El plástico amenaza el océano

Lo que el océano esconde

El plástico se crea pero no se destruye: transforma nuestros mares, reservándoles un futuro incierto.

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AC1479. Plásticos en el océano

Plásticos en el océano

El plástico se crea pero no se destruye: transforma nuestros mares, reservándoles un futuro incierto.

Foto: Joan Costa

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AA9781. Plásticos en el océano

Plásticos en el océano

La Expedición Malaspina 2010 del CSIC se llevó a cabo a bordo del buque oceanográfico español Hespérides, con el apoyo del Sarmiento de Gamboa. Durante la campaña, el estudio liderado por el ecólogo Andrés Cózar, de la Universidad de Cádiz, se encargó de realizar la primera evaluación de la cantidad y la distribución de plásticos en el océano a escala planetaria.

Foto: Joan Costa

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AB2623. Plásticos en el océano

Plásticos en el océano

En el 80 % de las muestras recogidas por el Hespérides en aguas oceánicas aparecieron restos de plásticos. Los animales no distinguen el plástico de un trozo de comida y frecuentemente ingieren por error fragmentos que se depositan en su estómago para siempre, causándoles lesiones de todo tipo y finalmente la muerte.

Foto: Joan Costa

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84-85. Plásticos en el océano

Plásticos en el océano

Fragmentos recogidos por los investigadores durante la campaña del Hespérides: los más diminutos, denominados microplásticos, son partículas de menos de cinco milímetros y pueden perdurar en el océano varios siglos.

Foto: Joan Costa

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86-87. ¿Cuánto tiempo tarda en desaparecer?

¿Cuánto tiempo tarda en desaparecer?

La degradación del plástico depende de su composición química, de su forma y su grosor, pero también de la radiación solar que reciba, de la temperatura del agua, y del oxígeno presente en el ambiente. Hecho de polímeros, su componente principal es el carbono y se fabrica a partir de compuestos orgánicos derivados del petróleo. Algunos de los plásticos más usados son el tereftalato de polietileno, o PET (para envases de bebida y textiles); el policloruro de vinilo, o PVC (utilizado en la industria y en concreto en la fabricación de juguetes); el polipropileno, o PP (para empaques de alimentos, tejidos y equipos de laboratorio), y el poliestireno, o PS (para envases y aislantes).

Gráfico: NGM-E. Fuente: NOAA

El plástico se crea pero no se destruye: transforma nuestros mares, reservándoles un futuro incierto.

Moldeable, resistente, impermeable, imperecedero, económico… el que fuera uno de los materiales estrella del siglo pasado se ha convertido hoy en un verdadero problema a escala planetaria. Fabricamos y utilizamos todo tipo de objetos plásticos desde hace apenas dos o tres generaciones, pero el aluvión de residuos que hemos generado es descomunal. Se estima que desde 1950 se han producido unos 6.000 millones de toneladas de este material, suficiente como para cubrir todo el planeta con una envoltura de plástico. Hay restos plásticos de diversa índole en todos los océanos del mundo, y aunque la magnitud global de esta contaminación es aún una incógnita, las muestras obtenidas durante la Expedición Malaspina que el CSIC llevó a cabo en 2010 (veáse «El maná del océano», junio de 2012) apuntan que la cantidad de plástico que hay en los océanos es de decenas de miles de to­­neladas, y que cantidades todavía mayores están siendo transferidas desde la superficie a los organismos marinos y a aguas más profundas.

Durante aquella campaña de circunnavegación, Andrés Cózar, investigador de la Universidad de Cádiz, lideró el programa «Plásticos en el Océano Global» y hasta hace bien poco ha estado trabajando en el informe final. «Todos los muestreos realizados durante la expedición a bordo de los buques oceanográficos Hespérides y Sarmiento de Gamboa se desarrollaron en aguas oceánicas, alejadas de las zonas costeras ocu­padas por el hombre. Sin embargo, aparecieron plásticos flotando en el 80 % de la superficie muestreada», afirma el ecólogo. Hasta ahora se había documentado la existencia de acumulacio­nes de plástico en las zonas centrales del Pacífico Norte y el Atlántico Norte. «Pero la Expedición Malaspina ha demostrado la existencia de cinco grandes acumulaciones de residuos plásticos en el océano abierto, dos en el hemisferio Norte y otras tres en el Pacífico Sur, Atlántico Sur e Índico», añade. Estos cúmulos son generados por la circulación superficial de las aguas marinas, organizada en torno a cinco grandes giros que actúan como cintas transportadoras. «Estas recogen el plástico flotante procedente de los continentes y lo agrupan en las zonas centrales de las cuencas oceánicas. A lo largo de ese recorrido, los objetos se resquebrajan y se fragmentan debido a la radiación solar, pero los trozos más pequeños, llamados microplásticos, son bastante es­­tables y duraderos y pueden perdurar varios centenares de años», explica el científico.

Hoy resulta chocante recordar que el primer material plástico se inventó para defender el medio ambiente. Fue durante la segunda mitad del siglo xix, cuando el billar era el juego de moda entre la alta sociedad estadounidense y europea. El acopio de marfil necesario para fa­­bricar las bolas desató una matanza indiscriminada de elefantes, en especial en Ceilán, donde, según denunció el Times en aquellos años, más de 3.500 ejemplares fueron abatidos en tres años. Por suerte, en 1863 un proveedor de bolas de billar neoyorquino prometió una fortuna a quien propusiera una buena alternativa. Y el inventor John Wesley Hyatt aceptó el reto. Tras pasarse años trabajando con diversas mezclas fallidas, en 1869 consiguió el primer material plástico de la historia: el celuloide, una mezcla de celulosa, etanol y alcanfor que, aunque al principio no resultó idónea para fabricar bolas de billar, revolucionó la industria del cine y la del peine, la cual hasta entonces se abastecía de otro material poco sostenible a largo plazo: los caparazones de las tortugas. Hyatt estaba orgulloso de su invento y lo publicitaba desde su compañía: así como el petróleo salvó a las ballenas de la extinción (se dejó de matar a estos cetáceos para obtener el aceite que se usaba como combustible para las lámparas), el celuloide evitaría la muerte de elefantes y tortugas. Tras el plástico de origen natural de Hyatt vinieron muchos más, completamente sintéticos –la baquelita fue el primero– y casi eternos. En la actualidad, la mayor parte de este material se obtiene a partir de compuestos orgánicos derivados del refinado del petróleo. Sin duda, Hyatt se quedaría de piedra si hoy pudiera ver una de estas «sopas de plástico».

Como debió de quedarse también el capitán californiano Charles Moore en 1997 cuando, a bordo de su buque oceanográfico Alguita, vislumbró bajo el casco una aglomeración tan brutal de residuos que puso en alerta a la comunidad internacional. Aunque su existencia ya había sido predicha por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) nueve años antes, Moore fue el primero en observar in situ una de esas «sopas». Desde entonces se ha dedicado a divulgar el problema y a documentar la dimensión de estas grandes áreas donde confluyen los residuos formando inmensas islas flotantes de basura compuestas por fragmentos de todos los tamaños, a veces tan diminutos que son difíciles de ver a simple vista. Unos minúsculos cachitos que los animales confunden con el zooplancton. Minúsculos y numerosísimos, porque, según documentó Moore en 1999, la masa de fragmentos plásticos presente en la aglomeración del Pacífico Norte era seis veces superior a la del zooplancton.

Así, de forma aberrante, el plástico ha pasado a formar parte de la cadena alimentaria marina. Percebes, peces, tortugas, cetáceos, aves marinas… Se calcula que más de 600 especies ingieren por error pedazos de plástico que confunden con alimento. Unos lo hacen tragándoselos directamente; otros, cuando depredan sobre los anteriores. Aunque, ya sea por sus costumbres alimentarias o por el lugar donde habitan, hay animales que se ven más afectados que otros por la basura oceánica. Es el caso del albatros de Laysan (Phoebastria immutabilis), que nidifica en el paradisíaco atolón de Midway, en el Pacífico, y que a pesar de estar a más de 3.000 kilómetros de cualquier lugar habitado, se halla en el epicentro de uno de esos grandes giros de circulación de agua superficial. Cuando los adultos ceban a sus polluelos con lo que ellos creen que son pequeños fragmentos comestibles, sentencian sin saberlo el futuro de sus propios descendientes. Cada año, un elevado porcentaje de pollos muere por esta ingesta funesta. Ver las carcasas descompuestas de esos jóvenes albatros y observar que todo el contenido estomacal plástico permanece completamente intacto es de esas imágenes que valen más que mil palabras.

Pero los efectos de los residuos plásticos sobre la biodiversidad van más allá de las áreas donde confluyen cada uno de los cinco giros. También en el Mediterráneo los plásticos proliferan en el estómago de nuestras aves marinas, como evidencia el estudio realizado por un equipo del Departamento de Biología Animal y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad, de la Universidad de Barcelona, dirigido por Jacob González-Solís. El estudio, publicado recientemente, es el primero que cuantifica la ingestión de plásticos en aves marinas en el Mediterráneo. «Tras estudiar el contenido estomacal de 171 aves marinas que habían sido capturadas de forma accidental por la flota palangrera –explica González-Solís–, comprobamos que un 66 % había ingerido al menos un trozo de plástico.» Entre ellas, especies amenazadas como las pardelas balear y cenicienta, de las cuales un 70 % y un 94 % respectivamente conservaban un promedio de 15 piezas plásticas en su estómago. «Suelen ser trozos de filamentos, esferas, láminas o pellets industriales –dice González-Solís–, y pueden causar ahogo, úlceras, infecciones y finalmente la muerte.»

¿Qué hacer ante tamaño problema? La solución no es nada fácil. En primer lugar porque los costes de retirar esas exorbitantes cantidades de desperdicios es inasumible para cualquier nación, y encima esas aglomeraciones se hallan en tierra de nadie. En segundo lugar, porque a cada minuto que pasa la cantidad de plásticos en el mar va aumentando sin parar, ya que los humanos seguimos tirando nuestros desperdicios de forma incontrolada desde todos los puntos del planeta. ¿Deberemos esperar la aparición de un mecenas que patrocine la mejor idea para remediar esta preocupante situación? «La retirada selectiva de residuos en playas y costas es una medida factible –apunta Andrés Cózar–. Existen prototipos diseñados para retirar basura de la superficie en el océano abierto. Pero desde luego, para solucionar este asunto es necesario llegar a la raíz del problema, que es la entrada masiva y continua de residuos en los océanos. Las previsiones apuntan a un aumento de la producción de plástico durante las próximas décadas. Sin duda el modelo actual de utilización de este material es insostenible. Nuestro consumo genera diariamente cantidades exageradas de residuos que requieren cientos de años para degradarse.» Porque cada día que pasa el plástico hace más estragos y va consolidando su presencia en la Tierra a largo plazo. Incluso ha generado un nuevo material que podría ser un testigo geológico del futuro. No es broma. Charles Moore recolectó en la playa Kamilo de Hawai unas rocas formadas por plástico fundido mezclado con sedimentos, fragmentos de lava o de­­tritus orgánicos varios. Tras estudiarlas, Patricia Corcoran, de la Universidad of Western Ontario, en Canadá, propuso un nuevo nombre para ellas. Se trata de las rocas plastiglomeradas, generadas cuando un material plástico fundido, ya sea por el hombre cuando trata de eliminarlo, o por el calor que emana de las zonas volcánicas, se fusiona con otras partículas orgánicas. ¿Serán estas «plastirrocas» nuestro legado geológico del futuro?

Para muchos, estas nuevas aportaciones humanas apoyan la tesis de que toca cambiar el nombre a la era geológica presente. Porque, aunque oficialmente seguimos en el holoceno, algunos científicos opinan que vivimos en una era en la que el planeta está siendo modificado como nunca antes por una especie, la humana. Por este motivo ya se oye el término «antropoceno», acuñado por el premio Nobel Paul Crutzen, el químico holandés que estudió la incidencia del ozono en la atmósfera en el año 2000. Que «la era del hombre» deba su nombre a la impronta de una huella que ha impactado en todo el planeta a nivel biogeofísico no suena muy halagüeño. Revertir los daños causados hasta el presente es un deber ineludible. No solo por cuestiones éticas, sino porque, como dijo Woody Allen, el futuro debería preocuparnos porque es donde vamos a pasar el resto de nuestra vida.

Por suerte, hay ciudadanos que ya luchan por ello. Como el jovencísimo Boyan Slat, un holandés de 19 años que tras fundar la organización The Ocean Cleanup ha propuesto una solución para reducir en un 50 % la acumulación de plástico en los giros en los próximos 10 años. Slat, premiado por sus ideas científicas y tecnológicas, está considerado una de las 20 jóvenes promesas del mundo en el campo de la emprendeduría. En constante interrelación con institutos de investigación y empresas privadas, ahora se encuentra en campaña para reunir el dinero suficiente que permita dar el pistoletazo de salida a su proyecto. Se trata de una serie de barreras flotantes sólidas ancladas al fondo del mar que se mueven al ritmo de las corrientes y agrupan la basura hasta una plataforma, donde es retirada mecánicamente y dispuesta para su reciclaje, un sistema que evita además la captura accidental de animales marinos. El prototipo ya ha sido probado con éxito en las islas Azores y ahora, gracias al crowdfunding, espera poder hacerlo realidad.

Porque limpiar los océanos, amenazados por la cantidad bestial de basura que nosotros hemos generado, es posible. Pues hagámoslo. Antes de que las «plastirrocas» se apoderen del registro geológico y los «plastipeces» invadan nuestros platos.