En temas de alimentación, energía y educación los estadounidenses no siguen a los expertos.

Una encuesta revela la brecha existente entre científicos y ciudadanía

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Por Dan Vergano
National Geographic

¿Qué tienen en común la Estación Espacial Internacional y los combustibles de bioingeniería? Muy sencillo: son prácticamente los únicos avances tecnológicos que gozan del doble beneplácito de la comunidad científica y de la opinión pública estadounidense.

En casi todos los demás asuntos científicos se abre una «brecha de opinión» generalizada que separa a los expertos de la gente de la calle, revelan las encuestas publicadas el mes pasado por el Centro de Investigaciones Pew. La brecha persiste en cuestiones que vienen de lejos, como las causas del cambio climático y la seguridad de la energía nuclear, y se hace patente en las noticias de actualidad, como la polémica sobre los brotes de sarampión vinculados a niños no vacunados.

Según los científicos, esta brecha de opinión apunta a deficiencias tanto en su propia capacidad de divulgación como en los programas de educación científica. En este último punto, al menos, el público está de acuerdo. La mayoría de los científicos y los ciudadanos coinciden en calificar de mediocre, en el mejor de los casos, la educación recibida en Estados Unidos.

Si la población estadounidense desea seguir beneficiándose de la ciencia, apunta Alan Leshner, director de la Asociación Estadounidense por el Progreso de la Ciencia (AAAS), el actual panorama no es nada alentador.

«Existe una desconexión entre la percepción pública de la ciencia y la concepción que de ella tienen los propios científicos –dice Leshner, cuya organización, radicada en Washington, D.C., trabajó con Pew en las encuestas–. Los científicos deben actuar para cambiar esta situación.»

En un editorial de la revista Science, Leshner instaba a los científicos a frenar personalmente la creciente apertura de un «abismo insalvable» entre las actitudes de los investigadores y de los contribuyentes que financian el grueso de la investigación esencial.

Una fisura cada vez más grande

Para hacer una comparación directa de las actitudes de los expertos y de las de la gente de la calle, las dos nuevas encuestas plantearon a 2.002 adultos estadounidenses y a 3.748 miembros de la AAAS (descritos como «un grupo heterogéneo de científicos profesionales») idénticas preguntas acerca de sus opiniones en materia de logros científicos, educación y temas controvertidos.

«La gente sigue viendo la ciencia con buenos ojos», explica desde Pew la experta en demoscopia Cary Funk. Pero en comparación con hace cinco años, añade, «detectamos algo de acritud en las ideas. Si miras las preguntas en conjunto, te quedas impresionado por las grandes discrepancias entre ciudadanos y científicos».

Sobre la seguridad de los pesticidas y de los alimentos genéticamente modificados, por ejemplo, se registra una diferencia de 40 puntos o más entre los porcentajes de expertos y de ciudadanos que conceden su aprobación; la mayoría de los científicos afirma que es seguro consumir alimentos genéticamente modificados. Sobre el componente antropogénico del cambio climático y en materia de evolución, la diferencia entre ambos grupos supera los 30 puntos porcentuales. Casi igual de abultadas son las discrepancias en cuanto a vacunación, investigación con animales y perforaciones petroleras en aguas marinas.

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«Vemos que la brecha se agranda en un amplio número de temas», dice Funk al comparar los resultados actuales con los de encuestas pasadas.

Ciencias políticas

Aunque los científicos apuntan a la falta de conocimientos científicos por parte del público, «que los científicos se pongan a dar charlas en las asambleas del Club Kiwanis no va a cambiar las opiniones mayoritarias sobre la ciencia», afirma Jon Miller, experto en demoscopia de la Universidad de Michigan en Ann Arbor.

Los resultados de la encuesta no presentan variaciones extremas respecto de sondeos pasados, pero ello no hace sino agravar la preocupación por el futuro de la ciencia, añade Miller. El apoyo a la investigación ha pasado de ser un sólido fundamento de la sociedad estadounidense a presentar fisuras por las refriegas políticas en materia de evolución humana, células madre embrionarias, cambio climático y demás cuestiones.

«Se han politizado muchos temas científicos –dice Miller–. En mi opinión este informe no entra de lleno en esa realidad, la realidad de que el Partido Republicano [estadounidense] ha buscado el apoyo político de votantes con creencias religiosas que muchas veces contradicen la ciencia.»

En este sentido, un estudio de American Sociological Review también publicaba en enero que en torno al 20 por ciento de los adultos estadounidenses tienen profundas convicciones religiosas y aceptan que la astronomía, la radiactividad y la genética son realidades científicamente establecidas, pero rechazan la evolución humana y el big bang. Se trata de ciudadanos de alto nivel socioeconómico y cultural, en absoluto «analfabetos científicos», que ven la ciencia con buenos ojos, como indica el autor principal del artículo, Timothy O'Brien, de la Universidad de Evansville, en Indiana. Simplemente desechan aquellas verdades científicas que chocan con su lectura literal de la Biblia.

En los últimos diez años, analistas de la opinión pública como Dan Kahan, de Yale, han constatado que las opiniones del público acerca de muchas cuestiones científicas –como son el clima y la evolución– vienen dadas en gran parte por sus consideraciones culturales. En la misma línea, el sociólogo Robert Brulle, de la Universidad Drexel en Filadelfia, descubrió que cuando un líder político cambia de opinión acerca del cambio climático, los votantes tienen más probabilidades de dejarse convencer por él que por las voces de los científicos.

Leshner, en cambio, discrepa. «Un líder político no tiene la credibilidad de un científico bien documentado», dice.

Leshner sostiene que los científicos tienen más posibilidades de persuadir a la opinión pública si abogan por la ciencia en foros reducidos, tales como asociaciones de jubilados o clubs de lectura, que en el típico paraninfo. «Es importante que el público comprenda que los científicos también son personas.»