Un pinchazo a tiempo

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16 de marzo de 2015

Desde que en 1796 Edward Jenner raspó las pústulas de una joven lechera contagiada de viruela bovina y usó los fluidos para inoculársela a un niño de ocho años con la esperanza de inmunizarlo contra la viruela humana, la práctica de la vacunación ha sumado no pocos éxitos.
A las vacunas se les atribuye una reducción del 99 % en la incidencia de la difteria, el sarampión, las paperas y la rubéola en Estados Unidos. Con posteriores versiones de la vacuna, en 1979 se erradicó la viruela en todo el mundo.
Para los investigadores, las vacunas tienen el mismo nivel que el agua potable, la higiene o la nutrición en la lista de necesidades sanitarias. En Estados Unidos los subsidios para la atención pediátrica y los requisitos de acceso al sistema escolar ayudan a garantizar la cobertura en los niños. Los adultos, fuente importante de las infecciones infantiles, no están tan bien protegidos. Las autoridades y los profesionales sanitarios deben educar a la población para incrementar la tasa de vacunación adulta, según el experto L. J. Tan, de la Coalición para el Fomento de la Vacunación. «Las vacunas no se ponen solas.»