Leonardo da Vinci

Dama con un secreto

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Un retrato a tiza y tinta podría resultar ser un auténtico Leonardo.

Fotografías de Gianluca Colla

 

Bianca Sforza atrajo pocas miradas el 30 de enero de 1998, cuando fue presentada al mundo artístico. Para el público que asistía a la subasta de Christie’s, en Nueva York, era solo una cara bonita. En ese momento nadie conocía su nombre, ni el del artista que la había retratado. El catálogo indicaba que el dibujo (hecho con tizas de colores y tinta sobre pergamino) era una obra alemana del siglo XIX, realizada a imitación del estilo renacentista. Una marchante de Nueva York, Kate Ganz, la compró por 21.850 dólares.

El precio no había variado casi diez años después, cuando Peter Silverman, un coleccionista canadiense, vio el perfil de Bianca en la galería de Ganz y de inmediato compró la obra, pensando que quizá fuera realmente renacentista. La propia Ganz había mencionado a Leonardo da Vinci, la palabra mágica, como influencia del artista. ¿Y si fuera una obra del gran Leonardo?, pensó Silverman.

La posibilidad de entrar en una galería y comprar un dibujo que resulte ser una obra desconocida de Leonardo, valorada en tal vez 100 millones de dólares, parece una leyenda urbana. Descubrir un Leonardo es algo realmente excepcional. Silverman hizo su adquisición más de 75 años después de la última autentificación de una obra del maestro. No había ningún registro de que el creador de la Mona Lisa hubiera realizado una obra importante sobre pergamino, ni se conocían copias, ni bocetos preliminares. Si el retrato era un Leonardo auténtico, ¿dónde había estado escondido los últimos 500 años?

Silverman envió por correo electrónico una imagen digital de Bianca a Martin Kemp. Profesor emérito de historia del arte en la Universidad de Oxford y reconocido experto en la obra de Da Vinci, Kemp recibe con frecuencia mensajes de lo que él llama «los chalados de Leonardo», personas convencidas de haber descubierto una nueva obra del genio italiano. «Mi primera reacción es decirles que no», me dijo. Pero la «extraña vitalidad» del rostro de la joven le hizo desear verla más de cerca, por lo que viajó a Zurich, donde Silverman tenía el dibujo guardado en una caja fuerte. Mide poco más que un folio: 330 por 239 milímetros. «Cuando lo vi –recordaba Kemp–, experimenté una especie de estremecimiento, una sensación que no es normal.»

Esa conmoción lo impulsó a emprender su propia investigación. Los escáneres multiespectrales de alta resolución realizados por Pascal Cotte, director científico de Lumiere Technology, en París, fueron de gran ayuda, pues le permitieron estudiar las diferentes capas del dibujo, desde los primeros trazos hasta las últimas restauraciones. Cuanto más lo observaba con su mirada de experto, más encontraba lo que para él eran indicios de la mano de Leonardo: el modo enque el pelo se arracima debajo de las cintas que lo sujetan, la bella modulación de los colores, la precisión de las líneas. Las áreas sombreadas muestran con claridad el trazo de una persona zurda, como era Leonardo. La expresión de la modelo, compuesta pero pensativa, ese aire de una persona obligada a madurar demasiado pronto, coincide con la máxima de Leonardo de que un retrato debe revelar «los movimientos del espíritu».

Kemp también necesitaba pruebas de que el retrato había sido realizado en vida del maestro (1452-1519) y de que los detalles históricos encajaban en su biografía. La datación por radiocarbono del pergamino, probablemente de piel de becerro, sitúa la fabricación de la pieza entre 1440 y 1650. El estudio de la vestimenta revela que la modelo perteneció a la corte milanesa de la década de 1490, con su moda de elaborados recogidos para el pelo. En esa época Leonardo vivía en Milán y aceptaba encargos de aristócratas para hacer retratos. Las marcas de puntos cosidos al borde del pergamino indican que este formó parte de un libro, quizá conmemorativo de una boda real.

La investigación condujo a Kemp a un nombre: Bianca Sforza, hija ilegítima del duque de Milán. En 1496 Bianca contrajo matrimonio con Galeazzo Sanseverino, comandante de las tropas milanesas y cliente de Leonardo. Bianca tenía 13 o 14 años en la época del retrato. Murió trágicamente unos meses después, tal vez a raíz de un embarazo ectópico, lo que no era infrecuente entre las jóvenes desposadas de la corte. Kemp bautizó el dibujo con el nombre de La bella principessa.

En 2010, Kemp y Cotte publicaron sus hallazgos en un libro. Varios de los más prestigiosos expertos en Leonardo estuvieron de acuerdo con la tesis, y otros se mostraron escépticos. Se dijo que Carmen Bambach, conservadora de dibujos y estampas del Museo Metropolitano de Nueva York, había afirmado que el retrato sencillamente «no parece un Leonardo». Otro especialista opinó que la imagen le parecía demasiado «dulce». El espectro de una falsificación de alta calidad entró en escena. La principal fuente de dudas era la aparición repentina y casi milagrosa del retrato. ¿De dónde había salido?

Kemp lo ignoraba. Entonces, casi como por intervención divina, llegó el mensaje de D. R. Edward Wright, profesor emérito de historia del arte de la Universidad del Sur de Florida. Conocedor del debate, Wright indicó a Kemp que quizá la respuesta estuviera en Varsovia, en la Biblioteca Nacional de Polonia, en el interior de un libro llamado La Sforziada. Experto en iconografía renacentista, Wright describió el libro como un lujoso volumen conmemorativo de la boda de Bianca Sforza, una ocasión muy apropiada para un retrato de Leonardo.

Kemp y Cotte se trasladaron entonces a Varsovia, en un viaje financiado por National Geographic Society. La macrofotografía de Cotte reveló que se había extraído una página del lugar exacto de La Sforziada donde correspondía que figurara un retrato. En el momento de insertar una copia del retrato de Bianca en el libro abierto, comprobaron que encajaba a la perfección. Para Kemp, esta fue la prueba definitiva: «La bella principessa era una obra única de Leonardo da Vinci que había formado parte de un libro y después había acabado en una estantería».

Según Wright, el volumen llegó a Polonia a principios del siglo XVI, cuando un miembro de la familia Sforza pasó a formar parte de la realeza polaca por matrimonio. La hoja correspondiente al retrato fue retirada del libro, posiblemente coincidiendo con su reencuadernación, en el siglo XVII o XVIII. A partir de ahí se le pierde la pista. Solo se sabe que en algún momento, la obra fue adquirida por un restaurador de arte italiano, cuya viuda la puso a la venta a través de Christie’s.

Corren tiempos asombrosos para las obras perdidas de Leonardo. En noviembre la National Gallery de Londres abrió las puertas de una exposición sobre el Salvator mundi, la última obra autentificada de Da Vinci que llevaba siglos perdida y que representa a Cristo sosteniendo con la mano izquierda una bola del mundo. En Florencia, con el apoyo de National Geographic, unos investigadores buscan La batalla de Anghiari, vista por última vez a mediados del siglo XVI. Con ayuda de un endoscopio, se proponen descubrir si la obra está oculta detrás de uno de los muros del Palazzo Vecchio.

La autentificación de una obra de arte de varios siglos de antigüedad, sobre todo si se trata de un valioso y raro Leonardo, no suele ser un proceso fácil y objetivo. Entran en el juicio cuestiones de prestigio, gustos personales y el temor a querellas judiciales. Para alcanzar un mayor consenso, Kemp ha enviado sus últimos hallazgos a varios especialistas de renombre. Casi todos declinaron hacer comentarios, incluso para este artículo. Alcanzar el consenso «llevará tiempo», reconoce Kemp, pero él cree firmemente en la autenticidad del retrato. Una cosa es segura. Si algún día el rostro de la hermosa Bianca Sforza se expone en un museo como un Leonardo, todos la admirarán.