El fallido asedio británico a Cartagena de Indias

En 1741, una imponente armada británica se lanzó a la conquista de una de las principales plazas del Imperio español en América, pero la empresa terminó en una humillante retirada

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Bahía de Cartagena de Indias

Bahía de Cartagena de Indias

Bahía de Cartagena de Indias en un mapa que muestra las operaciones navales que tuvieron lugar durante el sitio británico de 1741.

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La "guerra del Asiento"

La "guerra del Asiento"

La guerra de la oreja de Jenkins, como la llaman los historiadores británicos, es también conocida como guerra del Asiento. El asiento era un contrato por el que la monarquía española autorizaba a la Compañía del Mar del Sur británica a trasladar a América casi 5.000 esclavos cada año, junto con mercancías supuestamente necesarias para mantenerlos. El contrato caducaba en 1744 y el rey de España había declarado que no lo renovaría, lo que suponía un grave perjuicio para los comerciantes británicos.

Bridgeman

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Medalla conmemorativa de la supuesta victoria británica en Cartagena de Indias

Medalla conmemorativa de la supuesta victoria británica en Cartagena de Indias

Oronoz/ Álbum

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Fuerte de San Felipe

Fuerte de San Felipe

Fuerte de San Felipe en Cartagena de Indias, donde Blas de Lezo y sus hombres resistieron el asalto británico en el año 1741.

María Claudia Anjel / Age fotostock

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Blas de Lezo. El héroe de Cartagena

El héroe de Cartagena

Blas de Lezo era un veterano marino originario de Pasajes, en Guipúzcoa. Tuerto, cojo y manco, a causa de diferentes heridas de guerra, acumulaba una larga experiencia en la armada española antes de ser destinado en 1739 a Cartagena de Indias, donde rechazó los dos ataques del almirante Vernon que precedieron a la ofensiva de 1741.

gtres / oleo anónimo. Museo Naval, Madrid.

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Asalto al gran valuarte del Imperio español

Asalto al gran valuarte del Imperio español

Vista de Cartagena y su sistema defensivo durante el sitio de 1741. Grabado inglés del siglo XVIII. Museo Nacional del Ejército, Londres.

En su ataque a Cartagena la flota del almirante Vernon debió franquear varias barreras: dos fuerte en Bocachica, otros dos castillos en la entrada de la bahía interior de Cartagena y, por último, el castillo de San Felipe, que daba abrigo a la ciudad amurallada. Contra este último se estrellaron las tropas británicas.

 

Bridgeman

En 1741, una imponente armada británica se lanzó a la conquista de una de las principales plazas del Imperio español en América, pero la empresa terminó en una humillante retirada

En1738, compareció en el Parlamento británico un capitán de navío llamado Robert Jenkins para relatar algo que le había ocurrido siete años antes, en 1731. Mientras navegaba por el Caribe, su barco fue abordado por un guardacostas español, quien al comprobar que su carga era mayor que la declarada le requisó las mercancías acusándolo de contrabando. No sólo eso; además el capitán del guardacostas le cortó una oreja como escarmiento, al tiempo que le decía: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Jenkins enseñó incluso la oreja cortada en un tarro de cristal. Entre la opinión pública británica hubo un estallido de indignación, hasta el punto de que unos meses después, el 23 de octubre de 1739, el rey Jorge II declaró la guerra a la monarquía hispana, regida entonces por Felipe V. 

Antes incluso de la declaración de hostilidades había partido de Londres una flota de guerra, al mando del almirante Edward Vernon. En Jamaica recibió refuerzos de las colonias británicas en Norteamérica, con lo que se formó una fuerza imponente de 27 navíos de línea, además de fragatas, cañoneras, bombardas y transportes. «Nunca un contingente estuvo más completamente equipado, y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en un éxito extraordinario», recordaba el escritor Tobias Smollett, que participó como cirujano en la expedición.

El objetivo de Vernon era conquistar las principales plazas españolas en Cuba, Panamá y la actual Colombia. «Si Portobelo y Cartagena son tomadas –aseguraba el almirante–, los españoles lo habrán perdido todo». Portobelo cayó casi sin presentar resistencia, tras apenas dos horas de bombardeo, lo que le valió a Vernon una recepción triunfal en Londres.

Convertido en el hombre del momento, Vernon convenció a las autoridades de lanzar un gran ataque contra Cartagena de Indias. El plan consistía en tomar Cartagena en una operación relámpago, antes de que llegara la estación de las lluvias, y marchar luego hacia Perú. Con ello, el rey británico, Jorge II, podría exigir la paz a Felipe V.

De vuelta a Jamaica, Vernon se puso al frente de una escuadra de impresionantes dimensiones. En total contaba con más de 200 navíos, 130 de ellos de transporte por 74 de guerra. Estos últimos portaban unos 2.000 cañones. A bordo iban 27.000 hombres: 16.000 marineros y artilleros y el resto tropas destinadas a la invasión.

Vernon disponía de una flota de más de 200 navíos frente a los seis de Cartagena de Indias

La desproporción de fuerzas era flagrante: Cartagena disponía únicamente de seis navíos y de unos 3.000 hombres, incluidos 500 civiles y otros 500 indios chocoés. La defensa estaba dirigida por el virrey, Sebastián de Eslava, y el comandante Blas de Lezo; dos militares curtidos y eficientes, pero de personalidades opuestas y que desde el primer momento se enemistaron y pugnaron por el mando. El 13 de marzo de 1741 aparecieron en el horizonte los primeros barcos británicos. El objetivo de Edward Vernon era penetrar en la bahía de Cartagena y poner sitio a la ciudad hasta conquistarla.

Los británicos sitian la ciudad

La bahía de Cartagena de Indias tenía dos accesos: el de Bocagrande, cerrado con cadenas por los españoles, y el de Bocachica, guardado por dos poderosos fuertes, los de San José y San Luis. La armada de Vernon se dirigió a este segundo paso, pero el buque que iba en cabeza, el Shrewsbury , fue cañoneado desde los fuertes y desde cuatro navíos españoles y quedó inmovilizado, bloqueando el acceso al resto de naves. Tras remolcarlo, los británicos desembarcaron en el islote de Tierra Bamba, donde masacraron a los defensores de las baterías.

La resistencia española se concentró en el fuerte de San Luis, adonde se trasladaron el virrey Eslava y Blas de Lezo. Durante la refriega, de los trece navíos británicos que entraron por Bocachica once fueron destruidos por los cañones de San Luis. Tras fieros combates, Eslava, Lezo y los soldados supervivientes escaparon de noche a Cartagena, a bordo de unas lanchas.

De este modo, tres semanas después de su llegada a Cartagena, Vernon logró su objetivo de entrar en la bahía e iniciar el asedio de la ciudad. Lezo hizo hundir los navíos de su flota para cegar la entrada a Cartagena, aunque uno de ellos, el Galicia, fue capturado. Los británicos tomaron el castillo de Santa Cruz, y desde allí empezaron a disparar contra la ciudad al tiempo que desembarcaban 9.000 atacantes.

En pocos días, las defensas exteriores hispanas quedaron destruidas. Tan segura le parecía la victoria a Vernon que envió una misiva a Jorge II en la que afirmaba que para cuando recibiera la carta ya habría tomado la plaza, lo que desató el delirio en Londres. Pero los españoles conservaban todavía el castillo de San Felipe, la principal fortaleza de Cartagena, y estaban dispuestos a resistir hasta el final.

La lucha por Cartagena

Vernon ordenó cercar San Felipe y en la madrugada del 20 de abril lanzó el asalto general. En la oscuridad, tres columnas, de 1.200 hombres cada una, marcharon contra el castillo. Unos supuestos desertores españoles les habían confiado el mal estado de la fortaleza y el desánimo que reinaba entre los defensores. «No hay ni la mitad de dificultad, como os parece –les dijeron–, como para que de 600 hombres, 400 no sean equipados con armas de fuego». Siguiendo el consejo, los británicos marcharon al castillo con sólo un fusil por cada cinco hombres y sin explosivos, creyendo que la conquista del fuerte sería tarea fácil. Pero habían caído en una trampa.

Unos supuestos desertores españoles confiaron el mal estado de la fortaleza y el desánimo que reinaba entre los defensores

Las escalas de los soldados resultaron demasiado cortas, a causa del foso que los españoles habían excavado frente a las murallas, y al acercarse a ellas las columnas se vieron sorprendidas por el fuego del castillo. Viendo el caos, el brigadier Thomas Wentworth, segundo en el mando, envió otras dos columnas, pero en su camino de subida se toparon con sus compatriotas que huían colina abajo, perseguidos por la guarnición de la fortaleza.

El balance del ataque fue terrible para los británicos. Según el oficial Charles Knowles, «entre la mañana del jueves y la noche del viernes [las fuerzas británicas] habían menguado de 6.645 a 3.200, y 1.200 de aquellos americanos no estaban aptos para el servicio». Los oficiales británicos pedían a Vernon que ordenara la retirada, pero éste se negaba. Había prometido una victoria a Jorge II y no quería volver con las manos vacías. Sin embargo, el descontento se adueñaba de las tropas británicas, diezmadas por la fiebre amarilla y el vómito negro de la estación de las lluvias, y los desertores se multiplicaban.

Una retirada humillante

La vista del campo de batalla desde los navíos era desoladora, como recogió Smollett: «[Las tropas] contemplaron los cuerpos desnudos de sus compañeros soldados y camaradas flotando arriba y abajo en el puerto, proveyendo de presas a los carroñeros cuervos y tiburones, que los hacían pedazos sin interrupción, y contribuían con su hedor a la mortalidad que prevalecía». Cuando Vernon ordenó un nuevo ataque estalló un motín que se saldó con cincuenta fusilamientos.

Finalmente, el almirante dio su brazo a torcer y el 8 de mayo los navíos británicos empezaron a abandonar la bahía de Cartagena. Fue uno de los reveses más serios de la historia de la marina británica; los contemporáneos calcularon que hubo 10.000 bajas en el bando británico, por 600 entre los defensores.

Uno de los españoles que cayó fue Lezo; murió cuatro meses después de liberada Cartagena, a causa de una infección. Eslava volvió a España ocho años después. En cuanto a Vernon, pese a su larga hoja de servicios en la marina, la polémica por el fracaso de aquella «armada invencible» británica en Cartagena lo acompañaría hasta que, en 1745, viéndose postergado por el gobierno, dimitió de su cargo en la administración naval.