Marte

Excursión a Marte

Curiosity, el vehículo explorador de Marte, es lo más parecido a estar allí.

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Marte

Este vehículo explorador de la NASA, que utiliza el plutonio como fuente de energía, pesa una tonelada y tiene 2,70 metros de ancho, puede recorrer unos 100 metros al día y rodar sobre rocas grandes gracias a sus seis ruedas de aluminio. Sus cuatro cámaras estudian el terreno que el robot tiene por delante para evitar posibles peligros.

 

Foto: NASA/JPL/Malin Space Science Systems (MSSS)

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Marte

Esto es lo que uno vería desde el lugar donde se posó el Curiosity. El vehículo explorador tomó esta panorámica del cráter Gale con una cámara suspendida a unos dos metros del suelo, como si fueran los ojos de un humano. A derecha e izquierda se aprecian las marcas grises dejadas por los retrocohetes de la grúa aérea al depositar el vehículo en la superficie marciana. A lo lejos se distingue el monte Sharp, de 5.000 metros de altitud, al cual se dirige el Curiosity.

 

Foto: NASA/JPL/Malin Space Science Systems (MSSS)

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Marte

El cráter Gale, de 150 kilómetros de diámetro, es fruto del antiguo impacto de un meteorito. El Curiosity tardará meses en alcanzar el monte Sharp. Sus capas rocosas, de hasta 4.000 millones de años (tal vez más antiguas que cualquier estrato terrestre) podrían contener pruebas de cuando Marte se secó.

Foto: NASA/JPL/Agencia Espacial Europea/Centro Aeroespacial Alemán/Universidad Libre de Berlín/MSSS

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Marte

A finales de enero, el Curiosity realizó su primera perforación en una roca marciana: una lutita. El lugar se denomina Yellowknife Bay y en el pasado estuvo bajo el agua. El taladro del rover se encuentra en la torreta de herramientas situada en el extremo del brazo robótico.

Foto: NASA/JPL/Malin Space Science Systems (MSSS)

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Marte

El Curiosity aterrizó en Marte en lo que resultó ser un antiguo cauce. Al avanzar, descendió por una ligera depresión que hay justo delante y a la izquierda, donde se pasó meses perforando las primeras rocas, que contenían pruebas químicas de que en otra época el lugar no solo estaba cubierto de agua, sino que además era habitable.

 

Foto: NASA/JPL/Malin Space Science Systems (MSSS)

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Después de tomar las primeras muestras de tierra marciana, el Curiosity posó para un autorretrato. La imagen, compuesta a partir de 63 fotografías, muestra el vehículo entero e incluso las huellas dejadas en la arena por la pala y las ruedas, pero no el brazo robótico de dos metros que sostenía la cámara.

Foto: NASA/JPL/Malin Space Science Systems (MSSS)

2 de agosto de 2013

En 1880, el escritor escocés Stevenson y su mujer exploraron California durante su luna de miel. Yo formo parte de un equipo de más de 500 via­jeros que exploran Marte desde California con el robot más sofisticado que se ha enviado jamás a otro planeta. Mientras escribo, el Curiosity golpea una roca del cráter Gale. Puede que esta proeza no parezca muy sofisticada. Pero lo es. Hemos necesitado diez años de ingeniería en la Tierra y seis meses de preparación en Marte para llegar hasta esa piedra. Perforar un agujero de cinco centímetros de profundidad y extraer una muestra del tamaño de una aspirina requerirá varias semanas más. Estamos haciendo todo esto para buscar pruebas químicas de que Marte no es tan diferente de la Tierra; de que en el pasado también pudo albergar vida.

Soy geólogo y hago trabajo de campo en la Tierra. Normalmente salgo de expedición con cuatro o cinco personas. Accedemos a zonas re­­motas con todoterrenos, avionetas o helicópteros, y luego nos pegamos una buena caminata. Planificar una campaña de campo lleva meses, no un decenio, y cuando quiero tomar una muestra de una piedra, meto la mano en la mochila, saco el martillo de geólogo y separo un fragmento. Recoger muestras nos lleva unos minutos, no semanas. Al volver al laboratorio analizamos las muestras en unos días, en lugar de los meses que necesita el Curiosity. Tanto en la Tierra como en Marte, el trabajo de campo requiere mucha práctica. Pero en Marte es de otro calibre.

Para empezar, necesitamos a los mejores in­­genieros solo para diseñar la manera más eficiente de accionar el martillo o el taladro. En el Laboratorio de Propulsión a Chorro del Caltech (Instituto Tecnológico de California), los ingenieros practicaron durante años con el hermano gemelo del Curiosity, poniendo a prueba decenas de miles de líneas de código computacional que envían órdenes al brazo robótico de dos metros para asegurarse de que podrían ejecutar los cientos de movimientos necesarios para colocar un taladro de 30 kilos sobre un punto del tamaño de un guisante, con la delicadeza de una pluma. Perforamos montones de rocas autén­ticas y luego fabricamos piedras artificiales, que también perforamos, porque temíamos que las rocas podían ser diferentes en Marte. De lo que estábamos seguros es de que el clima sería distinto. Las temperaturas tienen allí una variación diurna de 100 grados centígrados, lo cual podría provocar que el vehículo explorador, incluida la broca, se expandiera y contrajera. Tuvimos que ingeniárnoslas para evitar que esta se encallara. También nos preocupaba que el polvo producido por la perforación atascara los diminutos tubos y tamices del laboratorio químico a bordo del vehículo. Nos esforzamos mucho en los detalles.

Después, tras soportar los famosos «siete mi­­nutos de terror» mientras la grúa aérea con retrocohetes depositaba cuidadosamente el Curiosity en Marte, nos pasamos seis meses mordiéndonos las uñas. Teníamos que cuidar con esmero nuestro flamante vehículo de 2.500 millones de dólares. Cuando en la Tierra golpeo una roca con el martillo y yerro, me golpeo la mano que sujeta el cincel, pero en general las tiritas y el tiempo solucionan el problema. En Marte no podemos permitirnos que el taladro o el martillo de percusión golpeen el vehículo explorador, nunca. Las junturas del brazo tienen el menor juego posible, y esas miles de líneas de software se revisaron una y otra vez. Aun así no sabíamos cómo funcionarían las cosas en Marte hasta que lo probamos. Entre otras cosas, allí la fuerza de gravedad es una tercera parte la de la Tierra. Por eso las decenas de actividades que ya habíamos practicado en California las repetimos en Marte, paso por paso. Trabajar en el planeta rojo es fabuloso, y exasperante. Por fin, al cabo de seis meses, estábamos listos para perforar una roca.

Y bien, ¿cuál es ese polvo tan preciado que hemos venido a buscar, cual antiguos exploradores de las islas de las Especias? El Curiosity busca pruebas palpables de que en otro tiempo pudo haber existido vida en Marte, entornos que podrían haber albergado microbios y moléculas orgánicas que podrían haber fabricado esos microbios. No buscamos vida en sí; para eso ha­­rían falta instrumentos aún más avanzados que los del Curiosity. Su labor nos ayuda a averiguar dónde debería buscar vida una misión futura.

Para que un entorno sea habitable se requieren tres ingredientes: agua, una fuente de energía y los elementos químicos con los que se construye la vida, como el carbono. Las misiones anteriores demostraron que en el pasado Marte tuvo agua en la superficie. Las sondas orbitales fotografiaron antiguos valles fluviales; los todoterrenos encontraron minerales que contenían agua en su estructura cristalina. El Curiosity investiga los otros dos requisitos para la vida. Como en la actualidad la superficie marciana no es habitable, buscamos rocas antiguas que conserven restos de un entorno más húmedo y parecido a la Tierra. Esperamos encontrar esas rocas en las capas de sedimentos del monte Sharp, en el centro del cráter Gale. Sin embargo, cerca del lugar de aterrizaje nos topamos con una de esas rocas, así que hemos empezado por perforar allí.

Para conseguir una buena muestra hay que llegar al interior de la roca, porque al estar menos degradado tiene más posibilidades de contener un registro fiable del antiguo entorno. A partir del estudio de los ambientes antiguos de la Tierra, el tema principal de mi investigación durante más de 20 años, he aprendido lo difícil que es descubrir ese tipo de registros, y especialmente encontrar moléculas orgánicas que pudieran haber sido generadas por organismos antiguos.

Incluso en la Tierra, donde sabemos que la vida microbiana era muy abundante hace miles de millones de años, solo encontramos los rastros en unos pocos lugares. La paradoja es que el agua, un componente esencial para la vida, también puede destruir las moléculas de los compuestos orgánicos del carbono. Justo en los lugares en los que podríamos buscar vida, lugares en los que el agua fluyó por la arena o el limo y precipitó minerales que unieron las partículas hasta formar rocas, el agua misma a menudo ha borrado las huellas orgánicas de vida… con raras excepciones. En la Tierra hemos aprendido a buscar esas excepciones. Y confiamos en que el Curiosity encuentre moléculas orgánicas en Marte. Estas moléculas también pueden formarse mediante procesos inertes, de manera que hallarlas no demostraría que hubiese habido vida en Marte. Pero nos indicaría dónde buscar.

Con la primera roca que perforamos ya hemos demostrado que Marte tuvo alguna vez las condiciones necesarias para la vida. Esa roca, una lutita surcada por venas de un mineral que se formó en presencia de agua, parece sacada de una región minera. Los análisis del Curiosity demostraron que el agua no era demasiado ácida para la vida (incluso podría haber sido potable). La roca presentaba compuestos de azufre que en la Tierra son la fuente de energía de algunos microbios. También contenía una fuente de carbono. Así y todo, seguimos sin poder asegurar que el lago en el que se formó nuestra roca, hace tal vez 3.000 millones de años, estuviera habitado. Solo sabemos que pudo estarlo.

De todas formas, no era preciso recurrir al cromatógrafo de gases para intuir que el cráter Gale era muy prometedor. Bastaba con mirar las fotografías. Un mes después de que el Curiosity se posara en la superficie marciana, nos dimos cuenta de que había descendido a un antiguo lecho fluvial. Las piedras se parecían a los cantos rodados que lanzaba de niño al arroyo que había detrás de mi casa, en Pennsylvania.

Las imágenes de lugares lejanos y desconocidos han inspirado tanto a los exploradores como al público general. Las fotos del Curiosity son así: inspiradoras y a la vez familiares, y han cautivado al público y a todos nosotros en el Laboratorio de Propulsión a Chorro. Desde el día que aterrizamos, este lugar nos pareció distinto de cuantos habíamos visitado en misiones anteriores a Marte. La cima del monte Sharp, el borde del cráter, los primeros planos de esas piedras modeladas por el agua de un antiguo arroyo… todo nos recuerda a nuestro hogar.

Pensar esto de otro planeta es algo extraño e intenso. Poco después de que usted lea estas líneas, nosotros deberíamos estar atravesando el cráter en dirección a la montaña, un trayecto de ocho kilómetros. Ahora que soy un viajero en Marte, comprendo la esencia de la frase de Stevenson: esta tierra no es tan extraña. Es un lugar precioso para hacer una excursión.