Energía solar: un potencial por explotar

La luz solar nos proporciona mucha más energía de la que podemos necesitar. La clave está en ser capaces de captarla en cantidad suficiente. Recréate en las fotografías de Michael Medford.

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Para convertir un espacio inutilizado en fuente de energía para 1.300 hogares, los operarios de la compañía Southern California Edison instalan unos 33.000 paneles fotovoltaicos sobre 5,6 hectáreas de tejados de almacenes industriales cerca de Los Ángeles. Las leyes de California obligan a las compañías eléctricas a generar un 20 % de su producción a partir de energías renovables, antes de 2010.

Michael Melford

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Sólo la sombra fugaz de unas pocas nubes y el paso de un tren alteran la paz de una llana extensión de desierto, en el condado californiano de San Bernardino, donde Stirling Energy Systems tiene previsto instalar unos 30.000 captadores de luz solar (SunCatchers). En las pruebas realizadas en los Laboratorios Nacionales de Sandia, en Nuevo México, los dispositivos establecieron un récord de eficiencia, al transformar el 31,25 % de la luz solar incidente en corriente alterna. Algunas células fotovoltaicas de última generación ofrecen una eficiencia inicial aún mayor, pero se quedan atrás cuando la corriente continua que generan se convierte en corriente alterna, lista para el suministro.

 

Michael Melford

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Solar Retro

La energía del futuro tiene un pasado. Trozos de espejos (superior) yacen bajo sus recambios en el SEGS I, la primera planta solar térmica comercial de Estados Unidos, inaugurada hace 25 años. En 1977, Carter (arriba) anunció el primer impulso gubernamental a las energías renovables. La iniciativa se estancó tras dejar Carter la presidencia y caer el precio del petróleo.

Michael Melford

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Solar Termoeléctrica
En la Nevada Solar One, junto a Las Vegas, el aceite que circula por las filas de reflectores absorbe el calor concentrado del sol y se calienta lo suficiente para producir el vapor que acciona una central de 64 megavatios. Muchas compañías prefieren este sistema al fotovoltaico, que es más caro.

Michael Melford

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Los discos solares SunCatcher de los Laboratorios Nacionales Sandia, en Nuevo México, aguardan en reposo mientras sale la luna. Cuando amanezca, cada juego de espejos girará hacia el sol, y la luz concentrada calentará un motor Stirling situado en el punto focal, lo que accionará los pistones del generador de electricidad. No hay otro sistema más eficiente para convertir los fotones en corriente alterna preparada para el suministro. La compañía Stirling Energy Systems tiene previsto instalar unos 60.000 SunCatchers en parajes desérticos entre Los Ángeles y San Diego.

Michael Melford

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En un parque solar del sur de España, espejos del tamaño de una casa captan una parte de los 120 trillones de megavatios de luz solar que constantemente llegan a la Tierra. Las subvenciones para esta prometedora fuente de energía han hecho de Europa el epicentro solar mundial.

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En una tórrida llanura cercana a Sevilla, la luz del sol se refleja primero en los espejos y después en las nubes bajas. Normalmente, los heliostatos del parque PS10 de Abengoa Solar concentran la luz en la cima de la torre central, donde calienta un intercambiador de calor que produce el vapor necesario para accionar una turbina. Los días nublados, los operadores orientan los espejos hacia el cielo. Una repentina aparición del sol abriéndose paso entre las nubes podría calentar la torre tan rápidamente que podría destruirla.

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Energía Fotovoltaica
Los paneles solares, como éstos instalados en una granja bávara, producen electricidad cuando la luz hace que los átomos de un semiconductor, por lo general silicio, pierdan electrones. A diferencia de la energía solar termoeléctrica, los sistemas fotovoltaicos funcionan con eficacia a pequeña escala.

Michael Melford

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Con el montaje de paneles solares sobre soportes dispuestos a lo largo de más de un centenar de hectáreas, una base militar de la antigua Alemania del Este se ha transformado en el Parque Solar de Waldpolenz, con una capacidad instalada de 40 megavatios. Terminado a finales de 2008, es el cuarto parque solar de energía fotovoltaica más grande del mundo. Los productores alemanes de energía solar se benefician de una legislación favorable, que impone el pago de primas por la electricidad de origen solar. Este tipo de incentivos oficiales, destinados a estimular el crecimiento del sector solar, están teniendo un éxito notable.

Michael Melford

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Más de medio millón de paneles fotovoltaicos de película fina han sido instalados en el Parque Solar de Waldpolenz, cerca de Leipzig, Alemania. Los partidarios de esta nueva tecnología afirman que este tipo de panel es más fácil de instalar y que, con suficiente espacio disponible, genera energía de forma más económica (aunque quizá menos eficiente) que las mejores células solares tradicionales de silicio.

Michael Melford

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En su nueva sede de Niestetal, parcialmente alimentada por los paneles fotovoltaicos de la cubierta visibles en el centro de la imagen, la compañía alemana SMA Solar Techonolgy predica con el ejemplo y usa lo que vende. La empresa fabrica los inversores de potencia necesarios para convertir la corriente continua generada por los paneles solares en la corriente alterna que llega a los consumidores.

Michael Melford

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Una de las principales ventajas de la energía solar es que se puede generar a cualquier escala y prácticamente en cualquier parte, como en estas barreras sonoras instaladas a lo largo de la Autobahn 92, cerca de Munich. El precio de los paneles fotovoltaicos está cayendo, gracias en buena medida a la economía de escala impulsada por la gran difusión que está alcanzando su uso en países como Alemania. Sus defensores pronostican que los veremos cada vez con más frecuencia en espacios que antes no se aprovechaban, como el de la foto.

Michael Melford

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Solar las 24 horas

Generar electricidad durante la noche sigue siendo el gran desafío para la casa solar. Un nuevo catalizador, barato y autorrenovable, descubierto por Daniel Nocera, investigador del MIT (derecha), podría hacer posible el uso del agua como medio de almacenamiento, lo que permitiría tener las luces encendidas por la noche e incluso recargar un coche eléctrico o de hidrógeno. «La casa se convierte en una central eléctrica –dice–. Se convierte en una gasolinera.»

Michael Melford

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La compañía Southern California Edison arrendó en 2008 la cubierta de estas naves enormes, en Fontana, California, para instalar paneles solares capaces de generar 2,44 megavatios. Fue el primer paso de un proyecto de mayor alcance, que prevé instalar a lo largo de cinco años 250 megavatios de potencia solar en los 130.000 kilómetros cuadrados de su área de influencia. La compañía calcula que, a pleno rendimiento, cada megavatio de capacidad instalada podría abastecer a 650 hogares.

Michael Melford

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Mientras se encienden las luces en Los Ángeles, Larry Kazmerski, defensor de la energía solar, posa con su último modelo fotovoltaico: paneles de capa fina flexibles que pueden instalarse en cualquier sitio y que, según el investigador del Laboratorio Nacional de Energías Renovables, algún día podrían suministrar electricidad a ciudades enteras. «Estará en todos los tejados», afirma Kazmerski.

Michael Melford

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En un terreno parcelado por las explotaciones agrícolas tradicionales, los parques solares Andasol 1 y 2, en la provincia de Granada, dependen de la misma energía que las cosechas. Las plantas almacenan la energía solar mediante la fotosíntesis, mientras que estas instalaciones de energía solar termoeléctrica lo consiguen utilizando parte de la luz solar que captan durante el día para calentar miles de toneladas de sal. Cuando anochece, el calor almacenado en la sal les permite continuar generando electricidad durante otras siete horas y media.

Héctor Garrido

6 de octubre de 2009

A primera hora de una despejada mañana de noviembre en el desierto de Mojave, el sol acaricia las cumbres de los montes McCullough con una luz rosada. Más allá, la luna llena se hunde sobre los resplandecientes gigavatios de Las Vegas. La planta Nevada Solar One duerme, pero la jornada de trabajo está a punto de comenzar.

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Cuesta imaginar que una central eléctrica pueda ser tan hermosa: 100 hectáreas de espejos de curvas suaves alineados en largos colectores cilindro parabólicos que forman canales de luz. Orientados hacia el suelo durante la noche, están empezando a despertar (todos ellos, más de 182.000) y a seguir al sol.

«Parece que será un día de 370 grados», dice uno de los operadores de la sala de control. Su trabajo consiste en vigilar las filas de espejos parabólicos que concentran la luz del sol en largos tubos de acero llenos de aceite en circulación, que puede calentarse hasta una temperatura de 400 grados. Desde el parque de espejos, el líquido candente pasa a unos radiadores gigantescos que extraen el calor y calientan agua para producir vapor. Este vapor, a su vez, acciona una turbina y un generador que aportan a la red hasta 64 megavatios, energía suficiente para cubrir el suministro eléctrico de 14.000 hogares estadounidenses o de unos cuantos casinos de Las Vegas. «Una vez producido el vapor, el sistema es el tradicional, el estándar dentro del sector –dice Robert Cable, director de la planta, señalando una central eléctrica alimentada con gas, al otro lado de la carretera–. Usamos los mismos instrumentos y los mismos componentes que los vecinos de enfrente.»

Cuando la Nevada Solar One entró en funcionamiento en 2007, fue la primera planta solar de grandes dimensiones que se construía en Estados Unidos en más de 17 años. Durante ese tiempo, la tecnología solar había florecido en otros lugares. La Nevada Solar One pertenece a Acciona, una empresa española que vende la electricidad generada en su central a NV Energy, la compañía regional de suministro. Los espejos están fabricados en Alemania.

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Tras ponernos un casco y unas gafas oscuras, Cable y yo subimos a su camioneta y vamos dejando atrás una fila tras otra de espejos. Unos hombres los riegan desde un camión cisterna. «Cualquier clase de polvo los afecta», dice Cable. Nos detenemos en el extremo más alejado del campo y bajamos para verlo todo más de cerca. Para demostrarme la resistencia de los espejos, Cable los golpea como si fueran un tambor. Por encima de su cabeza, en el foco de la parábola, la tubería por donde circula el aceite tiene un revestimiento cerámico negro para absorber la luz y está aislada en el interior de un cilindro de vidrio hermético. En un día despejado de verano, con el sol en lo más alto del cielo, la Nevada Solar One puede convertir en electricidad alrededor del 21 % de los rayos del sol. Las centrales alimentadas con gas son más eficientes, pero este combustible es gratis y no emite CO2.

Cada 30 segundos, más o menos, se oye un zumbido suave, el de un motor que hace girar los espejos un poco más; a mediodía, todos estarán mirando al cénit. Es todo tan silencioso que cuesta imaginar lo mucho que se está trabajando. Cada uno de los 760 juegos de espejos puede producir unos 84.000 vatios. A las 8 de la mañana, el aceite que corre por las tuberías ha alcanzado la temperatura operativa. Una nube blanca de vapor emana de una de las torres de refrigeración. Media hora después, el rumor de la turbina en el interior de la estación generadora se ha convertido en un sonido estridente. La Nevada Solar One está lista para empezar a aportar energía a la red.

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Con una nueva administración en Washington que promete abordar el problema del calentamiento global y disminuir la dependencia del petróleo extranjero, puede que haya llegado la hora de la energía solar en Estados Unidos. El año pasado el precio del petróleo alcanzó los 140 dólares el barril antes de hundirse con el resto de la economía, lo que indica los riesgos de supeditar el futuro a algo tan poco predecible como el petróleo. Ante la peor recesión desde la década de 1930, Washington ha emprendido proyectos de gran envergadura para mejorar las infraestructuras del país, entre ellas el suministro de energía. El presupuesto del gobierno de Barack Obama para 2010 prevé duplicar en tres años la capacidad nacional de producción de energías renovables. Las turbinas eólicas y los biocombustibles serán una aportación importante. Pero ninguna forma de energía es más abundante que la del sol.

«Otras fuentes de energía renovable, como la geotérmica o la eólica, tienen limitaciones en cuanto a cantidad –me dijo Eicke Weber, director del Instituto Fraunhofer de Sistemas de Energía Solar, cuando lo entrevisté el otoño pasado en la ciudad alemana de Friburgo–. La energía total que necesitamos en todo el mundo es de unos 16 te­­ravatios. [Un teravatio equivale a un billón de vatios.] Para 2020 necesitaremos 20 teravatios, y el sol derrama 120.000 teravatios sobre las tierras emergidas del planeta. Desde ese punto de vista, podemos decir que la energía solar es virtualmente ilimitada.»

Hay dos maneras principales de aprovecharla. La primera consiste en producir vapor, ya sea con espejos cilindro parabólicos como los de Nevada, o con un parque de espejos planos llamados heliostatos, orientados por ordenador, que concentran la luz solar en un receptor situado en la cima de una enorme torre central. La segunda es convertir directamente la energía solar en electricidad con paneles fotovoltaicos (FV) fabricados con un material semiconductor como el silicio.

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Cada sistema tiene sus ventajas. En este momento, la generación de vapor, también conocida como energía solar termoeléctrica, es más eficiente que la fotovoltaica, ya que transforma en electricidad un mayor porcentaje de la luz solar recibida. Sin embargo, requiere muchas hectáreas de terreno y largos tendidos de cables de alta tensión para poner la energía en el mercado. Los paneles fotovoltaicos, en cambio, se pueden instalar en los tejados, en el lugar donde se necesita la energía. Los dos procedimientos comparten un inconveniente obvio: su producción disminuye cuando el cielo está nublado y desaparece por la noche. Pero los ingenieros ya están trabajando para desarrollar sistemas que permitan almacenar la energía y utilizarla en las horas de oscuridad.

Según los más optimistas, con pequeñas mejoras continuadas (sin necesidad de ningún avance revolucionario) y con el apoyo decidido del gobierno, la energía solar puede llegar a ser tan eficiente y económica como los combustibles fósiles. Los más pesimistas dicen que ya oyeron antes ese mismo discurso, hace 30 años, durante la pre­sidencia de Jimmy Carter, otro período de crisis desencadenada por el embargo del petróleo árabe en 1973. Carter propuso entonces una nueva política energética que reservaba un lugar destacado a la energía solar. En 1979, la revolución islámica en Irán volvió a poner por las nubes el precio del petróleo. Fiel a su palabra, Carter puso colectores solares térmicos para calentar agua en el tejado de la Casa Blanca.

Durante los años siguientes se instalaron dos grandes parques de espejos cilindro parabólicos, el SEGS I y el II (por las siglas en inglés de Estación Solar de Generación Eléctrica), a unos 260 kilómetros al sudoeste de Las Vegas, en California. Les siguieron otras siete plantas cercanas. Aún funcionan: cerca de un millón de espejos en un total de 650 hectáreas, con una potencia combinada de 354 megavatios.

Aquel impulso no tuvo continuidad. La economía acabó asimilando el revés del petróleo iraní, y los precios de los combustibles cayeron. La urgencia desapareció y, tras la reducción de los fondos para la investigación, la energía solar continuó siendo un factor menor en la ecuación de la energía. Las plantas SEGS todavía estaban en construcción cuando el presidente Ronald Reagan quitó del tejado de la Casa Blanca los calentadores solares. La primera revolución solar quedó en nada.

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Hoy, dos décadas después, es posible que una nueva revolución solar esté lista para comenzar.

Otro legado de la era Carter, el Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL) de Golden, Colorado –principal centro gubernamental de investigación en energía solar y eólica, hidrógeno y otros combustibles alternativos–, se prepara para un resurgimiento. Cuando lo visité el otoño pasado, había un nuevo campus de investigación y una nueva sede en construcción. Postergado hasta hace poco por el gobierno, el NREL se está beneficiando ahora de la mayor cantidad de fondos presupuestados por el gobierno de Obama para las energías renovables. «En este momento la energía solar es una fracción mínima de la producción de electricidad en Estados Unidos –dijo Robert Hawsey, director asociado del laboratorio–. Pero para 2030 podría cubrir entre el 10 y el 20 % de la demanda nacional de electricidad en horas punta.»

Pero para eso hace falta el apoyo del gobierno. La Nevada Solar One jamás se habría construido si el estado donde se encuentra no hubiera fijado como plazo el año 2015 para que las compañías generen un 20 % de la electricidad a partir de fuentes renovables.

Con objeto de recortar costes y reducir la necesidad de incentivos, los ingenieros del NREL están estudiando unos espejos hechos de po­­límeros ligeros en lugar de vidrio y unos tubos receptores que absorban mejor la luz solar y pierdan menos calor. También han abordado

el gran problema de la energía solar: el almacenamiento de parte del calor generado durante las horas de sol para su uso posterior.

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El año pasado se inauguró en España, en la localidad granadina de La Calahorra, la primera planta solar comercial con capacidad de almacenamiento de calor. Durante el día, la luz solar de un parque de espejos calienta sal fundida. Por la noche, cuando la sal se enfría, desprende el calor y produce más vapor. En Arizona, la estación generadora de Solana también usará sal fundida para almacenar calor. La empresa constructora de Solana, Abengoa Solar, también es española, lo cual indica el papel pionero de España en el desarrollo de la tecnología solar, y el retraso acumulado por Estados Unidos.

En la década de1980, un ingeniero llamado Roland Hulstrom calculó que bastaría cubrir con paneles fotovoltaicos (la otra gran tecnología solar) tres milésimas de la superficie de Estados Unidos (apenas un cuadrado de 160 kilómetros de lado) para suministrar electricidad a todo el país. La gente creyó que quería pavimentar con silicio el desierto de Mojave. «Los ecologistas se pusieron en pie de guerra –recordaba hace poco Hulstrom en su oficina del NREL. Pero eso no era lo que él pretendía–. Se pueden cubrir aparcamientos con paneles fotovoltaicos, o instalarlos en los tejados de las casas.»

Veinte años después, los paneles fotovoltaicos siguen aportando una proporción minúscula del suministro eléctrico del país. Pero en los tejados de estados con mucho sol e incentivos fiscales, se han convertido en un elemento del paisaje casi tan corriente como los aparatos de aire acondicionado.

Ahora mismo los paneles son caros, y su eficiencia es de apenas entre el 10 y el 20 %, en comparación con el 24 % de los espejos cilindro parabólicos. La culpa no es de la física, sino de la historia. Tras el primer impulso de la energía solar a mediados de los años ochenta, muchos ingenieros se pasaron al sector de la informática, que usa la misma materia prima: silicio y otros semiconductores. Desde entonces, los microprocesadores duplicaron su capacidad cada dos o tres años, mientras la energía solar languidecía. Pero parte del talento de la ingeniería está volviendo a la energía solar.

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Los investigadores del NREL intentan aprovechar la propiedad de diferentes semiconductores de captar diferentes colores de los rayos de luz. Superponiendo capas de unos compuestos llamados fosfuro de indio-galio y arseniuro de galio-indio, y utilizando una lente para concentrar la luz solar, el año pasado lograron fabricar una célula fotovoltaica con una eficiencia del 40,8 % (un récord mundial, hoy ya superado). Pero la producción masiva de esas células aún es un objetivo lejano. «La tecnología es de una complejidad increíble –dijo Ray Stults, director asociado del laboratorio–. Podemos fabricarlas ahora mismo a un precio de unos 7.000 euros por centímetro cuadrado, pero no creo que haya mucha gente dispuesta a pagarlos.»

Otra posibilidad es renunciar a una mayor eficiencia a cambio de un coste menos elevado. Los semiconductores de capa fina generan menos energía, pero requieren menos materia prima, lo que los convierte en una alternativa económica para las grandes instalaciones fotovoltaicas. Dos empresas estadounidenses, First Solar y Nanosolar, aseguran que ya pueden fabricar células solares de capa fina a un coste de unos 80 céntimos de euro por vatio, un precio muy cercano al nivel necesario para competir con los combustibles fósiles. Con la mirada puesta en un futuro más lejano, los ingenieros del NREL están trabajando con líquidos fotovoltaicos. «El objetivo es que cuesten lo que un litro de pintura –dijo Stults–. La eficiencia no será del 50 o el 40 %, sino del 10 %. Pero si es barato, la gente puede pintar las paredes de su casa, conectarse y listo.»

Los paneles fotovoltaicos no sólo se pueden instalar en casas particulares o almacenes. En los suburbios del nordeste de Las Vegas, la base de la Fuerza Aérea de Nellis cubre alrededor de un 25 % de su consumo de electricidad con este tipo de paneles. Algunos días la base funciona sólo con energía solar. El otoño pasado, contemplando el parque, comprendí la belleza del sistema. No había tuberías de aceite, ni intercambiadores de calor, ni calderas, ni generadores ni torres de refrigeración, sólo fotones que hacían saltar electrones de los átomos de silicio y generaban una corriente. Construida en apenas 26 semanas por la SunPower Corporation en 2007, la instalación genera actualmente 14,2 megavatios, lo que la convierte en la mayor de tipo fotovoltaico de Estados Unidos, aunque sólo ocupa el puesto 25 en el mundo. Casi todas las más grandes están en España, que al igual que Alemania ha invertido mucho en energía solar.

Sin embargo, ninguna de esas plantas cuenta aún con un sistema de almacenamiento. Como los paneles fotovoltaicos producen electricidad directamente, no hay calor que capturar en depósitos de sal fundida. Una posibilidad sería desviar durante el día parte de la corriente fotovoltaica para hacer funcionar unas bombas que compriman el aire en cavernas subterráneas. El aire comprimido se emplea desde hace décadas en Alemania para almacenar la producción nocturna, más económica, de las centrales eléctricas convencionales, con el fin de utilizarla durante las horas punta del día. En una planta solar el ciclo sería el inverso. Cuando se necesita electricidad por la noche, se libera la energía acumulada durante las horas de iluminación solar, dejando que el aire comprimido accione una turbina.

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Las familias que hoy viven sin conexión a la red eléctrica, sólo con paneles fotovoltaicos, utilizan baterías corrientes para el consumo nocturno. Puede que en el futuro dispongan de electrolizadores alimentados con energía solar que disociarán las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno. La recombinación de los gases en una pila de combustible produciría otra vez electricidad. La idea es antigua, pero el año pasado Daniel Nocera, químico del MIT, publicó lo que podría ser un importante avance: un nuevo catalizador que abarata sustancialmente la electrólisis del agua. Nocera suele mostrar una garrafa de plástico llena de agua. Según dice, todas las necesidades nocturnas de electricidad de una familia se pueden almacenar en cin­co como ésa, y aún sobra para hacer funcionar un coche eléctrico.

Nadie conoce con exactitud el futuro de la energía solar, pero son muchos los que creen que las posibilidades son prácticamente ilimitadas, si nos comprometemos a dar un impulso a la tecnología.

Una fría mañana de diciembre, al oeste de Frankfurt, una niebla congelada colgaba de los árboles, y las nubes ocultaban el sol. Tiritando en una colina sobre la localidad de Morbach, contemplaba las palas de una turbina eólica de 100 metros de altura. A mis pies, un parque de paneles fotovoltaicos intentaba absorber la poca luz que había. ¿Quién habría dicho que Alemania iba a convertirse en el principal productor de energía fotovoltaica del mundo, con una capacidad de más de cinco gigavatios?

Una fracción de esa energía procede de parques centralizados como el de Morbach, relativamente pequeño, o el de Waldpolenz, un vasto parque solar de 110 hectáreas construido hace poco con tecnología de capa fina en una base aérea soviética abandonada cerca de Leipzig. Como el suelo es muy caro en Alemania, los paneles solares se montan en los tejados, sobre los establos e incluso encima de los estadios de fútbol y a lo largo de las autopistas. Aunque dispersos por todo el país, están conectados a la red nacional, y las compañías eléctricas están obligadas a pagar incluso a los productores más mo­­destos una tarifa de 50 céntimos de euro por kilovatio-hora.

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«Nos pagan por vivir en esta casa», dijo Wolfgang Schnürer, residente en la urbanización Solarsiedlung («asentamiento solar»), en Friburgo. Fuera, la nieve se deslizaba por los paneles solares que cubren los tejados del complejo. La víspera, el sistema de Schnürer sólo había producido 5,8 kilovatios-hora, cantidad insuficiente para un hogar alemán. Pero en un día soleado de mayo había llegado a producir más de siete veces esa cantidad. Después de servirme café y galletas, Schnürer desplegó varios documentos sobre la mesa. En 2008, su planta eléctrica doméstica generó 6.187 kilovatios-hora, más del doble del consumo familiar. Tras restar el volumen consumido del volumen generado, el resultado fue de más de 2.500 euros a su favor.

El auge de la energía solar ha transformado la «soleada Friburgo», como la llaman los folletos turísticos. Al otro lado de la calle, frente al Solarsiedlung, hay un aparcamiento y una escuela cubiertos también con paneles fotovoltaicos. En el casco antiguo de la ciudad, altos murales fotovoltaicos reciben a los visitantes en la estación de ferrocarril. Cerca de allí, en el Instituto Fraunhofer de Sistemas de Energía Solar, se está desarrollando la tecnología de la siguiente generación. Uno de los proyectos utiliza lentes de Fresnel para concentrar 500 veces los rayos de sol, lo que aumenta la eficiencia del panel fotovoltaico estándar hasta situarla en un 23 %.

La demanda creada por el sistema de tarifas con primas que ha establecido el gobierno es lo que impulsa este tipo de investigaciones, según Eicke Weber, director del instituto. Todo aquel que instale un sistema fotovoltaico tiene aseguradas tarifas por encima del precio de mercado durante 20 años, lo que supone un 8 % de renta anual sobre la inversión inicial.

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El escaparate más espectacular del futuro de la energía solar es probablemente Plataforma Solúcar, un complejo energético situado en un valle de Andalucía, a unos 25 kilómetros al oeste de Sevilla. Yo había visto fotos de la torre de 11 megavatios llamada PS10. Mide 115 metros de altura y está rodeada por 624 heliostatos que reflejan los rayos del sol hacia su punto más alto, donde se enciende una luz que reluce como una nueva estrella. A su lado, ya se ha terminado de construir la PS20, con el doble de heliostatos y el doble de potencia. Pero cuando coroné la colina, vi un valle sumido en la niebla, un recordatorio de que incluso en el caluroso y soleado sur de España la energía solar siempre se tendrá que combinar con sistemas de almacenamiento o con otras formas de energía.

«Anoche tuvimos un problema; ya no hay torre», dijo Valerio Fernández, director de la planta, propiedad de Abengoa Solar, cuando salió a recibirme a la valla de entrada. Se echó a reír, mientras levantábamos la vista hacia la PS10, cuyo remate se perdía entre las nubes. En un día normal, la potencia concentrada en la torre puede llegar a cuatro megavatios por metro cuadrado, mucho más de lo que puede aprovecharse sin riesgo. Los operarios de la PS10 tienen que limitar el volumen de energía para no fundir el receptor.

Las centrales de torre son otra versión de la energía solar termoe­léctrica, otra forma de aprovechar la luz del sol para producir vapor. Mientras que los colectores cilindro parabólicos han demostrado su eficacia en superficies extensas y llanas, las centrales de torre se pueden instalar en un terreno ondulado, con cada espejo individual­mente alineado para reflejar la radiación sobre un intercambiador de calor en lo alto de la torre central. La torre calienta el vapor a mayor tem­peratura, por lo que potencialmente puede ser más eficiente.

Pero como el sector solar aún está en pañales, Abengoa Solar prefiere diversificar sus apuestas. Cerca de las centrales de torre vi unas grúas que estaban montando hileras de espejos cilindro parabólicos, y detrás de la PS10 se extendía un parque de paneles fotovoltaicos avanzados que siguen al sol sobre dos ejes (norte-sur y este-oeste)para asegurar una exposición óptima durante todo el año. Cada panel tenía espejos o lentes de Fresnel para intensificar la luz. «Nuestro objetivo es aprovechar cada rayo del sol», dijo Fernández.

Cuando volví a Estados Unidos, leí un artículo que instaba al país a actuar más deprisa en el aprovechamiento de la energía solar: «Cada hora, el sol inunda la Tierra con un torrente de energía térmica equivalente a 21.000 millones de toneladas de carbón», calculaba el autor. Ilustrado con el dibujo de una planta solar futurista, se titulaba «¿Por qué no tenemos energía solar?». Estaba fechado en 1953.

Esta vez puede que lo consigamos. El pasado febrero, la compañía BrightSource Energy firmó contratos con la Southern California Edison para construir una serie de centrales de torre en los desiertos sudoccidentales que podrían generar 1,3 gigavatios, lo mismo que una central grande de carbón. Y la empresa Pacific Gas and Electric ha encargado más de 1,8 gigavatios en colectores cilindro parabólicos, paneles fotovoltaicos y centrales de torre. Los ecologistas ya se preparan para luchar contra algunos de esos proyectos. Todos ellos cubrirán vastas áreas de desierto, y algunos consumirán gran cantidad de agua, escasa en la zona, para refrigeración. Como todos los sistemas de generación de electricidad, la energía solar tiene sus inconvenientes.

Y todavía tiene mucho camino por delante. Cuando estuve en Nevada visité la presa Hoover, una de las primeras productoras masivas de energía renovable. El agua del río Colorado que caía desde el pantano Mead hacía girar dos filas paralelas de turbinas. Sólo una de ellas genera 130 megavatios, el doble que la Nevada Solar One.

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Pero la presa Hoover me dio esperanzas. Pensé en cómo Estados Unidos respondió a los desafíos de la Gran Depresión de la década de 1930. El New Deal, como llamaron entonces al paquete de medidas para combatir la crisis, no sólo incluía la presa Hoover, sino la Autoridad del Valle del Tennessee, que llevó energía hidroeléctrica al sudeste del país, y la Administración de Electrificación Rural, que tendió líneas de alta tensión hasta las áreas más apartadas. En una época de calamidad económica, el paisaje energético del país se transformó. Siete décadas más tarde aún disfrutamos de los beneficios de aquellas medidas cada vez que pulsamos un interruptor.