Kenia

Hallan la evidencia más antigua de un conflicto humano

"Está en nuestra biología ser agresivos y letales, de la misma forma que lo está ser profundamente cariñosos y afectuosos", expresa Robert Foley

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nataruk1. Cráneo de un hombre

Cráneo de un hombre

Cráneo de un hombre con múltiples lesiones realizadas con un instrumento contundente como un garrote.

Foto: Marta Mirazon Lahr, mejorada por Fabio Lahr

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Excavación de un esqueleto

Excavación de un esqueleto

Justus Edung y Marta Mirazon durante la excavación del esqueleto de una mujer que probablemente fue atada.

Foto: Robert Foley

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Esqueleto de un hombre

Esqueleto de un hombre

Esqueleto de un hombre con múltiples lesiones en el cráneo.

Foto: Marta Mirazon Lahr, mejorada por Fabio Lahr

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Esqueleto de un hombre

Esqueleto de un hombre

Esqueleto de un hombre con lesiones en el cráneo y una perforación en una vértebra junto al cuello que sugiere que fue atacado con una flecha.

Foto: Marta Mirazon Lahr

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Esqueleto de una mujer

Esqueleto de una mujer

Esqueleto de una mujer con fracturas en las rodillas y posiblemente también en el pie izquierdo. La posición de sus manos sugiere que fue atada por las muñecas.

Foto: Robert Foley

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Mujer embarazada

Mujer embarazada

Reconstrucción esquemática del esqueleto de una mujer joven que estaba embarazada cuando murió. Se escontraba sentada, con los brazos cruzados entre las piernas.

Ilustración: Marta Mirazon Lahr

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nataruk7. Manos de un esqueleto

Manos de un esqueleto

Manos del esqueleto de una mujer que probablemente fue atada.

Foto: Marta Mirazon Lahr, mejorada por Fabio Lahr

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nataruk8. Proyectil de obsidiana

Proyectil de obsidiana

Proyectil de obsidiana que estaba alojado en un cráneo.
 

Ilustración: Alex Wilshaw / Foto: Marta Mirazon Lahr

"Está en nuestra biología ser agresivos y letales, de la misma forma que lo está ser profundamente cariñosos y afectuosos", expresa Robert Foley

Unos 10.000 años atrás, una comunidad de cazadores-recolectores se estableció de forma provisional o permanente a orillas del inmenso lago Turkana, situado al norte de la actual Kenia, en África. Los arqueólogos saben que fue una comunidad porque han hallado restos óseos de 27 individuos, entre ellos hombres, mujeres y niños; y saben que se establecieron a orillas del lago porque han hallado restos de cerámica que sugieren un almacenamiento de comida, que debieron de obtener a través de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres.

Esta comunidad fue asaltada y masacrada por otro grupo prehistórico. Nunca sabremos quiénes fueron los asaltantes y, después de tantos milenios, tampoco importa. Lo que sí que importa es que se trata de "la evidencia más antigua, fechada científicamente, de un conflicto humano, precursor de lo que hoy conocemos como guerra", explica la Universidad de Cambridge en un comunicado. ¿Cómo saben los arqueólogos que hubo un acto de violencia?

Los cuerpos no recibieron sepultura. Algunos cayeron al lago y se conservaron durante milenios en su posición original. Las aguas se retiraron debido a las sequía y el sitio arqueológico, denominado Nataruk, quedó al descubierto en 2012. Los arqueólogos presenciaron un instante inalterado durante miles de años y el tiempo transcurrido no había eliminado el rastro de muerte y destrucción. Una evidencia indiscutible de lo que éramos.

Diez esqueletos mostraban signos manifiestos de muerte violenta: fuertes traumatismos en el cráneo y en los pómulos; manos, rodillas y costillas rotas; lesiones infligidas con flechas en el cuello; y proyectiles alojados en el cráneo y en el tórax de dos hombres. Cuatro de los esqueletos se encontraban en una posición que probablemente indica que fueron atados de manos, entre ellos una mujer en las últimas fases del embarazo. Los hallazgos de Nataruk han sido depositados en el Instituto de la Cuenca de Turkana, en Kenia.

"No tengo dudas de que está en nuestra biología ser agresivos y letales, de la misma forma que lo está ser profundamente cariñosos y afectuosos. Gran parte de lo que sabemos sobre la biología evolutiva humana sugiere que estas son las dos caras de la misma moneda", expresa Robert Foley, de la Universidad de Cambridge. El estudio fue publicado el 20 de enero en Nature.