Alejandro Magno y la conquista del nuevo mundo

Casi 2.400 años después de su muerte, Alejandro Magno continúa siendo un héroe incluso en los lugares que él mismo conquistó y sometió.

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31 de octubre de 2013

La batalla del Gránico está en su momento más crítico. Frente a la caballería persa se alza el bosque de lanzas de las tropas macedonias. El viejo Parmenión, un general experimentado, ha aconsejado a Alejandro no precipitarse en la ofensiva contra las huestes enemigas. Aun así, el soberano arremete con temeridad contra los persas a lomos de su caballo. Es un joven rebosante de vigor que no conoce el miedo. Sus enemigos lo reconocen con facilidad por las dos largas plumas blancas que adornan su casco. Lucha sin pensar en sí mismo, con pasión y precisión asesina.

De pronto, en una junta de la coraza de Alejandro se aloja un dardo. No sufre herida alguna, solo se queda desconcertado un instante, pero basta para que dos jinetes persas se abalancen sobre él. Esquiva al primero; el segundo acerca el caballo hasta él por el flanco y blande su hacha sobre la cabeza del enemigo.

«Le rompió el penacho y la pluma de ambos lados, y aunque el casco aguantó bien y austeramente el golpe, el filo del alfanje tocó los primeros cabellos.» Con estas palabras describe el historiador griego Plutarco en su biografía de Alejandro Magno el dramatismo de este episodio crucial del año 334 a.C. El jinete persa se dispone a asestar el segundo golpe, pero un oficial macedonio llamado Clito el Negro se le adelanta y lo traspasa con la lanza. Con este gesto, Clito no solo salva la vida del joven rey macedonio, sino también su proyecto vital: la conquista y el sometimiento de Asia.

Filipo II, había convertido en el siglo IV a.C a la dinastía real macedonia en la fuerza militar más poderosa de Grecia

El triunfo en el río Gránico, en la actual Turquía, marcó el inicio de una campaña militar formidable que durante once años enfrentaría a los griegos contra los persas. Alejandro la llevó desde Grecia, la cuna de Europa, hasta el río Indo. A su término, sus guerreros habían recorrido más de 25.000 kilómetros y perdido un total de 750.000 hombres. Alejandro ordenaría quemar ciudades, saquear aldeas, crucificar hombres y violar mujeres, pero movido por su ambición de poder y una curiosidad insaciable también allanaría el camino al comercio con Oriente, difundiría la cultura griega y llevaría la civilización europea a tierras lejanas, fundando más de 70 ciudades. La Alejandría egipcia todavía hoy lleva su nombre; la Iskenderun turca y la Herat afgana siguen siendo en la actualidad importantes centros urbanos.

¿Qué debía de pasar por la cabeza del rey de los macedonios para que en 336 a.C. fraguara el proyecto de atacar precisamente Persia, el imperio más extenso y poderoso de la Antigüedad, cuyo territorio abarcaba desde el valle del Nilo hasta el Hindu Kush y cuyo tamaño centuplicaba el de su propio reino? La idea era un legado de su padre, Filipo II, quien en el siglo IV a.C. había convertido la dinastía real macedonia en la fuerza militar más poderosa de Grecia y había logrado dominar las ciudades-estado griegas de Atenas, Corinto y Tebas gracias a la Liga de Corinto. Con la adhesión de todos los griegos a un objetivo común, propuso una campaña de venganza contra los persas. Siglo y medio antes, en las guerras médicas, los «bárbaros» (denominación bajo la cual englobaban los helenos a quienes no hablaban griego) habían sometido las ciudades costeras griegas de Asia Menor y destruido la Acrópolis ateniense.

Pero Filipo fue víctima de una conjura y murió asesinado. Su hijo, con apenas 20 años, se convirtió en rey y jefe de la Liga de Corinto, y tomó el relevo del plan con entusiasmo.

Alejandro III nace en julio o en agosto del año 356 a.C. en la capital macedonia, Pella, en el norte de Grecia. Su madre, Olimpia, una princesa del reino de Molosia que afirma descender del héroe mitológico Aquiles, adora a su hijo. Su padre, que cuenta entre sus antepasados al legendario semidiós Heracles, procura al inteligente príncipe la educación más exquisita.

Por espacio de tres años el joven Alejandro se forma en retórica, geometría, literatura y geografía con el filósofo Aristóteles, quien lo instruye en el conocimiento de la epopeya homérica de la Ilíada. Ávido de saber, Alejandro estudia con empeño las hazañas de sus héroes Aquiles y Heracles y descubre a Océano, el río que en el mito homérico circunda el mundo y es origen de los dioses. Desde el Hindu Kush, le dice Aristóteles, podría contemplar el confín del mundo.

El rey es más bien bajo de estatura, pero atlético. Su cabello es ondulado, de color castaño con mechones rubios. Tiene el rostro lampiño y rubicundo, y posee un carisma arrollador. Ha heredado el carácter expeditivo y áspero de su padre, pero también su habilidad diplomática. De su lado oscuro, que se irá manifestando con creciente evidencia en desconfianzas y estallidos de ira –y al final en homicidios y asesinatos–, se dice que es legado materno.

Pocas figuras de la historia siguen generando opiniones tan encontradas como las referidas a Alejandro Magno

Si sabemos de Alejandro más que de otras figuras de la Antigüedad es gracias a la crónica que de su vida nos dejaron compañeros de armas y testigos de sus hazañas tales como Ptolomeo, Aristóbulo, Nearco o Calístenes. Este último, sobrino de Aristóteles, era el cronista oficial de la corte de Alejandro, y tal vez por ello sus encomiásticas descripciones deban ser leídas con reservas. La campaña militar y el reinado de Alejandro a buen seguro quedaron registrados en diarios que todavía en vida del protagonista se fueron transformando en todo un corpus de anécdotas, leyendas y mitos, hoy prácticamente perdido. En su momento, sin embargo, sirvió de fuente a cuatro historiadores antiguos: Diodoro, Curtio Rufo, Plutarco y, sobre todo, Arriano.

Pocas figuras de la historia siguen generando opiniones tan encontradas como las referidas a Alejandro. Ya en la Antigüedad se hablaba del rey (el adjetivo «Magno» se lo añadieron historiadores romanos del siglo II) con notables contradicciones. Diodoro lo presentaba como una persona que en poquísimo tiempo, y gracias a su inteligencia y valor, llevó a cabo hazañas propias de los semidioses griegos. Por el contrario, el filósofo Séneca, tutor del emperador Nerón, le llamaba desgraciado, vándalo, demente y despiadado, y lo comparaba con «las fieras [que causan] más estragos de los necesarios para calmar su hambre».

¿Qué impulso movía al joven y ambicioso rey? Probablemente algo que los textos antiguos llamaban pothos, el ansia o anhelo de catar lo inalcanzable y desconocido. Alejandro era un genio militar, aunque su temperamento desbordante solía inducirlo a correr riesgos innecesarios.

Le fascinaba la lucha de hombre a hombre, le embriagaba el éxito, deseaba emular y aun superar a los héroes de la mitología griega y, sobre todo, quería forjar un nuevo imperio.

Aquella sed de gloria e inmortalidad convivía en el macedonio con un pragmatismo sumamen­te realista. En palabras del historiador y arqueólogo alemán Hans-Joachim Gehrke, «el factor decisivo era aquel afán interior de intensa competencia con los héroes, un vínculo obsesivo con el mito tan difícil de comprender como concreto y racional en su aplicación».

En la primavera del año 334 a.C., cuando Alejandro marcha hacia el continente asiático, el rey persa Darío III dirige los destinos de un imperio que se extiende desde Egipto hasta la India y que abarca vastos territorios de Asia Menor, Mesopotamia y Persia. La campaña mi­­litar de una neófita Europa contra la veterana Asia es una de las más osadas de la historia, pero Alejandro la ha planeado al detalle. Sus fuerzas: 32.000 soldados de infantería y unos 5.500 de caballería, gastadores, ingenieros, bematistas (especialistas en medir distancias contando sus pasos), una unidad de propaganda, y también músicos, actores y eruditos. Como asesores en materia de estrategia, los libros de su biblioteca. En la Ilíada de Homero, comentada por Aristóteles, busca consejos de táctica militar. Conoce su libro de cabecera casi de memoria.

Alejandro era un retórico hábil, pero más que la palabra pura dominaba el arte del acto simbólico. Al cruzar el Helesponto (los Dardanelos), realizó en plena travesía una ofrenda al dios del mar, Poseidón. Poco después arrojó su lanza a la costa anatolia como símbolo de conquista y fue el primero en desembarcar ataviado con la armadura de combate, tal y como hiciera el héroe griego Protesilao en la marcha contra Troya. Precisamente Troya fue el primer destino al que se dirigió Alejandro; allí hizo una ofrenda a la diosa Atenea y honró las supuestas tumbas de Aquiles y Patroclo. De este modo vinculó de forma irreversible el mito de Troya y su campaña contra Persia.

El macedonio vence en el Gránico y se muestra generoso y compasivo. Permite que se entierre a los enemigos caídos, visita a los heridos y escucha sus relatos. Acto seguido «libera» de los persas las poblaciones costeras. Para ello tendrá que asediar Mileto; también Halicarnaso (la ac­­tual Bodrum) opone una prolongada resistencia.

Buscando por todos los medios una confrontación directa con el «rey de reyes» persa, Alejandro marcha desde el sur para internarse en Anatolia. Su general Parmenión conduce otra columna desde el oeste hasta Gordio, a unos 80 kilómetros de la actual Ankara, escenario de la famosa leyenda del nudo gordiano.

En la ciudadela de Gordio se guardaba el carro que el rey frigio Gordias ofreció a Zeus en señal de agradecimiento por haber sido elegido fundador de la ciudad. Gordias había atado al carro la lanza y el yugo con un nudo inextricable. Según la profecía, quien lograse desatarlo reinaría sobre Asia entera. Lo que otros habían intentado en balde lo consiguió Alejandro con un solo gesto, cortando el nudo con la espada. Otra versión de la historia dice que Alejandro descubrió que para desatar el nudo bastaba con tirar del perno existente entre la lanza y el yugo. «No es más que una invención para dar color a la historia –afirma Gehrke–, pero la leyenda del nudo gordiano muestra qué imagen de Alejandro imperaba.»

Los macedonios hacen un prolongado alto antes de reponer provisiones y llegar hasta Tarso, a orillas del Mediterráneo, salvando las Puertas de Cilicia. Hace ya tiempo que Darío ha comprendido el peligro que representa el joven comandante. Reúne un poderosísimo ejército de 100.000 hombres y se enfrenta a Alejandro en la antigua ciudad costera de Issos.

Limitan el campo de batalla las montañas a un lado y el Mediterráneo al otro. Darío despliega su caballería en el flanco litoral, que ataca el ala de los helenos. La temida falange de Alejandro ocupa el centro con su bosque de lanzas de cinco metros mientras él en persona arremete al frente de la caballería de élite contra las huestes persas, entre las que se encuentra Darío en su carro de guerra, rodeado de su guardia personal. Cuando los persas intentan ejercer presión sobre la falange, se abre un hueco por el que Alejandro penetra rápidamente. Avanzando en combate, consigue acercarse tanto a Darío que el persa emprende la huida, con catastróficos resultados sobre la moral de sus combatientes. La batalla está decidida.

La victoria de Issos amplificó la fama de Alejandro tanto como socavó la autoridad y el poder del rey persa

Tras el combate, cayeron en manos macedonias la madre, la esposa y los hijos del soberano persa, aparte de todo el séquito real y la tesorería imperial de Damasco. Con ella Alejandro pagó la soldada a sus tropas y fundó su primera ciudad: Alejandreta, la actual Iskenderun.

Entre tanto, Darío le hizo llegar una propuesta: cedería a Alejandro todo el territorio hasta el río Hali (el actual Kizilirmak turco) a cambio de la liberación de su familia. El orgulloso macedonio la rechazó.

La victoria de Issos amplificó la fama de Alejandro tanto como socavó la autoridad y el poder del rey persa. Sin embargo, en vez de dar caza a su adversario, el macedonio procedió a conquistar Palestina y Fenicia, una estrecha franja de la costa mediterránea oriental, desde donde continuó su avance hacia Egipto. Su fama lo precedía hasta tal punto que las ciudades fenicias y la armada persa se le rindieron sin presen­tar batalla. Solo Tiro y Gaza se resistieron.

Tras siete duros meses de asedio, Tiro sufrió un brutal castigo: los hombres fueron masacrados (los últimos 2.000 supervivientes, crucificados a lo largo de la costa); las mujeres y los niños, vendidos como esclavos. Parecida suerte corrió Gaza. Batis, su gobernador persa, fue atado a un carro y arrastrado hasta morir por orden de Alejandro. El macedonio entró en la ciudad en calidad de conquistador.

Darío envió entonces una segunda propuesta: Alejandro reinaría hasta el Éufrates con el mismo rango de un rey de reyes persa; además recibiría una ingente cantidad de oro y a una de las hijas de Darío en matrimonio, todo a cambio de liberar a la familia real y poner fin a la contienda.

En 332 a.c. el ejército macedonio llega a Egipto, antes un reino poderoso y en aquel mo­­mento también bajo dominio persa. Alejandro, como buen griego, siente una profunda atrac­ción por la antiquísima civilización del Nilo.

Como quiera que los dominadores persas no son queridos en Egipto, el macedonio se hace con el control del país de los faraones en un paseo triunfal. Con todo, los sacerdotes de Menfis le dan a entender que debe rendir culto al panteón egipcio si pretende ser faraón, consejo que Alejandro decide seguir. En enero de 331 a.C. funda a orillas del Mediterráneo la ciudad de Alejandría, destinada a ser en los siglos posteriores una gran metrópoli cultural y cruce de caminos entre Europa, África y Asia.

Antes, sin embargo, Alejandro recorre acompañado de un reducido séquito más de 400 kilómetros por el abrasador desierto Líbico rumbo al oasis de Siwa para consultar uno de los orácu­los más destacados del mundo helénico, el del templo de Zeus-Amón, que se refiere a él como hijo de dioses. La peregrinación a Siwa y el dictamen del oráculo consolidaron la imagen del brillante estratega como faraón egipcio y hegemón griego. «Quien descendía de Heracles y Aquiles y vivía y competía con ellosdice Gehrke–, también podía tenerse a sí mismo por un héroe y un semidiós, y por ende buscar la aquiescencia de una respetadísima autoridad religiosa.»

En Egipto, Alejandro se presentó como un soberano racional dispuesto a respetar la religión y las tradiciones locales, y como tal fue aceptado. Pero prosiguiendo en su empeño por someter al Imperio persa, en abril del año 331 a.C. los macedonios regresan a Tiro, cruzan el valle de la Becá y alcanzan el río Éufrates, y a continuación atraviesan Asiria hasta el Tigris: cerca de 2.500 kilómetros en apenas seis meses.

Darío ha reunido unos 200.000 hombres al este del Tigris y elige como campo de batalla la llanura de Gaugamela. Llega la confrontación.

El 1 de octubre de 331 a.C. se ven las caras los casi 50.000 hombres de Alejandro y un ejército persa cuatro veces mayor. Es una lucha desigual. Así y todo, una vez más Alejandro percibe una fisura entre las alas derecha y central de los persas, y también una vez más se aventura con un ataque directo. Ni los carros falcados, ni los elefantes de guerra ni la abrumadora superioridad numérica del adversario logran detener su estrategia, que será considerada en adelante como una obra maestra de la táctica militar.

Alejandro es proclamado «rey de Asia»​

Su temerario ataque contra Darío desconcierta a las huestes asiáticas. Al comprender que tiene al enemigo prácticamente encima, el persa sale huyendo, igual que hizo en la batalla de Issos (una escena inmortalizada con gran dramatismo en el célebre mosaico alejandrino de Pompeya, si bien los historiadores están divididos a la hora de identificar el escenario como Gaugamela o Issos). Cuando la noticia de la ignominiosa huida de Darío llega a los soldados persas, el ejército se desbanda.

De esta contienda se habla en una de las contadas fuentes ajenas al universo griego, una tablilla con escritura cuneiforme en la que se recoge el desarrollo de los acontecimientos con concisión y sobriedad: «El día de este mes cundió el pánico en el campamento militar... Guerrearon y los griegos infligieron una derrota a los persas. [Perecieron] oficiales importantes. Él [Darío] dio la espalda a su ejército […] Se retiró al país de los guti». En el mismo campo de batalla, Alejandro es proclamado «rey de Asia».

El camino a Babilonia, la espléndida ciudad en el corazón del mundo entonces conocido, quedó libre después de Gaugamela. Apenas seis años después del inicio de la campaña, con cerca de 9.000 kilómetros a sus espaldas, Alejandro y sus hombres franquearon la puerta de Ishtar, que hoy puede admirarse en el Museo de Pérgamo de Berlín.

Todo cuanto los macedonios habían visto hasta entonces palideció ante la metrópoli del mundo antiguo que albergaba milenios de historia y civilización, un lujo inimaginable, una arquitectura formidable, jardines y palacios fastuosos. Alejandro contempló admirado los templos y muros titánicos y la red viaria de ingenioso diseño. No hubo saqueos ni masacres. La capital del mundo se sometió sin oponer resistencia.

Concedió a sus hombres cinco semanas de permiso, pero pronto la sed de exploración volvió a inflamarse en el rey, junto al propósito de capturar de una vez por todas al fugitivo Darío. Hasta que no estuviera en sus manos, Alejandro no sería su sucesor legítimo.

En Susa, una de las residencias reales, Alejandro ascendió oficialmente al trono persa tras una capitulación incruenta. Persépolis fue saqueada e incendiada. El «rey de Asia» peregrinó mientras tanto a las tumbas de los reyes de reyes e hizo una ofrenda en la de Ciro el Grande.

Retomó después la persecución de Darío, pero llegaría demasiado tarde. Bessos, uno de los hombres del soberano persa, lo había hecho ejecutar. Ante el cadáver de su enemigo, Alejandro lo cubrió con su propio manto real y ordenó que se le enterrara con todos los honores junto a los otros reyes de reyes, Ciro, Darío I y Jerjes I. Quiso simbolizar así que se consideraba a sí mismo heredero de los soberanos persas.

«Hace tiempo que Alejandro ya no se identifica como el adalid de una guerra de venganza griega –afirma Gehrke–, sino como un soberano del Imperio persa que respeta las tradiciones autóctonas. Ahora que se considera el legítimo rey de reyes y desea ser reconocido como tal, llamará a los persas a la venganza contra el regicida Bessos. Sus huestes griegas se horrorizarán: ¿acaso de repente deberán pelear al lado de los “bárbaros”?»

Las batallas y conquistas que culminaron con la entrada en Babilonia, Susa y Persépolis fueron, pese a las penurias y las bajas, una sucesión de aventuras audaces y triunfos deslumbrantes. El mundo fue testigo de la imbatibilidad del ejército macedonio y vio en su comandante un héroe sobrehumano. Pero lo que ocurriría entre 330 y 326 a.C. e inmediatamente después arrojaría una luz muy distinta sobre la figura de Alejandro y su campaña.

La persecución de Bessos y las posteriores expediciones llevaron a las tropas helenas hasta la costa meridional del mar Caspio y otras regiones aún más remotas de cuya existencia pocos de ellos tenían noticia: pisaron los actuales Afganistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Alejandro ya no libraba grandes batallas victoriosas, sino que sus tropas se desgastaban en una guerra de guerrillas. El «imperialismo alejandrino», como llamó el célebre historiador austríaco Egon Friedell a su ambición de dominar el mundo, se acercaba a su fin, e incluso entre las propias filas de Alejandro surgieron resistencias. Muchos griegos fueron distanciándose de su rey, a quien reprochaban su excesiva debilidad por las costumbres orientales, de las que ellos abominaban.

Alejandro acusó de conspirador y ajustició a Filotas, hijo de su veterano general Parmenión, a quien también haría ejecutar. Uno y otro eran orgullosos macedonios, seguramente poco entusiastas de una fusión entre Oriente y Occidente. Tampoco veían con buenos ojos los macedonios que Alejandro adoptase la indumentaria del rey de reyes e impusiese la prosquinesis, el ritual de saludo tradicional de los persas.

Alejandro puso gobernadores leales al frente de varias provincias y fundó ciudades tales como la Alejandría de Aria (actual Herat) y la Alejandría de Aracosia (actual Kandahar).

Los 16 días de marcha que exigía atravesar el paso de Khawak, a casi 4.000 metros de altitud, se convirtieron en un tormento en la primavera del año 329 a.C. La caravana militar se extendía más de 25 kilómetros a lo largo de un sendero sinuoso de pendiente infinita. Hacía un frío glacial. La nieve se acumulaba por doquier. Los soldados sacrificaban las bestias de tiro, pero no había leña con la que hacer fuego y tenían que comer la carne cruda. Desfallecidos, llegaron por fin al reino de Bactriana, que capituló sin oponer resistencia.

Apenas habían comenzado a recobrarse cuando reemprendieron una marcha todavía más atroz: 80 kilómetros a través de un desierto de dunas móviles y arenas movedizas hasta el río Oxus, el actual Amu Darya. El rebelde Bessos lo había cruzado en su huida y quemado todas las naves. Para atravesarlo, los macedonios tuvieron que construir balsas. En la Sogdiana la fortuna volvió a sonreír a Alejandro: en el verano de 329 a.C. Bessos fue capturado y entregado por sus propios aliados. El rey ordenó que le cortaran la nariz y las orejas, y que lo crucificaran. Vengada así la muerte de Darío, Alejandro era ya el soberano indiscutido de Persia.

Pero la victoria fue engañosa. Los sogdianos pronto se levantaron contra él e indujeron a las fuerzas alejandrinas a una guerra de guerrillas que se prolongaría más de un bienio. En el verano de 328 a.C. se produjo en Maracanda -actual Samarcanda- una acalorada discusión entre Alejandro y Clito. Desinhibido por el alcohol, este criticó la divinización del nuevo rey de reyes. El tono fue subiendo y, cegado por la ira, Alejan­dro traspasó con la lanza al hombre que seis años antes le había salvado la vida en el Gránico, una muerte que lamentaría profundamente.

En 327 a.C. el conquistador pudo finalmente regresar a Bactra (Balj). Ese mismo año desposó a Roxana, como una maniobra para ganar el favor de los sogdianos o tal vez por el amor que el griego sentía por la joven princesa.

Los hombres de Alejandro, cada vez más heridos en su orgullo patrio ante el creciente des­potismo del rey, se rebelaron contra él. Tras el fracaso de una conjura organizada por sus pajes, Alejandro tomó represalias y mandó ejecutar también a Calístenes, el cronista oficial de la corte, rompiendo la amistad con Aristóteles. El rey no solo vio menguados sus ejércitos, sino que cada vez eran menos sus compañeros leales. No le temblaba la mano si para lograr sus objetivos tenía que derramar sangre, aunque fuese la de sus allegados. «Poseía la vehemencia y la cruel indiferencia del romántico hacia la vida; era también un hombre rebosante de ambición apasionada que veía en lo desconocido una gran aventura –escribió el historiador británico Robin Lane Fox–. No creía en lo imposible

Es el último gran combate de Alejandro, y en él despliega una vez más su genio militar

El año 326 a.c. Alejandro se pone de nuevo en marcha con las miras puestas en la India. Es una empresa sangrienta: la resistencia surge por doquier. Su ejército arrasa sin piedad, sobre todo en las regiones montañosas. Alcanzan el Punjab, la región de los cinco ríos. Allí, en la margen del río Hidaspes, el rey indio Poros aguarda con más de 80 elefantes de guerra en impresionante formación de batalla.

Es el último gran combate de Alejandro, y en él despliega una vez más su genio militar. Para engañar a Poros, dispone a sus hombres por toda la margen del río y enciende numerosas fogatas como si se aprestara al combate. Esa noche cruza el Hidaspes unos 27 kilómetros aguas arriba y ataca al rey indio por el flanco. Cuando entre los elefantes cunde el pánico, al ordenar Alejandro que se liquide específicamente a los mahouts (los portadores de los elefantes), Poros tiene que rendirse. Ya hecho prisionero, Alejandro le pregunta cómo quiere ser tratado. Poros responde con orgullo: «Como rey». Y así fue: Alejandro le permitió seguir al frente de su reino con la condición de que le jurase lealtad.

Poco después de la batalla Alejandro pierde a su compañero más fiel: Bucéfalo, el caballo que lo había acompañado desde niño. Para honrarlo funda a orillas del Hidaspes la ciudad de Bucéfala.

Alejandro desea continuar hasta el río Ganges, pero el Punjab carece de las vías que habían facilitado su avance en Persia y Mesopotamia. Es la época del monzón y las tropas marchan con enorme dificultad. Exhaustos por la lluvia incesante, heridos tras la encarnizada batalla del Hidaspes, los hombres se niegan a cumplir las órdenes de su idolatrado comandante. Finalmente, a orillas del río Hifasis (actual Beas), Ale­jandro llega a su fin del mundo.

El rey se retira tres días a su tienda, igual que hiciera su emulado Aquiles. Después, resignado, conduce a sus hombres de regreso a Bucéfala. Construyen embarcaciones para navegar por el Indo abajo, pero no hay suficiente espacio para todos. Los soldados se ven obligados a llegar a la desembocadura como buenamente pueden.

Una vez más, despierta en Alejandro la sed de conquista. Marcha con sus hombres en una travesía atroz bajo el húmedo calor tropical. La malaria y la disentería hacen estragos entre los combatientes. Tigres, serpientes, insectos venenosos. Pero lo peor de todo son los ataques de los pueblos rebeldes de la región del Indo, a quienes Alejandro responde crucificando y aniquilando. Cuando en el verano del año 325 a.C. vuelve el monzón, Alejandro alcanza por fin la desembocadura del Indo. Desde allí zarpa el «rey de Asia», ofreciendo libaciones a los dioses.

Desde ese momento el camino sería siempre de retorno. Una parte del ejército, comandada por el general Crátero, puso rumbo noroeste para regresar directamente a Persia. Otra, con la misión de explorar la vía marítima, recorrió la costa en una flota capitaneada por Nearco. El grueso del contingente, sin embargo, siguió con Alejandro la ardua ruta que cruza las montañas de Makran. La marcha, a través de abrasados desiertos salinos y rocosos, fue una catástrofe. Cuando en diciembre del año 325 a.C. los destrozados supervivientes del ejército de Alejandro llegaron a la avanzadilla persa de Pura (actual Iranshahr), de los 60.000 que habían partido del Indo solo quedaban 15.000.

En la primavera de 324 a.C. tuvieron lugar en Susa grandes festejos, celebrados no solo para tratar de olvidar las penalidades pasadas y a los compañeros perdidos, sino también y sobre todo para fortalecer el vínculo entre griegos y persas, para propiciar la mezcla de ambos pueblos. Alejandro casó a 80 de sus generales y allegados con mujeres de la aristocracia persa; asimismo legitimó un gran número de niños fruto de las relaciones de sus soldados con mujeres orientales. Los fastos, en los que intervino el buen hacer de actores, narradores, danzarines y prestidigitadores indios, se prolongaron cinco días. Alejandro desposó a la primogénita de Darío III y a otra mujer del clan del monarca Artajerjes III.

Alejandro nombró visir a su mejor amigo, Hefestión, y a Ptolomeo lo nombró catador, un cargo clásico de la corte de un rey de reyes persa. Macedonios y griegos tenían la sensación de que su rey se alejaba cada vez más de ellos para abrazar los usos y costumbres de los «bárbaros». Cuando en la ciudad de Opis, a orillas del Tigris, Alejandro anunció el regreso a Macedonia de gran parte de sus efectivos, sus hombres se amotinaron. Una vez más, empero, su capacidad de persuasión se impuso. Al final regresaron más de 11.000 griegos.

La buena estrella de Alejandro pierde brillo irremisiblemente en otoño de 324 a.C., cuando en Ecbatana muere de forma inesperada Hefestión, su compañero de siempre y fiel hombre de confianza (y hay quien dice que también amante, algo nada insólito en la sociedad griega). Alejan­dro lo llora sin consuelo. Deja de comer días enteros, manda crucificar al médico que lo había atendido e incinera a su amigo en un podio colosal. De nuevo el mito de la Ilíada: así honró Aquiles a Patroclo.

En la primavera de 323 a.C. Alejandro regresa a Babilonia. En apenas un decenio el joven resplandeciente se ha convertido en un señor de la guerra endurecido, cubierto de cicatrices, atormentado por el dolor de viejas heridas, marcado por la pérdida de los amigos y las humillaciones sufridas. Pero el mundo sigue admirando su figura, sus hazañas, sus éxitos. Ha instaurado un arquetipo de liderazgo en el que algún día se verán reflejados César, Augusto y Napoleón Bonaparte. Zares, káiseres, papas y obispos llevarán su nombre.

Su afán de traspasar fronteras y su ambición de poder no perdieron un ápice de intensidad. Pronto Alejandro estaría planeando su próxima campaña militar, esta vez a Arabia. También miraría hacia Cartago y Roma.

No está claro si Alejandro sucumbió a la malaria o fue envenenado

Pero el fin llega sin anunciarse. «Después de una vida tan plena de misterios –escribe Lane Fox al biografiarlo–, una muerte anodina habría sido imperdonable.» Tras dos banquetes donde el alcohol corre a raudales, el estratega cae enfermo. La fiebre se apodera de él hasta devorarlo. El 10 de junio de 323 a.C., un mes antes de cumplir 33 años, muere en Babilonia Alejandro III de Macedonia, el «rey de Asia», autoproclamado hijo de Zeus, el gran conquistador.

No está claro si sucumbió a la malaria o fue envenenado. «Quizás una simple gripe o cualquier proceso infeccioso bastase para acabar con un organismo ya muy debilitado por la sucesión de sobreesfuerzos», especula Rupert Gebhard, experto en la figura del rey macedonio.

Dicen que en su lecho de muerte Alejandro legó su imperio «al más digno». Pero ese hombre no existía. Los suyos abandonaron la idea de la fusión de los pueblos poco después de que el conquistador muriera. Durante décadas se disputaron su legado, un vasto imperio que se de­­sintegró en un abrir y cerrar de ojos.

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