Una nueva era de exploración

Genes inquietos

Los científicos estudian el genoma humano en busca de pistas que desvelen las claves de nuestra curiosidad innata por descubrir nuevos mundos.

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Genes inquietos

ÁFRICA Para el conservacionista Michael Fay, aquí fotografiado cuando encabezaba una expedición a través del Triángulo Goualougo, en África central, el ansia de explorar territorios salvajes es inseparable del deseo de ayudar a conservarlos. La expedición de 3.200 kilómetros a pie que llevó a cabo en 2002 inspiró la creación de 13 parques nacionales en Gabón.

Foto: Michael Nichols, Archivo de National Geographic

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Genes inquietos

AMÉRICA DEL SUR Estos picos de granito del Parque Nacional Torres del Paine, en el sur de Chile, con toda seguridad eran igual de formidables cuando los primeros humanos llegaron a la Patagonia hace unos 12.000 años, alcanzando así el punto más alejado de su migración desde África. Actualmente, la inquietud que llevó a nuestros antecesores a los confines del mundo impulsa una nueva era de exploradores de lo desconocido.

Foto: Maria Stenzel, Archivo de National Geographic

Los científicos estudian el genoma humano en busca de pistas que desvelen las claves de nuestra curiosidad innata por descubrir nuevos mundos.

En el invierno de 1769, al comienzo de su primera travesía del Pacífico, el capitán James Cook recibió un regalo asombroso de manos de un sacerdote polinesio llamado Tupaia: un mapa, el primero que veía un europeo con las principa­les islas del Pacífico Sur. Unos dicen que Tupaia dibujó el mapa en un papel; otros, que describió a Cook con palabras todas las localizaciones y distancias. Lo cierto es que ese mapa proporcionó al explorador británico un panorama del Pacífico Sur mucho más completo que el que podía tener cualquier otro europeo, ya que mostraba todos los grandes archipiélagos en un área de 5.000 kilómetros de diámetro, desde las islas Marquesas hasta las Fidji, al oeste. Coincidía con lo que Cook ya había visto, y le daba una idea de lo mucho que aún le quedaba por ver.

Cook ofreció a Tupaia un lugar a bordo del Endeavour en Tahití. Poco después, el polinesio maravilló a la tripulación señalando el camino a una isla desconocida para ellos, unos 500 kilómetros al sur, sin consultar la brújula, las cartas de navegación, el reloj o el sextante. Mientras ayudaba a guiar el Endeavour de un archipiélago a otro, asombró a los marineros señalando con precisión en dirección a Tahití, a cualquier hora del día o de la noche, sin importar si el cielo estaba nublado o despejado.

A diferencia de otros exploradores europeos, Cook comprendió el significado de los conocimientos de Tupaia. Los isleños dispersos por todo el Pacífico Sur constituían un solo pueblo, que en una época remota había explorado, colonizado y cartografiado ese vasto océano sin ninguno de los instrumentos de navegación que para Cook eran esenciales, y desde entonces habían conservado el mapa mental de su territorio.

Dos siglos después, analizando el ADN como si fueran las miguitas de pan dejadas en el camino por los humanos modernos en sus migraciones, una red mundial de genetistas demostró que Cook tenía razón: los antepasados de Tupaia habían colonizado el Pacífico 2.300 años antes. Su migración a través del Pacífico era la continuación de una larga marcha hacia el este iniciada en África entre 70.000 y 50.000 años antes. Por su parte, el viaje de Cook continuaba el mo­­vimiento hacia el oeste iniciado por sus propios antepasados, que habían salido de África más o menos al mismo tiempo que los de Tupaia. Al encontrarse, Cook y Tupaia cerraron el círculo y completaron un viaje que sus ancestros comenzaron juntos, muchos milenios atrás.

Cook murió en una sangrienta escaramuza con unos hawaianos diez años después (le robaron una barca y él perdió los nervios y les dispa­ró; los hawaianos lo capturaron en la playa y lo mataron con sus lanzas). Para algunos, su muerte puso fin a lo que los historiadores occidentales llaman la era de los descubrimientos. Pero no a nuestro afán explorador. Desde entonces hemos mantenido las mismas obsesiones: completar los mapas de la Tierra, llegar a los polos, escalar las montañas más altas, descender a las fosas más profundas, navegar a todos los rincones del planeta y viajar al espacio. Mientras el todoterreno de la NASA Curiosity explora Marte, Estados Unidos y otros países, así como algunas empresas privadas, se preparan para enviar humanos al planeta rojo. Algunos visionarios hablan incluso de enviar una nave a la estrella más cercana (véase «Increíblemente lejos», pág. 36).

Michael Barratt, de la NASA (médico, subma­rinista, piloto de caza, marino durante 40 años y astronauta durante 12), es uno de los que se mueren por ir a Marte. La aventura sería para él la continuación del viaje de Cook y Tupaia por el Pacífico. «Estamos haciendo lo que hicieron ellos –afirma–. Es igual en cualquier momento de la historia humana. Una sociedad desarrolla una tecnología que la habilita para hacer algo, ya sea conservar y transportar comida, construir un barco o lanzar un cohete. Entonces aparecen personas con tanta pasión por salir y ver cosas nuevas que están dispuestas a correr el riesgo de montarse en un cohete.»

No todos ansiamos montarnos en un cohete o navegar por el mar infinito. Sin embargo, dada nuestra curiosidad como especie, contribuimos a pagar el viaje y aclamamos a los viajeros a su regreso. Sí, exploramos para hallar un lugar mejor donde vivir o para expandir nuestros territorios, pero también para averiguar qué hay más allá.

«Ningún otro mamífero es tan inquieto como nosotros –dice Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, que utiliza la genética para estudiar los orígenes de la humanidad–. Atravesamos fronteras. Nos adentramos en nuevos territorios aunque haya recursos en el lugar donde estamos. Otros animales no lo hacen. Tampoco lo hicieron otros humanos. Los neandertales vivieron cientos de miles de años, pero nunca se expandieron por el mundo. Nosotros, en apenas 50.000 años, llegamos a todas partes. Hay en ello una especie de locura. Navegar por el océano sin saber qué hay al otro lado... Y ahora queremos ir a Marte. No paramos nunca. ¿Por qué?»

Pääbo y otros científicos que se plantean este mismo interrogante también son exploradores que se adentran en terreno desconocido. Saben que en cualquier momento quizá tengan que retroceder y reagruparse. Saben que cualquier explicación de nuestra conducta exploradora puede tener que ser revisada si las jóvenes disciplinas en las que trabajan (antropología, genética, neuropsicología del desarrollo) descubren nuevos conceptos fundamentales. Sin embargo, para quienes intentan desentrañar los secretos del comportamiento humano, nuestro afán ex­­plorador es un terreno irresistible. ¿Cuál es la causa de nuestra «locura» exploradora? ¿Qué nos impulsó fuera de África, y a la Luna, y más allá?

Si nuestra ansia por explorar es innata, tal vez sus fundamentos se encuentren en el genoma. De hecho hay una mutación que se menciona con frecuencia en los debates sobre el tema: una variante de un gen llamado DRD4, que interviene en el control de la dopamina, un mensajero químico del cerebro con una función importante en el aprendizaje y los mecanismos de recompensa. Los investigadores han asociado muchas veces esta variante, conocida como DRD4-7R y presente en el 20% de los humanos, a la curiosi­dad y la inquietud. Decenas de estudios en humanos han descubierto que la variante 7R hace a sus portadores más proclives a aceptar riesgos, explorar nuevos lugares, ideas, comidas, relaciones, drogas o conductas sexuales, y, en general, a apreciar el movimiento, los cambios y la aventura. Los estudios en animales que simulan la acción del 7R sugieren un incremento de su propensión al movimiento y la novedad. (Tampoco es casual que esta mutación esté relacionada con el trastorno por déficit de atención e hiperactividad.)

Más interesante aún, varias investigaciones relacionan el 7R con las migraciones humanas. El primer gran estudio genético en llegar a esta conclusión, dirigido en 1999 por Chuansheng Chen, de la Universidad de California en Irvine, descubrió que el 7R era más frecuente en las modernas culturas migratorias (como la de los amerindios, que migraron del nordeste de Asia a América del Norte, Central y del Sur; o los indoeuropeos, que migraron de la región del mar Negro a Europa) que en las que están más asentadas (como los han, en China). Un estudio de 2011, más amplio y con un análisis estadístico más riguroso, confirmó esta observación, al hallar que el 7R, junto con otra variante llamada 2R, tiende a encontrarse con más frecuencia que la puramente atribuible al azar en poblaciones cuyos antepasados cubrieron distancias más largas en sus migraciones desde que salieron de África. Ambos estudios respaldan la idea de que un estilo de vida nómada se asocia con una mayor incidencia de la variante 7R.

Otro estudio reciente apoya esta conclusión. Entre los miembros de la etnia ariaal, de África, los portadores del 7R suelen ser más fuertes y estar mejor alimentados que los no portadores si viven en tribus nómadas, lo cual refleja posiblemente una mejor adaptación a la vida nómada. Sin embargo, los portadores del 7R suelen estar peor alimentados cuando su estilo de vida es se­­dentario. Así pues, el valor de la variante, como el de muchos genes y rasgos, podría depender de las condiciones del entorno. Es posible que una persona inquieta prospere en un ambiente cambiante pero se vea perjudicada en un entorno estable, y lo mismo puede decirse de los genes que favorecen una conducta inquieta.

¿Entonces el 7R es el gen de los exploradores y de la aventura, como dicen algunos? Kenneth Kidd, genetista de la Universidad Yale especiali­­zado en evolución y poblaciones, cree que es una exageración atribuirle ese papel. Kidd formó par­­te del equipo que descubrió la variante 7R ha­­ce 20 años. Como otros escépticos, opina que mu­­chos de los estudios que relacionan el 7R con los rasgos exploradores adolecen de escaso rigor me­­­­todológico o de defectos matemáticos, y señala que los muchísimos estudios que confirman la relación del 7R con estos rasgos quedan contrarrestados por otros tantos que la desmienten.

«No podemos reducir algo tan complejo como la exploración humana a un único gen –dice, riendo–. La genética no funciona así.»

Según él, es mejor considerar grupos de genes como posible base de tal conducta. En este sentido, Kidd coincide con la mayoría de los defensores del 7R: sea cual fuere el papel del 7R en la inquietud humana, ningún gen o grupo de genes nos convertirá en exploradores. Es más probable que diferentes grupos de genes contribuyan con múltiples rasgos, algunos haciendo posible que exploremos, y otros –entre ellos tal vez el 7R– impulsándonos a hacerlo. Conviene no pensar solamente en el afán de explorar sino en la capacidad para hacerlo; además de la motivación (por qué queremos explorar), conviene considerar los medios (cómo lo haremos). Antes de dejarnos llevar por el impulso, necesitamos los instrumentos y rasgos que hacen posible la exploración.

Por suerte para mí, solo tuve que explorar hasta el piso de abajo del despacho de Kidd para encontrar a un estudioso de esos instrumentos: el genetista evolutivo y del desarrollo Jim Noonan. Sus estudios se centran en los genes que determinan dos sistemas de importancia fundamental: nuestras extremidades y nuestro cerebro. «Nuestra capacidad para explorar deriva de estos dos sistemas.»

Los genes que dan lugar a nuestras extremidades y nuestros cerebros humanos son, dice Noonan, prácticamente idénticos a los que construyen las mismas partes en los otros homínidos y primates. Las extremidades y los cerebros de cada especie acaban siendo diferentes porque los proyectos de construcción dirigidos por esos genes del desarrollo se ponen en marcha y se detienen en momentos diferentes. En nuestro caso el resultado son unas piernas y caderas que nos permiten caminar grandes distancias, unas manos extremadamente diestras y un cerebro muy inteligente que crece mucho más despacio que el de los otros primates pero acaba siendo mucho más grande. Esta tríada nos distingue de los otros primates, y en pequeños pero vitales detalles del desarrollo, de los otros homínidos.

Juntas, esas diferencias constituyen según Noonan un conjunto de rasgos particularmente apropiados para crear exploradores. Tenemos gran movilidad, una destreza extraordinaria «y, lo más importante, un cerebro capaz de pensar imaginativamente». Y cada rasgo potencia los otros: nuestra imaginación conceptual magnifica nuestra movilidad y nuestra destreza, que a su vez dan alas a nuestra imaginación.

«Piense en una herramienta –me propone–. Si puede usarla bien y tiene imaginación, le en­­contrará más usos.» Mientras pensamos en más formas de usar una herramienta, imaginamos más objetivos que puede ayudarnos a conseguir.

Ese bucle de retroalimentación dio fuerzas al explorador Ernest Shackleton y le salvó la vida cuando en 1916 quedó varado con su tripulación en la isla Elephant. Después de que el hielo polar aplastara su barco, a 1.300 kilómetros de la costa más cercana, con 27 hombres exhaustos, poca comida y tres botes pequeños, Shackleton concibió una travesía marina tan ambiciosa que prácticamente era una insensatez. Utilizando unas pocas herramientas básicas para modificar un bote salvavidas de 7 metros de eslora (otra herramienta) y darle un uso para el que no había sido diseñado, reunió sus instrumentos de navegación y a cinco de sus hombres y emprendió un viaje que pocos se habrían atrevido a imaginar. Llegó a Georgia del Sur y regresó a la isla Elephant para rescatar al resto de su tripulación.

La aventura de Shackleton, dice Noonan, muestra con claridad una dinámica que ha impulsado el progreso humano y la exploración desde el principio: cuando potenciamos la destreza con imaginación, creamos ventajas «que favorecen la selección de ambos rasgos».

Noonan presenta argumentos convincentes cuando dice que nuestro cerebro de gran tamaño y nuestras manos hábiles forjan la capacidad para imaginar. Para Alison Gopnik, psicóloga del desarrollo infantil de la Universidad de California en Berkeley, los humanos poseemos otra ventaja, menos obvia, que fomenta esa capacidad imaginativa: una larga infancia durante la cual podemos ejercitar nuestras ansias de explorar mientras aún dependemos de nuestros padres. Dejamos de mamar un año y medio antes que los gorilas y los chimpancés, pero nuestro camino a la pubertad es mucho más lento. Las piezas dentales de los neandertales indican que ellos también crecían más deprisa que nosotros. Como resultado, disponemos de una fase inusualmente prolongada de juegos protegidos, en la que conocemos las recompensas de la exploración.

Muchos animales juegan. Pero mientras que los juegos de los otros animales consisten sobre todo en practicar habilidades básicas como luchar y cazar, los niños humanos juegan creando circunstancias hipotéticas, con reglas artificiales para poner a prueba esas hipótesis. ¿Puedo construir una torre de bloques alta como yo? ¿Qué pasará si usamos una rampa más grande para la bici? ¿Cómo sería este juego si yo fuera la maestra y mi hermano mayor el alumno? En la práctica, argumenta Gopnik, ese tipo de juegos convierte a los niños en exploradores de territorios llenos de posibilidades en mutua competencia.

Dice la psicóloga que cuando nos hacemos mayores jugamos menos y no estamos tan dispuestos a explorar alternativas novedosas, sino que preferimos no apartarnos de los terrenos que nos resultan familiares. «Es la diferencia entre ir al restaurante de siempre, que nunca nos ha defraudado, o a uno nuevo, que podría ser estupendo u horroroso.» Durante la infancia desarrollamos el «cableado» cerebral y la maquinaria cognitiva para explorar; si cuando somos adultos nos mantenemos despiertos, esa práctica precoz nos permite detectar situaciones en las que merece la pena cambiar de estrategia. ¿Existirá el Paso del Noroeste? ¿Será más fácil llegar al polo en trineo tirado por perros? ¿Será posible depositar un vehículo robótico en Marte haciéndolo descender con un cable desde una grúa?

«Conservamos esa actitud», afirma Gopnik. Y las personas que mantienen el espíritu del juego y lo aplican a las posibilidades del momento –personas como Cook, Tupaia, Sally Ride o Michael Barratt– son los exploradores.

En la década de 1980, en los densos bosques de Quebec, una inquieta población de pioneros inició un largo y arriesgado experimento. La ciudad de Quebec, construida por los franceses a orillas del río San Lorenzo, crecía rápidamente. Al norte, a lo largo del río Saguenay, se extendía un vasto bosque prácticamente intacto. Esas tierras ricas pero atroces no tardaron en atraer leñadores y jóvenes familias de agricultores que valoraban el trabajo, el riesgo y las oportunidades. Avanzaron por el valle, construyendo un pequeño poblado tras otro y creando una sucesión de asentamientos a orillas del Saguenay. Esa clase de ola migratoria no solo puede concentrar determinados tipos de individuos en su espumosa rompiente; también puede concentrar y contribuir a la expansión de todos aquellos genes que favorezcan las conductas migratorias.

A veces un gen viaja pasivamente en una de esas olas, más o menos por accidente; si sucede que es común entre los emigrantes, también lo será en las comunidades que estos establezcan. Por ejemplo, si los genes responsables del pelo rizado hubieran sido especialmente comunes entre los europeos que empezaron a dispersarse por América del Norte, el pelo rizado se habría convertido en un rasgo más prevalente en la región a medida que aquellos colonos poblaran el continente. El hecho de que un gen sea común no significa que proporcione una ventaja, es decir, que tenga un propósito evolutivo. Puede que se haya vuelto más común solo porque muchos individuos de la primera ola migratoria lo tenían y se haya reproducido.

Pero una oleada migratoria también puede determinar un aumento de la prevalencia de los genes que favorecen la migración. Un ejemplo es el sapo marino sudamericano. Introducido en el nordeste de Australia en la década de 1930, su población australiana supera ya los 200 millones de individuos y se extiende a razón de 50 kilómetros al año. Las patas de los sapos que lideran esa expansión son un 10% más largas que las de sus antepasados de los años treinta, e incluso algo más largas que las de los sapos hallados un kilómetro detrás de ellos. ¿Cómo se explica esto? Los más inquietos y con patas más largas pasan al frente de la expansión, llevando consigo los genes determinantes de la inquietud y las patas largas. Allí se aparean con otros sapos portadores de los mismos genes y producen una descendencia inquieta y de patas largas, que a su vez pasa a liderar la expansión y repite el ciclo.

Laurent Excoffier, genetista de poblaciones de la Universidad de Berna, cree que algo parecido sucedió con los leñadores de Quebec. Excoffier y varios colegas analizaron siglos de registros de nacimientos, matrimonios, empadronamientos y fallecimientos y observaron que las familias de los pioneros se comportaban de una manera que favorecía la dispersión de sus genes y de los rasgos que los llevaron al frente de la marcha. Las parejas del frente migratorio se casaban y tenían hijos antes que las que no habían emigrado, tal vez porque eran más impacientes y porque en la frontera tenían más acceso a tierras y a una atmósfera social favorable para comenzar una vida propia. Solo eso ya era suficiente para que nacieran más niños que en las familias del lugar de origen (el 9,1 % por familia frente al 7,9). Y como esos niños a su vez tendían a casarse antes y a tener más hijos, cada pareja de pioneros dejaba una descendencia un 20 % más numerosa. Esa diferencia en el número de descendientes supone una ventaja evolutiva enorme. En este caso determinó un rápido aumento de los genes y la cultura de estas familias dentro de su propia población, y en consecuencia dentro de la población de América del Norte en su conjunto.

Excoffier cree que si esas oleadas favorables a ciertos genes se produjeron a menudo mientras los humanos se dispersaban por el mundo, el resultado debió de ser la selección de múltiples genes que favorecían la curiosidad, la inquietud, la innovación y la disposición a correr riesgos. Eso «podría explicar parte de nuestra conducta exploratoria». La exploración podría crear un bucle que se potenciaría a sí mismo, al amplificar y difundir los genes y rasgos que la impulsan.

En la exploración también entra en juego otra dinámica que se refuerza a sí misma: una interacción permanente entre cultura y genes, en la que los genes influyen sobre el tipo de cultura que creamos y la cultura influye a su vez sobre nuestros genomas.

Aquí se trata de cultura en el sentido más am­­plio: conocimientos transmisibles, prácticas o tecnologías que los pueblos utilizan para adaptarse a un ambiente. Todas esas cosas existen solo porque nuestros rasgos genéticos evolucionaron hasta el punto de permitirnos crearlas, y las remodelamos constantemente. Pero esta cultura cambiante también puede influir sobre nuestra evolución genética, a veces de manera asombrosamente rápida y directa.

El clásico ejemplo de la relación entre cultura y genes es la rápida difusión del gen destinado a digerir la lactosa. Quienes carecen de él tienen dificultades para digerir la leche después de la infancia. Quienes lo poseen, la digieren sin problemas toda su vida. Casi nadie tenía este gen hace 15.000 años, porque no aportaba ninguna ventaja. Era una mutación más, que iba y venía. Pero cuando los primeros agricultores de Europa empezaron a criar ganado hace 10.000 años (iniciando así una cultura completamente nueva y una forma de vida totalmente diferente), este gen proporcionó a sus portadores acceso a una fuente de alimento disponible todo el año. Podían sobrevivir a épocas de escasez que hacían pasar hambre a otros. Esa ventaja hizo que el gen se difundiera rápidamente por Europa, mientras que en el resto del mundo siguió siendo raro. La cultura y los genes se favorecieron mutuamente: una nueva cultura aumentó el valor de un gen concreto, y a medida que este se difundió entre la población, la importancia de la cultura que criaba ganado lechero se incrementó también.

Se pueden ver signos de esta dinámica (genes y rasgos culturales que influyen mutuamente sobre el valor del otro) en casi todas las conductas humanas complejas, y en particular en la exploración. La primera vez que un antepasado humano usó una piedra para abrir una nuez, dio pie a una cultura que puede haber favorecido la selección de los genes de la destreza y la imaginación. El aumento de la destreza y la imaginación aceleró también el desarrollo de la cultura. Como indica Noonan, Shackleton se aprovechó de eso, al utilizar una cultura de barcos, herramientas, innovación y búsqueda para explorar nuevos territorios y regresar a casa sano y salvo. Según Gopnik, una antigua cultura humana de crianza colaborativa de los hijos (por la madre, el padre, los abuelos y otros familiares) potenció el valor de los genes que hacen posible un largo período de desarrollo cerebral. Y los pioneros de Quebec sacaron el máximo partido de sus genes inquietos creando una subcultura que recompensaba la curiosidad, la innovación, la resisten­cia y la voluntad de correr riesgos, además de la cultura material de herramientas que usaban para cortar madera y construir sus casas y vehículos (trineos, carros y canoas) para desplazarse.

Con sus naves, su brújula y su sextante, Cook también aprovechó su ingenio y curiosidad para cartografiar una parte del mundo hasta entonces desconocida. Su regreso multiplicó el valor tanto de la cultura marítima imperial de Inglaterra como de los rasgos genéticos que él mismo poseía, como demostró en sus viajes impulsados por la curiosidad y el gusto por el riesgo.

Pero, ¿qué hay de tupaia? Se diría que sus genes y su cultura siguieron un recorrido más sorprendente hasta llegar a encontrarse con los genes y la cultura británicos. De hecho, la expansión de los polinesios por el Pacífico constituye uno de los viajes más extraños de entre todos los que emprendió el moderno Homo sapiens desde su cuna africana y alrededor del globo. Comenzó como el primero y uno de los más rápidos, luego se ralentizó hasta casi detenerse, y acabó con un sprint a una velocidad récord.

El viaje empezó hace unos 60.000 años, cuando una de las primeras oleadas migratorias partió de África, atravesó Oriente Medio y avanzó a lo largo de la costa del sur de Asia. En apenas 10.000 años, aquellos humanos llegaron a Australia y Nueva Guinea, más accesibles entonces debido a un nivel del mar más bajo. Durante otros 10.000 años los integrantes de aquella oleada se dispersaron por las islas de la región, denominada a veces Oceanía Próxima, hasta llegar al archipiélago de Bismarck y las islas Salomón. Sus viajes se detuvieron allí de forma abrupta.

Hasta ese punto, dice Ana Duggan, quien es­­tudia esa migración en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, «se movían entre islas lo bastante cercanas como para que siempre hubiera tierra a la vista desde el mar». La isla de destino aparecía en el horizonte antes de que desapareciera la que habían dejado atrás.

Navegar más allá de las Salomón, sin embargo, es pasar semanas enteras sin avistar tierra. Ni las técnicas de navegación de aquellos pueblos oceánicos ni las embarcaciones que usaban (probablemente toscas canoas de troncos vaciados) bastaban para afrontar una travesía así. En consecuencia, se quedaron donde estaban.

«La siguiente parte de la historia es controver­tida», dice Duggan, aunque la mayoría de los estudiosos de la Polinesia la acepta y cada vez son más los indicios lingüísticos, arqueológicos y genéticos que la confirman. Según esta teoría, hace unos 3.500 años estos pobladores oceánicos recibieron a unos visitantes del norte, el pueblo costero de los austronesios, que habían partido de Taiwan y la costa sur de China mil años antes y se habían expandido lentamente por las Filipinas y otras islas del Sudeste Asiático antes de llegar a Oceanía Próxima. Una vez allí, se mezclaron con la población nativa. Durante los siglos siguientes, ese mestizaje de genes y culturas produjo un nuevo pueblo, el de los lapitas. Poco después, los lapitas empezaron a navegar hacia el este, a través del Pacífico.

¿Qué los impulsó a partir de nuevo? Probablemente no fueron los nuevos genes. Ninguno de los genes aportados por los austronesios destaca como candidato a favorecer la inquietud de sus portadores. De hecho, las variantes 7R y 2R eran menos comunes en los asiáticos que en los oceánicos. Pero los asiáticos aportaron algo que era decididamente nuevo.

«Trajeron consigo una mejor embarcación», dice Duggan.

Aquellas embarcaciones ya eran verdaderos barcos: canoas largas con velas y doble casco, mucho más veloces y capaces de llegar mucho más lejos. Con aquellas naves los austronesios podían navegar con vientos más fuertes y mares adversos. El entusiasmo suscitado entre los nativos por esas embarcaciones, que aún pervive en la cultura polinesia, debió de conferir un estatus muy elevado a sus propietarios. Como los mo­­dernos astronautas, los constructores de barcos y los navegantes del Pacífico debieron de gozar de una posición social que mejoraba sus oportunidades de conseguir pareja, les procuraba apoyo social y económico y constituía una fuerza motivadora capaz de favorecer todos los genes inquietos de la población. Como dice el antropólogo Wade Davis, Explorador Residente de National Geographic, «cuando te haces a la mar en busca de nuevas tierras, te conviertes en mito, aunque no vuelvas». Y así Tupaia, portador del ADN de sus antepasados, partió hacia el este.

Una embarcación adecuada para navegar como la desarrollada por los polinesios constituye una metáfora casi perfecta de la mayor capacidad que adquirimos gracias a la cultura. La cultura da a nuestros genomas maleables, nuestras mentes imaginativas y nuestras manos hábiles el poder de transformar las fuerzas más amenazadoras del entorno (el viento, el mar y las corrientes) en oportunidades. Para los lapitas que contemplaban el vasto mar desde el extremo más oriental de las islas Salomón, una embarca­ción semejante debió de ser como conseguir un nuevo par de piernas. Con una mano en el timón y el pensamiento puesto en nuevas islas, pudieron proseguir su viaje alrededor del mundo.

La imagen es estimulante incluso para una genetista del Instituto Max Planck. Mientras me hablaba en Leipzig de esas embarcaciones, Ana Duggan me confesó que no se sentía naturalmente atraída por la navegación. Pero esos barcos de los que hablábamos, la sola idea de esos barcos, parecían suficientes para despertar su innato instinto marinero.

«Si alguien llegara a la costa en uno de esos barcos y me dijera: “Mira qué embarcación tan espléndida tengo y lo lejos que puede llevarme” –murmuró–, yo zarparía en él.»