Por los caminos de don Quijote que imaginó Cervantes

El fotógrafo español José Manuel Navia traza un recorrido visual por los escenarios reales y ficticios en los que Cervantes situó las aventuras y desventuras del Quijote.

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De don Quijote a Cervantes

CAMPO DE MONTIEL,

CIUDAD REAL

Aunque intencionadamente Cervantes no quiso desvelar cuál era ese «lugar de la Mancha», sí insistió hasta en cinco ocasiones que se encontraba en «el antiguo y conocido Campo de Montiel», por donde cabalgaron caballero y escudero.

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

ALCÁZAR DE SAN JUAN,

CIUDAD REAL

Campo de cereal en la Mancha, con un «bombo», construcción circular de piedra seca para los aperos de labranza.

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De don Quijote a Cervantes

VILLAR DE CANTOS,

CUENCA

Un «lugar» cualquiera de la Mancha, junto a la ermita de Rus, citada en la segunda parte del Quijote. Como afirma nítidamente el propio Cervantes, no quiso precisar ese lugar «por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero».

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

ALMODÓVAR DEL CAMPO,

CIUDAD REAL

La venta de la Inés, antiguamente del Alcalde, al pie de Sierra Morena, es una de las pocas ventas, junto con la vecina del Molinillo, mencionada textualmente por Cervantes en sus obras. Esta venta, verdadero monumento cervantino olvidado, ha permanecido de forma ininterrumpida en manos de los antepasados de Felipe Ferreiro, actual propietario.

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

LOS YÉBENES,

TOLEDO

Interior de la antigua venta de Juan de Dios o de Guadalerzas (en su estado actual), etapa obligada del Camino Real de Toledo a Andalucía (o Camino Real de la Plata) y en la que se sabe pernoctó santa Teresa de Ávila en 1575 camino de Beas, en Jaén, poco antes de que tal vez se hospedara también el propio Cervantes en algunos de sus múltiples viajes a Andalucía.

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procesion Quijote-Navia2 r. De don Quijote a Cervantes

De don Quijote a Cervantes

TARANCÓN,

CUENCA

La principal población de la Mancha conquense no es citada por Cervantes, pero en la segunda parte del Quijote la zona limítrofe entre la provincia de Toledo y esta parte de Cuenca, camino natural hacia Aragón y Levante, cobra mayor protagonismo. Y algunas celebraciones religiosas, aún no masificadas por el turismo, evocan la importancia que tuvo la Iglesia en otras épocas. Una de las frases más repetidas y mal citada del Quijote, «con la iglesia hemos dado, Sancho», se presta a interpretaciones múltiples. Al fin y al cabo la relación del autor con la Iglesia no fue fácil a veces, pues sufrió dos procesos de excomunión.

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De don Quijote a Cervantes

ARGAMASILLA DE ALBA,

CIUDAD REAL

La tradición ha querido hacer de Argamasilla de Alba ese «lugar de la Mancha», patria de don Quijote, aunque ningún dato del libro avale esta elección ni existan noticias objetivas de la presencia de Cervantes en el lugar. Pero, aparte de que en 1863 el impresor Manuel Rivadeneyra hiciese aquí su edición del Quijote, cuando en 1905 Azorín escribió La ruta de don Quijote con motivo del tercer centenario del libro, situó «forzosamente» en Argamasilla la cuna del caballero. En la imagen, Aquilina Carrasco con el retrato de su tatarabuela, La Jantipa, quien hospedó a Azorín durante su visita a la villa, y un mes antes a Rubén Darío.

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

VILLANUEVA DE LA JARA,

CUENCA

Aún hoy los hombres se siguen reuniendo en los casinos de los pueblos de la Mancha, como en su día ya anotó Azorín, durante el viaje que realizó en 1905 para seguir el itinerario del ingenioso hidalgo por encargo de Ortega Munilla, director de El Imparcial. Este le hizo entrega, de paso, de un pequeño revólver: «En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar». El resultado de su andadura sería La ruta de don Quijote, donde escribió: «Y después de comer hay que ir un momento al casino».

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

CONSUEGRA,

TOLEDO

Era habitual que los molinos ocuparan las elevaciones del terreno para así aprovechar mejor el viento. En contra de una opinión extendida por culpa del escritor estadounidense Richard Ford y del eco que le brindó Azorín, los molinos de viento son muy anteriores a la época de Cervantes, como demostró Julio Caro Baroja, quien cita como ejemplo un verso del Arcipreste de Hita: «Fazen con mucho viento andar las atahonas».

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

MANZANARES,

CIUDAD REAL

Miguel, El Pichón, en una quintería entre Alcázar de San Juan y Manzanares. Al fondo, la puerta falsa del corral como la que un caluroso día de julio vería salir a don Quijote, armado y a lomos de Rocinante, dispuesto a deshacer agravios, entuertos y sinrazones: «Por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo». Poco después saldrá de la venta, de nuevo «tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo».

Foto: NAVIA

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De don Quijote a Cervantes

ALCALÁ DE EBRO,

ZARAGOZA

A orillas del Ebro, aguas arriba de Zaragoza, transcurre algo menos de la mitad de la segunda parte del Quijote. En esta población ribereña, rodeada por un meandro del río que podía llegar a aislarla, sitúa también la tradición la ínsula Barataria que fue entregada a Sancho Panza para su gobierno. Y de cuya experiencia salió escaldado, diciendo: «Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite desta muerte presente».

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quijote. De don Quijote a Cervantes

De don Quijote a Cervantes

BARCELONA

Al llegar a Barcelona «tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo». En esta ciudad don Quijote conocerá la guerra de verdad en una escaramuza marítima contra los turcos. Y finalmente su idealismo se eclipsará a la vez que cae derrotado en la playa a manos del Caballero de la Blanca Luna. Su final, como afirma Martí de Riquer, «está cerca».

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El fotógrafo español José Manuel Navia traza un recorrido visual por los escenarios reales y ficticios en los que Cervantes situó las aventuras y desventuras del Quijote.

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Los caballeros andantes de la Edad Media

Los caballeros andantes de la Edad Media

Lo que sabemos acerca de la biografía de Miguel de Cervantes encierra casi tantas lagunas como certezas, para gran desesperación –y no pocas controversias– de sus biógrafos. Pero es mucho lo que nos dijo de sí mismo a través de los personajes de sus libros y de sus sustanciosos prólogos… Y así sabemos «que yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear» (frase puesta en boca de Tomás Rodaja, El licenciado Vidriera), pues poco fue lo que sacó de los poderosos cuando quiso que se le recompensase por todos los años pasados al servicio de las armas españolas por el Mediterráneo. Salió escaldado y, tanto por necesidad como de algún modo por propia elección, condujo su vida más por caminos y mesones –y alguna prisión– que por lujos y palacios. «Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas», decía don Quijote. Y en esas encrucijadas se jugó Cervantes la vida, eso sí, con ganas y a manos llenas, como prueban las palabras que escribió ya en su lecho de muerte para rematar el prólogo del Persiles: «El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».

Este año 2015 se cumple el cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, publicado en Madrid en 1615. En ella Cervantes pide «que se les olviden las pasadas caballerías del Ingenioso Hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde ahora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel». Así, el autor traslada su territorio hacia el norte de la Mancha, para ir encaminando poco a poco a sus héroes hacia Aragón y finalmente a Barcelona. Pero entre ambas partes ha ocurrido un hecho fundamental: bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, alguien se ha adelantado a Cervantes y, animado por el éxito de la primera parte del libro, ha publicado una segunda en 1614. Ello espolea a nuestro autor, que terminará la suya, en la que ya trabajaba, de un modo tan novedoso y genial que introduce ese «falso» Quijote en la propia narración y altera las aventuras previstas para así desenmascarar al tal Avellaneda: «Por el mismo caso –respondió don Quijote– no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice». A orillas del Ebro, aguas arriba de Zaragoza, transcurre algo más de la tercera parte del libro. Y luego, sin entrar en Zaragoza, caballero y escudero llegan a Barcelona, ciudad de la que Cervantes se deshará en elogios y que, según Martí de Riquer, necesariamente hubo de conocer. Allí, frente al mar, don Quijote caerá derrotado, recobrará la cordura y regresará con Sancho a su aldea, para dictar testamento y morir en paz.

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Al hilo de Territorios del Quijote, libro y exposición que realicé en 2005 con motivo del cuarto centenario de la aparición de la primera parte de la novela, estoy ahora trabajando de nuevo sobre ella y, lo que es más importante, sobre la vida de Cervantes, cuya muerte se conmemora en 2016. El tema me viene como anillo al dedo, pues a mi interés por la literatura como motor de la fotografía se une mi fascinación por las tierras de interior, esas grandes mesetas de las que la Mancha es un buen ejemplo (tanto es así que desde hace seis años buena parte de mi vida transcurre en un pueblo de la Alta Mancha toledana… «un lugar de la Mancha» más).

Con el apoyo de AC/E (Acción Cultural Española), del Instituto Cervantes y de Ediciones Anómalas, he decidido seguir los pasos de nuestro escritor por el mundo, lo que no es tarea fácil ni breve, pues sorprende lo que viajó, por voluntad o forzado, este hombre del siglo XVI: España de cabo a rabo y repetidamente, Italia, Grecia, Argelia y Túnez, Lisboa… Sé que las huellas tanto del autor como de sus personajes se confunden y son esquivas, como tan generosamente me ha recordado el profesor Francisco Rico en su libro Tiempos del «Quijote» (El Acantilado, 2012): «Navia sabe que don Quijote no contempló nunca los espacios que él retrata, que todos los mapas son arbitrarios y todas las leyendas falsas. Pero sabe también que don Quijote existe en el espíritu. […] Las fotografías de Navia no son ilustraciones de la novela, sino miradas acerca de un don Quijote a quien se echa de menos. Con la subjetividad radical de la mejor fotografía, cada encuadre, cada juego de luces, cada matiz de color, dice una interpretación personal del paisaje, presidido por un don Quijote que no se ve y que sin embargo se hace sentir». En intentar hacer sentir de algún modo la presencia de su creador gasto ahora mis días.