Los palacios del sultán

Los cuentos de los mares de Arabia

Sumérgete en las aguas que aparecen en 'Las mil y una noches' con el fotógrafo Thomas P. Peschak

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Los mares de Arabia

Un gigantesco complejo acuático se yergue en la costa de Dubai.

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Los mares de Arabia

En invierno los jóvenes tiburones ballena acuden al golfo de Tadjoura, frente a la árida costa de Djibouti, para alimentarse del plancton de sus nutritivas aguas. El pez más grande del mundo (pesa más que un elefante) se está convirtiendo en un símbolo del rico, pero apenas protegido, patrimonio marino de Arabia.

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Los mares de Arabia

Unos peces cirujano de Arabia (así llamados por los «escalpelos» naranjas en la zona caudal) compiten por el territorio en un arrecife coralino del mar Rojo. Durante el combate se lanzan uno contra otro, tratando de seccionar aletas o flancos. El que salga vencedor volverá para pacer en su prado de algas.

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Los mares de Arabia

Extremadamente venenosas, pero no agresivas con los humanos, las serpientes marinas son comunes en las aguas someras del golfo Pérsico. Se alimentan de peces pequeños como los gobios, entrando a veces en sus madrigueras del lecho marino para capturar a sus ocupantes. Las serpientes marinas pueden aguantar hasta dos horas bajo el agua sin subir a respirar.

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Los mares de Arabia

Vestigio de la guerra entre Irán e Iraq, este petrolero fue hundido cerca de la frontera con Kuwait por orden de Saddam Hussein para bloquear el acceso por mar al sur de Iraq. Las autoridades kuwaitíes se resisten a retirarlo por temor a dañar las marismas de la isla de Bubiyan, un importante vivero de peces y área de cría de aves marinas.

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Los mares de Arabia

Apenas visitados, los arrecifes que hay frente a la costa de Arabia Saudí en el norte del mar Rojo se cuentan entre los menos alterados de toda la región. La luz solar penetra hasta el fondo de estas aguas cristalinas, haciendo posible el florecimiento de exuberantes jardines de coral en unas costas batidas por las olas.

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Los mares de Arabia

En las lonjas de pescado que hay a lo largo de la costa omaní, las capturas diarias se ponen en hielo y se cargan en camiones con destino a Dubai. Algunos científicos temen que la demanda asiática de aletas de tiburón diezme ciertas poblaciones locales, entre ellas las de tiburón martillo, tiburón toro y tiburón de puntas negras.

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Los mares de Arabia

Una sepia faraón expele un chorro de tinta tras ser arponeada por un buceador en la Reserva Natural de las Islas Daymaniyat, no muy lejos de Mascate, la capital omaní. En estos arrecifes de coral está prohibida la pesca con red; no así otros métodos, entre ellos el del bichero de pesca para capturar sepias.

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Los mares de Arabia

Los ejemplares juveniles de cormorán de Socotora encuentran un abarrotado lugar de descanso bajo los peñascos de la península de Musandam, en Omán. Conocida desde antiguo como la «cabeza de yunque», Musandam se publicita hoy como la Noruega de Arabia por sus profundas ensenadas que recuerdan los fiordos.

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Los mares de Arabia

Superado el arduo trabajo de encontrar un sitio donde anidar un año más, una tortuga boba chapotea entre las olas de Masira, una isla de la costa omaní cuya importancia como zona de cría para esta especie en peligro es fundamental. Cuando regresan al mar, las tortugas tienen que esquivar las trampas mortales que suponen las redes de pesca.

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Los mares de Arabia

En las aguas costeras de Djibouti, las luces de los pescadores atraen el plancton, y el plancton atrae ejemplares jóvenes de tiburón ballena. La Unión de Emiratos Árabes prohibió en 2008 la captura del tiburón ballena, prueba de que cada vez se comprende mejor la importancia y vulnerabilidad de los mares de Arabia.

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24 de febrero de 2012

Fotografías de Thomas P. Peschak

Su rostro, curtido y bronceado, recordaba la cáscara de una nuez. Sus ojos, habituados a lidiar con la luz cegadora de Arabia, estaban entornados. El shamal soplaba desde el mar en rachas abrasadoras, venciendo incluso la resistencia de las palmeras datileras. «Es el viento de poniente –dijo con voz profunda–. Noto su calor.»

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Tras él, la aldea de Film, incrustada en las montañas de la península omaní de Musandam, cintilaba como un brasero. Las cabras jadeaban a la sombra de las barcas colocadas boca abajo y de los muros de una mezquita. El mero hecho de respirar hacía que mis fosas nasales estuviesen a punto de entrar en combustión. El yemení Sami Alhaj, mi compañero de buceo, me dijo: «Bajo el agua, con los corales, tenemos un pedacito de cielo. Fuera de ella, con este viento, un pedacito de infierno».

Pronto huimos del averno y descendimos al paraíso una vez más. El color marcó la transición de un mundo a otro con tanta nitidez como la temperatura. Mientras los colores de la tierra eran los de un zoco de especias (pimienta, canela, mostaza, macis), el mundo submarino estaba empapado de los tonos suntuosos del palacio de un sultán. El añil de los brazos largos y ondulantes del coral blando se mezclaba con los rojos brillantes de las frondas de los lirios de mar. Las morenas grises espiaban entre las grietas, y al abrir la boca revelaban una inesperada explosión de amarillo, mientras que los peces mariposa pa­­saban como fugaces relámpagos anaranjados.

Si Scherezade hubiese sabido de la riqueza de estos mares, habría tenido tema para otras mil y una noches. Podría haber despertado la curiosidad del rey con el misterio de los arrecifes de Dhofar, en el sur de Omán: florecen cual jardines de coral en invierno y como bosques de algas en verano. Este cambio ecológico, único en el mundo, lo desencadena la llegada del khareef, el mon­zón sudoccidental, que baña la costa con un afloramiento de agua fría muy rica en nutrientes. Las algas, en estado de latencia durante los meses cálidos, responden al enfriamiento con un crecimiento exuberante, tapizando los arrecifes con frondas verdes, rojas y doradas.

Tiburón ballena en el golfo de Tadjoura, frente a la árida costa de Djibouti

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Tiburón ballena en el golfo de Tadjoura, frente a la árida costa de Djibouti

O podría haberle contado la historia de la tribu de los saltarines del fango, que tienen su emirato en las costas de la bahía de Kuwait. Su nombre en persa significa «perezosos», porque parecen demasiado aletargados para seguir la bajamar. En lugar de eso, cada uno de estos peces de ojos saltones construye su propia piscina rodeada de fango. Cubiertos de brillantes capas de lodo, culebrean por el fango de sus estanques y luego saltan por el aire, ágiles como marsopas.

¿Le habría hablado también de los cangrejos fantasma de la isla de Masira? Todas las noches construyen en la arena perfectos montes Fuji en miniatura, que invariablemente son barridos por el viento al día siguiente. Scherezade no se habría quedado sin historias.

«Yo soy el mar. En mis profundidades moran todos los tesoros. ¿Han preguntado a los buceadores acerca de mis perlas?», escribió el poeta egipcio Muhammad Hafiz Ibrahim. Hoy sobreviven muy pocos de aquellos campeones del mar, los buscadores de perlas de generaciones pasadas que iban en pos del mayor tesoro. Cuarenta, cincuenta, cien veces al día descendían hasta el lecho marino, llegando a los 20 metros de profundidad, sin gafas y cubiertos con una simple prenda para protegerse de las picaduras de las medusas. Frente a otros riesgos no tenían protección alguna. Morían envenenados por las rayas, picados por las púas ponzoñosas de los peces roca, mordidos por tiburones. Los peces payaso les atacaban los ojos. Se les reventaban los tímpanos, y algunos se quedaban ciegos por la exposición constante al agua salada.

Las perlas eran los diamantes del mundo antiguo. En la época de Hafiz, hace un siglo, eran el recurso más valioso del golfo Pérsico, y su recolección daba trabajo a 70.000 hombres. Pero los buscadores poco veían de la riqueza que sacaban a la superficie. Las ostras se lanzaban a una pila común para ser abiertas al día siguiente, ya muertas. Aunque el buceador hubiese conseguido una perla de una magnificencia digna de una reina, él nunca se enteraba. Buceaban acuciados por las deudas, que habían heredado de sus padres y de los padres de sus padres.

Pero la búsqueda de perlas también era una cuestión de orgullo cultural, parte de una tradición marítima tan arábiga como el desierto y los dátiles. En las aguas del golfo Pérsico, Oriente se encontraba con Occidente, la riqueza de África y de la India fluía hacia Europa. Hasta la década de 1930 grandes dhows (veleros) kuwaitíes con nombres como El triunfo de la rectitud y la luz de la tierra y el mar orientaban sus velas latinas al viento del nordeste que los conducía a Zanzíbar y Mangalore. Meses después el khareef los devolvía a casa. Las fluctuaciones estacionales de los vientos eran el motor del comercio árabe. Los vientos eran de Alá, y no costaban dinero.

Luego llegó el petróleo, y un modo de vida marinero que había pervivido durante milenios desapareció, arrinconado por el aliento del po­­deroso caballero, don dinero. El petróleo era el genio que concedía los deseos de modernización y riqueza. Arabia se transformaba –de camellos a Cadillacs, de casas de adobe a megacentros comerciales– conforme su ciudadanía se subía a la alfombra mágica del petrodólar.

Hoy la mano del hombre llega al fondo de los mares de Arabia y extrae sus tesoros a mayor ritmo del que pueden reponerse. Sobrepesca, contaminación, redes de arrastre y urbanización costera debilitan los ecosistemas marinos me­­diante la degradación de la calidad del agua y la proliferación exacerbada de algas tóxicas. En 2010 un grupo de científicos marinos describió la vía navegable más estratégica de la región, el golfo Pérsico, como «un mar en decadencia», agredido por una tormenta de influencias malignas. «Si estas tendencias se perpetúan –escribían–, perderemos un entorno marino único.»

Una de las poblaciones más amenazadas es la de los tiburones. De todas las agresiones que sufre la fauna marina de Arabia, ninguna es más grotesca que las montañas de tiburones muertos que llegan cada tarde al mercado de pescado de Dubai, transportados en camiones desde los puertos de Omán y la Unión de Emiratos Árabes (UEA), para emprender desde allí el camino hacia Oriente, una marea hedionda de aletas y carne.

Rima Jabado, doctoranda de la Universidad de la Unión de Emiratos Árabes, recorre el mercado contando y midiendo toda clase de tiburones: martillo, zorro, toro, jaquetones y marrajos, los purasangres de los mares de Arabia, acarreados para ser vendidos como vil carne de caballo. Los animales totémicos que los submarinistas sueñan con encontrar bajo las aguas son descolgados de los ganchos de carnicero que llevan los camiones y lanzados al suelo, sucios y ensangrentados, formando hileras de caras exacerbadas.

Un subastador recorre la fila seguido de una comitiva de compradores que calculan los márgenes de beneficio con sus smart phones. Tras ellos, un hombre secciona las aletas con pericia y las pone sobre lonas de plástico para venderlas por separado. Llega una camioneta, y el chófer descarga una docena de sacos de aletas secas. De uno de ellos extrae puñados de triangulitos grises, duros como el contrachapado. Debe de haber varios miles de aletas solo en esta remesa.

«Cuando ves tantos tiburones todos los días, te preguntas: ¿cómo se puede sostener todo esto?», me dice Jabado.

Esta parte de Arabia era conocida desde hace siglos como la Costa de los Piratas. Los barcos mercantes llevaban a bordo compañías de arqueros para defenderse del pillaje. Pero, ¿cómo protegerse del saqueo del mar? Jabado recorre toda la costa de la UEA, desde Abu Dhabi hasta Ras al-Jaima, haciendo un recuento de las capturas de tiburones y entrevistando a los pescadores. Siempre se repite la misma historia: las capturas bajan y se intensifica la actividad pesquera.

Una de las preguntas que ella les plantea es si creen que los tiburones deberían estar protegidos. Algunos dicen que no. ¿Por qué? Los tiburones son un regalo de Dios. Él los repondrá. Otros opinan que sí, pero en toda la región. Si los protegemos aquí, ¿cree que los iraníes van a dejar de pescarlos?, le preguntan. ¿Por qué debería yo dejar de pescarlos y perder ingresos?

Ocho países bordean el golfo Pérsico. «Comparten cultura e historia, la mayoría habla el mismo idioma, se enfrenta a los mismos problemas y disfruta de los mismos recursos –apunta Jabado–. ¿Por qué no trabajan todos a una?»

Su preocupación no se restringe a la gestión de las pesquerías. La perspectiva de un desastre medioambiental en una vía marítima tan somera y cerrada es horripilante. En el Golfo hay cientos de plataformas de crudo y gas, y todos los años se registran decenas de miles de desplazamientos de petroleros por el angosto estrecho de Ormuz. «¿Y si se produjese aquí un accidente como el de la Deepwater Horizon? –dice–. La profundidad media del golfo Pérsico es de unos 30 metros. Un vertido como el del golfo de México podría aniquilar ecosistemas marinos enteros.»

Hay indicios de que el enfoque global propuesto por Jabado podría estar empezando a tomar forma. Varios países se plantean seguir el camino fijado por la Unión de Emiratos Árabes y dar protección legal a una especie: el tiburón ballena, el pez más grande de los océanos. Desde hace un tiempo estos gigantes aparecen donde menos se los espera. En 2009 David Robinson, investigador del tiburón ballena radicado en Dubai, se quedó perplejo cuando el buscador de imágenes de Google le mostró la fotografía de unos tiburones ballena nadando entre las plataformas de Al-Shaheen, un importante campo de petróleo y gas frente a las costas de Qatar.

«Un operario de una plataforma gasista había colgado la foto en su página de Facebook –contó Robinson–. Le envié un mensaje, me agregó como amigo, y ahora estamos recibiendo un torrente de fotografías tomadas por él y por otros. En una de las imágenes conté 150 ejemplares.»

Descubrir tiburones ballena en Al-Shaheen ha propiciado otros hallazgos. Se ha observado el masivo desove estacional de langostas, que ascienden a la superficie por la noche y convierten el mar en una enorme sopa de marisco. Con la pesca prohibida y el tráfico marítimo restringido en muchos campos de crudo y gas, probablemente estas áreas funcionan como reservas marinas oficiosas. No cabe duda de que las plataformas actúan como concentradores gigantes de ictiofauna. En Al-Shaheen, con un quemador de gas escupiendo llamas varios metros por encima de mí, contemplé a un cardumen de carángidos rodeando las patas de la plataforma y a unos delfines rotadores dando saltos fuera del agua con sus cuerpos gráciles. Muy a lo lejos, un tiburón martillo nadaba en las cercanías del refugio que para él suponía la plataforma.

Un nuevo sentido de responsabilidad hacia el mar parece estar naciendo en toda la región. En Kuwait cientos de submarinistas aficionados han constituido el equivalente ecológico de unas fuerzas especiales dedicadas a reparar el daño causado al medio ambiente por la guerra y los residuos. Recuperan barcos hundidos del fondo del mar y retiran toneladas de redes de pesca atrapadas en los arrecifes coralinos de Kuwait.

Frente a la isla de Qaruh, ayudé a cortar una red que se había enganchado alrededor de los frágiles apéndices de un coral asta de ciervo, una pesadilla de malla de nailon enredada que puso a prueba nuestra colección de cuchillos de cocina y tijeras de jardín. Nuestro extraño equipo de reparadores de arrecifes constaba de un ingeniero informático, un productor de televisión y un ex líder de la Gran Mezquita de Kuwait. En el viaje de vuelta, surcando un mar en calma de color dorado y con una tormenta de arena arremolinándose en el horizonte, dos miembros del equipo buscaron entre los materiales de buceo un sitio para rezar. Haciendo caso omiso del tronido sinfónico de los fuerabordas gemelos de 200 caballos, se postraron y pronunciaron las palabras ancestrales de oración, dando voz a la esperanza de que el bien reine en el mundo.

En el otro extremo del golfo Pérsico, en Dubai, los amantes de la playa rescatan tortugas varadas y las trasladan a un centro de recuperación en el lujoso hotel Burj al-Arab. En 2011 el centro recibió 350 juveniles de tortuga, muchos de ellos víctimas de aturdimiento por frío (hipotermia), causado por la caída invernal de la temperatura marina. «Si sobreviven a las primeras 24 horas, tienen un 99% de posibilidades de recuperarse», nos explicó Warren Ba­­verstock, director de operaciones del acuario, mientras recorríamos una hilera de peceras burbujeantes. Metió la mano para rascar el dorso a las tortugas, que detuvieron su chapoteo para girar el cuello y las ale­­­tas con agrado por esa atención. «Siempre saben dónde está el mar. Nadan una y otra vez a lo largo de la pared más próxima al mar, levantando la cabeza, buscándolo.»

En una playa cercana se organizan sueltas en masa de las tortugas recuperadas para incidir en el mensaje de que la vida marina de Arabia es valiosa, vulnerable y necesitada de protección. A todas las tortugas se les implanta un microchip identificador. En los siete años que lleva en marcha el proyecto, ni una sola ha varado dos veces.

El paciente más célebre del hotel fue una tortuga verde adulta llamada Dibba, que había llegado con el cráneo fracturado. Baverstock y su equipo invirtieron 18 meses en recuperarla, pero Dibba, puesta en libertad con un transmisor por satélite adherido al caparazón, recompensó a sus cuidadores con un viaje migratorio de 259 días y 8.000 kilómetros: descendió por el mar de Arabia, pasó las Maldivas, bordeó Sri Lanka y llegó hasta las islas Andamán antes de que se agotara la batería del transmisor.

Dibba trazó una ruta milenaria grabada no solo en el instinto de las tortugas sino también en la memoria cultural de los pueblos de Arabia. Por ella viajaban los dhows cargados de perlas y dátiles de Basora. Por ella regresaban con al­­canfor, sedas, madera de sándalo y clavo. Todas las familias árabes tenían sus capitanes y marineros, sus buscadores de perlas y carpinteros de ribera: un legado marino escrito en los genes.

La modernidad ha empañado ese recuerdo. «Hemos perdido la sed de mar que solo se aplaca saliendo a su encuentro», me dijo un hombre de negocios omaní con la tristeza reflejada en los ojos. Pero cada vez son más los árabes que se ha­­cen a la mar no para explotarlo, sino para vivirlo. Renuevan su vínculo con las costas de sus antepasados y redescubren la verdad del poeta: «En mis profundidades moran todos los tesoros».