Biblos, la ciudad del papiro, un gran emporio comercial

En el III milenio a.C. Biblos contaba con la flota más poderosa de todo el Mediterráneo gracias a su privilegiada relación con Egipto, de donde importaba el preciado papiro

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0082011D. La huella egipcia

La huella egipcia

Esta bella pátera de fabricación fenicia está decorada con motivos egipcios, como el faraón masacrando a sus enemigos, y fue hallada en Palestrina, cerca de Roma.

SCALA

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album les08020455. Ruinas de Biblos

Ruinas de Biblos

El gran investigador francés Pierre Montet hizo una importante campaña arqueológica en Biblos entre 1921 y 1924. Montet excavó en la necrópolis real, donde descubrió el sarcófago del rey Ahiram I, y destacó el vínculo cultural que unió a la ciudad fenicia con Egipto. En primer término aparecen restos de un templo fenicio y al fondo, una columnata romana.

DEA / ART ARCHIVE

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B024058g. Navíos fenicios

Navíos fenicios

El relieve del palacio del rey asirio Senaquerib, en Nínive, muestra un navío fenicio como los que surcaban el Mediterráneo oriental en el siglo VIII a.C., cuando Biblos era un poderoso centro comercial. Museo Británico, Londres.

BRITISH MUSEUM / SCALA

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BM02247D. Templo de los obeliscos

Templo de los obeliscos

Este santuario de Biblos recibe su nombre de las más de treinta estelas u obeliscos con inscripciones votivas depositados por los fieles en el patio.

DEA / AGE FOTOSTOCK

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DAE-A0013947. Sarcófago egipcio

Sarcófago egipcio

Ahiram I de Biblos se hizo enterrar en un antiguo sarcófago egipcio, que se remontaba a la época de Ramsés II, unos doscientos años atrás. La pieza, de piedra calcárea, está decorada con relieves de indudable influencia egipcia (esfinges y flores de loto), completados con elementos locales. El sarcófago contiene una de las inscripciones fenicias más antiguas. En la imagen, sarcófago del rey Ahiram I. Necrópolis de Biblos. Museo Nacional, Beirut

E. Lessing / ALBUM

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AA594479. Estatua del santuario de los obeliscos

Estatua del santuario de los obeliscos

Figurilla votiva hallada en el templo de los obeliscos de Biblos. Museo Nacional, Beirut.

BPK / SCALA

2 de mayo de 2013

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Los fenicios fueron los grandes mercaderes del mundo antiguo. En el largo período que va del año 2500 a.C. al 500 a.C., aproximadamente, sus naves surcaron incansablemente las aguas del Mediterráneo, desde el Próximo Oriente, al este, hasta las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), al oeste. Cargando en sus vientres las riquezas de Egipto, Asia Menor, Grecia, Italia, África del norte y Tartessos, los barcos fenicios navegaron por las aguas del Egeo, el Tirreno, el mar Negro e incluso el océano Atlántico, hasta las islas Canarias y el golfo de Guinea. Todo este intenso tráfico partía de un puñado de prósperas ciudades que jalonaban la costa de los actuales Estados de Siria y Líbano, entre las cuales hubo tres que destacaron con luz propia, la «tríada» de urbes fenicias que dominaron durante largos siglos el comercio en el Mediterráneo oriental: Sidón, la ciudad de la realeza; Tiro, la gran capital del dios Melkart, y Biblos, la Ciudad de la Colina, la más antigua de todas ellas, que mantuvo durante siglos una privilegiada relación con el Egipto faraónico.

Situada unos 40 kilómetros al norte de Beirut, en el Líbano, Biblos surgió, como otras ciudades fenicias, en un promontorio, entre dos ensenadas que se habilitaron como puertos. Se trata, sin duda, de uno de los asentamientos humanos estables más antiguos del Levante mediterráneo, puesto que sus orígenes pueden remontarse, cuando menos, al VI milenio a.C. Primitivamente estuvo englobada en la región habitada por los cananeos, pueblo semita instalado entre el Mediterráneo y el río Jordán. Su nombre originario, y que mantuvo durante largo tiempo, fue Gubla (según los archivos de Amarna) o Gubal o Gebal (en cananeo), la Ciudad de la Colina, hoy Jebail. Su fundación se atribuía a la principal divinidad cananea, el dios El, y a principios del III milenio a.C. la ciudad contaba con dos grandes templos monumentales dedicados a Baalat Gebal, la «Señora de la Ciudad», y a su consorte, Baal Shamin; en ellos, los arqueólogos han hallado fragmentos de tres estatuas colosales dedicadas a divinidades semíticas. Por entonces la ciudad quedó igualmente rodeada por un circuito de murallas. Existen también referencias sobre el sistema de gobierno de Biblos en esta fase temprana de su historia. Al parecer, la ciudad estaba gobernada por reyes, auxiliados en sus tareas de gobierno por un consejo asesor, los Señores de la Ciudad o el Consejo de Ancianos.

Un gran emporio comercial

A lo largo del III milenio a.C., Biblos se convirtió en el enclave comercial más floreciente de todo el Próximo Oriente. Su flota –formada por gauloi, las típicas naves mercantes de forma redondeada, e hippoi, naves ligeras de transporte con un mascarón de proa en forma de caballo– llegó a ser la más poderosa del Mediterráneo. El esplendor de Biblos en esta época se debió a su estratégica posición geográfica, en la confluencia de las rutas comerciales del Mediterráneo y la costa siriofenicia con el interior de la tierra de Canaán y con Anatolia, Mesopotamia, las costas del Mediterráneo Oriental, pero también el litoral africano y el valle del Nilo. Los grandes imperios del Próximo Oriente –acadios, hititas, asirios...– mirarían hacia Biblos como vía de suministro de los artículos más apreciados durante la Edad del Bronce, tales como madera, tintes, incienso o metales preciosos. Pero fue con el Egipto faraónico con quien la Ciudad de la Colina estableció una relación más íntima y prolongada, que no se limitó únicamente a los intercambios comerciales, sino que también fue a veces de dependencia política y, en todo momento, de profunda influencia cultural.

Para Egipto, Biblos era un socio mercantil de importancia fundamental. A través del emporio libanés, los egipcios se surtían de metales procedentes del norte, sobre todo de estaño, que se adquiría en las misteriosas islas Casitérides, tal vez las islas Británicas, así como resinas aromáticas, aceites y vinos. Un artículo especialmente valioso que los egipcios obtenían de Fenicia era la madera; dado que en el valle del Nilo sólo contaban con madera de palmera, inservible para la construcción monumental existía una gran demanda de maderas resistentes y preciosas del Líbano, en particular el apreciado cedro, imprescindible para la arquitectura real egipcia. Estos contactos con Biblos tuvieron eco incluso en uno de los mitos principales de la religión egipcia, el de Isis y Osiris; en efecto, los egipcios creían que fue a Biblos adonde la diosa Isis viajó para recuperar parte del cuerpo de Osiris, su hermano y esposo descuartizado por su malvado hermano Set, antes de regresar al Doble País del Nilo.

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En su dilatada historia, Biblos atravesó por numerosas vicisitudes. Hacia 2300 a.C. fue ocupada por los amorreos, un pueblo nómada que se extendió por Siria, Canaán y la región al este del Éufrates, y que reemplazaron en el trono giblita a las dinastías cananeas. La ocupación amorrea favoreció la extensión de las influencias artísticas egipcias, haciendo que en los talleres de artesanía de Biblos se adoptara un estilo de marcado sello egipcio, como revelan las figuritas y exvotos, adornos personales y joyas localizados por los arqueólogos, vestigio de un comercio de exportación que alcanzó una gran dimensión. De esta época data asimismo el templo de los Obeliscos, construido sobre un antiguo templo cananeo. El templo estaba dedicado a una divinidad masculina, posiblemente Reshef, y contaba con un patio interior abierto donde se levantaban estelas y obeliscos votivos. Hacia 1740 a.C., los hicsos arrasaron algunas zonas de Biblos en el curso de su expansión conquistadora hacia Egipto. Luego, entre los siglos XVI y XIII a.C., los reyes de Biblos hubieron de reconocer la soberanía egipcia, en la época en que los grandes faraones de la dinastía XVIII, como Tutmosis III o Amenhotep III, extendieron su dominio por toda la región, y rivalizaron con los reyes hititas y de Mitanni por la hegemonía en la zona. En la correspondencia diplomática descubierta en Amarna, la efímera capital del faraón Akhenatón, hay evidencias de la entrega de tributos por parte de los monarcas giblitas a los faraones.

La ciudad del papiro

Biblos no escaparía a las invasiones de los llamados «pueblos del mar», las hordas de guerreros procedentes de Asia Menor o del Danubio que saquearon gran parte del Mediterráneo oriental en torno a 1200 a.C. Pero, a diferencia de otras ciudades fenicias, que entraron en un largo período de declive, recuperó pronto su actividad comercial, aunque no tardó en verse superada por Tiro, el núcleo fenicio más pujante en los primeros siglos del I milenio a.C. Abundan en esta época los testimonios sobre el vigor mercantil renovado de la Ciudad de la Colina, recogidos en varios de los libros que conforman la Biblia judía.

El comercio de madera seguía siendo una de las bases de la prosperidad de Biblos. Destacaban el olivo, la encina, el ciprés, el pino y, sobre todo, el preciado cedro, tan valioso para la arquitectura de la época. Metales anatolios, así como marfiles y oro africanos, constituían parte del cargamento de las naves mercantes fenicias. Los habitantes de Biblos se habían ganado también una gran reputación como constructores navales. Por ejemplo, en el libro bíblico de Ezequiel (siglo VI a.C.) aparece un pasaje en el que se describe una nave fenicia fabricada con madera de Senir (el monte Hermón, situado entre Israel, Líbano y Siria) y del Líbano, con velas egipcias y un toldo púrpura y escarlata procedente de las islas de Elisá (tal vez la costa oriental de la isla de Chipre). También se especifica la composición de la tripulación: los remeros son de Sidón y Arvad; los timoneles, de Tiro, mientras que los «artesanos para reparar las averías» proceden de Biblos, una inequívoca alusión a la fama de los giblitas como constructores de navíos.

Sin embargo, el artículo comercial más expresamente asociado con Biblos es uno procedente de Egipto: el papiro. Los egipcios habían desarrollado una auténtica industria en torno a esta planta que crecía a orillas del Nilo y con la que se elaboraban finas láminas que constituían un soporte ideal para la escritura. La demanda de papiro fue en constante aumento en el Mediterráneo oriental, donde desde finales del II milenio a.C. se desarrollaron formas complejas de escritura, en particular el alfabeto, una escritura fonética elaborada por los mismos fenicios en torno al año 1100 a.C. La ciudad de Biblos logró hacerse con el control del comercio y la distribución del papiro en todo el Próximo Oriente y el Mediterráneo. Esta vinculación con el comercio del papiro llegó al punto de que ésa fue la razón de que la ciudad, Gebal, fuera también conocida como Biblos, que era el nombre que los griegos daban al papiro egipcio.

El viaje de Uenamón

Existe un documento de gran valor que ilustra las relaciones que Biblos seguía manteniendo con Egipto en torno al siglo XI a.C. El Relato de Uenamón es un papiro conservado en una biblioteca de Moscú (denominado por los especialistas Papiro Pushkin o Papiro de Moscú) en el que se narran las peripecias de un egipcio llamado Uenamón (o Wenamún) enviado en misión diplomática y comercial a las ciudades fenicias del Levante. Desde que el texto fue traducido por el egiptólogo británico Alan Gardiner en la década de 1930, los estudiosos discuten si se trata de un texto histórico, que relata un viaje que tuvo lugar efectivamente, o bien de una narración novelesca, como actualmente tiende a creerse, aunque esto último no restaría interés a este singular texto que ofrece una vívida descripción de cómo podía desarrollarse una expedición comercial hace tres mil años.

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Según el papiro, Uenamón era un sacerdote de Karnak que fue enviado a Biblos con una misión precisa: conseguir madera para construir la barca del dios Amón. En el camino, el navío hizo una parada en el puerto de Dor, donde su barco fue desvalijado. Al pedir una compensación al príncipe de Dor, éste se negó al considerar que el robo había tenido lugar en un barco extranjero. Al llegar a Biblos, Uenamón halló una recepción hostil, hasta el punto de que debió esperar casi un mes entero en la costa sin que atendieran sus peticiones. Finalmente, cuando ya estaba a punto de partir, se le anunció que sería recibido en audiencia por el rey de Biblos, Zacharbaal. «Lo encontré sentado en su sala de arriba –dice Uenamón en el relato–, apoyando la espalda a una ventana, mientras las olas del gran mar de Siria batían detrás de él». El monarca lo trató con brusquedad. Le preguntó primero a qué había venido, a lo que Uenamón respondió que su misión era la habitual, la de reclamar la entrega de madera a modo de tributo al faraón. Zacharbaal replicó airado: «No soy ni tu sirviente ni el de quien te ha enviado», y se negó a entregar la madera hasta que se le pagara debidamente. Uenamón hubo de enviar un mensajero a Egipto, que volvió con los artículos por los que podría canjear la madera: oro, plata, lino de la mejor calidad, 500 rollos de papiro, 500 pieles de bueyes, 500 rollos de cuerda, 30 medidas de pescado... Sólo entonces ordenó el rey de Biblos a 300 de sus hombres talar los árboles que esperaba el enviado egipcio. Tras casi un año en Biblos, Uenamón pudo emprender el retorno, pero entonces un temporal lo arrastró a Chipre, donde estuvo a punto de morir a manos de una multitud antes de ser salvado por la reina del lugar. La narración se interrumpe aquí.

El viaje de Uenamón pone de relieve hasta qué punto Egipto había perdido influencia en el Próximo Oriente a principios del siglo XI a.C. En efecto, si en otros tiempos los reyes de las ciudades fenicias remitían sus tributos a la corte egipcia, ahora Uenamón tuvo que soportar, en su búsqueda de madera de cedro, las exigencias de los antiguos tributarios, que adoptaban una actitud desafiante inimaginable tiempo atrás, a la vez que alardeaban, como hacía el rey de Biblos, de la potencia de su flota comercial, dotada de cincuenta naves de cabotaje y de otras veinte de mayor envergadura.

Pero también a Biblos le llegó la decadencia. Eclipsada un tanto desde inicios del I milenio a.C. por la opulenta Tiro, en el siglo VI a.C. cayó bajo el dominio del Imperio persa, como las demás ciudades fenicias. Biblos conservó cierta autonomía e hizo valer su poderío naval como aliada del Gran Rey, pero los días en que era la señora de los mares pasaron a la historia. Aún más, tras ser conquistada por Alejandro Magno en 332 a.C., la ciudad fue reconstruida según un modelo helenístico y con el tiempo, su pasado fenicio quedó sepultado bajo las construcciones de Roma, el Islam y los cruzados.

Para saber más

Los fenicios. Fernando Prados Martínez. Marcial Pons, Madrid, 2007.

Tiro y las colonias fenicias de Occidente. María Eugenia Aubet. Bellaterra, Barcelona, 2009.

Las ruinas de Biblos, Patrimonio de la Humanidad