Editorial: El último sorbo

Editorial_enero2015

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Enero de 2015

Hace algunas decenas de miles de años, durante el paleolítico superior, un río subterráneo recorría el interior de El Castillo, la cueva cántabra que fue habitada por grupos de cazadores-recolectores que dejaron en sus paredes un arte de primer orden. Hoy el río ha desaparecido y solo queda el lecho fluvial seco que serpentea por un intrincado sistema de galerías, en buena parte cerradas al público. En cierto punto del recorrido, a menos de medio metro del suelo y pintada con ocre rojo sobre la roca caliza, hay la figura de una yegua. Está herida de muerte: en su cuerpo se aprecian ensartadas las flechas de los cazadores que han dado en el blanco.
Además, está preñada. Exhausta tras la cacería, apenas tiene fuerzas para agacharse, acercar la cabeza al río y beber un agua que en otro tiempo discurrió de verdad, un agua «real». Como decimos, el río ya no existe, pero a veces, después de varios días seguidos de lluvia, el antiguo cauce recupera caudal y de nuevo sucede el milagro: la visión de la yegua bebiendo su último sorbo. A juzgar por la emoción que esta escena nos causa, su autor debió de tener mucho en común con nosotros, pese a que su vida fuese muy distinta a la nuestra. Un sentido poético y de la estética dignos de admiración, sin duda, pero sobre todo una mente abstracta y simbólica capaz de observar la realidad y de representarla con una imagen que fuera comprendida, interpretada y compartida por sus congéneres. También, miles de años después, por nosotros.
El reportaje de portada de este mes «Los primeros artistas» indaga en ese atributo que hizo de la especie humana una criatura radicalmente distinta al resto del mundo animal. Retrocede en el tiempo mucho más allá de El Castillo y de las grandes manifestaciones artísticas de las cuevas paleolíticas francoespañolas. Nos lleva de nuevo a África, a Oriente Próximo y a Indonesia, donde los investigadores han hallado rudimentarios trazos de una mente moderna que se remontan hasta 100.000 años atrás.
Si, como dice el autor del reportaje Chip Walter, «hoy nadamos en un universo de símbolos, desde las señales de una autopista hasta los iconos del iPhone», es gracias a aquellos primeros creadores, pioneros en la invención y transmisión del conocimiento, y quién sabe si pioneros también en el deseo consciente de despertar emociones como la que nos suscita hoy la yegua herida de El Castillo.