El fastuoso palacio de Mari, la gran rival de Babilonia

Las excavaciones de André Parrot en la ciudad siria de Mari sacaron a la luz un gran palacio con frescos y estatuas, y un archivo con 25.000 tablillas

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A principios de agosto de 1933, en la actual frontera de Siria con Irak, unos beduinos recogían rocas para cubrir una tumba en la colina de Tell Hariri, a orillas del Éufrates, cuando algo llamó su atención. Enseguida fueron en busca del oficial al mando de la zona, el teniente Cabane –en esos años los franceses ejercían un protectorado sobre Siria– para preguntarle «qué hacían con el hombre que habían encontrado». El oficial pronto comprobó que, por suerte, no se trataba de un cuerpo, sino de una estatua antigua, sin cabeza, que pesaba nada menos que trescientos kilos.

La noticia del hallazgo despertó enseguida el interés del Museo del Louvre, que envió a la zona al joven arqueólogo André Parrot. Éste reunió un equipo de confianza formado por estudiosos que trabajaban en yacimientos de todo Oriente, y en diciembre de ese año ya se hallaba inspeccionando Tell Hariri en compañía de Cabane. Las dimensiones del montículo, de casi 15 metros de altura, parecían prometedoras. Los trabajos empezaron en el sector donde se había localizado la estatua y en sólo unos días los arqueólogos hallaron la tosca imagen de un portador de ofrendas. Sin embargo, ninguna inscripción les había permitido identificar el lugar. La respuesta llegó unos meses después, al hacer una nueva cata en otro sector del yacimiento, donde salieron a la luz varias estatuas depositadas como ofrenda en lo que resultó ser un templo dedicado a Ishtar. Las estatuas tenían inscripciones cuneiformes, y en el hombro de una de ellas podía leerse: «Lamgi [Ishqi]-Mari, rey de Mari, sumo sacerdote de Enlil». Tell Hariri era, pues, la antigua Mari.

La legendaria Mari

La ciudad era conocida principalmente por la Lista Real Sumeria –que enumera las dinastías de reyes de Mesopotamia desde el mítico origen de los tiempos hasta inicios del II milenio a.C.– y por las inscripciones de tres estatuas conservadas en el Museo Británico y en el de Estambul. Erigida a principios del III milenio a.C., Mari fue una próspera ciudad gracias a su control de las rutas comerciales a través del Éufrates, hasta que, hacia 1760 a.C., el rey babilonio Hammurabi la atacó y la arrasó totalmente, con lo que su rastro se perdió durante casi tres milenios.

A principios de la segunda campaña de excavaciones, en enero de 1935, Parrot puso al descubierto las primeras estructuras del antiguo palacio real de Mari. Fue uno de los hallazgos más formidables de la arqueología del Próximo Oriente, no sólo por las dimensiones del complejo, sino sobre todo por su excepcional estado de conservación.

Un edificio laberíntico

El incendio causado por el ataque de Hammurabi destruyó el palacio, pero conservó sus estructuras y pinturas murales para la posteridad, así como un valioso archivo con casi 25.000 tablillas en escritura cuneiforme que informan sobre la administración, cultura e historia del período babilónico antiguo.

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En sólo cinco campañas, entre 1934 y 1938, Parrot limpió las 2,3 hectáreas del palacio de Zimri-Lim, llamado así por quien fue el último rey de Mari, aunque hoy sabemos que la construcción del complejo del II milenio a.C. empezó tres siglos antes. Parrot comenzó a excavar en el sector suroeste y desde allí avanzó hacia el norte. No sólo la superficie del recinto era impresionante, sino también el enorme número de estancias y edificios. Parrot escribió: «El palacio de Mari fue considerado como una de las maravillas del mundo de su época. Y lo era: dos hectáreas y media, unas trescientas cámaras y patios […] Era una ciudad dentro de la ciudad, encerrada en un recinto que parecía impenetrable, aunque, como demostraron los acontecimientos, no lo era».

El corazón del palacio

El punto central del palacio es la sala del trono, a la que se llega por «el patio de las palmeras», como lo denominan los textos. Junto a la entrada a la sala del trono se halló el más famoso de los frescos de Mari, cuya escena central fue interpretada por Parrot como la «Investidura de Zimri-Lim», aunque ahora se cree que quizá se trataba de una ceremonia en la que se llevaba la estatua de la diosa Ishtar al palacio.

La sala del trono es una gran estancia de 26 metros de largo y casi doce de ancho, cuyas paredes se han conservado hasta cinco metros de alto, aunque en origen podían haber tenido hasta diez. En el centro de la pared oeste hay un podio para un trono. El extremo este de la sala, pavimentado y con drenaje, pudo haber servido para los sacrificios, y los hogares debieron usarse para cocinar la carne destinada a la comida ritual de ceremonias y banquetes.

El palacio contaba asimismo con cuartos en los que se descubrieron bañeras de terracota y retretes. Los pisos estaban protegidos con una capa de betún y había tuberías de arcilla impermeabilizadas también con betún.

Nuevas investigaciones

Entre 1933 y 1974, André Parrot dirigió 21 campañas en Mari. Desde que se retiró, en 1979, la misión quedó a cargo de Jean-Claude Margueron. El nuevo equipo ha estudiado las fases del palacio menos conocidas y ha profundizado en el estudio de la evolución y planificación de la ciudad, sus recursos agrícolas, la relación con su entorno y su papel como transmisora de la cultura oriental en el Mediterráneo. Margueron ha corregido algunas tesis de Parrot sobre la función de algunas habitaciones y la evolución del palacio. Considera incluso que su construcción no puede atribuirse a Zimri-Lim (los numerosos ladrillos hallados con su nombre corresponderían a restauraciones) y pone en duda la excepcionalidad del edificio: ¿Fue el palacio de Mari una maravilla arquitectónica en su tiempo o sólo una residencia real más?

Para saber más

Mesopotamia. Los poderosos reyes. Vol. I. VV.AA. Time Life Folio, Barcelona, 1996.