Redescubrir Libia

Antigua Libia, nueva Libia

Durante décadas sus habitantes vivieron sometidos a un dictador que ignoró su pasado. Ahora deben forjar su futuro.

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Ciudadanos libios disfutan de una visita al antiguo teatro romano de Sabratha, uno de los más grandes de África.

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Foto: George Steinmetz

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VESTIGIOS DE GLORIA

Leptis Magna, una de las ciudades romanas más grandes y mejor conservadas del mundo, floreció bajo el emperador Septimio Severo, oriundo del lugar. Su gran teatro, el foro (arriba, a la derecha) y el mercado formaban parte de un centro urbano que llegó a rivalizar con Roma. Gadafi veía en estas ruinas un símbolo del imperialismo occidental.

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IMÁGENES DEL PASADO

Una carrera de cuadrigas de hace 1.800 años cobra vida gracias al trabajo de los restauradores italianos y libios en Villa Silin, una residencia romana que hasta 1974 permaneció enterrada bajo las dunas de la costa cerca de Leptis Magna. La arena protegió los mosaicos del deterioro.

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ROMA EN ÁFRICA

En el siglo II d.C. los llamados venatores luchaban contra leopardos y otros animales salvajes africanos en el anfiteatro de Leptis Magna. Armado solo con una lanza y sin yelmo ni armadura, el venator participaba en peligrosos espectáculos a cambio de dinero o de gloria.

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Jason Treat, Fernando Baptista y Amanda Hobbs, NGM. Ilustración: Kekai Kotaki. Fuente: Jon C. N. Coulston, Universidad de Saint Andrews, Escocia

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UN PUERTO ABIERTO AL MUNDO

Leptis Magna fue construida alrededor de un puerto natural que acogía a los barcos romanos del otro lado del Imperio. Una fuente de ingresos más reciente, el gasoducto de 520 kilómetros que llega hasta Sicilia, acabado en 2004, ayuda a Libia a restablecer lazos con sus vecinos europeos. 

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LOS PILARES DEL FUTURO

Los caballos pasean libremente por el Templo de Zeus de Cirene, de 2.500 años de antigüedad. De los cinco bienes del Patrimonio Mundial que posee Libia, este es el único que corresponde a la antigua Grecia. Los arqueólogos están documentando y conservando estas ruinas antes olvidadas.

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REDUCIDO A ESCOMBROS

Apenas queda nada del Banco de Comercio y Desarrollo de Az-Zawiyah, destruido por el fuego de los misiles durante las batallas entre los leales a Gadafi y las milicias en marzo de 2011. La ciudad, con una población de unos 200.000 habitantes, quedó devastada, aunque se respetó la refinería de petróleo que surte a Trípoli y a otras zonas del país.

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ARQUITECTURA MILENARIA

Un laberinto de viviendas tradicionales de adobe y palmera ha permanecido inalterado durante siglos en Gadames, una ciudad prerromana en un oasis del Sahara. Las pasarelas de las azoteas permitían a las mujeres circular libremente sin ser vistas por los hombres.

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UN NUEVO COMIENZO

Una novia, envuelta en encajes y con los brazos adornados con henna, es escoltada hasta un hotel de Bengasi. Las ceremonias matrimoniales están segregadas por sexo. No está claro si la Libia posterior a Gadafi dará más libertad a las mujeres, pero hay muchas esperanzas de que así ocurra.

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HOSPITALIDAD LIBIA

Kasim Abdu Salaam Habib, de 39 años, abre su casa de Gadames a los turistas. La vivienda tiene 600 años y necesita muchas reparaciones, pero en la actualidad hay pocos visitantes. Sin embargo, Habib es optimista: «Quiero ver Libia convertida en una democracia».

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LANZARSE AL AGUA

Una tranquila tarde de viernes unos muchachos se bañan en una playa de Trípoli. A medida que se restablece la normalidad en la vida cotidiana, los libios esperan que hoteles como el Marriott (edificio verde, a la izquierda) abran de nuevo para dinamizar una industria turística en ciernes. 

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JÓVENES SUPERVIVIENTES

Envuelta en la bandera tricolor de la Libia independiente, Fatima Shetwan, de cinco años, participa en una asamblea escolar en Misrata. Muchos niños perdieron a sus padres durante los tres meses en que la ciudad estuvo sitiada.

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SÍRVASE QUIEN QUIERA

En una instalación militar abandonada cerca de Ajdabiya, la artillería pesada (munición de tanque y cajas de granadas de mortero apiladas) está lista para el saqueo. El libre acceso a este tipo de armamento «es una amenaza directa para los civiles», advierte Human Rights Watch.

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EN EL LIMBO

Unos prisioneros gadafistas fuman cigarrillos mientras se seca su colada en el pasillo de una prisión de Misrata dirigida por el consejo militar de la ciudad. Con 800 internos, la prisión está muy masificada. Los engranajes de la justicia se han ralentizado mientras el país trata de reconstruirse. 

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RECUERDOS AMARGOS

En el museo de Misrata que documenta la revolución libia, una joven toma fotos de artículos supuestamente usados por Muammar al-Gadafi, entre ellos zapatillas, gorras, un paraguas e incluso un par de platos de porcelana. Las paredes del museo están cubiertas de fotografías de ciudadanos que perdieron la vida durante el asedio de 2011 a la ciudad.

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TRANSFORMACIÓN EXTREMA

El edificio que albergaba los servicios de seguridad interna de Gadafi era uno de los lugares más temidos –y evitados– de Bengasi. Sus muros están hoy cubiertos de grafitis que ridiculizan al depuesto líder libio.

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Foto: George Steinmetz

5 de abril de 2013

El retrato en bronce del peor enemigo de Muammar al-Gadafi yace boca arriba dentro de un arcón de madera en el oscuro almacén de un museo. Su nombre, Septimio Severo. Al igual que Gadafi, había nacido en lo que hoy es el Estado de Libia, y durante 18 años, entre los siglos II y III d.C., gobernó el Imperio romano. Su lugar de nacimiento, Leptis Magna –una ciudad comercial situada a 130 ki­­lómetros al este de la ciudad fenicia de Oea, la actual Trípoli–, se convirtió en una segunda Roma. Más de 1.700 años después de la muerte del emperador, los italianos que colonizaron Libia honraron su memoria erigiendo una imponente estatua en la que aparece alzando una antorcha con la mano derecha; la instalaron en 1933 en la plaza principal de Trípoli (ahora plaza de los Mártires), donde permaneció durante medio siglo, hasta que otro líder la hizo retirar.

«La estatua se convirtió en portavoz de la oposición, porque era la única cosa que Gadafi no podía castigar –dice Hafed Walda, nacido en Libia y profesor de arqueología en el King’s College de Londres–. Los ciudadanos se preguntaban a diario: ¿qué ha dicho hoy Septimio Severo? El viejo emperador se convirtió en fuente de irritación para el régimen, y Gadafi lo exilió a un vertedero. La gente de Leptis Magna fue a rescatarlo y lo devolvió a su hogar.» Allí es donde lo encontré, en aquella caja de madera, esperando el destino que la nueva Libia le deparara.

Gadafi estaba en lo cierto cuando veía la estatua como una amenaza, pues Septimio Severo constituía un nostálgico recuerdo de lo que Libia había llegado a ser en el pasado: una región mediterránea de inmensa riqueza cultural y económica, estrechamente conectada al mundo que se extendía más allá del mar. Con sus más de 1.800 kilómetros de costa, rodeada de tierras altas que dan paso a los uadis semiáridos y finalmente al vacío cobrizo del desierto, Libia fue durante mucho tiempo un corredor para el comercio, el arte y las aspiraciones sociales: la región de Tripolitania, con sus tres ciudades –Leptis Magna, Sabratha y Oea–, que en otro tiempo había surtido de trigo y aceitunas a los romanos.

Sin embargo, Gadafi desperdició las grandes ventajas del país: su ubicación cercana al sur de Italia y de Grecia, que la convierte en una puerta de entrada a Europa; su reducida población (menos de siete millones en una superficie seis veces superior a la de Italia) y sus enormes reservas de crudo. Acalló la libre expresión y acabó con la innovación. Para los niños, obligados a memorizar la embrollada filosofía de Gadafi tal como aparece en su Libro Verde, la historia de Libia consistía en dos capítulos: los días tenebrosos bajo la opresión imperialista occidental, y los días de gloria del Hermano Líder.

Hoy el dictador está muerto, al igual que su histriónica visión de Libia. El país pasa ahora por la agonía de su reinvención. Como dice Walda: «El largo viaje hacia nuestro propio redescu­brimiento apenas acaba de empezar. En muchos sentidos, este momento es más peligroso que el de la guerra». Las cárceles temporales están atestadas con miles de partidarios del régimen gadafista que aguardan su destino mientras se reforman las leyes y los procedimientos judiciales. Hay zonas enteras del país controladas por milicias. La única razón por la cual se ven menos armas que durante la guerra es porque los cientos de miles de personas que las poseen han aprendido a esconderlas. Muchas carreteras en las áreas rurales siguen sin tener ningún tipo de presencia policial (sin contar los puestos de control de los antiguos rebeldes, los thuwwar). Riadas de inmigrantes llegan a Libia desde las fronteras occidental y meridional. Algunos antiguos colaboradores de Gadafi, al igual que su mujer y algunos de sus hijos, siguen huidos. Para varios de los nuevos ministros el soborno y la corrupción son moneda corriente.

El ataque terrorista del pasado mes de septiembre al consulado estadounidense de Bengasi ha dejado la inequívoca impresión de que el país pende de un hilo. Sin embargo, y pese a las adversidades, no puede decirse que Libia esté al borde de la anarquía. El Congreso General de la Nación, votado democráticamente, ha encargado una nueva constitución. Trípoli se encuentra en relativa calma. En la céntrica plaza de los Mártires (una zona de disparos constantes durante la revolución) un par de motociclistas rodean un parque infantil recién instalado. En el lado sur se venden las nuevas publicaciones surgidas desde el comienzo de la revuelta. En el lado este, decenas de libios se congregan en la terraza de un bar de estilo occidental bajo una torre de reloj de la era otomana, y conversan frente a sus caffellate y croissants. Pancartas y grafitis con la bandera roja, negra y verde, prohibida durante 42 años por Gadafi por su vinculación al rey Idris, adornan ahora todos los edificios a la vista. Vallas publicitarias y carteles ostentan imágenes de muchos rebeldes caídos, con proclamas como: «¡Hemos muerto por una Libia libre. Por favor, mantenla libre!», «¡Entrega las armas!». Por la calle los transeúntes me dicen en inglés: «¡Bienvenido a la nueva Libia!».

Tras las incertidumbres hay una nación con un ferviente deseo de volver a formar parte del mundo libre. Salaheddin Sury, un profesor octogenario del Centro de Archivos Nacionales y Estudios Históricos, me dijo: «El precio por la independencia en 1951 fue irrisorio, casi un regalo. Esta vez los jóvenes lo han pagado con su sangre. Por aquel entonces el himno nacional no me preocupaba lo más mínimo. Ahora, por primera vez –declara con sonrisa orgullosa–, lo he aprendido de memoria».

No obstante, en la larga travesía del árido desierto que Libia está recorriendo, el patriotismo es poco más que un espejismo. Tal como reconoce Sury, la reconstrucción «empieza de cero». Los ataques terroristas del pasado mes de septiembre ensombrecen el intento del país por reafirmar su estabilidad y recomponer el Gobierno. Aún es pronto para saber si los 30.000 libios que protestaron contra las milicias diez días después del ataque constituyen el mejor indicador del futuro del país. Libia permanece todavía bajo ciertos efectos de la mano dura de su antiguo dictador. Ahora, igual que la estatua dentro del arcón, espera un futuro mejor.

Cuando la revolución llegó a la ciudad comercial de Misrata en febrero de 2011, Omar Albera declaró a su familia: «Me voy a quitar el uniforme y luchar contra Gadafi».

«¡Pero tú eres un policía de Gadafi! –exclamó su mujer–. Los demás sospecharán de ti. Y si fracasa la revolución, entonces, ¿qué?»

Solamente el hijo mayor alabó su decisión; más tarde luchó junto a su padre y murió en un combate a los 23 años. Los jóvenes rebeldes a quienes el coronel mandaba eran novatos en cuestiones bélicas. Al principio no tenían armas, por lo que lanzaban piedras y cócteles Molotov. Pero cuando empezaron a hacer acopio de las armas de los soldados muertos, el coronel les enseñó a disparar. Algunos eran convictos a quienes él mismo había encarcelado alguna vez. Eran más duros que sus compañeros, y él estaba orgulloso de tenerlos en sus filas; ellos, a su vez, acabaron viendo al coronel como un rebelde más.

Tras un feroz asedio de tres meses, los rebeldes de Misrata forzaron la retirada de las tropas de Gadafi; fue una especie de batalla de Leningrado a pequeña escala, decisiva para la revolución, pero con un coste terrible para la tercera ciudad más grande de Libia. Albera se puso de nuevo el uniforme que había vestido durante 34 años de régimen gadafista. Ahora es el jefe de policía de la ciudad. Quiere mostrar a la gente que el hombre que hoy lleva ese uniforme no es un ladrón ni un matón, sino alguien que está para proteger; que un día los niños soñarán con vestir ese atuendo y lo considerarán un símbolo de dignidad y no de criminalidad. Pero Albera no es ingenuo ni idealista. Tiene 58 años y sabe que la confianza no puede ganarse de un día para otro en un lugar donde, en el pasado, tres cuartas partes de la policía libia ha sido corrupta.

A su reto se suma el hecho de que, en el fondo, él no es el cabeza de las fuerzas del orden público de Misrata. «El verdadero poder en la ciudad lo tienen los thuwwar», admite. El equipamiento del departamento de policía fue destruido durante la guerra; los jóvenes a quienes instruyó durante la revolución tienen ahora las armas. «Aunque fueron valientes, no están preparados para mandar –dice–. Muchos de ellos son honestos; algunos, demasiado impresionables.»

Esta delicada situación tiene otras implicaciones. Los Davides que derribaron a Goliat con tirachinas ahora dirigen el reino y no están dispuestos a entregárselo a un nuevo gigante. Tampoco piensan devolver todo el armamento, ni siquiera están dispuestos a perdonar y olvidar. De hecho, ni siquiera han perdonado y olvidado. Y todavía hay partidarios de Gadafi, algunos de ellos en la vecina Tawurgha, una población de clase obrera a 40 kilómetros de distancia, desde la cual las fuerzas del Gobierno lanzaron un feroz ataque contra, precisamente, Misrata.

El delirante y belicoso populismo de Gadafi y su concepción del Estado libio tenían como objetivo neutralizar los centros urbanos que amenazaban los pilares de su poder. A tal fin, colmó a la población de Tawurgha –compuesta casi exclusivamente de africanos de descendencia subsahariana– de trabajos y viviendas a cambio de su lealtad absoluta. Esta estrategia de «divide y vencerás» acabó enfrentando ciudades, etnias y grupos tribales de toda Libia. La revolución convirtió esas divisiones en líneas de batalla. De la noche a la mañana, localidades como Riqdalin y Al-Jumayl se convirtieron en bases para los ataques de los leales al régimen sobre su mayor vecino, Zuwarah. La ciudad de Az-Zintan fue de repente asediada por el grupo tribal mashashiya de la ciudad Al-Awaniya. Una milicia tuareg apoyada por Gadafi sofocó en Gadames una sublevación rebelde. Y voluntarios procedentes de Tawurgha se unieron a los soldados de Gadafi, entraron en Misrata y sembraron sus calles de muertes y violaciones.

Las noticias de los asaltos a las mujeres despertaron la ira en los habitantes de Misrata. Las exa­­geraciones (¿fueron 50 violaciones, 400, 1.080, 8.600?) han sido contestadas por los simpatizantes de Tawurgha (no hubo ninguna violación; la hostilidad hacia los vecinos de Tawurgha está motivada por cuestiones raciales). Pero hay un hecho incontestable: Tawurgha es hoy una ciudad fantasma. Los habitantes de Misrata evacuaron la población por la fuerza y arrasaron la mayor parte de los edificios. Casi todos sus habitantes, unos 30.000, viven ahora en campos de refugiados, principalmente en Bengasi y Trípoli. Cuando visité Tawurgha, las calles estaban vacías a excepción de los proyectiles de artillería, unos cuantos andrajos y un gato muerto de hambre. Las carreteras que llevan a la ciudad estaban vigiladas por la milicia de Misrata. Aún no se permite que nadie vuelva a la ciudad.

Los habitantes de Misrata se niegan obstinadamente a hacer las paces. Como me dijo Ma­­brouk Misurati, un importante comerciante: «¡No podemos aceptar de nuevo entre nosotros a quienes han violado y asesinado a nuestras hermanas! ¡No es fácil! Pedimos al nuevo Gobierno que se ocupe de la reconciliación, que lleve ante la Justicia a quienes han cometido esos crímenes. Después hablaremos de dejarlos volver».

Esta sed de venganza preocupa al nuevo jefe de policía de Misrata. «No podemos meter a toda la gente de Tawurgha en el mismo saco –dice Albera–. No podemos practicar el castigo en masa como hacía Gadafi. Debemos actuar según la ley. Es lo que intentamos conseguir en la nueva Libia.» Por ahora, los logros van consolidándose. El jefe ha podido formar un consejo de seguridad de los miembros más sensatos de la milicia y los ha convencido para que hagan inventario de sus armas. «Tenemos que recuperar el control», insiste. Hay demasiados tiroteos. Algunos son accidentales, pero otros son el re­­sultado de vendettas. Y demasiados criminales fueron excarcelados durante el caos de la revolución. Por otro lado, dice Albera, muchos lucharon con valentía a su lado. ¿Qué hay que hacer ahora con ellos?

También hay muchos jóvenes que se drogan. Esto, al menos, puede entenderlo. «Después de lo que han vivido recientemente, la mayoría de ellos necesita tratamiento psicológico –advierte el jefe de policía–. Para ser honestos, quizá nos haga falta a todos. Mi hijo de 17 años vio a su hermano mayor desplomarse a su lado.»

Pero, ¿cómo ha de proceder una nación para sanar su alma? Hoy se espera que los escolares de Misrata, antaño obligados a recitar el Libro Verde, se olviden por completo de su autor. «Toda la época de Gadafi ha sido borrada de los libros de texto –me contó un profesor–. Ya no mencionamos su nombre. Ha sido enterrado.»

Los fantasmas del pasado glorioso de Libia, por fortuna, siguen plenamente visibles gracias a la sequedad del clima, el escaso desarrollo urbano, las creencias tribales contra la profanación de las ruinas de los muertos y la abundancia de arena, un magnífico conservante. En la costa occidental se alza Leptis Magna, uno de los yacimientos arqueológicos romanos más espectaculares del mundo, con su arco de triunfo, su gran foro y unas calles llenas de columnas que evocan el auge del dinamismo urbano. Su esplendor se hace aún más evidente cuando uno intenta imaginar todo el mármol que después expoliaron los franceses y se llevaron a Versalles, o cuando se admira en el museo de Trípoli las esculturas imperiales (de Claudio, Germánico, Adriano, Marco Aurelio) que en su día embellecieron la ciudad.

Más hacia el oeste se encuentra el antiguo centro comercial costero de Sabratha, dominado por un magnífico teatro de arenisca de fines del siglo II d.C. Tras las columnas corintias brilla el mar, asomando por encima del escenario como si fuese una cortina. Mussolini vio en Sabratha una exquisita representación del poder de Roma y mandó restaurar el teatro, que llevaba en ruinas desde el terremoto del año 365 d.C. El Duce asistió en 1937 a su reapertura, donde se presentó una función de Edipo rey.

Hacia el este se halla el yacimiento arqueológi­co mejor conservado de Libia, capaz de rivalizar con cualquiera de los romanos: la antigua ciudad griega de Cirene, un centro agrícola de vital importancia donde las ruinas de un anfiteatro y del formidable templo de Zeus, de 2.500 años, sugieren una era de abundancia y riqueza.

Tras siglos de dominio extranjero, las tribus beduinas invadieron Libia en el siglo VII. Con ellas llegó el islam, cuya impronta ha sobrevi­vido a las sucesivas fuerzas procedentes del exterior que han ocupado el territorio durante centurias: otomanos, colonizadores italianos, ejércitos británico y estadounidense, compañías petrolíferas y una monarquía apoyada por Occidente. Tras el derrocamiento militar del rey Idris en 1969, Gadafi procedió a reescribir la historia de Libia. Desdeñó a la población autóctona bereber, o amazigh, del norte de África, y declaró libios genuinos a los árabes. De este modo se colocó a sí mismo, hijo de un nómada beduino árabe, en el centro de la identidad libia.

Las antiguas ruinas griegas y romanas no significaban nada para él; las identificaba con los ocupantes italianos. Mientras Leptis Magna, Sabratha y Cirene permanecían en el olvido, ignoradas, el museo de Trípoli presentaba exposiciones enteras dedicadas al Hermano Líder que incluían su Jeep y su Volkswagen Beetle.

Célebre por alojarse siempre en una jaima incluso durante sus visitas oficiales a París y otras capitales europeas, Gadafi propugnó una versión trasnochada de la ética beduina, dice Mo­hammed Jerary, director de los archivos nacionales de Libia. «Como beduino, buscaba subrayar esos valores por encima de otros, la jaima por encima del palacio. Quería que nos olvidáramos de las ciudades organizadas y de cualquier sofisticación; incluso de la cultura y la economía. Pero los beduinos, a los que él pertenecía, habían evolucionado. Habían aprendido que no hacía falta invadir un lugar cada vez que sus camellos se quedaban sin comida. Habían aprendido a creer en el sistema y en el Gobierno. Gadafi acentuaba solo los peores valores de la vida beduina.»

Su reinado fue un caos organizado. «No existían las rutinas; las cosas podían cambiar en un minuto, desestabilizándolo todo –me explicó Walda–. De repente nadie podía tener una se­­gunda residencia. No se podía viajar al extranjero. No se podía jugar en un equipo deportivo. No se podía estudiar un idioma extranjero.» Muchos intelectuales destacados fueron encarcelados en la temida prisión de Abu Salim, donde unos 1.200 fueron asesinados por sus carceleros en 1996. Clérigos musulmanes fueron hechos prisioneros por ser más leales al islam que a su líder. Los comités revolucionarios leales a Gadafi vigilaban las aulas y los lugares de trabajo. El empleo en el sector público se incrementó con cientos de miles de trabajadores que cobraban un salario por no hacer nada. Los secuaces vivían en la opulencia, y quienes criticaban mínimamente el régimen eran, como expresaban algunos libios con ironía, «conducidos detrás del sol».

Ni siquiera la geografía del país se libró. «Hizo retroceder el mar en Trípoli: llenó el suelo con arena y plantó palmeras, para demostrar que Libia daba la espalda al Mediterráneo –dice Mustafa Turjman, arqueólogo del Departamento de Antigüedades desde 1979–. ¡Fue el rey de la fealdad!»

En 2004, en su único gesto práctico para con el mundo exterior, Gadafi completó un proyecto que además suponía una nueva fuente de ingresos: un gasoducto submarino para transportar gas natural a Sicilia. El rey de la fealdad rompió cualquier otro lazo internacional.

Poco después de que los primeros heridos de bala fueran trasladados a la sala de urgencias del hospital Al-Jala de Bengasi la tarde del 17 de febrero de 2011, una cirujana empezó a dar órdenes. De repente se calló. Su exmarido siempre le decía: «Maryam, una mujer no debe ser quien toma las decisiones. Deja que el hombre exprese primero su opinión».

Pero los soldados del Gobierno abatían a tiros a los civiles por las calles de Bengasi. Los hombres de Gadafi habían dado órdenes al director del hospital de no atender a los rebeldes. Cuando este desafió su edicto, los matones gubernamentales empezaron a pasearse por el hospital y a anotar el nombre de los médicos que seguían trabajando. Maryam Eshtiwy, de 31 años, no se quitó la bata blanca para irse a casa hasta tres días más tarde, y lo hizo únicamente para amamantar a su hija de seis meses, que estaba en casa de sus abuelos. Después la cirujana volvió al lado de los cientos de jóvenes heridos, tendidos por todos los rincones del hospital.

En un solo día la norma social que dictaminaba que las mujeres libias debían someterse a los hombres había sufrido una fuerte sacudida. Hace tiempo que Libia es una nación islámica moderada. Gadafi había fomentado la participación femenina en la educación y el trabajo. Sin embargo, aún está por ver si este país, que busca reconectar con sus vecinos europeos de la otra orilla del Mediterráneo, avanzará en los derechos de la mujer o seguirá desaprovechando el talento de la mitad de su población.

Es posible que los muchos años de lucha contra ciertas tradiciones árabes muy arraigadas ayudaran a Eshtiwy a armarse de valor en aquellos primeros días sangrientos de la revolución. «Seamos honestos. Trabajo en un entorno masculino», dice. Sus padres hubiesen preferido que fuese farmacéutica u oftalmóloga, que tuviese una vida más relajada. El jefe de cirugía –un hombre, por supuesto– la trataba con prepotencia cada vez que presentaba un caso, le discutía punto por punto, como presionándola a que abandonara su puesto. Eshtiwy le dejó claro que no tenía intención alguna de marcharse.

Había sido igual de clara con su exmarido, químico de profesión, antes de su boda: «Soy cirujana, trabajaré en el hospital y conduciré mi propio coche». Él estuvo de acuerdo. El suyo era un matrimonio concertado a medias: la hermana de él les había presentado, tras dos meses de noviazgo llegó el compromiso, y finalmente la tradicional boda de tres días con 700 invitados.

La actitud de él hacia la profesión de ella cambió de la noche a la mañana. «Perdóname por decir esto, pero a los hombres no les gusta que sus mujeres sean mejores que ellos», dice Maryam. Él la telefoneó una mañana para comunicarle que quería el divorcio. Según la ley islámica, la mujer no puede recurrir, ni siquiera si está em­­barazada de tres meses, como lo estaba ella por aquel entonces. Cuando estalló la guerra casi un año después, algunos familiares y amigos le decían: «Vuelve con él, quizás haya aprendido la lección. Si te matan en el hospital, tu hija no tendrá madre».

En cuanto a los rebeldes heridos, a ellos no les importaba el sexo de su cirujano. Algunos incluso la preferían a ella por el trato que les deparaba y por su receptividad. Y hoy muchos maridos de pacientes que acuden al hospital Al-Jala expresan su alivio de que sea ella, y no un hombre, quien examine a sus esposas. Maryam se siente relativamente segura en su puesto profesional. Señala a otras mujeres de Bengasi, profesoras, abogadas, juezas, ingenieras, políticas, y dice: «Las mujeres libias son muy fuertes, muy inteligentes. Nos las arreglamos solas sin necesidad de ayuda exterior».

Le gustaría poder decir lo mismo del país entero. «Me preocupa todo», confiesa. Ella preferiría ver una Libia unida, pero muchos de sus conciudadanos, conscientes de que con Gadafi el peso político de la parte oriental del país era desproporcionadamente menor que el del resto del territorio pese a aportar la mayor parte de los ingresos del petróleo, exigen ahora mayor autonomía para las regiones al sur y al este de Trípoli. La radio y las calles arden con una retórica que roza la provocación; «es una guerra de palabras», dice Eshtiwy, que no sabe en qué ni en quién creer. Su consternación por la muerte del embajador estadounidense Christopher Stevens es equiparable a su indignación por la acusación contra la brigada Ansar al-Sharia, la misma que vigilaba su hospital. «Son gente pacífica y respetuosa –mantiene–. Esto son solo rumores de extranjeros que intentan destruir la relación que acabamos de restablecer con Estados Unidos.»

Maryam sigue siendo musulmana devota y apoya la idea del matrimonio concertado. Nunca ha viajado fuera de Bengasi. Su mundo, encorsetado pero estable, se ha visto arrojado al caos. «Mi imagen del mundo se ha distorsionado», dice.

Ella cree que hay motivos para la esperanza. Su experiencia en el hospital durante la revolución –todo el mundo trabajando en equipo las 24 horas del día, tratando por igual a rebeldes y a leales gadafistas, mientras la gente les traía comida y mantas– le ha mostrado algo acerca de los libios. «Durante la época de Gadafi nos creíamos malos, que nadie podía querernos –dice–. Ahora vemos la belleza de nuestro país.»

Sin embargo, también palpa un persistente estrés postraumático en la ciudad. Y eso le afecta. Hay vídeos de sus actos heroicos en el hospital. No puede verlos. «De ninguna manera.» Ni siquiera puede ver las noticias. «Es deprimente, ¿entiendes? A veces me pregunto para qué han muerto tantas personas. ¿Era necesario que pagasen con su sangre para luego vivir este caos?»

Lo más grave es que todavía corre la sangre. Demasiada. Antes de la revolución, el hospital Al-Jala atendía a tres o cuatro heridos de bala al año. Con el arsenal de armas que hay diseminado por todo el país, solo ella trata entre tres y cuatro de estos casos cada día.

«Nos hemos convertido en expertos en este tipo de heridas», dice con un profundo suspiro.

Cuando pienso en el futuro de Libia, me acuerdo de Mustafa Gargoum, un señor de 61 años al que conocí en uno de los viejos zocos de Bengasi. Se ganaba la vida vendiendo fotografías antiguas de la ciudad. Desde 1996 ocupaba la misma esquina, a pocos metros de ese mar donde pescaba de pequeño. Su improvisada exposición callejera era única en Bengasi y posiblemente en toda Libia. A su alrededor se formaban pequeñas aglomeraciones de espectadores para observar las imágenes de un tiempo que ya se ha desvanecido: mulas cargadas con vasijas de aceite traqueteando por los callejones; la luminosa plaza Hadada en plena época otomana, hoy invadida por vendedores de joyas; el parlamento, un edificio de estilo italiano que destruyó Gadafi y que ahora es un aparcamiento. Los hombres mayores se quedaban un buen rato mirando las fotografías de Gargoum. Sus ojos decían lo que sus bocas no se atrevían a pronunciar. Algunas eran imágenes prohibidas, como la antigua bandera nacional, que ahora es la nueva bandera libia.

En la galería ambulante de Gargoum se exponían asimismo carteles en los que escribía unos mensajes deliberadamente provocativos, como: «Quienes sacrifican la libertad por la seguridad no merecen ni la una ni la otra.» «Mentes libres de América y Europa, siempre nos habéis decepcionado.» «La gente de Libia es más importante.» Lógicamente, estos pensamientos disidentes valieron a Gargoum un acoso continuo. Cada septiembre, coincidiendo con el aniversario del ascenso al poder del Hermano Líder, funcionarios del Ministerio del Interior acompañaban a Gargoum a una comisaría donde le obligaban a pasar la noche. «Sabemos lo que pretendes», le decían, aunque luego siempre lo dejaban ir. Él siguió mostrando sus imágenes y mensajes. Pero las fotos que había acumulado de los enemigos acérrimos de Gadafi las mantenía escondidas en su casa, donde escribía en las paredes las ideas que no se atrevía a mostrar en las calles de Bengasi, amargos lamentos como: «¡El techo del régimen es tan bajo que no puedo ponerme en pie!».

Cuando comenzaron las primeras protestas pacíficas a mediados de febrero, Gargoum cerró su galería y se unió a las manifestaciones, aunque no tardó en irse a casa. Ocho meses después, el día que mataron a Gadafi, volvió al zoco con sus fotos, pero no solo con las habituales, sino también con las de artistas, intelectuales y soldados que en algún momento desafiaron al dictador y fueron ejecutados. En su extensa exposición también había un cuadro pintado por él en 1996, el primer año en que empezó a mostrar sus fotografías y sus astutos eslóganes. En el lienzo aparece una figura monumental, solitaria, envuelta en la oscuridad; está de espaldas y sostiene una antorcha. Aunque pensada como un autorretrato, Gargoum había reproducido inconscientemente la estatua exiliada de Septimio Severo.

En esta nueva época de libertad, Gargoum colocó el cuadro sobre un caballete y sacó su pincel. Con cuidadosas pinceladas añadió una multitud de tenues figuras en el fondo. Luego asintió con la cabeza, mostrando su satisfacción ante la obra terminada: el retrato de una nación por hacer, con su gente de pie, unida, la tarde después de la revolución, momentáneamente cegados por la antorcha y a la espera de que una nueva visión rompiera la oscuridad.