Monzones, el agua que trae vida

Cada verano, enormes nubes preñadas de lluvia sombrean los cielos del subcontinente indio

31 de julio de 2017

De noviembre a mayo, en el Asia monzónica los cielos se cierran, el aire se llena de polvo y el calor se vuelve sofocante. Pero a partir de junio el agua se precipita sobre la tierra. Durante meses, la sequía más absoluta. De pronto, la inundación.

Para gran parte de los habitantes de la India, Bangladesh y Myanmar un monzón favorable significa prosperidad y salud. Pero si las lluvias se retrasan o son escasas o excesivas, la cosecha puede echarse a perder. Los campesinos tendrán que abandonar entonces la aldea rumbo a la ciudad.

En mayo la inquietud se palpa en el aire. Los meteorólogos y las deidades propiciatorias reciben más atención. Un día empiezan a formarse nubes oscuras. Cual castillos monumentales, van creciendo como si quisieran tocar el suelo. Finalmente abren sus odres. Una cortina de gotas grandes, pesadas, tibias al principio, más frías conforme empapan la ropa y la piel, vela el aire. En las semanas siguientes la lluvia volverá a caer, reiterativa como un mantra.

Una cortina de gotas grandes, pesadas, tibias al principio, más frías conforme empapan la ropa y la piel, vela el aire

Los trabajos en los arrozales se acrecientan pues hay que aprovechar la fertilidad del momento. Las mujeres recogen las hojas de té protegidas por grandes sombreros. Los niños conducen a los búfalos. Cuando el aguacero arrecia, los campesinos descalzos se acuclillan bajo un saco de yute. La dignidad no se pierde, ese parece el gran secreto. Por las calles anegadas de las ciudades circulan triciclos a pedales. Sus conductores transportan a quien puede permitírselo: oficinistas con el traje mojado, mujeres con saris, monjes tranquilos... En apenas dos meses los campos se teñirán de esmeralda y el precio de tanta incomodidad se habrá pagado gustosamente.

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