Paleontología

Dinosaurios de Utah al descubierto

Hace unos 75 millones de años, Utah era un lugar cálido y pantanoso dominado por los dinosaurios.

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Dinosaurios de Utah

En busca de fósiles en un desierto del sur de Utah, el paleontólogo Joe Sertich raspa la tierra debajo de una gran piedra, donde ha localizado fragmentos de piel y hueso de un dinosaurio joven.

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

Una fría tarde de mayo, Joe Sertich y el voluntario Billy Doran recorren una arista, a menudo el único camino posible para ir de un lugar a otro en los terrenos yermos y ricos en fósiles del sur de Utah.

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

Geoffrey Leonard limpia el polvo de un adulto y un juvenil de Teratophoneus en el Museo de Historia Natural de Utah. Al igual que Tyrannosaurus rex, un pariente de mayor tamaño, es probable que fueran unos depredadores feroces.

Foto: Cory Richards. Museo de Historia Natural de Utah

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Dinosaurios de Utah

En el Monumento Nacional Grand Staircase-Escalante, Carol Lucking, del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver, secciona un bloque de piedra caliza con una sierra de diamante. Su objetivo: los huesos de un joven hadrosáurido.

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

Al descubierto por la acción del viento y la lluvia, un segmento de medio metro de largo de la cola de un hadrosáurido continúa encajado en la arenisca de la formación Kaiparowits. Estos dinosaurios son tan comunes en este depósito que ni siquiera desenterraron este fósil, dice Joe Sertich. 

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

Otra cola de hadrosáurido (izquierda) sigue en la «momia» de escayola usada para trasladar el fósil al museo de Salt Lake City. Esta rama fósil (derecha) es de una especie de conífera extinguida, similar a las secuoyas actuales, que quizá descollaba en los bosques de Laramidia.

Museo de Historia Natural de Utah (izquierda). Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver (derecha).

 

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

En el Museo de Historia Natural de Utah, el preparador Tylor Birthisel une meticulosamente los huesos de un Denazinosuchus como si fueran las piezas de un puzzle. Este pariente cretácico de aligátores y cocodrilos es una evidencia más de que hace 75 millones de años el sur de Utah era un lugar de humedales exuberantes. A menudo no se descubre que los fósiles pertenecen a especies nuevas hasta que se limpian y examinan en el laboratorio.

Foto: Cory Richards

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Dinosaurios de Utah

Un carnívoro de la familia de los dromeosáuridos comparte el montacargas del Museo de Historia Natural de Utah con el diseñador de exposiciones Tim Lee. Primo de Velociraptor, es posible que tuviera plumas, pero sin duda poseía unas garras afiladas como cuchillos.

Foto: Cory Richards. Museo de Historia Natural de Utah

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Dinosaurios de Utah

Estas huellas de terópodo, de hasta 43 centímetros de largo, cruzan Flag Point cerca de Kanab. Son los vestigios de una era 100 millones de años anterior a que se produjera el aislamiento geográfico de Laramidia y demuestran que ya entonces los dinosaurios dominaban el Oeste norteamericano.

Foto: Cory Richards

Hace unos 75 millones de años, Utah era un lugar cálido y pantanoso dominado por los dinosaurios.

Los hermanos Miller tenían más aspecto de prospectores que de paleobotánicos. Pegotes de tierra reseca en la barba, gafas protectoras contra el viento cargado de arena del desierto… Los dos eran altos –rondaban los dos metros–, y en aquella cresta afilada del sur de Utah se movían con la seguridad de quien está habituado a bregar al aire libre. Mientras Ian clavaba el martillo de geólogo en la lutita, Dane batallaba con las rachas de viento para liarse un cigarrillo. Las hebras de tabaco salieron volando. «Maldición», dijo, y volvió a intentarlo.

Era la primavera del año pasado. Los hermanos Miller estaban buscando fósiles en el Monumento Nacional Grand Staircase-Escalante junto con Scott Sampson, conservador jefe del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver, y Joe Sertich, el paleontólogo especializado en dinosaurios del museo. Dentro de ese espacio natural sin apenas red viaria, exploraban una zona especialmente remota, un laberinto de escabrosos riscos y ba­­rrancos. Mientras el resto del equipo trabajaba a unos pocos kilómetros en yacimientos fosilíferos descubiertos en años anteriores, Sampson, Sertich y los Miller buscaban nuevos filones. Tras meses de trabajo de oficina en el museo, Sampson apenas podía contener la euforia de saberse «donde ningún paleontólogo ha puesto antes el pie», con la perspectiva de descubrir nuevos te­­soros del «continente perdido» de Laramidia.

El estrato de lutita donde trabajaban los Miller se había depositado en la costa oriental de aquella masa continental, una estrecha franja de tierra de 6.500 kilómetros de largo que se extendía desde el océano Ártico hasta el golfo de México. Laramidia surgió hace 90 millones de años, en el cretácico superior, cuando el ascenso del nivel del mar inundó el centro de América del Norte y dividió el continente en dos. Hoy Laramidia yace enterrada bajo la mitad occidental del mismo, y el único modo de acceder a ella es en terrenos acarcavados (badlands), tierras yermas y erosionadas como estas en las que trabajan los Miller, donde el viento y la lluvia han puesto sus ricos depósitos fosilíferos al alcance de picos y palas.

Sampson había dirigido expediciones a las re­­motas regiones de Laramidia desde el año 2000. Los investigadores y la iniciativa procedían del Museo de Historia Natural de Utah y de la Ofici­na de Gestión del Territorio de Estados Unidos, además del Museo de Denver. Centrado sobre todo en la formación Kaiparowits, un depósito de 800 metros de grosor y de entre 77 y 75 millones de años de antigüedad, el equipo había de­­senterrado fósiles de miles de plantas y animales, desde piñas de conífera hasta cocodrilos, tortugas y dinosaurios, sobre todo dinosaurios. Durante sus 20 millones de años de existencia, Laramidia fue una inagotable fábrica de dinosaurios que producía a destajo especies grandes y pequeñas, de una diversidad sorprendente. Generar una hipótesis sobre el cómo y el por qué de semejante fecundidad, explican los investigadores, podría revelarnos datos fundamentales sobre la interacción de la ecología y la evolución.

«Esto está sembrado de huesos –dijo Sampson mientras ascendía por una pendiente no lejos de donde trabajaban los hermanos Miller–. He encontrado fragmentos de una tortuga dispersos por esta ladera, pero no tengo la menor idea de dónde estará el resto.» Recogió un pequeño objeto de color beige y lo lamió para determinar si se trataba de hueso poroso o de una roca anodina. «Si es hueso, se te pega a la lengua –me explicó–. Si es roca, no.» Este se le pegó a la lengua.

La búsqueda de fósiles siempre ha sido muy poco tecnológica. Si hablamos del trabajo de campo, poco ha cambiado desde el siglo XIX, cuando una serie de hallazgos en el Salvaje Oeste desencadenó una intensa campaña para exhumar fó­­siles y trasladarlos a los museos de la Costa Este. Mientras el Ejército de Estados Unidos perseguía a Toro Sentado por las llanuras del norte, equipos de especialistas, vaqueros y rufianes se dedicaban a desenterrar fémures gigantes de los badlands, manejando los mismos picos, palas y escayola que emplean los paleontólogos de hoy.

«Seguimos usando esas técnicas porque funcionan», explica Ian Miller, quien dirige el departamento de ciencias de la Tierra del Museo de Denver. Su herramienta favorita: un pico de geólogo de tres kilos con mango de nogal americano.

Uno de los primeros hallazgos importantes en la formación geológica Kaiparowits llegó en 2002, cuando un voluntario llamado Duncan Everhart distinguió una mandíbula en el suelo. Tal y como descubrirían después los investi­gadores, estaba unida al colosal cráneo de un hadrosáurido, o dinosaurio «de pico de pato», de nueve metros de largo. Aquellas mandíbulas alojaban hasta 800 piezas dentales, lo que lo convertía en «la picadora del cretácico», en palabras de Sampson. En el hocico presentaba una cresta pronunciada que ubicaba al animal en el género Gryposaurus (lagartos de pico curvo), descrito por primera vez hace un siglo a partir de especímenes hallados en lo que hoy es el Parque Provincial de los Dinosaurios, en Alberta. Sin embargo, el gigante de Utah difería claramen­te de sus primos canadienses. Daba la impresión de estar «dopado», me dijo Sampson, cambiando de metáfora, «como si fuese el Arnold Schwarzenegger de los hadrosáuridos». Él y Terry Gates, por entonces estudiante de posgrado de la Universidad de Utah, llamaron a la nueva especie G. monumentensis, en referencia al lugar donde lo habían encontrado.

Ese mismo año Mike Getty, preparador jefe del Museo de Denver, descubrió otra criatu­ra nueva en el mismo sitio, un dinosaurio de dos metros de alto. Aquella bestia carnívora, bípeda y posiblemente plumada se convirtió en Hagry­phus giganteus, o «dios grifo gigante del desierto occidental». Y a ella le siguieron más especies: dinosaurios con bóvedas craneales gruesas; dinosaurios acorazados; un primo de Tyrannosaurus rex; parientes de Velociraptor con garras falciformes, y varias especies nuevas de dinosaurios con cuernos, a cuál más estrambótica. Como la bestia que Sampson y sus colegas bautizaron con el nombre de Kosmoceratops richardsoni en 2010: un pariente de Triceratops del tamaño de un rinoceronte y con nada menos que 15 cuernos cefálicos.

Se habían hallado especímenes emparentados con la mayoría de estos dinosaurios en yacimientos del cretácico superior de Alberta, Montana y Wyoming, lugares que en aquel momento también formaban parte de la costa este de Laramidia. Pero los de Utah eran distintos.

«Prácticamente cada animal era una especie nueva», me dijo Sampson. Y no solo los dinosau­rios, sino también los mamíferos, peces, lagartos, tortugas y cocodrilos. «Se diría que toda la fauna era una novedad para la ciencia.»

Algo había aislado a los dinosaurios del sur de Laramidia de sus parientes del norte, presumieron los investigadores. Escindidas, cada una de aquellas dos comunidades zoológicas evolucionó a su manera, de forma independiente, igual que ocurrió con los famosos pinzones de Darwin en las Galápagos, donde devinieron especies nuevas tras poblar islas diferentes. Pero Sampson y sus colegas no terminaban de creerse que pudiera haber existido una barrera física –como una cordillera o un gran río– que separase a unos animales de los otros. Las montañas pueden cortar el paso a algunos animales, decía Sampson, pero es bien sabido que otros las cruzan como si tal cosa: «Ocurre a diario». En cuanto a la supuesta barrera fluvial, «cuesta imaginar que un río haya estado ahí decenas o cientos de miles de años. Tarde o temprano tienen que llegar épocas de aridez en las que el río se seque».

Aquella noche, sentados junto a una hoguera cerca del cauce seco de un riachuelo, Sampson propuso una explicación alternativa del «provin­cialismo» de los dinosaurios de Laramidia.

La hipótesis que más le convencía partía de las investigaciones llevadas a cabo en la década de 1980 por Thomas Lehman, paleontólogo de la Universidad Texas Tech. ¿Y si una serie de va­­riaciones en las condiciones ambientales hubiese segregado a los animales de Laramidia? Para Sampson eso tenía sentido: una vez que una especie de dinosaurio se hubiese expandido sobre un territorio lo bastante extenso, las poblaciones de cada extremo empezarían a adaptarse por selección natural a las diferentes zonas climáticas y tipos de vegetación. Con el tiempo, los miembros de una y otra población podrían evolucionar de maneras tan dispares que, incluso si se diera el caso de que se reencontrasen, ya no se reconocerían como potencial pareja sexual, y en ese punto ambas poblaciones se habrían convertido en dos especies distintas.

Más aún, razonaban Sampson y sus colegas, la divergencia podría verse potenciada no solo por la selección natural, sino también por otra fuerza evolutiva: la selección sexual. Los insólitos rasgos que diferenciaban a aquellos animales sureños de sus parientes del norte, sobre todo en el caso de los dinosaurios herbívoros, se antojaban ejemplos magníficos de selección sexual. Mientras que la selección natural actúa preferen­temente sobre los rasgos que son esenciales para la lucha por la supervivencia, como las extremidades o la dentadura, la selección sexual se centra en características clave a la hora de competir por las parejas, como la cola del pavo real o la cornamenta del alce. Los llamativos cuernos, púas y golas de los herbívoros de Utah no habrían sido de mucha utilidad para enfrentarse a los depredadores. Los cuernos de los ceratopsianos, por ejemplo, se prestaban mejor a luchas contra otros miembros de la misma especie para establecer dominios. Y las golas, demasiado endebles para el combate, seguramente servían para impresionar al sexo opuesto, apuntó Sampson. «Eran más una cuestión de lucimiento.»

¿Pero cómo explicar la talla mastodóntica de estos dinosaurios? ¿Cómo es posible que en Laramidia sobreviviesen tantos gigantes diferentes, más de los que nunca han pisado la sabana africana? ¿No necesitaban espacio para expandirse? Los 1.500 kilómetros que separan Utah y Alberta no habrían sido problema alguno para, pongamos por caso, un dinosaurio de nueve metros de largo. ¿Lo lógico no sería entonces que se produjesen más contactos?

Ahí es donde la flora entra en juego, me explicó Ian Miller a la mañana siguiente. Sentado en una cornisa sobre la que se divisaba un paisaje árido, escarpado y prácticamente sin ve­­getación, Miller dio un ligero golpe de martillo a una roca del tamaño de un melón pequeño y la partió en dos mitades casi perfectas. En cada una de las caras interiores se veía la impresión especular de una hoja: intacta, con el mismo grado de detalle que un espécimen que hubiese caído en un estanque el día anterior.

«Hace 75 millones de años esto no era un desierto –dijo–. En mi vida había visto tantas plantas trepadoras como en esta formación. Aquí el bosque era más bien una selva, con lianas enredadas en las ramas. También hemos localizado nenúfares y lechugas de agua, lo que nos confirma que había estanques con vegetación flotante. Y ríos caudalosos. Imagina el Amazonas, con el curso principal del río y canales laterales y lagos tan cargados de taninos que se ven negros. Seguramente así era la poza en la que cayó esta hoja.»

Pudiera ser que en esta zona de Laramidia la vegetación fuese tan densa y exuberante que los animales no tuviesen necesidad de alejarse, especuló Miller. Quizás hasta el hadrosáurido más grande pudiese saciarse en un área relativamente modesta. Es lo que se ve en los bosques lluvio­sos tropicales de la actualidad: muchas especies compartiendo un mismo espacio mínimo. El continente entero pudo estar organizado como una serie de zonas ecológicas a distintas latitudes, cada una definida por diferentes índices de precipitación o de insolación, y cada una proveyendo de alimento a su correspondiente lista de dinosaurios. No haría falta una barrera natural para explicar la explosión de nuevas especies.

«Todavía queda mucho trabajo por hacer –afirmó Miller–. En muchos sentidos no es más que una corazonada. Pero si estamos en lo cierto, y existieron esas pequeñas poblaciones provinciales que no se movían, que no interactuaban con otras poblaciones, la selección sexual pudo haber actuado a una velocidad de vértigo.»

El exuberante paisaje que lo habría hecho po­­sible se parecía más a los pantanos de Luisiana que al desierto que vemos hoy, dijo Sampson, aunque cualquier comparación es errónea, ya que hace 75 millones de años la Tierra era muy diferente. «Aún estamos en pañales cuando se trata de comprender las dinámicas ecológicas.»

Por eso él y su equipo regresan una y otra vez a los badlands de Utah, donde cada expedición por el desierto arroja nueva luz sobre la historia de Laramidia. «Cada vez que abres una roca te dices: “Dios mío, jamás había visto nada igual” –me confesó Miller–. Es una verdadera novedad científica.»