La batalla de Iwo Jima en imágenes

Entre el 19 de febrero y el 26 de marzo de 1945, tuvo lugar en aguas del océano Pacífico una feroz lucha por el control de un enclave estratégico de vital importancia para los ejércitos de Japón y Estados Unidos. Iwo Jima se convirtió en una de las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial

24 de febrero de 2017

Como en todo conflicto bélico, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial se vivieron ciertos momentos que resultarían clave para determinar el desenlace final de la contienda. Conocidos son algunos de los episodios que marcaron un antes y un después; un punto de inflexión en su desarrollo.

Entre algunos de ellos, puede citarse la Batalla de Inglaterra (10 de julio-31 de octubre, 1940), en la que la Royal Air Force Británica–RAF- resistió estoicamente ante los ataques de la Luftwaffe alemana. De ella, más tarde Winston Churchill pronunciaría una de sus frases más famosas: “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.

Otro ejemplo lo encontramos en el ataque sorpresa japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, el cual propició la entrada de los Estados Unidos en la guerra; o ya en continente Europeo, la llamada “Operación Barbarroja” (22 de junio – 5 de diciembre, 1941), por la que la Alemania Nazi invadió la Unión Soviética abriendo un nuevo frente que más tarde dividiría sus fuerzas y se tornaría imposible de defender.

Otra de estas lides, y para ser más concretos, una de las batallas más encarnizadas que en la Segunda Guerra Mundial tuvieron lugar, fue la pugna que americanos y japoneses mantuvieron por un terruño en medio del océano Pacífico; la batalla por un pequeño islote llamado Iwo Jima.

Un infierno en el Pacífico

Iwo Jima, en su traducción del japonés “Isla del Azufre”, es una pequeña isla de apenas unos 20 kilómetros cuadrados situada a medio camino entre Japón y el archipiélago de las Marianas.

Iwo Jima fue un enclave estratégico imprescidible para ambos ejércitos

Pese a su situación estratégica, ubicada a unos 1.200 kilómetros de Tokio, la isla de Iwo Jima no tenía demasiado que ofrecer en términos de recursos prácticos. Haciendo honor a su nombre, se trataba de -literalmente- un pestilente islote de naturaleza volcánica y de cuyo interior emanaban periódicas emisiones de vapores de azufre.

En perjuicio de los Estadounidenses y para ventaja de los soldados nipones, su orografía era acusadamente accidentada, la vegetación escasa, y en ella el abastecimiento de agua dulce suponía uno de los mayores inconvenientes. En su vertiente sur la isla está dominada por un cerro de 168 metros de altura, el monte Suribachi. Fue aquí donde los japoneses establecerían el último bastión de resistencia hacia las fuerzas de Estados Unidos y donde se establecería, durante más de un mes, una feroz guerra de guerrillas.

Por dos palmos de Tierra

Para entender la importancia que tenía Iwo Jima para ambos ejércitos -a priori una isla yerma e insignificante- y las razones que motivaron el cruento episodio allí acontecido, hay que ahondar en las circunstancias con las que ambos bandos lidiaban en aquellos momentos.

Unos meses antes de que se iniciara la disputa por la codiciada isla, entre el 23 y el 26 de octubre de 1944, había tenido lugar una de las mayores batallas navales de la historia, la conocida como la batalla de Leyte o la segunda batalla del mar de Filipinas. Su desenlace supuso la gran derrota marítima del Imperio de Japón en el Pacífico, a cuyo término su fuerza naval quedaría prácticamente inhabilitada. Sin poder plantar cara a los aliados por mar, la estrategia nipona se tornaría en un ejercicio extremo de resistencia por cada una de las islas aún bajo su dominio.

Fue en estos momentos que los japoneses comprendieron que la guerra estaba prácticamente perdida, por lo que mostrarse intransigentes ante las futuras ofensivas americanas se antojaba la única manera de alcanzar un acuerdo de paz que, al menos en el aspecto político, respetase el estatus institucional divino del emperador.

En el bando contrario la situación mejoraría. Conquistadas las Marianas por los americanos, sus islas funcionaríancomo enclave estratégico para el establecimiento de las bases aéreas desde las cuales, cazas y bombarderos se lanzarían al ataque de las principales ciudades japonesas. Y hacia la conquista total del Pacífico.

Con la fuerza naval japonesa fuera de combate, a los aliados parecía venirle todo de cara. Sin embargo aún tendrían que hacer frente a un último inconveniente logístico, el cual hizo del control del islote una imperiosa necesidad. En aquellos momentos, las joyas de la corona de la fuerza aérea estadounidense eran el Boeing B-29 Superfortress (B-29), un bombardero pesado cuatrimotor de hélices y el North American P-51 Mustang (P-51), un cazabombarderos monomotor de largo alcance que entró por primera vez en servicio durante la Segunda Guerra Mundial.

Los B-29 tenían sobrada autonomía para recorrer unos 6.000 kilómetros sin necesidad de repostar combustible, por lo que disponían de la capacidad suficiente para salvar los viajes de ida y vuelta desde las Marianas. Por el contrario, los rápidos y modernos P-51, tan solo contaban con un radio de acción de unos 1.500 kilómetros, insuficiente para escoltar a los bombarderos hasta Japón.

Sin la escolta de los P-51 los bombarderos americanos eran un blanco fácil

A esto había que añadir que los japoneses disponían en la isla con varios aeródromos, además de una instalación de radar. Dicho radar funcionaba dando la voz de alarma cuando los B-29 se dirigían hacia Japón poniendo sobre aviso a los cazas nipones, a los cuales, sin la escolta de los P-51, no les resultaba difícil abatir a los bombarderos.

Iwo Jima se convertiría por tanto, en el principal objetivo a corto plazo de los americanos. Y los japoneses, lo sabían.

La “operación Detachment” y “la caja de píldoras”

La batalla de Iwo Jima se desarrolló entre el 19 de febrero y el 26 de marzo de 1945. En ella, americanos y japoneses pondrían en marcha sus respectivas estrategias de combate.

La isla se defendería con la vida de hasta el último soldado.

Bajo la premisa de vender lo más caro posible la vida cada uno de los soldados imperiales, la defensa japonesa de la isla recayó en manos del general Tadamichi Kuribayashi. Este contaría con unos 21.000 soldados, muy pocos en comparación con los cerca de 250.000 hombres que conformarían la escuadra enviada por los aliados. Sin embargo, los japoneses se encontraban en casa y el terreno jugaba a su favor.

De este modo, la estrategia desarrollada por el general Japonés fue conocida con el nombre de “la caja de píldoras”. Concentrados los esfuerzos en el monte Suribachi, la artimaña consistió en la construcción de una serie de túneles repartidos y conectados por toda la isla y que, reforzados por múltiples búnkeres, trampas y fortificaciones, permitía a los nipones disparar y cambiar de posición rápidamente.

En la mentalidad japonesa no había lugar para la rendición, la isla se defendería con la vida de hasta el último soldado. La idea era forzar al enemigo a penetrar en el entramado ideado por Kuribayashi. Y aquí, los combatientes japoneses pondrían caro precio a su pellejo, defendiendo incluso con técnicas kamikazes cada gruta, cada búnker, cada palmo de terreno; en ocasiones luchando a punta de pistola, en otras, autoinmolándose con sus propias granadas.

Todo ello no fue previsto por los americanos que, en la operación bautizada como “Detachment” -“Aislamiento” en su traducción al castellano-, y a cuyo mando se encontraba el general Holland Smith, preveían hacerse con el control de la isla en un periodo máximo de 10 días. Una vez más, teoría y práctica no se dieron cita.

Un asedio marítimo

La operación “Detachment” comenzó el 19 de febrero de 1945, sin embargo, el desembarco de tropas americanas en la isla estuvo precedido de una serie de preparativos.

De este modo, días antes se procedió por parte de la armada estadounidense al bloqueo naval de la isla mediante submarinos, a fin de evitar la llegada de suministros para los defensores. También, durante los tres días previos al asalto se sucederían intensas oleadas de bombardeos, primero desde buques acorazados y posteriormente desde los aviones llegados desde las Marianas, que además de bombas utilizaron napalm. De ellos el almirante y comandante en jefe de la armada de los Estados Unidos, Chester William Nimitz, diría que: “ninguna otra isla como Iwo Jima hubo antes recibido semejante bombardeo preliminar”.

“Ninguna otra isla como Iwo Jima hubo antes recibido semejante bombardeo preliminar”

Parecía que todo estaba listo para la llegada de los soldados, sin embargo, una vez en tierra el avance resulto lento y disparejo ya que cada recodo de la isla fue aprovechado por los nipones en su beneficio. Mientras que los americanos tenían que avanzar a ciegas, los defensores, por el contrario, se encontraban con la ventaja de hallarse comunicados con el resto de sus fuerzas por los túneles subterráneos de la isla.

De hecho estos, junto a fortines y búnkeres, fueron diseñados de manera que entre los distintos puestos defensivos no existieran ángulos muertos, y a modo que todo puesto atacado pudiera ser defendido con la ayuda de los puestos vecinos. El aparente avance de las tropas americanas se vería una y otra vez rechazado por los soldados japoneses, que aparecían desde sus puestos ocultos, esperando la oportunidad, atacándoles por la retaguardia, y haciéndoles desandar el terreno ganado.

Pese a la resistencia ofrecida, aquella fue para los japoneses, de antemano, una batalla pérdida que se alargo durante otros 34 aciagos días para ambos bandos. Con todo perdido por parte de los nipones, la lucha culminaría el 25 de marzo de 1945 en un último ataque banzai liderado por el general Kuribayashi. Un día después el alto mando del ejercito de los Estados Unidos declaró la isla bajo su control definitivo.

A su término, se habían registrado por primera vez durante toda la guerra más bajas estadounidenses que japonesas. La contienda se saldó con 24.480 bajas americanas por las 20.703 japonesas.

Tras Iwo Jima, quedó la cuestión sobre la mesa de cuán más serían capaces de resistir los japoneses, y del coste en vidas que podía suponer para los aliados una guerra que, prácticamente ganada, podía aun dilatarse por un tiempo indeterminado. De este modo, la férrea resistencia nipona sería uno de los argumentos que inclinarían la balanza, en agosto del mismo año, hacia el uso de armas atómicas sobre el imperio del sol naciente. Iwo Jima fue un baño de sangre, pero lo peor aún estaba por llegar.

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