1.300 años intacto

El mágico y misterioso tesoro de Staffordshire

Fue enterrado en la campiña inglesa. Es de origen anglosajón. ¿Quién lo ocultó y por qué?

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Las 3.500 piezas del tesoro descubierto en 2009 en una granja inglesa de Staffordshire eran en su mayoría ornamentos de oro propios de la indumentaria militar, muchos de ellos con incrustaciones de granate y vidrio azul. Algunas piezas estaban dobladas o rotas, como si hubieran sido forzadas para hacerlas caber en un espacio reducido

Todas las piezas son propiedad de: Museos y Galería de Arte de Birmingham; Museo y Galería de Arte de la Cerámica, Stoke-on-Trent.

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Los relucientes ornamentos del tesoro indicaban el rango de hombres como este aristócrata, que se dirige al combate. Una vez en el campo de batalla, desmontaría y se reuniría con el resto de los guerreros para formar un muro defensivo con los escudos. La lucha era sangrienta, cuerpo a cuerpo y con espadas, lanzas y hachas.

Ilustración de Daniel Dociu

Ilustración: Daniel Dociu

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En un lugar conocido como Peel Crags, el muro que el emperador romano Adriano mandó construir se erige en lo alto de un acantilado. Desde este punto estratégico los soldados podían controlar un extenso territorio.

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En una finca cerca de su casa, Terry Herbert muestra el detector de metales que lo condujo al hallazgo del tesoro de Staffordshire. «No paraban de salir objetos del suelo», recuerda.

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El muro de Adriano, construido por los romanos en el siglo II, se extiende 117 kilómetros a través de Gran Bretaña. Separaba el ámbito civilizado del Imperio romano de los «bárbaros»: los belicosos pictos. Cuando los romanos se retiraron, las hostiles tribus del norte cruzaron la frontera.

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El granjero Fred Johnson es el propietario de la finca donde fue hallado el tesoro de Staffordshire. El dinero recibido de acuerdo con la legislación británica, casi cuatro millones de euros, le ha convertido en un hombre rico pero su vida apenas ha cambiado. «Ahora no tengo que mirar el bolsillo. Y, sin duda, se duerme mucho mejor.»

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Este evangelio miniado probablemente fue encargado para el altar de la Catedral de san Chad en Lichfield, cerca de la actual Birmingham. Chad fue el primer obispo de Lichfield entre los años 669 y 672 de nuestra era, aproximadamente la misma época que el tesoro de Staffordshire.

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Esta figurita puede representar un caballo, un oso, un jabalí o incluso un lobo. De apenas cuatro centímetros de altura, fue fabricada por un maestro orfebre que sabía calentar el oro casi hasta el punto de fusión para soldar las diminutas espirales.

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Según la tradición, esta piedra fue la almohada de san Columba, quien contribuyó a difundir el cristianismo en Escocia a finales del siglo VI. Desde allí, los monjes llevaron la fe a Inglaterra.

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Tocados por la gloria
Recreación artística de un casco militar de la época del tesoro de Staffordshire. Probablemente acolchado por dentro con crines de caballo o con lana, estaba hecho de hierro batido y protegía contra golpes y heridas infligidas con armas blancas de filo cortante. Pudo haber incluido dos de las piezas halladas en el tesoro: una protección para las mejillas con una intrincada ornamentación y una cabeza de caballo labrada en el extremo de una cimera que tal vez era de crin.

Fuente para la recreación de la pieza: Kevin Leahy, Portable Antiquities Scheme.

Ilustración: Daniel Dociu

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Tocados por la gloria
El casco militar pudo haber incluido una cabeza de caballo labrada en el extremo de una cimera que tal vez era de crin.

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Tocados por la gloria
Una segunda pieza hallada en el tesoro, una protección para las mejillas con una intrincada ornamentación, probablemente formaba parte del caso militar.

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«¡Levántate, oh señor! Sean dispersados tus enemigos y huyan de tu rostro quienes te aborrecen.»
Una cinta de oro que en su día tuvo una gema incrustada presenta la misma inscripción en latín por las dos caras: las palabras de Moisés (traducidas arriba) mientras los israelitas abandonaban el Sinaí. Es probable que el objeto adornara uno de los brazos de una cruz.

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Reliquia Sagrada
Una cruz de oro con incrustaciones de granate y quizá de vidrio fue doblada y retorcida probablemente antes de ser sepultada con el resto del tesoro.

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Reliquia Sagrada
Esta ilustración representa la cruz nueva, lista para presidir un altar o ser llevada al campo de batalla.

Fuente para la recreación de la pieza: Kevin Leahy, Portable Antiquities Scheme.

Ilustración: Daniel Dociu

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Arma en mano

Un pomo y unos aros enjoyados adornaban la empuñadura, de hueso o de marfil (recreación artística, arriba), de una espada corta y ligera llamada seax. Solía manejarse con una mano y, al tener un solo filo, era más versátil que la espada larga, ya que también podía utilizarse como cuchillo de caza o como daga. Una hoja de hierro y acero finamente trabajados habría sido una parte muy valiosa de un arma como ésta, pero no hay ninguna en el tesoro.

Fuente para la recreación de la pieza: Kevin Leahy, Portable Antiquities Scheme.

Ilustración: Daniel Dociu

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Arma en mano

Un pomo y unos aros enjoyados encontrados en el tesoro.

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The 3,500 pieces of treasure unearthed on a Staffordshire farm in 2009 were mostly golden adornments for war gear, like this scabbard pendant inlaid with garnets and blue glass. Many of the pieces are tiny, weighing less than a dime.

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Helmet crest.

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Pendant cross.

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Sword pommel.

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Whorl of eagle heads.

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Experts see the outlines of animals on what is probably the hilt collar of a sword, but they can't make out the species. "It's absolutely fiendish stuff," says Anglo-Saxon expert Kevin Leahy. "We have no idea of the zoology of those things."

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Sword-hilt mount.

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Silver foil fragment.

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Buttons of gold and garnets probably attached a scabbard to a belt. Precious materials and exquisite craftsmanship may offer a clue to the treasure's significance. "We suspect it's royal loot," says Kevin Leahy. "Who else would have collected such things?"

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Decorative plate.

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A pyramid-shaped pendant decorated with garnets is encrusted with dirt. Conservators gently clean such pieces with pyracantha thorns so as not to scratch the gold.

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Esta enigmática pieza de casi 10 centímetros de largo muestra la calidad, el estilo y la complejidad de la filigrana ejecutada por el orfebre, e invita a los estudiosos a establecer similitudes con los célebres libros miniados de Kells y de Lindisfarne. La textura granulosa del oro debajo de cada granate acentúa la luminosidad y transparencia de la piedra.

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3 de noviembre de 2011

Un día, o quizás una noche, de finales del siglo VII d.C, en el reino anglosajón de Mercia, un grupo de viajeros recorrió una antigua vía romana que atravesaba un páramo deshabitado rodeado de bosque. Puede que fueran soldados, o tal vez ladrones (el remoto paraje conservaría durante siglos la mala fama de los bandoleros), pero en cualquier caso no eran unos viajeros corrientes. Se apartaron del camino cerca de una pequeña colina, cavaron un pozo y enterraron un tesoro.

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Durante 1.300 años ese tesoro permaneció intacto, y con el tiempo el paisaje pasó de bosque a prado y de prado a terreno de cultivo, hasta que en 2009 unos buscadores de tesoros provistos de detectores de metales empezaron a llamar al dueño de una granja, Fred Johnson, para que les permitiera acceder a la finca. «Le dije a uno de ellos que aprovechara para buscar una llave inglesa que había perdido», cuenta Johnson. En lugar de eso, el 5 de julio de ese mismo año, Terry Herbert se presentó en casa de Johnson para anunciarle que había encontrado un tesoro.

El tesoro de Staffordshire, como fue bautizado, fascinó a legos y a expertos. Ya había habido otros hallazgos espectaculares en tumbas anglosajonas, como el enterramiento real de Sutton Hoo, en Suffolk. Pero el tesoro de la finca de Fred Johnson era diferente: una fortuna en oro, plata y granates de la primera época anglosajona y de uno de los reinos más importantes de aquel período. Además, la calidad, el estilo y la complejidad de la filigrana y el esmalte alveolado que decoraban los objetos eran extraordinarios, lo que invitaba a establecer comparaciones con los evangelios de Lindisfarne o el Libro de Kells.

El tesoro contenía unas 3.500 piezas, muchas de ellas fragmentos que, ensamblados, formarían cientos de objetos. Había más de 300 guanteletes, 92 pomos de empuñadura y 10 colgantes para vaina de espada. No había monedas ni joyas femeninas, y las únicas piezas sin connotaciones militares eran tres objetos religiosos. Curiosamente, muchas piezas parecían haber sido dobladas o rotas. Era, pues, un conjunto de equipamiento militar de élite, oculto hace 13 siglos en una re­­gión de gran turbulencia política y militar.

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celtas, colonizadores romanos, saqueadores vikingos y conquistadores normandos llegaron a aquel territorio y se marcharon dejando su hue­­lla en el paisaje, la lengua y el carácter británicos. Pero los seis siglos de dominio anglosajón, desde la partida de los romanos en torno al año 410 d.C. hasta la conquista normanda en 1066 en la batalla de Hastings, fueron los más determinantes para lo que hoy llamamos Inglaterra.

Las tribus bárbaras empezaron a avanzar hacia el oeste del continente europeo a mediados del siglo III y Ves posible que en aquella época protagonizaran algunas incursiones en Gran Bretaña. A comienzos del siglo V, los pueblos bárbaros se acercaron a Roma, que se vio obligada a retirar sus guarniciones de Britania, la provincia que había gobernado desde hacía 350 años, para hacer frente a las amenazas que se cernían sobre la capital. Cuando los romanos se marcharon de Britania, los escotos y los pictos, tribus del oeste y el norte de la isla de Gran Bretaña, empezaron a hacer incursiones en la provincia. Sin sus defensores romanos, los britanos solicitaron la ayuda, como mercenarios, de tropas germánicas del continente. Beda el Venerable (cuya Historia ecle­­siástica del pueblo inglés, del siglo VIII, es la fuente más valiosa sobre la época) fija el momento de la fatídica invitación en torno al año 450 y señala que los soldados provenían de «tres poderosas tribus germánicas: los sajones, los anglos y los jutos». Los historiadores sitúan el lugar de origen de dichas tribus en Alemania, el norte de los Países Bajos y Dinamarca.

Atraídos por la fama de las riquezas del país y por la supuesta «debilidad de los britanos», a los soldados de los tres primeros barcos les siguieron muchos más y, al poco tiempo, según relata Beda, «hordas de esos pueblos atestaban la isla y el número de extranjeros creció hasta el punto de sembrar el terror entre los nativos». El monje britano Gildas (cuyo tratado Sobre la ruina de Britania, escrito en el siglo VI, es la fuente más antigua que se conserva sobre aquel período) describe las matanzas y la quema de tierras causadas por los invasores: «El fuego de la venganza […] se propagó de un mar a otro […] y no se apagó hasta alcanzar el otro extremo de la isla, tras destruir campos y pueblos a su paso».

Según Gildas, muchos de los britanos supervivientes huyeron o fueron convertidos en esclavos. Pero las evidencias arqueológicas indican que por lo menos algunos asentamientos posromanos adoptaron los usos germánicos en cerámica, indumentaria y prácticas funerarias, lo que sugiere que uno de los factores que llevaron a la desaparición de la cultura britana fue la asimilación cultural.

La impronta anglosajona en Gran Bretaña se manifiesta con especial intensidad en el más perdurable de sus legados: la lengua inglesa. Mientras que gran parte de Europa salió de la época romana hablando lenguas romances (castellano, italiano, francés o rumano, derivadas del latín), la lengua que definiría Inglaterra era germánica.

El hallazgo de un tesoro en la campiña inglesa no fue, en sí mismo, algo excepcional. Ese tipo de descubrimientos son habituales en Gran Bretaña, donde han aparecido monedas, depósitos de armas e incluso una magnífica vajilla de plata, todo ello de época britana, romana o vikinga. En la epopeya anglosajona Beowulf, el guerrero Sigemund mata a un dragón que guarda «un botín resplandeciente», y el héroe Beowulf, ya viejo, combate con otro dragón que custodia oro y «un acopio de joyas» enterrados en el suelo.

Un tesoro podía ocultarse por muchas razones: para que no cayera en manos enemigas, para acumular una fortuna o para entregarlo como ofrenda votiva. Dada la escasez de documentos de la época, el motivo que llevó a enterrar el tesoro de Staffordshire sólo se puede deducir de sus propias características. El primer indicio es su carácter militar, que hace descartar que se tratara de un botín de bandoleros. La naturaleza del tesoro alude a la beligerancia de las tribus germánicas, temida incluso por los romanos. El historiador Tácito escribió a finales del siglo I: «No hay transacción pública y privada que no traten bajo las armas». Y añadió que cuando un niño se hacía mayor, le regalaban un escudo y una espada, «el equivalente de nuestra toga».

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La guerra forjó Inglaterra. La consolidación de territorios ganados mediante combates y alianzas fue el origen probable de los reinos tribales de la Inglaterra anglosajona temprana. Se cree que los primeros mercios eran anglos que re­­montaron el río Trent y se establecieron en el valle, cerca de donde se halló el tesoro. Mercia no era sólo uno de los más importantes de los siete reinos anglosajones principales en que se dividía Inglaterra, sino también uno de los más belicosos. Entre los años 600 y 850 d.C., Mercia libró 14 guerras con el vecino reino de Wessex, 11 contra los galeses y 18 contra otros enemigos, y ésas son sólo de las que se tiene constancia.

La obra maestra de la tecnología militar teutónica era la espada larga. Medía cerca de un metro de longitud y su hoja se forjaba por el procedimiento del damasco mecánico, una compleja técnica que consistía en unir en la fragua tiras y bastones de hierro o de acero. Como señaló el propietario de una de esas espadas a co­­mienzos del siglo VI, parecían «grabadas con serpientes minúsculas, y es tal el juego de luces y sombras que se diría que infinidad de colores entretejen el metal reluciente».

El reciente estudio de las lesiones observadas en los esqueletos de un cementerio anglosajón de Kent demuestra que aquellas hermosas espadas eran además eficaces: «Varón de 25 a 35 años […] con una única herida craneal de 16 centímetros –indica el informe–. El plano de la lesión es casi vertical, de arriba abajo».

El número de pomos de empuñadura de espada que integran el tesoro de Staffordshire, 92, coincide aproximadamente con el número de hombres de una compañía de guerreros al servicio de un noble. El tesoro podría ser, por lo tanto, el equipamiento militar de élite correspondiente a la compañía de cierto señor. Con frecuencia el señor otorgaba a sus vasallos una espada y otros enseres, e incluso caballos, un donativo conocido como heriot, que había que devolver si el vasallo moría antes que su señor. En un testamento redactado en el siglo X, un oficial deja como heriot a su señor «cuatro brazales de […] oro, cuatro espadas, ocho caballos, cuatro con arreos y cuatro sin jaeces, cuatro cascos, cuatro cotas de malla, ocho lanzas y ocho escudos». Las espadas se enterraban junto con los guerreros que las habían poseído o se dejaban en herencia a la familia.

Pero a veces las espadas se enterraban sin los guerreros. Según una práctica extendida en el norte de Europa desde la Edad del Bronce hasta la época anglosajona, las espadas y otros objetos, muchos de considerable valor, se depositaban en turberas, ríos y corrientes, o bajo tierra. «Ya no podemos considerar estos enterramientos como simples reservas para tiempos difíciles», dice Kevin Leahy, experto en historia anglosajona y responsable de la catalogación del tesoro de Staffordshire. Los depósitos rituales, a diferencia de los bienes sepultados con fines de protección, no sólo se encuentran en Gran Bretaña, sino también en Escandinavia, origen de algunas de las tribus germánicas de Inglaterra. Resulta significativo que muchas armas fueran, como los objetos del tesoro, dobladas e incluso rotas antes de enterrarlas. Tal vez fuera una manera de «matar» el arma para enviarla al reino de los espíritus o convertirla en ofrenda votiva para los dioses, ya que su destrucción representaba la renuncia a su uso por parte de su dueño.

«Éste es un tesoro de piezas que conferían prestigio a un hombre», dice Nicholas Brooks, historiador de la Universidad de Birmingham, refiriéndose a los relucientes objetos de Staffordshire. El oro (más de 5 kilos) representa casi el 75% del metal hallado en el tesoro. Su origen es un misterio. En última instancia, casi todo el oro que había en Inglaterra procedía de Roma, cuyo sistema monetario durante el Bajo Imperio se basaba en el sólido áureo, una moneda de oro macizo. Parte del oro imperial había caído en manos de los germanos tras el saqueo de Roma, y es posible que las reservas ocultas halladas en Inglaterra se pusieran nuevamente en circulación y se reciclaran. Hacia la fecha del enterramiento de Staffordshire, el oro había empezado a escasear, y la plata y sus aleaciones lo habían reemplazado. Asimismo, el origen de los granates (característicos del tesoro, igual que el oro) había pasado de la India a Bohemia y Portugal.

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El historiador Guy Halsall ha calculado el valor que en su época tendría el oro contenido en el tesoro en unos 800 sólidos, equivalentes a 80 caballos, aproximadamente. El valor actual del hallazgo se ha establecido en 3.285.000 libras (unos 3.750.000 euros). En su época, sin embargo, el valor del tesoro se medía por otras consideraciones. El oro deslumbra, pero la parte más valiosa de las armas («larga, aguda y afilada que servía para matar gente») no está presente en el tesoro. De hecho, es posible que las hojas de las espadas se conservaran para su reutilización.

Es importante recordar que las piezas fueron forjadas y sepultadas en un mundo donde lo cotidiano estaba impregnado de magia. Los contratiempos, por ejemplo, solían atribuirse a pe­­queños dardos disparados por elfos malignos, y aún se conservan muchos conjuros para evitar sus ataques. Las propiedades mágicas atribuidas a un objeto eran más importantes que su valor material. El oro no sólo se apreciaba por su coste monetario sino también porque era hermoso, indestructible y lleno de magia, idóneo para fabricar amuletos. Los mitos germánicos hablan de la gran cámara de oro de los dioses, y cuando las iglesias y los monasterios cristianos adquirían riquezas, se afanaban por conseguir objetos sacramentales de oro. En muchas culturas el arte mismo de la metalurgia tiene una carga mágica, y las sagas nórdicas ofrecen vívidos detalles de las artes mágicas del orfebre, desde la lanza y el anillo de oro de Odín hasta el martillo de Thor.

La magia también podría explicar las tres únicas piezas del tesoro de Staffordshire que no son de carácter militar: dos cruces de oro y una cinta delgada de oro con una inscripción bíblica. El cristianismo llegó a Gran Bretaña con la ocupación romana, se diluyó cuando los romanos se marcharon y fue reintroducido con fuerza en la Inglaterra anglosajona por los misioneros, la mayoría procedentes de Irlanda y el continente. La conversión al cristianismo «era percibida como una batalla espiritual», explica Karen Jolly, experta en la religión popular de los anglosajones. La adopción del cristianismo era una batalla para el alma, y en la práctica era una guerra, algo que los paganos germanos entendían muy bien. Y la cruz era un símbolo muy útil desde el punto de vista militar, que había hecho espectaculares apariciones en el fragor de la batalla. Beda cuenta la historia del rey Osvaldo de Northumbria, quien antes de la batalla de Heavenfield contra los galeses en 634 «plantó en el suelo una santa cruz e, hincado de rodillas, rezó a Dios para que en la hora de necesidad enviara a sus fieles su ayuda celestial». Entonces, el rey y sus hombres «ganaron la victoria que su fe merecía». Curiosamente, una de las dos cruces del tesoro apareció visiblemente doblada y retorcida, lo mismo que otras muchas piezas. ¿Era para «matar» su potencial militar, como en el caso de las espadas?

Esta posibilidad cobra fuerza cuando se considera el otro objeto del tesoro que, como las cruces, tampoco parece tener un uso militar: la fina cinta de oro inscrita con la misma cita bíblica en ambos lados también está doblada y retorcida. «[S]urge d[omi]ne disepentur inimici tui et [f]ugent qui oderunt te a facie tua» («¡Levántate, oh Señor! Sean dispersados tus enemigos y huyan de tu rostro quienes te aborrecen»). La cita remite a la Vulgata, versión de la Biblia en latín, concretamente al libro de los Números, versículo 10:35, y al de los Salmos, 68:1 (según la numeración actual), versículos que quizá se utilizaran con fines prácticos. En la Vida de san Guthlac, escrita hacia 740, el santo se ve acosado por los demonios, con lo cual «entonó con acento profético el primer versículo del sexagésimo séptimo salmo, el que dice “¡Levántate, oh Señor!”. Cuando lo oyeron, en ese mismo instante, más veloces que las palabras, todas las huestes de demonios se desvanecieron como el humo». Hasta los objetos aparentemente no militares del tesoro, parece ser, pudieron tener una finalidad militar, con funciones mágicas.

Los mercios hacían incursiones frecuentes en los reinos vecinos. El nombre de Mercia deriva del inglés antiguo mierce, que significa «pueblo fronterizo», lo que quizás explique la variedad de estilos regionales observados en el tesoro. «El tesoro fue hallado en una zona fronteriza –apunta Kevin Leahy–, entre Mercia y Gales.» En otras palabras, en zona de conflicto. En torno al año 650, en Staffordshire, en el valle del Trent, cerca de Lichfield, hubo una batalla en la que los mercios combatieron contra sus vecinos galeses, con abundantes saqueos. Posiblemente todo sucedió en la antigua vía romana de Watling Street, que pasa por el lugar donde fue hallado el tesoro de Staffordshire. El hecho y el lugar se mencionan en el poema galés «Mar­wnad Cynddylan» («Elegía para Cynddylan»):

¡Grandeza en la batalla! Vasto botín

llevose Morial de Lichfield.

Mil quinientas cabezas de ganado

del frente de batalla,

ochenta corceles y otros tantos jaeces.

Desdichado el gran obispo en su casa

cuadrangular,

que los monjes escribas no supieron proteger.

Hubo pues un botín de 80 caballos y otras riquezas expoliado a un obispo «desdichado» (detalle que remite a la inscripción y las cruces de oro). El poema ofrece una tentadora explicación del tesoro, aunque basada en endebles pruebas circunstanciales conservadas por casualidad, de una época de la que casi no hay documentos. Podemos concebir otras teorías sugerentes. Nues­­tros viajeros desconocidos pudieron elegir el lugar para enterrar el tesoro por su recóndita ubicación o porque era fácilmente reconocible. Quizá colocaron una marca con intención de regresar a por él o tal vez lo escondieron para que nadie, excepto sus dioses, lo descubriera. El tesoro pudo ser el pago de un rescate, un botín de guerra o una ofrenda votiva. O una colección de piezas antiguas enterradas en época posterior.

El desaparecido paisaje de Mercia pervive hoy en la toponimia anglosajona, como los nombres terminados en -leah o -ley, que significa «bosque abierto», como Wyrley, o el propio Lichfield, cuyo nombre significa algo así como «prado comunal junto al bosque gris». En el lugar donde estaba enterrado el tesoro hoy pacen los caballos de Fred Johnson. Lo más probable es que nunca averigüemos la verdadera historia del tesoro de Staffordshire; pero en un mundo sin sortilegios ni dragones, ¿la entenderíamos?