Colón y los Reyes Católicos

Cuando expuso su proyecto de viajar a Asia atravesando el océano Atlántico, los expertos lo tacharon de loco. Fue la reina Isabel la que venció las reticencias e hizo posible su empresa descubridora

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Colón en la corte de Fernando el Católico. Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX.

Colón en la corte de Fernando el Católico. Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX.

Gracias a su seguridad en sí mismo y su entusiasmo visionario, Colón persuadió a los Reyes Católicos de aceptar su proyecto, aunque nada habría logrado sin el apoyo decidido de varios personajes clave de la corte castellana. En la negociación final, Colón exigió que se le concediera el título hereditario de Almirante del Mar Océano, el cargo de virrey y gobernador y el diez por ciento de las ganancias del descubrimiento. Cuando los consejeros de Isabel consideraron que eran condiciones desorbitadas, Colón partió airado a Córdoba, pero la reina lo volvió a llamar y el 17 de abril de 1492 se firmaron las capitulaciones.

 

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El Tratado Colombino

El Tratado Colombino

Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico.

Foto: DEA / Album

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 Carta náutica atribuida a Cristóbal Colón

Carta náutica atribuida a Cristóbal Colón

Los sabios portugueses y castellanos que estudiaron el proyecto de Colón tenían motivos para rechazarlo. Basándose en diversos autores, el genovés creía que Asia era mucho más extensa de lo que es en realidad y erraba en la magnitud de la milla náutica, con lo que suponía que Japón estaba a 2.400 millas de las Canarias, cuando de hecho son 10.600.

Foto: Biblioteca Nacional de París

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Desembarco de Colón el 12 de Octubre de 1942 en Guanhani. Óleo por Dióscoro de la Puebla.. Desembarco de Colón el 12 de Octubre de 1492 en Guanhani. Óleo por Dióscoro de la Puebla.

Desembarco de Colón el 12 de Octubre de 1492 en Guanhani. Óleo por Dióscoro de la Puebla.

La carta que Colón escribió a los Reyes Católicos desde Lisboa, en marzo de 1493, fue impresa enseguida y se difundió por toda Europa. Antes de finales de siglo se hicieron hasta catorce ediciones, en latín (nueve), castellano, italiano, catalán y alemán. El texto, sin embargo,  tenía algunas variaciones. La traducción latina realizada el 20 de abril de 1493 por Leandro de Cosco, un humanista aragonés probablemente de origen judío, destacaba islas reportaba a Fernando el Católico y el papel que había tenido en la empresa el tesorero general de Aragón, Gabriel Sánchez, un judeoconverso. Tan sólo las versiones castellanas mencionaban a Isabel a la par de su esposo. Sin duda, era Fernando quien controlaba los hilos de la propaganda regia.

Foto: Art Archive

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 Los Reyes reciben a Colón en Barcelona

Los Reyes reciben a Colón en Barcelona

Un cronista explica que, a la llegada de Colón a Barcelona a mediados de abril de 1493, «los Reyes Católicos le esperaban públicamente, con toda la majestad y grandeza, en un riquísimo trono bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron como si fuera un su lado». Así recrea la escena este óleo de Francisco García Ibáñez (Museo del Ejército, Madrid). Sin embargo, los diarios de la ciudad no registran una recepción pública. Parece que el encuentro se produjo en alguna sala de palacio, repleta, eso sí, de curiosos y admiradores.

Foto: Prisma Archivo

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Catedral de Santo Domingo

Catedral de Santo Domingo

En 1495 Colón fundó en La Española la ciudad de La Isabela, llamada así en honor de la reina. Pero pronto fue abandonada en favor de un nuevo núcleo en el sur de la isla, Santo Domingo.

Foto: Maremagnum/ Getty Images

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El descubridor humillado. El descubridor humillado.Óleo por Lorenzo Delleani.

El descubridor humillado.Óleo por Lorenzo Delleani.

En 1500, Colón fue arrestado en La Española por un delegado de los Reyes Católicos y enviado a España en una carabela.  Las casas reproduce el diálogo entre Cristóbal Colón y general Villejo, quien fue a arrestarle: 

«Villejo, ¿adónde me lleváis?»
 «Al buque, Señor Excelentísimo, a embarcarse»
«¡A embarcarse! Villejo, ¿me decís la verdad?»
 «Por la vida de Vuesencia, que es cierto»

 El Almirante debió de suspirar con alivio y dejó que lo llevaran al navío que debía devolverlo a España. Cuando le ofrecieron quitarle las cadenas, Colón declaró que «los reyes me mandaron por escrito que me sometiese a lo que Bobadilla ordenase en su nombre; por su  autoridad me ha puesto estas cadenas; yo las llevaré hasta que ellos me las manden quitar».

Foto: Culture-Images / Album

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Arrestado en nombre de los Reyes Católicos. Los hermanos Colón arrestados por el corregidor Bobadilla en La Española. Grabado de Theodor de Bry. Siglo XVI

Los hermanos Colón arrestados por el corregidor Bobadilla en La Española. Grabado de Theodor de Bry. Siglo XVI

Al llegar el corregidor Bobadilla a Santo Domingo, la capital de La Española, en mayo de 1500, los pobladores españoles le comunicaron toda clase de agravios contra el Almirante. Incluso se difundió el rumor de que, al saber la llegada del corregidor y cómo éste había arrestado a su hermano Diego, Colón quiso organizar una resistencia armada contra el representante de la Corona. En realidad, la conducta del Almirante muestra su obediencia ciega a cualquier orden emanada del poder real. Acudió de inmediato a Santo Domingo y aceptó resignadamente que lo encadenaran y lo metieran en una fortaleza. Desde allí instó a su otro hermano, Bartolomé, a que también se entregara, como así hizo éste. En una ocasión, al ver entrar en la celda a un oficial llamado Villejo, pensó que venían a ejecutarlo

Foto: AKG / Album

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La Torre del Oro

La Torre del Oro

En Sevilla, de vuelta de su último viaje, Colón se lamentaba: «Poco me han aprovechado veinte años de servicio, pues no tengo techo que me cubra».

Foto: Juan Carlos Muñoz / Fototeca 9x12

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Colón al final de su vida. Óleo por Claude Jacquand. 1870. Museo de Le Havre

Colón al final de su vida. Óleo por Claude Jacquand. 1870. Museo de Le Havre

Al enterarse de la muerte de la reina, Colón le dedicó un sentido elogio en una carta a su hijo Diego: «Su vida siempre fue católica y santa [...] y por esto se debe creer que está en su santa gloria». En cartas posteriores al mismo Diego le pedía que se informara sobre si la soberana había dejado estipulado en su testamento algo relacionado con él, pero no había nada.

Foto: Bridgeman / ACI

20 de mayo de 2016

¿Cuánto sabes sobre Cristóbal Colón?

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TEST NG: ¿Cuánto sabes sobre Cristóbal Colón?

A finales del año 1491, Cristóbal Colón parecía a punto de renunciar al sueño que llenaba todos sus pensamientos desde hacía acaso una década: la travesía marítima hacia Asia a través del océano. Con 40 años recién cumplidos, había consumido en vano los últimos seis haciendo gestiones ante el gobierno de Castilla en busca de apoyos para la expedición. Pese a que no faltó quien le secundase, los consejeros de los reyes y los expertos de la junta formada en Salamanca en 1486 se mostraban escépticos, cuando no hostiles, a un proyecto inusitado, que contradecía muchas ideas adquiridas, incluso la letra de las Sagradas Escrituras, y que se basaba en cálculos geográficos de lo más aventurado, sin contar que quien lo planteaba era un forastero desconocido y sin formación académica. Es cierto que los reyes no le habían dado una negativa clara, pero no cesaban de postergar su decisión, absortos como estaban en las operaciones de la guerra de Granada y otras ocupaciones.

Entre el navegante genovés y la Reina Católica se fraguó una conexión trascendental en la aventura del descubrimiento

Colón no desfalleció y había seguido a la corte en sus constantes desplazamientos, e incluso se dice que tomó las armas en una campaña de la guerra. Pero cuando a fines de 1491, justo antes de lanzar el asalto a Granada, los reyes lo recibieron en Santa Fe y de nuevo rehusaron garantizarle el apoyo a su empresa, el genovés decidió abandonar la corte y marchó a Huelva, al monasterio de la Rábida, donde había recalado en la primavera de 1485 después de que los portugueses también hubieran desoído su propuesta. La única opción que le quedaba era probar suerte en Francia, cuyo rey le había escrito invitándolo a exponerle su proyecto. Fue entonces cuando fray Juan Pérez, el monje de la Rábida que lo había acogido en 1485 y que desde el principio había creído en su plan, decidió hacer una última gestión. Pérez había sido confesor de la reina Isabel y confió que ella le atendería. En efecto, la reina lo recibió, y aquella conversación fue decisiva para que la reina volviera a llamar a Colón y para que éste, en una audiencia en Santa Fe justo después de la rendición de Granada, convenciera a los monarcas de que apoyaran su empresa. No tenemos datos precisos sobre cómo se desarrolló el encuentro, pero cabe pensar que fue en aquel momento cuando entre el navegante genovés y la Reina Católica se fraguó una conexión que tendría un efecto trascendental en la aventura del descubrimiento.

Clima de euforia

En Santa Fe, Colón se cuidó de hacer encajar su empresa con el clima de exaltación religiosa que acompañaba el fin de Reconquista. Según afirmó, el viaje a la India permitiría llevar ayuda a los cristianos de aquel continente, trabajar por la conversión de los infieles y, además, utilizar los beneficios económicos de la expedición, que se preveían ingentes, para financiar una cruzada que liberara Jerusalén de los musulmanes, afirmación esta última ante la que los reyes no pudieron evitar una sonrisa.

Colón se cuidó de hacer encajar su empresa con el clima de exaltación religiosa que acompañaba el fin de Reconquista.

En cualquier caso, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, se dejaron convencer e incluso aceptaron, después de un amago de retirada por parte del genovés, las desorbitadas exigencias de éste en términos de autoridad personal, tal como quedaron plasmadas en las Capitulaciones de Santa Fe, suscritas el 17 de abril de 1492. Sin duda debieron de pensar que poco importaban tales concesiones en una empresa de resultado tan incierto y, por otra parte, ésta tampoco les iba a resultar gravosa económicamente, pues el presupuesto, de unos dos millones de maravedíes, quedaba cubierto por un préstamo realizado por un funcionario del rey, Luis de Santángel, por la propia aportación de Colón (gracias a un préstamo particular) y por la contribución forzosa de la ciudad de Palos, que debió proporcionar dos de las tres carabelas de la expedición.


Ocho meses después de la partida de Colón desde el puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, llegó a la corte castellana la noticia de su retorno. Desde Lisboa, donde había recalado su navío, en marzo de 1493 Colón enviaba una carta a los Reyes Católicos en la que les anunciaba su sensacional gesta: había completado su viaje a través del océano hasta llegar a las costas de Asia, la misma zona que Marco Polo había recorrido dos siglos antes. Fernando e Isabel, radiantes por aquel nuevo signo de favor de la providencia divina, escribieron de inmediato a «nuestro Almirante del Mar Océano y visorrey y gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias» –tal era el título que le correspondía en virtud de las Capitulaciones de Santa Fe– instándole a que se apresurara a reunirse con ellos en Barcelona, donde se hallaban en esos momentos.

El viaje del Almirante hasta la Ciudad Condal causó sensación. Colón llevaba siete indígenas americanos, así como papagayos, otros animales y plantas y frutos diversos, de modo que «la gente corría a los caminos para verle y a los indios y otras cosas y novedades que llevaba », según escribía un cronista. En Barcelona los soberanos lo recibieron con alborozo y le prodigaron los mayores gestos de deferencia, permitiéndole sentarse ante ellos o paseándose con él por las calles de la ciudad. Aunque las fuentes no lo precisan, debió de producirse entonces un encuentro personal entre Colón y la reina que dejó honda impresión en el Almirante, pues ocho años más tarde, en una carta a la soberana, escribiría en tono rendido: «Yo soy siervo de vuestra alteza. Las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona [...] Yo me di en Barcelona a Vuestra Alteza sin desar de mí cosa».

Los frutos de la hazaña

El éxito del viaje de 1492 le valió a Colón no sólo el consiguiente momento de fama, sino también una posición privilegiada en la corte real, como experto navegante y cartógrafo al que los soberanos pedían a menudo consejo. Pero el prestigio del descubridor no tardaría en agrietarse a causa de su discutida labor como gobernador de las tierras descubiertas. Ya durante su segunda estancia en las islas del Caribe llegaron a la corte quejas de colonos españoles que se sentían discriminados o maltratados por el Almirante. A la vuelta de este segundo viaje, Colón acudió a Burgos para explicarse, e «informó [a los reyes] muy por menudo y les dio sus disculpas lo mejor que pudo», según recoge el cronista Santa Cruz. Los monarcas lo disculparon y le encargaron un nuevo viaje, el tercero, que al cabo resultaría letal para la reputación de Colón.

El prestigio del descubridor no tardaría en agrietarse a causa de su discutida labor como gobernador de las tierras descubiertas

Enfrentado a la rebelión abierta de una parte de los colonos españoles, sus intentos por imponer su autoridad no hicieron sino redoblar las quejas y denuncias hasta que finalmente los reyes decidieron intervenir enviando a un comisario especial para que asumiera el gobierno de las islas, aun a costa de violar los privilegios de Colón. Nada más llegar a La Española, en agosto de 1500, el corregidor Bobadilla apresó a los tres hermanos Colón y los envió encadenados a España.

Antes de este desenlace, hubo otro asunto que indispuso a la reina con su Almirante, el del trato dispensado a los indígenas. Aunque inicialmente se mostró benevolente con los indios y trató de evitar los abusos, a partir de su segundo viaje Colón concibió el plan de esclavizar a aquellos indios que se hubieran rebelado contra los españoles o que fueran caníbales y venderlos como esclavos de guerra en Europa. En 1495 envió un primer «cargamento » de 300 esclavos indios para que un socio suyo los vendiera en Andalucía, y en 1498 expidió cinco navíos más repletos de esclavos.

Los reyes, y en particular la reina Isabel, se apresuraron a frenar esa actividad. Al principio fue sólo un escrúpulo de conciencia lo que los llevó a ordenar retener el dinero recibido por la venta de los primeros 300 esclavos, hasta que una junta de teólogos no dictaminase si aquel tráfico era moralmente lícito. Pero cuando la reina se enteró de que Colón, en su tercer viaje –en el que había recibido el encargo expreso de ocuparse de la evangelización de los indígenas– había repartido a los indígenas como esclavos de sus colonos, estalló de indignación. Según Las Casas, la soberana clamó: «¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?». Los habitantes de las Indias no eran enemigos de la Corona y por ello no se les podía hacer la guerra y luego venderlos como esclavos. Por ello, ordenó que los indios llegados a España como esclavos fueran devueltos a sus lugares de origen en América.

Postreras esperanzas

Pese a todos estos conflictos, los reyes no se ensañaron con Colón. Nada más llegar a Cádiz en noviembre de 1500, mandaron liberarlo y lo llamaron a la corte. En una carta al Almirante le decían: «Tened por cierto que vuestra prisión nos pesó mucho [...] y luego que lo supimos lo mandamos remediar [...] y ahora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien». En Granada le dispensaron una calurosa acogida y le permitieron organizar un nuevo viaje, que ellos mismos se prestaron a financiar. Pero le prohibieron poner el pie en La Española y lo despojaron del monopolio del comercio con las Indias.

Ese cuarto viaje fue una sucesión de desastres, y Colón hubo de volver a Sevilla a finales de 1504, enfermo y deprimido. Cuando se enteró de que la soberana se encontraba gravemente enferma, escribió una carta, el 1 de diciembre de 1504, a su hijo Diego, que desempeñaba un cargo en la corte, en la que rogaba por la salud de la reina y decía que ella era la única que podría impedir que las Indias se perdieran. Pero todas sus expectativas se vieron defraudadas: la reina había fallecido cinco días antes, y sus sucesores desatendieron todas las instancias del Almirante, que murió en Valladolid, no pobre, como él mismo decía con exageración, pero sí amargado, el 20 de mayo de 1506