El joven Julio César, los primeros años de un líder

Nacido en el seno de una familia patricia venida a menos, Julio César vivió los conflictos que sacudieron la República durante la guerra civil entre Mario y Sila

11 de marzo de 2013

Al cumplir 16 años, Cayo Julio César fue protagonista de una ceremonia que revestía en la sociedad romana una especial solemnidad: la del acceso a la edad adulta. En ella el chico, el puer, se desprendía de la bulla o colgante hueco para contener amuletos que llevaba colgada al cuello desde su nacimiento, abandonaba la vestimenta infantil –la túnica corta y la llamada «toga pretexta», caracterizada por una banda de color púrpura– y se le investía la túnica de los adultos, la tunica recta, y la «toga viril», totalmente blanca. Luego, al frente de una gran procesión formada por los esclavos, libertos y clientes del padre, así como por sus amigos y parientes, salía desde su domicilio hasta el foro, donde era inscrito en la lista de ciudadanos para después celebrar un banquete. El caso de César, sin embargo, fue distinto en un punto: su padre había fallecido ese mismo año, de modo inopinado, una mañana mientras se calzaba las botas, quizá de un ataque al corazón. Ello convirtió al adolescente Cayo en cabeza de familia, en paterfamilias de uno de los linajes más antiguos y prestigiosos de Roma, aunque algo venido a menos: los Julios.

Hay muy poca información sobre los primeros quince años de vida de Julio César. Curiosamente, Suetonio sólo nos habla de su temprana afición a la literatura; se decía que, siendo poco más que un niño, escribió un elogio de Hércules y una tragedia sobre Edipo, trabajos escolares, se supone, pero que anunciaban al futuro autor de la Guerra de las Galias y la Guerra civil. Ello sugiere que César recibió, como era obligado en los vástagos de las familias aristocráticas, una esmerada educación en las letras tanto latinas como griegas, primero en la casa familiar, a cargo de su madre, Aurelia, y luego con preceptores griegos y romanos. Igualmente, César debió de iniciarse muy temprano en el arte de la retórica. Sus familiares estaban relacionados con los mejores oradores romanos del momento, y él mismo debió de asistir, llevado por su padre, a las sesiones del foro protagonizadas por grandes abogados. De esta forma, siendo muy joven sería ya un orador muy valorado en el Foro Romano, hasta el punto de que el propio Cicerón no le escatimó elogios. Es probable que, además, asistiera a alguna escuela de retórica, como la de Marco Antonio Grifón.

César también se sometió a un intenso entrenamiento físico con vistas a su futura carrera militar. Seguramente acudía al Campo de Marte, el campamento de Roma donde los jóvenes aristócratas aprendían a correr, a nadar en el río y a manejar las armas, en especial la espada y la jabalina. Cayo era un joven más bien delgado y no especialmente robusto, pero gracias a estos ejercicios adquirió una resistencia física que le sería muy útil en sus futuras campañas. También aprendió a montar a caballo hasta convertirse en un hábil jinete. Según Varrón, montaba a pelo más que con silla, y según Plutarco era capaz de guiar su montura con los brazos atados a la espalda, ayudándose sólo de las rodillas.

Unos inicios convulsos

Al ponerse la toga viril, la carrera de César parecía perfectamente encauzada. Poseía ya todos los derechos de ciudadanía, incluido el derecho al voto y a presentarse como candidato a los cargos públicos. Además, poco antes, cuando aún llevaba la toga pretexta, se había casado –o simplemente prometido– con una joven llamada Cosucia, de rango social inferior al suyo –el padre de la joven pertenecía al orden ecuestre, de los «caballeros»–, pero con una gran fortuna, algo muy conveniente para lanzar la carrera de Cayo, dado el escaso patrimonio de su familia. Pero ese itinerario vital típico de un noble romano estuvo a punto de truncarse en sus mismos inicios a causa de la grave crisis política que vivía entonces la República romana.

El año en que nació César, el 100 a.C., Roma estaba dominada por Cayo Mario, el brillante general que había reorganizado el ejército y se había granjeado el apoyo del pueblo, convirtiéndose en cabeza del partido popular. Frente a él se alzaba la vieja aristocracia senatorial, los optimates, decididos a mantener el Estado bajo su único control. La tensión entre ambos bandos no hizo sino acentuarse durante los años de la infancia de César, hasta llegar a una ruptura abierta en 88 a.C., cuando fue elegido cónsul el líder de los optimates, Sila, general no menos destacado que Mario, de quien había sido colaborador. Arrancó así una guerra a muerte entre los partidarios de Mario y los de Sila que duró largos años, con alternancias en el dominio de unos y otros, mientras la ciudad de Roma quedaba sumida en un ambiente de terror.

Pese a su juventud, Julio César se vio envuelto de pleno en el torbellino político del momento. Vio cómo muchos de sus parientes aristocráticos caían víctimas de la persecución desencadenada por Mario y sus partidarios a partir del año 87 a.C., cuando ocuparon Roma aprovechando la marcha de Sila a Oriente para combatir a Mitrídates, rey del Ponto. La familia de César, sin embargo, estaba más próxima al bando popular. De hecho, estaba emparentada con Mario, casado con una tía de César, y pronto lo estaría también con Cinna, hombre fuerte de Roma tras la muerte de Mario en 86 a.C. Fue el propio César quien no dudó en divorciarse de su esposa niña para casarse con Cornelia, la hija de Cinna. Además, en esa ocasión fue nombrado flamen dialis, «sacerdote de Júpiter», uno de los cargos religiosos más elevados y prestigiosos de Roma. Todo esto le convirtió en un personaje público que ya empezaba a ser visto como el heredero político de su tío y de su suegro.

Enfrentado al dictador

En el año 83 a.C., la situación política dio un vuelco. Concluida su campaña en Grecia y Asia Menor, Sila volvió a Italia dispuesto a tomarse cumplida venganza y a terminar con el partido de Mario y Cinna de una vez. Tras ocupar Roma y vencer a sus enemigos, se hizo elegir dictador con poderes ilimitados y desató el terror en Roma, disponiendo unas listas (proscripciones) de los «populares» más destacados, a los que condenaba a muerte y a la confiscación de sus bienes. En total fueron ejecutados y expropiados cuarenta senadores y 1.600 miembros de la clase ecuestre, principal cantera del partido de Mario.

En ese primer estallido de violencia represiva en Roma, César fue dejado en paz, quizá a causa de su juventud –tenía apenas 18 años– o de su cargo sacerdotal, que le impedía participar en la guerra e incluso ver un cadáver. Su familia tampoco era lo bastante rica como para que lo incluyeran en la lista de proscritos con la intención de confiscar sus propiedades. Pero César estaba casado con la hija de Cinna, y eso forzosamente tenía que ponerlo en el punto de mira de Sila. Finalmente, el dictador le exigió que repudiara a su esposa Cornelia, que acababa de dar a luz a una niña, Julia, para casarse con una sobrina suya. Sila había ordenado eso mismo a otros, como Pompeyo Magno, que se tuvo que divorciar de Antistia y casarse con la hijastra de Sila, Emilia Escaura (al final se casó con Julia, la hija de César). Pero César no era como los demás, y se negó. Como escribe Suetonio, Sila «no halló medio de obligarle a repudiar a su esposa». Sin duda, la fidelidad de Cayo a Cornelia tenía causas sentimentales; todo indica que era feliz con ella y que fue la mujer a la que amó más profundamente. Pero su actitud comportaba un desafío político al nuevo dueño de Roma y mostraba el orgullo, la determinación y el arrojo de aquel joven que se negaba a ingresar en la familia del temible dictador.

Sila montó en cólera y ordenó incluir a César entre los proscritos. Los bienes heredados por el matrimonio fueron confiscados y se emitió una orden de arresto, que no podía ser más que el preludio de la ejecución. César tuvo que huir de Roma y refugiarse en la Sabina, región al noreste de Roma. Cada día cambiaba de refugio para que no lo descubriera alguna patrulla del inmenso ejército silano que ocupaba toda Italia. Tan precaria era su situación que contrajo la malaria, y hasta llegó a ser capturado por un grupo de soldados que le seguía el rastro, aunque recobró la libertad a cambio de 12.000 denarios de plata.

Ambicioso y elegante

La situación no podía mantenerse largo tiempo. Fue la intervención de algunos de sus parientes, silanos influyentes –como su primo Cota y su amigo Lépido–, lo que logró aplacar a Sila. También su madre consiguió que las vestales (sacerdotisas guardianas del fuego de la diosa Vesta) intercedieran por él; al fin y al cabo, César era el flamen de Júpiter, aunque parece que en algún momento Sila le despojó de ese cargo. Finalmente, el dictador cedió y perdonó a aquel joven impetuoso y escurridizo, pese a que ya intuía su futuro protagonismo en el partido de los populares. Según Suetonio, Sila advirtió a quienes acudieron a él para que perdonara a César que «esa persona cuya salvación con tanta ansia deseaban algún día acarrearía la ruina al partido de los aristócratas; pues en César había muchos Marios». Aunque esta última frase quizá sea una recreación posterior, parece claro que por entonces César ya daba mucho que hablar en Roma. No sólo por su linaje, sus dotes intelectuales o su habilidad oratoria, sino, más aún, por su apariencia personal, sumamente elegante y a la vez excéntrica.

En este sentido, el historiador Adrian Goldsworthy define a César como «un dandi». Llevaba una túnica especial con mangas largas (las normales eran de manga corta), que le cubrían hasta las muñecas, y se la ataba con un cinturón flojo, algo que a muchos les parecía amanerado (lo normal era no llevarlo o ponérselo apretado). El afeitado riguroso y el pelo corto eran habituales, pero se decía que César se depilaba todo el vello corporal. A ello se unía el gusto por el lujo y los derroches, característico por lo demás de la aristocracia romana. Con el tiempo se intentó explicar esta aparente frivolidad de César como una manera de disimular sus ambiciones y aparecer como un joven inofensivo. Según Plutarco, más tarde Cicerón recordaba que la «cabellera tan bien arreglada de César y aquel rascarse la cabeza con un solo dedo» hacía que fuera difícil tomarse en serio sus aspiraciones.

Tras ser perdonado por Sila, César puso tierra de por medio y se alejó de Roma, a la que no volvería hasta la muerte del dictador, en el año 78 a.C. Gracias a sus influencias logró incorporarse al estado mayor del gobernador de la provincia de Asia (Asia Menor, en la actual Turquía). En esas tierras helenizadas su apariencia sofisticada causó mejor impresión que en Roma. Además, supo aprovechar su primera experiencia de mando y demostrar su valor y pericia; su participación en la toma de Mitilene (en la isla de Lesbos) le valió la concesión de la «corona cívica», la condecoración militar más valiosa. Al año siguiente luchó en Cilicia, al sur de Capadocia. Volvió a Roma convertido en un héroe de guerra, dispuesto a emprender una carrera de honores en la política para la que no contemplaba más que un objetivo: el poder absoluto.

Para saber más

Julio César: el coloso de Roma. Richard Billows. Gredos, Barcelona, 2011.

Vidas Paralelas: Alejandro y César. Plutarco. Gredos, Madrid, 2010.

César. Las cenizas de la República. Gisbert Haefs. Edhasa, Barcelona, 2008.

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