Barcelona

Descubren cuatro esqueletos de 6.400 años de antigüedad en Begues

En la cueva de Can Sadurní se descubrieron hace años los restos de cerveza más antiguos hallados en Europa

Cueva de Can Sadurní

Cueva de Can Sadurní

© ARXIU: CIPAG / FOTO: JORGE CHAMPÍ FARFÁN

19 de noviembre de 2013

La cueva de Can Sadurní, situada en el municipio de Begues (Barcelona), en pleno macizo del Garraf, aún encierra los misterios insondables del neolítico mediterráneo. El equipo arqueológico de la Universidad de Barcelona (UB), que dirige las excavaciones desde 1978, anunció en 2004 el descubrimiento de los restos de cerveza más antiguos hallados en Europa, de unos 6.300 años de antigüedad, y el año pasado reveló el hallazgo de la estatuilla de cerámica más antigua de la península Ibérica, de unos 6.500 años de antigüedad, conocida como el Encantat de Begues. En esta ocasión, los arqueólogos han sacado a la luz cuatro esqueletos humanos, de unos 6.400 años de antigüedad, inhumados según un modelo funerario desconocido hasta ahora en la península Ibérica, según ha informado en un comunicado el Colectivo para la Investigación de la Prehistoria y la Arqueología de Garraf-Ordal, que colabora con el Seminario de Estudios e Investigaciones Prehistóricas de la UB.

Los esqueletos se han conservado prácticamente íntegros debido a un leve desprendimiento de piedras desde el exterior que debió ocurrir poco después de la muerte de los individuos, o cuando se inició el proceso de descomposición, y que los protegió durante milenios. Los restos mortales pertenecen a un hombre de unos 50 años de edad, a un menor de sexo indefinido, bastante deteriorado, y a dos infantes, de entre tres y cuatro años y de entre cinco y seis años, respectivamente. El adulto había sido enterrado junto a un ajuar funerario que consta de un vaso ovoide con dos asas y de restos seleccionados de dos cabras y un ternero. Bajo su brazo izquierdo, a la altura del codo, se ha encontrado un colgante de hueso pulido con una perforación para sostenerlo.

Los cuerpos no fueron enterrados, sino que fueron colocados en posición fetal y alineados -con un metro de separación aproximadamente entre cada uno de ellos- siguiendo el contorno de la pared norte de la cueva, que describe un arco. La posición replegada de los cuerpos indica que los cadáveres debieron ser atados con cuerdas y envueltos con una mortaja que los constreñía. Los arqueólogos calculan que esta práctica funeraria duró unos 200 años. Los sedimentos se acumularon sobre los cuerpos a lo largo de miles de años hasta que desaparecieron sin dejar rastro.