El nacimiento del sistema solar: todo surgió en el caos

Según sugieren las investigaciones, la juventud del sistema solar fue tormentosa, caótica y violenta

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Solar System Bombardment v2 IPAD. El Gran Bombardeo Tardío

El Gran Bombardeo Tardío

Hace entre 3.800 y 4.000 millones de años la Tierra sufrió lo que los científicos denominan el Gran Bombardeo Tardío, una misteriosa lluvia de asteroides y cometas que devastaron la mayor parte de la superficie de nuestro planeta. También la Luna se llenó de cráteres. 

Ilustración: Dana Berry / Fuentes: Stephen Mojzsis, Universidad de Colorado / Instituto de Ciencia Lunar de la NASA; William Bottke, Instituto de Investigación del Sudoeste (SWRI)

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02-solar-system-nice-model-990x743. La perturbación de los gigantes

La perturbación de los gigantes

El Gran Bombardeo Tardío de la Tierra pudo ser el resultado de una fuerte alteración de las órbitas planetarias, que hizo que Neptuno (en primer término) y Urano trastocaran un cinturón de cometas, y Júpiter, el cinturón de asteroides. Según el modelo de Niza (así llamado en referencia a la ciudad donde se concibió), Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno nacieron muy juntos dentro de la nebulosa protosolar, una nube con forma de disco cuajada de detritos de roca y hielo. A medida que los cuatro planetas gigantes absorbían o repelían esos residuos con su potente gravedad, experimentaban en su propia órbita desplazamientos lentísimos que culminaron en un punto de inflexión. 

Ilustración: Dana Berry / Fuentes: Harold Levison y Dan Durda, SWRI

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Como un rejoj

Los antiguos planetarios de mesa representaban un sistema solar predecible. El real es más azaroso: deslizar hoy un lápiz sobre la mesa puede significar que dentro de mil millones de años Júpiter vaya media órbita más adelantado. 

Ilustración: Dana Berry / Fuentes: Harold Levison y Dan Durda, SWRI

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MM8102 20121128 06203. Rocas viajeras

Rocas viajeras

En el pasado, en algún lugar entre Marte y Júpiter, chocaron dos asteroides. Este meteorito de 900 gramos probablemente procede del más grande, llamado Vesta. La gravedad de Júpiter lo lanzó después hacia la Tierra y aterrizó en la Antártida. 

Foto: Mark Thiessen

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MM8102 20121112 00070. La antena de Goldstone

La antena de Goldstone

La californiana antena Goldstone, de 70 metros de diámetro, genera imágenes de radar que revelan el tamaño, la velocidad y la distancia de los asteroides, y si se dirigen hacia la Tierra. En febrero, una roca de 40 metros pasó a 27.700 kilómetros de nuestro planeta.

Foto: Mark Thiessen

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como. Polvo de cometa

Polvo de cometa

Un científico examina los colectores con el polvo atrapado por la Stardust al pasar junto al cometa Wild 2. Cada mota dejó un rastro del grosor de un pelo (derecha) al incrustarse en el aerogel a más de 20.000 kilómetros por hora. 

Foto: Mark Thiessen

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Solar System Collision mon. El nacimiento de la Luna

El nacimiento de la Luna

El nacimiento de los planetas hace 4.500 millones de años fue extremadamente violento. Adquirieron su tamaño al absorber embriones planetarios rivales en una sucesión de colisiones titánicas, en una de las cuales la Tierra probablemente se hizo con su satélite (abajo). El gran tamaño, la baja densidad y otras características de la Luna sugieren que nuestro satélite nació de una explosión de detritos producida a raíz de la colisión de un protoplaneta del tamaño de Marte contra la Tierra, que se desintegró a sí mismo y destruyó parte del manto rocoso de la Tierra (izquierda). Una hipótesis reciente postula que en un principio la Luna tenía una hermana menor. 

Ilustración: Dana Berry / Fuentes: Robin Canup, SWRI

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hs-1994-33-a-full com. Un cometa impacta en Júpiter

Un cometa impacta en Júpiter

Seguida por telescopios y emitida por televisión, la colisión del cometa Shoemaker-Levy 9 en 1994 fue una prueba clara de que el sistema solar todavía es un lugar violento, y que Júpiter protege a la Tierra al actuar como una «aspiradora de cometas».

Foto: H. Hammel, MIT y NASA

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f2 399252070 nat-geo 3000[1. El supervivivente del sistema solar

El supervivivente del sistema solar

Vesta soportó millones de años de impactos y hoy, con más de 500 kilómetros de diámetro, es el tercer asteroide más grande del cinturón entre Marte y Júpiter. El 6 % de los meteoritos que caen en la Tierra son fragmentos de Vesta. 

Foto: NASA/JPL/UCLA/Sociedad Max Planck/Centro Aeroespacial Alemán/Instituto de Redes de Comunicación y Sistemas Informáticos

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Solar System IceGiant v2 com. Un desván de información

Un desván de información

Durante el caos inicial del sistema solar, se cree que Júpiter lanzó al espacio profundo billones de cometas y quizás unos pocos planetas. Apenas dependientes del Sol, hoy forman una nube esférica –la llamada nube de Oort– alrededor del sistema solar que conocemos. En esta perspectiva desde la nube, el Sol y su séquito familiar forman un pequeño remolino brillante, mientras que en primer término aparece un planeta aún sin descubrir. El nuevo telescopio que se está construyendo en Chile podría revelar planetas como este. 

Ilustración: Dana Berry / Fuentes: Harold Levison y Dan Durda, SWRI

25 de julio de 2013

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Las mejores imágenes del nuevo Hubble

La partícula de polvo se había tomado de la cola de un cometa a más de 350 millones de kilómetros de distancia. Ahora, colocada bajo un microscopio electrónico en un laboratorio subterráneo de la Universidad de Washington, su imagen iba creciendo hasta llenar por completo la pantalla del ordenador como si fuese un paisaje extraterrestre. Dave Jos­wiak amplió a 9.000 aumentos una zona oscura que recordaba un acantilado escabroso. Enseguida se deshizo en minúsculos puntitos de intenso color negro azabache. «Algunos de estos puntos apenas miden un par de nanómetros, son sorprendentemente pequeños –dijo Joswiak con reverencia–. Creemos que se trata de la ma­­teria primordial, inalterada, a partir de la cual se formó todo cuanto existe en el sistema solar.»

La mota de polvo tiene un nombre: Inti, como el dios inca del sol. Probablemente pasó casi todo el tiempo de los últimos 4.500 millones de años ultracongelada más allá de Neptuno, dentro del cometa Wild 2. Hace unos decenios el Wild 2 acabó entrando de algún modo en una trayectoria que lo llevó al interior de la órbita de Júpiter, donde empezó a desintegrarse con el calor del Sol. En enero de 2004 una sonda de la NASA llamada Stardust pasó junto al Wild 2 y atrapó miles de motas de polvo con un colector de aerogel, un material vidrioso y esponjoso que parece humo congelado. Dos años más tarde la cápsula que llevaba este delicado cargamento descendió en paracaídas sobre el desierto de Utah. El equipo de la Stardust extrajo del gel las partículas de polvo, las colocó en los microscopios electrónicos y contempló el nacimiento de nuestro sistema solar. Lo que vieron los dejó atónitos.

Los granos de Inti contenían minerales exóticos, duras partículas de roca, tungsteno o nitruro de titanio que solo pudieron crearse en las inmediaciones del Sol recién nacido

Los científicos saben desde hace tiempo que los planetas, los cometas y otros cuerpos que orbitan el Sol nacieron hace unos 4.500 millones de años a partir de un disco de polvo y gas en rotación llamado la nebulosa protosolar. Siempre habían dado por supuesto que cada uno de esos cuerpos se formó más o menos en la zona de su órbita actual. En las gélidas regiones transneptunianas, el material disponible para la formación de cometas debía de ser una mezcla de hielo y polvo esponjoso y rico en carbono. Pero los granos oscuros de Inti contenían minerales exóticos, duras partículas de roca y metales como tungsteno y nitruro de titanio que solo pudieron crearse en las inmediaciones del Sol recién nacido, a temperaturas superiores a los 1.700 °C. Tuvo que darse algún proceso violento que los arrojase al sistema solar exterior.

«Nos quedamos atónitos –explica Donald Brownlee, director del equipo de la Stardust y jefe de Joswiak–. Fue asombroso encontrar aquellos materiales formados a temperaturas altísimas en los cuerpos más fríos del sistema solar. El sistema solar se estaba volviendo del revés, literalmente.»

Cuando la mayoría de nosotros éramos niños, el sistema solar parecía estable y bien organizado. «Había nueve planetas que recorrían eternamente y con la precisión de un reloj unas órbitas perfectamente definidas –dice Renu Malhotra, de la Universidad de Arizona–. Desde siempre y para siempre.» Los planetarios modernos y aquellas preciosas maquetas móviles llamadas orreries, o planetarios de mesa, daban forma a esa idea, que se remonta a Isaac Newton. A fines del siglo XVII el físico inglés demostró que la órbita de un planeta puede calcularse a partir de su interacción gravitatoria con el Sol. Muy pronto los relojeros se lanzaron a fabricar planetarios de mesa cada vez más sofisticados, con planetas metálicos que giraban en torno al Sol sin desviarse jamás de su camino.

Isaac Newton, científico y alquimista

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Isaac Newton, científico y alquimista

El propio Newton sabía que la realidad era menos primorosa. Los planetas, reconocía, también debían de influirse entre sí. Aunque sus campos gravitatorios sean mucho más débiles que el del Sol, con el tiempo acaban influyendo en las trayectorias de sus vecinos. En consecuencia, y en palabras de Brownlee, «la órbita circular no existe». En principio la atracción implacable de la gravedad puede magnificar esas pequeñas desviaciones hasta que las órbitas acaban migrando, cruzándose o desbaratándose en cualquier sentido. Newton concluyó que Dios debía de to­­mar cartas en el asunto de vez en cuando para ajustar ese mecanismo de relojería planetaria, pero no supo determinar cuándo. Ni siquiera él, el inventor del cálculo, logró resolver el «problema de los n-cuerpos»: no dio con una fórmula que calculase prospectivamente las órbitas de múltiples cuerpos celestes que se mueven bajo la acción de sus atracciones gravitatorias mutuas.

En la práctica nadie halló pruebas de que las órbitas planetarias hubiesen cambiado alguna vez, de modo que se consolidó la teoría de un sistema solar preciso como un reloj y estable para siempre (incluso sin ajustes del Creador).

Pero en los últimos años ha surgido una interpretación mucho más impactante. Los hallazgos de la Stardust indican que el sistema solar se volvió del revés durante su infancia, y hoy muchos científicos creen que también vivió una adolescencia tormentosa: cientos de millones de años después de formarse, los planetas mayores ocuparon órbitas nuevas, lanzando grandes rocas y cometas por doquier. La superficie irregular de la Luna sería testimonio de ese caos formidable.

¿Quién podía imaginar que los planetas gi­­gantes pudiesen desplazarse de su órbita, que la estructura del sistema solar pudiese variar?

«¿Quién podía imaginar que los planetas gi­­gantes pudiesen desplazarse de su órbita, que la estructura del sistema solar pudiese variar?», se pregunta Alan Stern, del Instituto de Investigación del Sudoeste (SWRI) en Boulder, Colorado. Ya había algunos indicios, apunta, pero no se manifestaron hasta que llegaron nuevas imágenes telescópicas y los «planetarios de mesa digitales»: complejos algoritmos que calculan las órbitas pasadas y futuras de los planetas.

La primera pista la ofreció Plutón. Este bicho raro del sistema solar presenta una órbita muy inclinada respecto del plano de la eclíptica (el plano en el que orbitan los ocho planetas), y tan excéntrica que su separación del Sol oscila entre 30 y 50 unidades astronómicas (la distancia media entre la Tierra y el Sol). Pero lo más curioso de Plutón es su vínculo con Neptuno. Se trata de un fenómeno llamado resonancia orbital: cada tres vueltas que describe Neptuno en torno al Sol, Plutón describe dos, y lo hacen de tal manera que uno y otro nunca se aproximan.

En 1993 Renu Malhotra calculó cómo podría haber surgido esa sincronía exacta. Postuló que en los primeros tiempos del sistema solar, cuando estaba lleno de asteroides y cometas, Neptuno estaba más cerca del Sol. Si alguno de aquellos cuerpos se hubiese aproximado a Neptuno, la potente gravedad del planeta o bien lo habría lanzado hacia el Sol o bien lo habría arrojado fuera del sistema solar. Como toda acción genera una reacción, la órbita de Neptuno también habría sufrido un mínimo desplazamiento. Un ser humano –ni siquiera un Newton– nunca po­­dría calcular el efecto de billones de interacciones de esta índole, pero el modelo informático de Malhotra mostró que típicamente forzarían a Neptuno a alejarse del Sol. Según su hipótesis, así fue como Neptuno «capturó» a Plutón, que ya orbitaba mucho más lejos, y se encadenó a él en una danza acompasada por arte de la gravedad.

Sus colegas no lo veían claro, pero en menos de un decenio se demostró que la astrofísica estaba en lo cierto. En el cinturón de Kuiper, una región oscura que se extiende más allá de Neptuno, los telescopios delataron la presencia de múltiples plutinos, minúsculos mundos helados que también tienen una resonancia 2:3 con Neptuno. La única explicación posible, afirma Malhotra, es que Neptuno haya avanzado hacia el cinturón de Kuiper como un quitanieves gravitatorio, esto es, amontonando planetas enanos en nuevas órbitas. «En cuanto se descubrieron los plutinos, todo resultó evidente –dice–: la migración planetaria prácticamente pasó a ser una idea de manual.»

El concepto de unos planetas migratorios llegó en un momento en el que los planetólogos no acertaban a explicarse una serie de características del sistema solar. En los primeros años del siglo XXI hacía mucho tiempo que concebían el nacimiento del sistema solar como un episodio violento. Los planetas no se habían condensado tranquilamente a partir de la nebulosa protosolar, sino que habían adquirido el tamaño que hoy tienen a base de absorber planetesimales (asteroides rocosos, cometas de hielo y objetos de mayor entidad) que se estrellaban contra ellos a gran velocidad. Esto sucedió probablemente en los primeros 100 millones de años.

¡Por fin, Plutón!

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¡Por fin, Plutón!

Lo inexplicable era que esa violencia extrema no terminó ahí. Muchos cientos de millones de años después la Luna sufrió una serie de impactos brutales que desfiguraron su faz con enormes cráteres. Este episodio, conocido como el Gran Bombardeo Tardío, habría atacado la Tierra con más saña todavía. Los científicos no tenían una explicación convincente de la causa, dado que para entonces los planetas ya habían prácticamente despejado sus órbitas de cualquier detrito.

Al mismo tiempo los telescopios desvelaban un enigma similar en el cinturón de Kuiper, que estaba repleto, aparte de plutinos, de cuerpos con órbitas radicalmente dispares. Algunos aparecían agrupados en un disco plano y otros, en una esponjada nube toroidal; otros estaban en órbitas aún más excéntricas que la de Plutón. «Aquello parecía una zona catastrófica», dice Harold Levison, colega de Stern en el Instituto de Investigación del Sudoeste. La plácida migración de Neptuno hacia el exterior con la que Malhotra había explicado la existencia de plutinos no ha­­bría dispersado detritos en un área tan extensa.

Entre tanto, los astrónomos habían empezado a descubrir planetas alrededor de otras estrellas, y a abrir sus mentes en lo referente a su noción de lo que es posible en un sistema planetario. Hasta hoy se han detectado cientos de planetas extrasolares. Algunos se desplazan en órbitas agrupadas, mucho más próximos entre sí que los planetas de nuestro sistema solar. Otros son mundos del tamaño de Júpiter o de Neptuno y orbitan a gran velocidad muy cerca de sus soles, alcanzando temperaturas inconcebibles. También los hay que se internan en el corazón del espacio con extrañas trayectorias, y no faltan los que flotan libremente en el espacio interestelar.

Nada de lo anterior es lo que cabría esperar de unos planetas que nacieron en un disco en rotación alrededor de una estrella y se afincaron tranquilamente y sin hacer ruido en su lugar de nacimiento. Un proceso así habría generado órbitas bien separadas y casi circulares, como las de los planetarios de mesa clásicos. Es evidente que muchos planetas migraron, pero la migración ordenada no parecía explicar unas órbitas tan extremas y unos bombardeos tan tardíos, al menos para Levison. Por eso empezó a sospechar que la historia de nuestro sistema solar había sido todo menos ordenada, que de algún modo había vivido una «inestabilidad gravitatoria global», como hoy la llama. En 2004 se reunió con tres colegas en Niza para dedicar un año sabático a intentar explicar el cómo.

Como al mismo tiempo los planetas se atraían entre sí, todo el sistema era frágil, «casi infinitamente caótico»

Levison, a quien llaman «Hal», es un hombre fornido, de pelo cano y barba a lo Papá Noel. Es a la vez serio y pícaro, y disfruta provocando. A veces se sube a la palestra con una careta de béisbol para protegerse de las críticas. «Lo que voy a decir es una locura –dijo al inicio de un reciente seminario–. Si lo publicamos, ya puedo ir despidiéndome de mi carrera.» Podría haber hecho el mismo comentario en 2004 para referirse a lo que hoy se conoce como el modelo de Niza, la hipótesis que desarrolló junto con sus colegas –entre ellos, Alessandro Morbidelli, del Observatorio Costa Azul de Niza– basándose en decenas de simulaciones por ordenador.

En esencia el equipo de Levison postuló que al principio los cuatro planetas gigantes de nuestro sistema solar –Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno– estaban mucho más próximos entre sí, sus órbitas eran casi circulares y los tres últimos giraban mucho más cerca del Sol que ahora. En los primeros tiempos formaban parte de la nebulosa protosolar, un disco todavía cargado de detritos de roca y hielo. A medida que los planetas absorbían esos planetesimales o los arrojaban de su lado si se acercaban demasiado, iban despejando zonas del disco.

Como al mismo tiempo los planetas se atraían entre sí, todo el sistema era frágil, «casi infinitamente caótico», apunta Levison. En vez de ser un sistema en el que cada planeta estuviese unido exclusivamente al Sol por un brazo metálico, era como si todos ellos estuviesen conectados entre sí por resortes gravitatorios. El más potente vinculaba los dos cuerpos de mayor tamaño, Júpiter y Saturno. Un tirón a ese resorte se traduciría en una revolución del sistema entero.

Y eso, cree el equipo, es lo que pasó cuando el sistema solar tenía entre 500 y 700 millones de años. Conforme los planetas interactuaban con los planetesimales, sus propias órbitas se alteraban. Júpiter se desplazó ligeramente hacia el interior; Saturno, Urano y Neptuno, hacia el exterior. Todo ocurrió muy lentamente, hasta que en un momento dado Saturno empezó a completar exactamente una órbita por cada dos de Júpiter.

Jugando al escondite con piedras espaciales

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Esa resonancia uno a dos no era estable, a di­­ferencia de la de Neptuno y Plutón: fue un tirón breve y vigoroso del resorte. A medida que Júpiter y Saturno se acercaban y atraían reiteradamente en el mismo punto de su traslación, aquellas órbitas casi circulares se fueron alargando hasta formar las elipses actuales. Eso puso fin a aquella resonancia tan precisa, pero para entonces Saturno se había acercado tanto a Urano y Neptuno que los estaba acelerando. Ambos planetas se precipitaron violentamente hacia el exterior. En la mitad de las simulaciones del equipo de Niza, incluso intercambiaron posiciones.

Conforme recorrían zonas del sistema solar todavía llenas de planetesimales helados, Urano y Neptuno desencadenaron un efecto dominó devastador. Catapultaban bolas de hielo en todas direcciones. Muchos objetos, quizás entre ellos el cometa Wild 2, fueron arrojados al cinturón de Kuiper. Otros muchos (tal vez un billón) fueron expulsados aún más lejos, hasta la nube de Oort, un vasto vivero de cometas que se extiende hasta la mitad de la distancia que nos separa de la estrella más cercana. Gran cantidad de cometas fueron arrojados al sistema solar interior, donde se precipitaron contra los planetas o se desintegraron con el calor del Sol.

Mientras tanto, las migraciones de los planetas gigantes también perturbaban el cinturón de asteroides rocosos situado entre Júpiter y Marte. A los asteroides en dispersión se sumaron cometas de procedencia más lejana para crear el Gran Bombardeo Tardío. Una reciente misión de la NASA llamada GRAIL ha documentado los em­­bates sufridos por nuestra Luna entonces y en épocas anteriores: la corteza entera experimentó profundas fracturas. La Tierra se habría lleva­do un ataque aún peor, pero el movimiento de las placas litosféricas ha borrado los cráteres.

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Según el modelo de Niza, lo peor del Gran Bombardeo Tardío duró menos de 100 millones de años. Pero los últimos trabajos de Bill Bottke, del Instituto de Investigación del Sudoeste, sugieren que durante otros 2.000 millones de años pudo seguir habiendo impactos que perturbarían la vida. Cuando un asteroide choca contra la Tierra, ascienden a las capas altas de la atmósfera minúsculas gotas de roca fundida que luego caen en una lluvia de bolitas sólidas y vidriosas llamadas esférulas cósmicas. En todo el planeta se han localizado depósitos de esférulas cósmicas del asteroide de 10 kilómetros de ancho que cayó en la península de Yucatán hace unos 65 millones de años y causó la extinción de los dinosaurios. Hasta la fecha se han hallado al menos doce estratos de esféru­las similares que datan de una serie de impactos de hace entre 1.800 y 3.700 millones de años.

Según Bottke, es posible que impactaran en la Tierra hasta 70, todos ellos equiparables al que extinguió los dinosaurios.

Las simulaciones numéricas del equipo de Bottke sitúan el origen de esos impactos en un borde interior –hoy inexistente–del cinturón de asteroides, que durante 2.000 millones de años arrojó asteroides a raíz de una perturbación causada por Júpiter. Según Bottke, es posible que impactaran en la Tierra hasta 70, todos ellos equiparables al que extinguió los dinosaurios. «La evolución del sistema solar es dinámica –dice Levison–. Es violenta. Nuestro sistema solar tal vez sea de los más sosegados en comparación con lo que ocurre en el resto del cosmos. Proba­blemente ese sosiego sea imprescindible para que un planeta sea habitable.»

El modelo de Niza es una hipótesis, y no todos los científicos están convencidos de que sea cierta. Actualmente hay consenso general en cuanto al hecho de que al menos algunos planetas sí migraron, pero continúa debatiéndose si eso desencadenó un violento paroxismo en todo el sistema solar. «Es un concepto fascinante –opina Donald Brownlee–. Con seguridad tiene que darse en otros lugares, en torno a otras estrellas, pero no tenemos la certeza de que aquí haya ocurrido.» Está claro que las partículas de cometas como Inti fueron expelidas desde zonas cercanas al Sol, dice, pero los planetas puede que se hayan desplazado con más calma.

La clave que refrendará o refutará el modelo de Niza es la cartografía. Documentar la composición y la órbita de objetos distantes debería revelar si llegaron a esas regiones por obra de los planetas y, en su caso, cómo. Stern dirige una misión de la NASA llamada New Horizons que en 2006 lanzó una sonda no tripulada hasta Plutón y sus cinco lunas conocidas, donde se prevé que llegue en julio de 2015. Desde allí, Stern espera redirigir la nave para que examine al menos otro cuerpo del cinturón de Kuiper.

Los potentes telescopios que se espera estén construidos para la próxima década revelarán muchos más objetos del cinturón de Kuiper. Quizá también escudriñen en la nube de Oort, que Stern llama el desván del sistema solar. Entre los detritos que Júpiter arrumbó en él quizás haya algún que otro planeta perdido. «Creo que la nube de Oort nos dejará boquiabiertos –dice–. Estará repleta de planetas. Pienso que en ella en­­contraremos martes y tierras para dar y tomar.»

Y a los planetas que sí conocemos, ¿qué les depara el futuro?

Y a los planetas que sí conocemos, ¿qué les depara el futuro? Según el teórico Greg Laughlin, de la Universidad de California en Santa Cruz, en el sistema hay tal grado de azar que cualquier predicción, y cualquier reconstrucción histórica, ha de expresarse en forma de probabilidades. Los científicos están seguros –todo lo seguros que pueden estar– de que los cuatro planetas gigantes han concluido su migración y permanecerán en las mismas órbitas otros 5.000 millones de años, momento en el que se supone que el Sol se expandirá y engullirá los planetas interiores. De lo que no están tan seguros es de que esos planetas –Mercurio, Venus, la Tierra y Marte– sigan existiendo para entonces.

«Hay un uno por ciento de probabilidades de que el sistema solar interior experimente una desestabilización radical durante los próximos 5.000 millones de años», asegura Laughlin. El problema es la extraña conexión a larga distancia entre Júpiter y Mercurio. Cuando el perihelio de Júpiter (el punto de su órbita más cercano al Sol) se alinea de determinada manera con la órbita visiblemente achatada de Mercurio, el primero ejerce sobre el segundo una atracción ligera, pero constante. Con el paso de miles de millones de años eso significa que Mercurio tiene una posibilidad entre 100 de cruzarse en la órbita de Venus. Además hay una posibilidad entre 500 de que, si Mercurio se vuelve loco, altere a su vez la órbita de Venus o la de Marte hasta el punto de que uno u otro impacte contra la Tierra, o marre por escasos miles de kilómetros, lo que dibujaría un escenario casi igual de aciago. «La Tierra entera se estiraría y se derretiría como un caramelo toffee», dice Laughlin, mostrando el efecto con un gesto de las manos.

Ese mínimo riesgo de un apocalipsis –una posibilidad entre 50.000 de que la Tierra sucumba a un caos orbital antes de que el Sol la incinere– es lo que nos ha legado la época de juventud del sistema solar, cuando se volvió del revés.

«Si a la gravedad le das suficiente tiempo –dice Levison–, acabará haciendo cosas así.»