Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

La cultura nasca dejó tras de sí una vasta huella. Conocemos esta civilización que floreció en los Andes peruanos entre los años 200 a.C. y 600 d.C. gracias a unas inmensas figuras trazadas en las arenas del desierto (un colibrí, un mono, una orca, una araña y otros geoglifos), sólo visibles en su totalidad desde el aire. Pero los nasca no dejaron pistas concluyentes sobre la finalidad de esas intrigantes figuras.
El misterio de las líneas de Nasca ha llevado a numerosos arqueólogos a estudiar otros aspectos de esta civilización, entre ellos, cómo logró sobrevivir a la extrema aridez de aquella región de los Andes. El clima era, al igual que el nuestro, cambiante; la lluvia, impredecible y escasa; los ríos se secaban a menudo. Los esqueletos de cuerpos decapitados y enterrados con sumo cuidado en lugares como La Tiza (arriba) sugieren que cuando los nasca oraban para pedir abundancia, a veces recurrían al máximo sacrificio: la vida humana.
Este mes presentamos las últimas investigaciones de un equipo internacional financiado en parte por la Sociedad. A partir de la medición de la densidad del suelo que hay debajo de los geoglifos y del análisis de la materia orgánica presente en los restos de las viviendas, los científicos han estudiado cómo los nasca soportaron los cambios de clima y por qué crearon aquellas extrañas figuras. Finalmente, han desvelado una cultura que hoy calificaríamos de sostenible, con una enorme capacidad para gestionar unos recursos limitados.