Así murió María Tudor

Bloody Mary, "la sangrienta María", quien persiguió brutalmente a los protestantes ingleses, murió posiblemente de un quiste ovárico o de un cáncer uterino

María Tudor

María Tudor

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17 de noviembre de 2013

María Tudor, la reina sangrienta

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Enrique VIII se sintió profundamente disgustado porque su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, no le había proporcionado un heredero varón que asegurara la sucesión al trono de Inglaterra. Tras varios embarazos fallidos y muertes prematuras, María (Greenwich, 1516) fue la única hija que sobrevivió a la infancia. Catalina reclamó al humanista valenciano Juan Luis Vives, con quien mantenía una amistad, para que instruyera a la joven princesa, sobre todo en el conocimiento del latín. María también aprendió el griego, el francés y el español, que le era familiar. La separación de sus padres le causó un gran pesar, que se tradujo en jaquecas, palpitaciones y una depresión que sufriría el resto de su vida. Ante el dilema de secundar el protestantismo de su padre o inclinarse por la fe católica de su madre, decidió mantenerse fiel a su madre.

Embarazos fantasma

María ocupó el trono en 1553, a los 37 años de edad, y poco después se fijó en el príncipe Felipe, hijo de Carlos V. Rubio y de porte distinguido, como lo contempló retratado en una pintura de Tiziano, se sintió cautivada por la belleza del príncipe español. Felipe accedió a sus pretensiones, aunque más bien con fines políticos, ya que no experimentaba ningún deseo carnal por ella, que era once años mayor que él. Durante su reinado, María emprendió una feroz represión contra todos aquellos contrarios a la reinstauración del catolicismo, condenando a la hoguera a 273 personas, de ahí el sobrenombre de Bloody Mary, la sangrienta María.

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Los reiterados embarazos imaginarios y la pérdida de Calais, tomada por los franceses en enero de 1558, provocaron en la reina una depresión que agravó su enfermedad. María Tudor murió el 17 de noviembre de 1558, hace 455 años, en el palacio de St. James, en Londres, posiblemente como consecuencia de un quiste ovárico o de un cáncer uterino.