Orcadas

Antes de Stonehenge

Hace unos 5.000 años, los antiguos habitantes de las islas Orcadas construyeron un vasto conjunto de monumentos que se cree pudieron ser el epicentro de importantes celebraciones de carácter ritual

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Antes de Stonehenge

Las Piedras de Stenness tal vez sean el círculo lítico más antiguo de Gran Bretaña.

Foto: Jim Richardson; todas las ruinas y piezas fotografiadas con autorización de Historic Scotland

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Antes de Stonehenge

Bendecidas con un suelo fértil y un clima benigno, las Orcadas eran una tierra de promisión para los colonos neolíticos. La abundancia agrícola fue uno de los factores que les permitieron acometer sus magnas empresas arquitectónicas.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

La vida en las Orcadas de la Edad de Piedra era mucho más refinada de lo que los expertos imaginaban. Las excelentes viviendas de Skara Brae, el poblado neolítico más completo de Europa, tenían alacenas, camas y hogares de piedra.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

Las excavaciones en el Ness of Brodgar han aportado la colección más rica de arte neolítico jamás hallada en Gran Bretaña, como esta piedra decorativa grabada con motivos geométricos.

Ness of Brodgar fotografiado con autorización del Departamento de Arqueología de la Universidad de las Highlands y las islas

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

La alumna Jessica Heupel («Jo») saca a la luz un hacha de piedra pulida, «la mejor que nunca he tenido el placer de ver descubierta», dice el director de las excavaciones, Nick Card (izquierda).

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

En 1958 un agricultor descubrió por accidente la Tumba de las Águilas, de 5.000 años de antigüedad. Contenía más de 16.000 huesos humanos mezclados con garras de pigargos europeos.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

Las ovejas pacen entre las Piedras de Stenness, que bien pudieron ser el modelo de Stonehenge. En 1815 un granjero trató de echarlas abajo para poder atender mejor sus campos.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

La excavación del Ness of Brodgar, hasta hace unos años parte de una granja, no deja de crecer. Se han desenterrado los cimientos de 25 estructuras, pero el 90% del yacimiento sigue bajo tierra.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

Esta figura, del tamaño de una ficha de dominó, es la representación de un semblante humano más antigua hallada en Gran Bretaña.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

El propósito de estos alfileres de hueso y cuerno, el mayor de los cuales mide 18 centímetros de largo, pudo haber sido el de abrochar un manto.

Foto: Jim Richardson

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MM7902 20130813 25595. Antes de Stonehenge

Antes de Stonehenge

Esta bola de piedra tallada a partir de una roca volcánica seguramente llegó a las Orcadas de manos de un peregrino o un comerciante.

Foto: Jim Richardson

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MM7902 20130813 25612. Antes de Stonehenge

Antes de Stonehenge

Según los arqueólogos, esta piedra grabada con motivos geométricos pudo ser un dintel de un túmulo funerario.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

Maes Howe, la tumba más grande de las Orcadas, está alineada de tal forma que recibe los rayos del sol poniente la noche del solsticio de invierno. «Las Orcadas son una pieza clave para comprender la religión del neolítico», dice Nick Card.

Foto: Jim Richardson (imagen panorámica compuesta de siete fotos)

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MM7902 20130805 12781. Antes de Stonehenge

Antes de Stonehenge

Con más de 7 metros de alto y 35 de diámetro, la construcción de Maes Howe exigió miles de horas de trabajo y una sociedad especializada compuesta por arquitectos, ingenieros y obreros.

Foto: Jim Richardson

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Antes de Stonehenge

El Círculo de Brodgar, el último de los grandes monumentos erigidos en el Ness, lleva 4.500 años inspirando asombro. Como escribió el poeta escocés George Mackay Brown, «en la imaginación de las Orcadas pesa el espectro del tiempo».

Foto: Jim Richardson

5 de septiembre de 2014

Un día perdido en las brumas del tiempo, en torno  al año 3200 a.C., los pastores y agricultores de las remotas islas Orcadas decidieron construir algo grande...

Tenían una tecnología de la Edad de Piedra, pero su visión iba milenios por delante. Hace 5.000 años los antiguos habitantes de las Orcadas –un verde y fértil archipiélago situado al norte de la actual Escocia– erigieron un complejo de edificios monumentales muy diferente de lo que habían construido hasta entonces.

Extrajeron miles de toneladas de arenisca fina, la tallaron y la transportaron varios kilómetros hasta un área pantanosa, en un puente de tierra situado entre dos lagos. Su trabajo de cantería fue impecable. Los impresionantes muros que levantaron no tienen nada que envidiar al que unos 3.000 años después construirían los centuriones romanos en otra parte de Gran Bretaña, el Muro de Adriano.

Dentro de aquellas murallas había decenas de edificios, entre ellos una de las mayores estructuras techadas de la Europa septentrional prehistórica: más de 25 metros de largo y 19 de ancho, con muros de 4 metros de grosor. El complejo incluía caminos pavimentados, cantería fina, fachadas pintadas y tejados de pizarra, un lujo extraordinario en una época en que la mayoría de las techumbres eran de tepe, cuero o paja.
Un salto de cinco milenios nos transporta a una agradable tarde de verano en un pintoresco istmo conocido como el Ness of Brodgar. Aquí, un variopinto equipo de arqueólogos, profesores universitarios, estudiantes y voluntarios está sacando a la luz una serie de edificios magníficos que han pasado siglos enterrados bajo un terreno agrícola. Dirige las excavaciones Nick Card, arqueólogo del Departamento de Arqueología de la Universidad de las Highlands y las Islas, quien afirma que el reciente descubrimiento de estas impresionantes ruinas está cambiando por completo la prehistoria británica.
«Estamos hablando de un lugar cuya complejidad y tamaño son similares a los de los grandes yacimientos clásicos del Mediterráneo, como la Acrópolis de Grecia, solo que estas estructuras son 2.500 años más antiguas. Se construyó, al igual que la Acrópolis, para dominar el paisaje, para impresionar, sobrecoger, inspirar y quizás incluso intimidar a quien lo contemplara. Sus constructores se proponían enviar un mensaje.»
El contenido de ese mensaje –y su destinatario– continúan siendo un misterio, tanto como el propósito del complejo en sí mismo. Aunque suele llamársele templo, es probable que haya desempeñado diversas funciones a lo largo del milenio que estuvo en uso. Lo que está claro es que en él se congregaban muchas personas para compartir rituales estacionales, celebrar festejos y comerciar.
El hallazgo es tanto más intrigante si tenemos en cuenta que las ruinas aparecieron en el corazón de una de las mayores concentraciones de vestigios prehistóricos de toda Gran Bretaña. La zona ha sido explorada durante los últimos 150 años, por anticuarios victorianos primero y por arqueólogos después, pero ni unos ni otros imaginaban lo que yacía bajo sus pies.
Hoy desde «el Ness» se pueden ver fácilmente varias estructuras emblemáticas de la Edad de Piedra, que conforman el centro del llamado Núcleo neolítico de las Orcadas, Patrimonio de la Humanidad. A un kilómetro de distancia, en un cerro tapizado de brezo, se alza un colosal círculo lítico conocido como el Círculo de Brod­gar. Al otro lado de la carretera que conduce
al Ness se distingue un segundo círculo lítico ceremonial, las famosas Piedras de Stenness.
Y a 1,5 kilómetros se yergue un misterioso tú­mulo llamado Maes Howe, una enorme cámara funeraria de más de 4.500 años de antigüedad. El pasadizo de entrada está perfectamente alineado para recibir los rayos del sol poniente la noche del solsticio de invierno, que iluminan la cámara interior el día más corto del año.
Maes Howe también está alineada con el eje central –y acceso– del templo recién descubierto en el Ness, algo que según los arqueólogos no es una coincidencia. Sospechan que las ruinas que acaban de exhumar podrían ser la pieza clave de un gran rompecabezas que nadie imaginó que pudiera existir.
Hasta hace 30 años, el Círculo de Brodgar, las Piedras de Stenness y el túmulo de Maes Howe se consideraban monumentos aislados con historias independientes. «Lo que nos dice el Ness es que era un paisaje mucho más integrado de lo que jamás sospechamos –dice Card–. Todos esos monumentos estaban vinculados a un motivo central sobre el que solo podemos especular. Y la sociedad que construyó todo esto era mucho más compleja y capaz de lo que pensábamos.»

Las Orcadas siempre han sido generosas con los arqueólogos, gracias a su larga historia de ocupación humana y al hecho de que casi todas sus construcciones son de piedra. Miles de yacimientos, la mayoría intactos, salpican las islas. Juntos abarcan un amplio marco cronológico y espacial, desde los campamentos mesolíticos y asentamientos de la Edad de Hierro hasta los ves­tigios de las salas de banquetes y ruinas de palacios medievales de los antiguos escandinavos.
«He oído llamar a este lugar el Egipto del norte –dice la arqueóloga del condado Julie Gibson–. Basta con levantar una piedra para dar con un nuevo yacimiento.»
Y a veces ni eso es necesario. En 1850 un temporal arrasó unas dunas de la bahía de Skaill, en la costa oeste de la isla de Mainland, y dejó a la vista un poblado de la Edad de Piedra en un estado de conservación asombrosamente bueno: Skara Brae. Los arqueólogos creen que data de hacia 3100 a.C., y que estuvo habitado durante más de seis siglos.
En su día Skara Brae debió de ser un poblado acogedor. Las viviendas, de piedra, con planta romboidal y conectadas por pasillos cubiertos, estaban muy cerca unas de otras para protegerse de los crudos inviernos. Tenían lumbre, y las ha­­bitaciones estaban amuebladas con alacenas y lechos de piedra. La naturaleza escénica de esas casas y la información que ofrecen sobre la vida cotidiana del neolítico hicieron del impactante descubrimiento de Skara Brae el yacimiento más espectacular de las Orcadas. Hasta hoy.

El primer indicio de que debajo del Ness se ocultaban grandes tesoros apareció en 2002, cuando un estudio geofísico reveló la presencia de importantes irregularidades en el subsuelo. Enseguida se hicieron calicatas y se iniciaron las excavaciones exploratorias, pero hasta 2008 los arqueólogos no empezaron a darse cuenta de la magnitud de lo que habían descubierto.
A fecha de hoy solo se ha excavado el 10% del Ness. Se sabe que hay muchas más estructuras líticas bajo la turba, pero lo poco que se conoce ha abierto una ventana inestimable al pasado y nos ha obsequiado con miles de piezas de valor incalculable: cabezas de mazas ceremoniales, hachas de piedra pulida, cuchillos de sílex, una figurilla antropomorfa, cuencos en miniatura modelados con los dedos, preciosas espátulas de piedra, alfarería policromada cuyo refinamiento supera cualquier expectativa para aquella época, y más de 650 piezas de arte neolítico, la mayor colección jamás hallada en suelo británico.
Antes de visitar el Ness, mi actitud hacia los yacimientos de la Edad de Piedra era de curiosidad, pero también de cierta indiferencia. Las vidas de sus habitantes se me antojaban lejanas y ajenas. Sin embargo, el arte permite asomarse a la mente y a la imaginación de las personas que lo crearon, y en el Ness me descubrí a mí mismo investigando un mundo que podía comprender, aun cuando sus circunstancias fuesen radicalmente distintas de las mías.
«En ningún otro lugar de Gran Bretaña o Irlanda han sobrevivido unas viviendas de piedra de la época neolítica tan bien conservadas como estas –dice Antonia Thomas, arqueóloga de la Universidad de las Highlands y las Islas–. Ser capaces de encontrar en estas estructuras una expresión artística, contemplar de un modo tan directo y personal cómo aquellas personas em­bellecían su entorno es realmente increíble.»
Una de las mayores sorpresas ha sido descubrir vestigios apreciables de pigmentos en algunas piedras. «Siempre he sospechado que el color desempeñaba un papel importante en la vida de la gente –dice Card–. Intuía que pintaban las pa­­redes de sus casas, pero ahora lo sabemos.»
Es más, podría ser que una de las estructuras fuese un taller de pintura: en el suelo se han hallado montoncitos de pigmentos –polvo de hemati­tes (rojo), ocre (amarillo) y galena (blanco)–, y las piedras que se usaban como mano y mortero.
Entre las ruinas han aparecido también valiosos objetos procedentes de otros lugares, como vidrio volcánico de la isla de Arran, en el oeste de Escocia, y pedernal de alta calidad llegado de la otra punta del archipiélago y más allá. Estas piezas sugieren que por las Orcadas pasaba una ruta mercantil y que el complejo religioso del Ness quizá fuese un centro de peregrinación.
Más intrigante que los artículos que trajeron al lugar mercaderes y peregrinos, dicen los ar­queólogos, es lo que se llevaron: ideas e inspiración. Por ejemplo, los distintivos fragmentos de cerámica coloreada hallados en el Ness y otros puntos geográficos sugieren que el estilo de cerámica acanalada que llegó a ser común en toda la Gran Bretaña neolítica se originó en las Orcadas. Es muy posible que la élite, adinerada y sofisticada, de estas islas marcase la moda de la época.
«Esta teoría contradice de plano la clásica presunción de que cualquier elemento cultural debía proceder del refinado sur para mejorar el bárbaro norte –ríe el escocés Roy Tower, el ex­­perto en arqueología cerámica de la excavación–. Aquí parece que fue justo al contrario.»
Comerciantes y peregrinos también regre­saban a su tierra con el recuerdo del magnífico complejo religioso que habían visto y con ideas para construir monumentos similares en sus lu­­gares sagrados, ideas que siglos más tarde hallarían su máxima expresión en Stonehenge.
¿Por qué las Orcadas? ¿Cómo este grupo de pequeñas islas del norte de Escocia se convirtió en semejante centro tecnológico, cultural y espiritual? «Para empezar, hay que desterrar la idea de que las Orcadas son un lugar remoto –dice Caroline Whickham-Jones, profesora de arqueología en la Universidad de Aberdeen–. Desde el neolítico hasta la Segunda Guerra Mundial, las Orcadas fueron un importante centro marítimo, un lugar de paso en todos los rumbos.»
El archipiélago goza además de uno de los suelos más fértiles de Gran Bretaña y de un clima sorprendentemente suave, gracias a la corriente del Golfo. Las muestras de polen revelan que hacia el año 3500 a.C. –más o menos cuando se produjo la primera ocupación humana en las Orcadas– gran parte de los bosques de avellanos y abedules que cubrían el paisaje original habían desaparecido.
«Se ha dado por sentado que los agricultores neolíticos talaron los bosques –dice Michelle Farrell, paleoecóloga de la Queen’s University de Belfast que estudia los antiguos usos del suelo y el cambio medioambiental–. Aunque es cierto que los primeros agricultores intervinieron en la destrucción de la masa forestal, en algunas zonas gran parte de los bosques ya habían desa­parecido hacia 5500 a.C. Parece haber sido un fenómeno prolongado y causado en gran medida por procesos naturales.»
Pero una cosa está clara, añade Farrell: «El paisaje despejado habría hecho la vida más fácil a aquellos primeros agricultores. Y quizás este sea uno de los motivos de que pudiesen dedicar tanto tiempo a la construcción de monumentos».


También está claro que tenían manos dispuestas y espaldas fuertes de sobra para emplearlas en la causa de erigir esas estructuras. Las estimaciones de la población de las Orcadas en el neolítico hablan de hasta 10.000 personas –más o menos la mitad que hoy–, lo que sin duda ayuda a explicar la gran concentración de yacimientos arqueológicos del archipiélago. A diferencia de lo que ocurre en otras partes de Gran Bretaña, donde las viviendas eran de madera, paja y otros materiales putrescibles, los nativos de las Orcadas disponían de abundantes afloramientos de arenisca fina y fácil de trabajar para levantar viviendas y templos que durarían siglos.
Y no solo eso: los colonos y pioneros neolíticos que se asentaron en las islas sabían perfectamente lo que hacían. «Los agricultores de las Orcadas se cuentan entre los primeros europeos que deliberadamente estercolaron las tierras para mejorar las cosechas –explica Jane Downes, directora del Departamento de Arqueología de la Universidad de las Highlands y las Islas–. Miles de años más tarde, los campesinos medievales seguían beneficiándose de la mejora del suelo que realizaron aquellos agricultores neolíticos.»
También importaban vacas, ovejas, cabras y posiblemente ciervos, que transportaban desde la isla de Gran Bretaña en embarcaciones de cuero, arriesgándose en largas travesías de mar abierto y corrientes traicioneras. Luego los rebaños prosperaban gracias a los abundantes pastos del archipiélago. De hecho, aún hoy la ternera de las Orcadas se paga como carne selecta.
En resumen, para cuando se embarcaron en su ambicioso proyecto del Ness of Brodgar, los granjeros orcadianos eran un pueblo rico y acomodado, con mucho que agradecer a la tierra y con un potente vínculo espiritual con ella.

Durante mil años, más de los que llevan en pie la abadía de Westminster y la catedral de Canterbury, el complejo religioso del Ness of Brodgar ejerció su hechizo sobre el paisaje, como símbolo de riqueza, poder y vitalidad cultural.
Pero en algún momento en torno a 2300 a.C., por razones que ignoramos, todo terminó. Hay indicios de que la Europa septentrional se volvió más fría y húmeda hacia finales del neolítico, lo que quizá redundó en perjuicio de la agricultura.
O quizás el desencadenante fuese la influencia perturbadora de un nuevo material para fabricar herramientas: el bronce. Esta aleación no solo supuso la mejora de los útiles y las armas, sino que también trajo nuevas ideas, valores diferentes y tal vez un descalabro del orden social.
«Hasta ahora no hemos encontrado objetos de bronce en el Ness –explica Card–, pero una sociedad tan poderosa y bien relacionada como esta tenía que saber por fuerza que se avecinaban transformaciones radicales. Quizás ellos fueron de los que se resistieron a cambiar.»
Fuera cual fuese el motivo, el antiguo templo dejó de usarse como tal y fue parcialmente destruido, de manera deliberada y simbólica. Pero antes de abandonarlo, los orcadianos dejaron una última sorpresa a los arqueólogos: los restos de un pantagruélico banquete de despedida para el que se sacrificaron más de 400 cabezas de ga­nado, carne suficiente para miles de comensales.
«Los huesos parecen corresponder a un mismo momento», dice Ingrid Mainland, arqueozoóloga de la Universidad de las Highlands y las Islas especializada en ganado antiguo, que ha analizado los huesos que se amontonaron intencionadamente alrededor del templo. Una curiosidad: los comensales de aquel banquete final dejaron solo las tibias de los animales sacrificados. «Lo que para ellos significaba este hueso, el lugar que ocupa este dato en el rompecabezas, es un misterio», dice Mainland.
Tras partir los huesos para extraer la médula, los dispusieron en esmeradas pilas en torno a la base del templo. A continuación colocaron sobre las pilas de huesos carcasas de ciervos muertos –enteros, sin haber pasado por las manos de un carnicero–, seguramente a modo de ofrenda. En el centro de la cámara depositaron un cráneo de bóvido y una gran piedra con el grabado de una especie de cáliz. Y acto seguido llegó el acto definitivo de pasar página.
«Demolieron a propósito los edificios y los enterraron bajo miles de toneladas de escombros y basuras –dice Card–. Es como si intentasen borrar del mapa aquel lugar y expurgar su impor­­tancia de la memoria, quizá para marcar la introducción de un nuevo sistema de creencias.»
Durante los siglos posteriores al abandono del Ness of Brodgar, el tiempo y los elementos hicieron estragos. Cualquier piedra de aquellos viejos muros olvidados que quedase a la vista fue trasladada y usada por los colonos para la construcción de sus propias viviendas o granjas. Ahora les tocaba a ellos representar su historia en el escenario ventoso de las Orcadas.