café y el té del mundo. El proyecto podría convertir a Etiopía en el sexto país del mundo con mayor producción de azúcar. Y ayudará a aliviar la dependencia del país de la ayuda extranjera. Algo bueno.

Pero los beneficios del progreso económico no suelen repartirse por igual entre todos los participantes. En todo plan de mejora hay ganadores y perdedores. Aquí, uno de los perdedores es una joven afar, una niña en realidad, de mirada inteligente. La encontramos junto a un dique, recogiendo agua de lo que antes era el río Awash.

«La compañía nos echó de nuestra tierra –nos cuenta, señalando con un amplio movimiento del brazo la cortina de cañas–. Hay algunos puestos de trabajo para nosotros, los afar, pero son siempre los más humildes. De vigilante. De peón, con pico y pala.»

Un salario típico en la plantación: 15 euros al mes. La joven nos dice que la policía vino a expulsar a los afar que se resistían a marcharse. Hubo intercambios de disparos y derramamiento de sangre en ambos bandos.

¿Cuán antigua es esta historia? Tanto como el mundo.

¿Cómo se llamaban cada uno de los sioux expulsados por los mineros de las Black Hills (Colinas Negras) del Territorio de Dakota? ¿Quién los recuerda? ¿Quiénes son los millones de personas que renuncian hoy a su medio de vida –agricultores irlandeses en la Unión Europea, ganaderos desplazados por la construcción de autopistas en México– en aras de un abstracto bien común? Es imposible no perder la cuenta. La humanidad remodela el mundo en un ciclo acelerado de cambio que erosiona nuestras historias a la misma velocidad que la capa de suelo fértil. Los vertiginosos cambios de nuestra era nivelan la memoria colectiva, difuminan los precedentes y cercenan los hilos de la responsabilidad. (¿Qué es lo más desconcertante de los barrios residenciales? No es su monotonía arquitectónica, sino la ausencia del tiempo. Allí no hay nada del pasado, y los humanos queremos que haya un pasado en nuestros paisajes.)
Dubti es una animada frontera verde. Los etíopes acuden en masa y traen consigo nuevas es­­peranzas, preferencias, ambiciones, opiniones, un nuevo futuro, una nueva historia.

En Dishoto, otra parada para camioneros, recargo la batería de mi portátil en una comisaría de policía. Todos los agentes son forasteros; no hay ningún afar. Son de las montañas, del sur. Son amigables, curiosos y hospitalarios. A Elema y a mí nos ofrecen té. Interrumpe nuestra conversación la propaganda del Gobierno, anuncios sobre la construcción de la nación: música sobre una serie de imágenes de minería, construcción de carreteras, laboratorios médicos. Les agradecemos y seguimos nuestro camino.

Milan Kundera escribió que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

La joven afar se llama Dahara. Tiene 15 años.

Cerca de la frontera Etiopía-Djibouti.
Acampamos en la ladera del monte Fatuma, centinela de basalto apostado sobre las sendas de caravanas que se entrecruzan en su marcha hacia el este, en dirección al viejo sultanato costero de Tadjoura. Abajo se extiende la minúscula República de Djibouti: una llanura calcinada, más calurosa y árida que el desierto etíope, con lechos de lagos secos –salares de un blanco cegador–, escarpas grises como el metal de un fusil e, indefectiblemente, en alguna parte a la sombra de una palmera de Doum, más nómadas afar, pastores que han sido arrancados de sus hermanos etíopes por una frontera colonial y que hablan un francés vacilante.

Aquí empiezo a despedirme de los camelleros afar de Herto Bouri.

Elema, Yarri y Aidahis se declaran dispuestos a continuar. Desean recorrer conmigo las playas del golfo de Adén. Pero es imposible. Dos de ellos no tienen pasaporte, ni documentos, ningún trozo de papel que atestigüe su existencia. («¡Todo esto es territorio de los afar!», dicen.) Y además Elema está enfermo. Da órdenes para cargar los dromedarios sin levantarse del suelo. Dentro de unas horas nos separaremos en la nada atractiva localidad fronteriza de Howle.

¿Cómo es recorrer el mundo a pie?

Es tener mañanas como esta: abrir los ojos y no ver nada más que un cielo infinito, día tras día; sentir un vacío pálido y sobrenatural que durante un instante fugaz, cuando te despiertas, parece absorberte hacia las alturas, fuera de tu cuerpo, fuera de ti mismo. Es la claridad del hambre, una transparencia que el viento hace sonar, como cuando se sopla por un tubo hueco. (Ayer caminamos 29 kilómetros con raciones escasas: un cuenco de fideos chinos y unas pocas galletas para cada uno. Mi alianza, que antes me quedaba justa, ahora me baila en el dedo.) Es aprender a leer el paisaje con todo el cuerpo, con la piel, no solo con los ojos: detectar forraje para los dromedarios en una mata de arbustos espino­sos, la inminencia del polvo en el olor del viento y, por supuesto, la presencia de agua en un pliegue del terreno, un recuerdo límbico muy poderoso. Es ver pasar la eternidad de África a paso de hombre, y comprender que incluso un ritmo de cinco kilómetros por hora es demasiado rápido para absorberlo todo. Es el camino compartido.

Mohamed Aidahis: un paso potente que aplasta hormigas. Kader Yarri: la levedad de la marioneta en los andares de un hombre delgado. Mohamed Elema: el paso elástico de un bailarín. En nuestros mejores días, los cuatro caminantes reconocemos nuestra inmensa suerte. Bajamos saltando, casi corriendo, por abruptas sendas de montaña, con el desierto de Etiopía brillando a nuestros pies. Hacemos rebotar nuestras voces en las paredes de roca negra de los cañones para ver quién logra el mejor eco. Después cruzamos las miradas, tres afar y un hombre llegado de la otra punta del planeta, y sonreímos como niños. Los camelleros rompen a cantar.

¿Cómo es recorrer el mundo a pie?

Es así. Es como jugar de verdad. Echaré de menos a estos hombres.

Campo de lava de Ardoukoba, Djibouti
Los muertos aparecen en el día 42 de marcha.

Hay cinco, seis, siete… Hombres y mujeres tendidos boca arriba o boca abajo sobre la negra llanura de lava como caídos del cielo. Casi todos están desnudos. Se han arrancado la ropa en un espasmo final de locura. Sus pertenencias yacen dispersas, desvaídas, blanqueadas por el sol. Los licaones que merodean por la noche se han llevado manos y pies. Quizás eran etíopes. O somalíes. Algunos probablemente eran eritreos. Iban caminando hacia el este. Es lo que los une ahora en el silencio mineral del desierto: se dirigían al golfo de Adén en busca de las precarias barcas yemeníes que transportan africanos desposeídos a Oriente Medio para que desempeñen los trabajos más humildes. ¿Cuántos emigrantes mueren en el Triángulo Afar? Nadie lo sabe. Por lo menos 100.000 intentan cruzar a la penín­sula Arábiga cada año, según la ONU. La policía los persigue. Se pierden. La sed los mata.

«¡Un crimen! –exclama Houssain Mohamed Houssain–. ¡Un escándalo!»

Houssain es mi guía en Djibouti. Es un hombre decente. Está furioso y tal vez avergonzado. Se adelanta a grandes zancadas, enarbolando el cayado contra un cielo de mármol. Yo me quedo rezagado. Me enjugo el sudor que me cae sobre los ojos y miro a los muertos.

Un demógrafo ha calculado que el 93 % de todos los seres humanos que han vivido en la Tierra (más de 100.000 millones de personas) se han marchado antes que nosotros. La mayor parte de la humanidad ha desaparecido. El grueso de nuestros sufrimientos y triunfos ha quedado atrás. Los abandonamos a diario en el yermo del pasado. Y está bien que así sea. Porque a pesar de lo que he dicho, no es del todo cierto que camine para recordar. Mientras recreamos una y otra vez el descubrimiento de la Tierra, para seguir adelante, para resistir, debemos emprender también viajes al olvido. Houssain parece saberlo. Él nunca vuelve la vista atrás.

Un día después llegamos al golfo de Adén.
Una playa de piedras blancas. Olas de plata batida. Nos estrechamos las manos. Reímos. Houssain abre la bolsa de dátiles que había reservado. Es una celebración. Estamos en el borde de África. El mar también camina: cae interminablemente sobre África y después se retira hacia el este, en dirección a Yemen y la costa de Tihama, hacia los valles purpúreos del Himalaya, hacia el hielo, hacia el amanecer, hacia los corazones de personas desconocidas. Me siento feliz. Lo escribo en mi diario: Me siento feliz.

Viajeros valientes, temerarios, desesperados. Estuvisteis a punto de lograrlo. Caísteis a cinco kilómetros de la costa.