Editorial: El talento de un arquitecto

editorial_03_2014

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Marzo de 2014

Se dice que el mismísimo Miguel Ángel, cuando abandonaba Florencia para trasladarse a Roma, dirigió su mirada al Cupolone, como llaman los florentinos a la cúpula de la catedral de Santa Maria del Fiore, y, refiriéndose a su próximo proyecto de la basílica de San Pedro del Vaticano, sentenció: «Yo construiré otra cúpula que será su hermana; será más grande, sí, pero no más bella». El artista expresaba de este modo su admiración por otro genio renacentista, Filippo Brunelleschi, quien un siglo antes había recibido el encargo de coronar la catedral gótica inacabada. La grandeza de la cúpula de Brunelleschi reside no solo en su tamaño (es la más grande erigida hasta entonces en ladrillo), sino en el despliegue de inteligencia y audacia necesarios para resolver los problemas técnicos que planteó su construcción. Incluso antes de que esta diera comienzo, el innovador proyecto fue objeto de debate en una ciudad vibrante donde la creatividad y el talento artístico corrían a raudales, espoleados por la prosperidad económica y una concepción nueva del mundo.
Y lo sigue siendo todavía hoy entre los estudiosos que, a partir de hallazgos recientes (como el descubrimiento de una pequeña cúpula enterrada cerca del Duomo, tal vez un modelo a pequeña escala que ideó y utilizó Brunelleschi), intentan desgranar paso a paso cómo se fraguó con éxito esta joya arquitectónica de todos los tiempos. Teorías que se entrecruzan y contraponen en torno a la obra de una mente genial que apenas dejó documentación escrita.
Sucede con las grandes obras maestras: trascienden el lugar y el momento que las vieron surgir y escapan a las sucesivas interpretaciones que les brinda el curso de la historia, para revestirse de una vigencia imperecedera. Son obras abiertas que nunca nos cansamos de admirar. Extrañamente cercanas y a la vez inaprensibles, se empeñan en seducirnos mientras ocultan su naturaleza más intrínseca.