Personaje singular

Caterina Sforza, la duquesa guerrera del Renacimiento

Para sobrevivir en la turbulenta Italia del siglo XV, la joven duquesa de Imola y Forlì aprendió el arte de la intriga y no dudó en ponerse al frente de sus tropas como una auténtica condottiera

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DAE-11191856. Forlì, feudo de Caterina

Forlì, feudo de Caterina

Relicario de oro conservado en la catedral de la Santa Cruz, Forlì.

DEA / AGE FOTOSTOCK

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U87-1442348. Fortaleza de Ravaldino

Fortaleza de Ravaldino

Desde este castillo, residencia de los señores de Forlì, Caterina hizo frente al asedio de César Borgia.

Riccardo Sala / Age Fotostock

30 de diciembre de 2013

A finales del año 1498, una mujer se encarama a las murallas de la fortaleza de Ravaldino, en Forlì, 300 kilómetros al norte de Roma. Las tropas enemigas mantienen como rehenes a sus hijos y han amenazado con matarlos si no depone su actitud, pero ella, imbatible, se señala el pubis y grita: «¡Matadlos si así lo queréis, tengo el instrumento para tener muchos más! Nunca conseguiréis que me rinda». La anécdota parece una leyenda, pero dada la personalidad de su protagonista tiene visos de realidad. Caterina Sforza, que así se llamaba la aguerrida dama, es uno de los personajes femeninos más singulares del Renacimiento italiano. No sólo se codeó con los más importantes genios del arte y la cultura de su época, sino que desafió todo convencionalismo, coqueteó con la alquimia y, al frente de sus tropas, no dudó en enfrentarse a enemigos tan poderosos como los Borgia.
Caterina había nacido en 1463 en Milán, fruto de los amores de Galeaz-zo Maria Sforza con su amante Lucrezia Landriani. Como tal, era sobrina del poderoso Ludovico el Moro, duque de Milán, y, pese a su condición de hija ilegítima, fue educada en el seno de la familia paterna, donde se impregnó del espíritu humanista propio de la época. Contaba sólo diez años cuando la casaron con un sobrino del papa Sixto IV, Girolamo Riario, veinte años mayor que ella. Aunque Riario era señor de Imola y Forlì, el matrimonio se instaló en Roma a fin de medrar en la corte papal. Caterina, al tiempo que daba a luz a cinco hijos, no tardó en convertirse en intermediaria entre la corte romana y la milanesa, y adquirir así un enorme prestigio.

En el avispero romano

La muerte de Sixto IV en agosto de 1484 puso en riesgo todo lo que la pareja había conquistado en los años anteriores. La elección del nuevo papa abría la usual disputa entre las más poderosas familias de la Italia de la época, que pugnaban por situar a uno de los suyos en el trono de San Pedro. Pero Caterina no estaba dispuesta a perder su privilegiada situación. Así, ante la ausencia circunstancial de su esposo y embarazada de siete meses, cruzó a caballo el Tíber y se puso al frente de la guarnición que defendía el castillo de Sant’Angelo. Con ello consiguió que algunos cardenales enemigos se negaran a participar en el cónclave, temerosos de caer bajo su poderosa artillería. Finalmente, se llegó a un acuerdo y Girolamo aceptó partir de Roma a cambio de la confirmación de sus señoríos de Imola y Forlì, el nombramiento de capitán general de las tropas vaticanas y una indemnización de 8.000 ducados.

En su nuevo destino, Caterina tuvo ocasión de demostrar sus dotes políticas. La muerte de su esposo, asesinado por los partidarios del nuevo papa en 1488, la llevó a ejercer de regente durante la minoría de edad de su hijo Ottaviano. De inmediato puso en práctica una serie de medidas que le permitieron ganar las simpatías de sus conciudadanos, bajando los impuestos y logrando la amistad de los Estados vecinos mediante la concertación de diversas alianzas matrimoniales de sus hijos. Además, llevada por su sempiterna afición a la milicia, se puso al frente de la instrucción militar de su ejército.
Sólo una cuestión la separaba, ya no de sus súbditos, sino de su familia. Pocos meses después del fallecimiento de su esposo, Caterina había contraído matrimonio en secreto con un joven llamado Giacomo Feo, con el que un año después tuvo un hijo, Bernardino Carlo. La pasión que sentía por el ambicioso joven hizo flaquear a la siempre invencible Caterina, hasta el punto de que llegó a apartar del gobierno a su hijo Ottaviano para entregar las riendas del Estado a su esposo y colocar a los parientes de éste al frente de las fortalezas que defendían la ciudad. Los partidarios de Ottaviano no se resignaron y su esposo fue asesinado por unos conjurados. En represalia, la joven viuda hizo masacrar a los partidarios de los asesinos y a sus familias.

Las pasiones de Caterina estaban lejos de calmarse, y tras la muerte de su segundo esposo, en 1497, obtuvo el permiso de su tío, el duque Ludovico Sforza, para contraer matrimonio con Giovanni de Médicis, miembro de la poderosa familia florentina, al que había conocido un año antes cuando llegó a Forlì como embajador de Florencia. De nuevo fue un enlace desgraciado, pues sólo un año después de dar a luz a un hijo, el célebre Giovanni dalle Bande Nere (de las Bandas Negras), y cuando estaba inmersa en el conflicto que enfrentaba a Florencia con Venecia, Giovanni murió a causa de una neumonía. Poco después, el papa Borgia, Alejandro VI, declaró su voluntad de incorporar las ciudades estado de la Romaña, incluidas Forlì e Imola, a los Estados Pontificios. Evidentemente, la valiente Caterina no estaba dispuesta a consentirlo.

La inquina de los Borgia

De inmediato, Caterina Sforza se dedicó a ampliar su ejército, a mejorar el armamento y a almacenar grandes cantidades de alimentos y municiones ante un posible asedio de las tropas comandadas por César Borgia, duque de Valentinois e hijo del papa. Asimismo, reforzó las defensas de sus fortalezas, especialmente las de Ravaldino, donde residía.

Pero César Borgia, el duque de Valentinois, era un enemigo peligroso. Tras la caída de Imola y Forlì, el Borgia inició el asedio a la fortaleza de Ravaldino el 19 de diciembre de 1499. Apoyada por más de un millar de soldados, Caterina dirigió personalmente la resistencia. Rechazó una y otra vez las propuestas de paz de su enemigo aun a costa de la vida de sus hijos, como cuenta la leyenda. El 12 de enero de 1500, después de una serie de terribles combates, las tropas de César Borgia irrumpieron en Ravaldino y Caterina fue hecha prisionera. Según parece, pese a que ella solicitó ponerse bajo la custodia del rey de Francia, Luis XII, aliado del papado, César Borgia no quiso deshacerse de su prisionera. En parte, por orgullo; pero también porque al poco de rendir Ravaldino, Caterina se había convertido en su amante.

No obstante, César no tardó en enviarla a Roma, después de hacerla sufrir humillaciones de todo tipo. El papa Alejandro VI la obligó a permanecer en el palacio Belvedere, una hermosa villa próxima a Roma. Pero ni todas las atenciones recibidas por parte del pontífice, que insistió en tratar a su prisionera de acuerdo con su rango, lograron domeñar el espíritu rebelde de la Sforza. Después de que fuera descubierto su intento de fuga y habiendo sido acusada de preparar un atentado contra el papa con una serie de cartas envenenadas, la díscola duquesa fue internada en el castillo de Sant’Angelo, la fortaleza que defendiera tan ardientemente años atrás.

Reposo al fin

Su encierro no duró demasiado, ya que fue liberada el 30 de junio de 1501 por intercesión del rey de Francia. Retirada a Florencia, Caterina se refugió en la villa que había pertenecido a su tercer marido, Giovanni de Médicis. Desde allí, tras la muerte del papa Alejandro VI intentó recobrar sus feudos de manos del nuevo pontífice, Julio II. No obstante, tanto Forlì como Imola se opusieron a su regreso por lo que pasaron a manos de un noble vaticano llamado Antonio Maria Ordelaffi.

Olvidado su fervor guerrero, Caterina pasó los últimos años de su vida junto a sus hijos y entregada al estudio de la alquimia. En mayo de 1509, cuando sólo contaba 46 años, falleció a causa de una neumonía. Fue sepultada en el convento de Santa María delle Murate, en una tumba anónima, tal como había dispuesto en su testamento. Fue su nieto Cosme I, Gran Duque de Toscana, quien ordenó colocar sobre su sepultura una lápida de mármol blanco donde figuraba su nombre. Pero ni muerta consintió Caterina en que se le llevara la contraria. En 1835, la lápida fue destruida al renovar el pavimento del convento para transformarlo en una prisión.

Para saber más

La dama del dragón. José Calvo Poyato. Random House, Barcelona, 2008.