Editorial: Diario de guerra

editorial abril 2015

editorial abril 2015

Abril de 2015

Roma legó al mundo el arte del retrato, una tradición que había heredado de griegos y etruscos y que elevó a altas cotas de perfeccionamiento. Los emperadores romanos comprendieron pronto cuán importante era la imagen para la reafirmación de su poder y para la propaganda política en una sociedad donde muy pocos sabían leer y escribir, y menos aún hablaban el latín culto de las élites patricias.
A partir de Augusto, las estatuas y los bustos de quienes regían el destino del Imperio podían verse en los espacios públicos y privados de la metrópoli y en los de toda colonia romana, por muy remota que esta fuera. La escultura cubrió altares, columnas y arcos triunfales con narraciones que ensalzaban la grandeza del césar o la eficacia del ejército en la imparable conquista del mundo. Mármol y bronce convertidos en vehículos de ideología.
Roma era, además, una sociedad guerrera. Su prosperidad y la consolidación de sus valores a menudo se fraguaban a miles de kilómetros del Foro, en fronteras donde los ejércitos romanos forzaban a pueblos enteros a un dilema: jurar fidelidad al emperador (y pagar pingües impuestos) o desaparecer de la faz de la Tierra.
El reinado de Trajano, primer emperador de la dinastía Antonina, no fue una excepción. Tras incorporar la Dacia a sus dominios, no solo celebró su victoria con más de cien días de juegos, 10.000 gladiadores y 11.000 fieras salvajes. Ordenó erigir una columna en el corazón de la ciudad que «ilustrara» a sus súbditos acerca de todo aquello que los ejércitos llegaban a hacer por Roma para garantizar el suministro de oro, plata, trigo y esclavos. Un friso esculpido que se despliega en espiral hacia lo alto y que constituye un diario de guerra que desciframos este mes en el artículo de portada, a través de las investigaciones de los expertos que intentan desvelar qué hay de realidad en la columna Trajana y qué de mitificación propagandística. Una tarea compleja.
En lo que sí parecen estar de acuerdo los estudiosos es en que, si hubo propaganda, fue de lo más eficaz. Trajano reinó hasta su muerte, en el año 117 d.C., y fue recordado como un soberano que gobernó «guiado por la virtud y la sabiduría». Una óptima reputación que ha perdurado hasta nuestros días: la decimosegunda estrofa del himno nacional de Rumania –antigua patria de los masacrados dacios– proclama: «En nuestros corazones guardamos con orgullo un nombre triunfante en las batallas, el nombre de Trajano».