Cómo combatir el cambio climático

Energía para el pueblo

Una revolución solar está transformando las vidas de la gente en el mundo en vías de desarrollo.

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Energía para el pueblo. Lámparas solares

Lámparas solares

En un horno de ladrillos del estado de Uttar Pradesh, en la India rural, los obreros alumbran sus pasos con lámparas solares. Los países en vías de desarrollo tienen dificultades para llevar energía a la gente. En el planeta hay unos 1.100 millones de personas sin acceso a la electricidad.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Luz nupcial

Luz nupcial

Sosteniendo una lámpara de energía solar, Soni Suresh, de 20 años, y Suresh Kashyap, de 22, contraen matrimonio en Uttar Pradesh, donde 20 millones de hogares carecen de electricidad.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Luz para los madereros

Luz para los madereros

En la región birmana de Bago los madereros trabajan desde hace siglos con elefantes como este, de 11 años de edad. Los trabajadores de estos campamentos de explotación forestal no tienen electricidad, por lo que antes del amanecer se alumbran con lámparas solares.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Ensayo del coro

Ensayo del coro

Miembros del coro de la iglesia de Jubilee Revival de Sango Bay, en Uganda, ensayan a la luz de una lámpara solar la víspera de los oficios. Sango Bay es una pequeña población pesquera de 120 hogares.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Un bien al alcance de pocos

Un bien al alcance de pocos

La electricidad es un lujo en Uganda. Denis Okiror, de 30 años, empezó a usar lámparas solares en su barbería de Kayunga hace dos años. Dice que casi todos sus clientes prefieren acudir a última hora del día.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Jornada más larga

Jornada más larga

Ibrahim Kalungi y Godfrey Mteza, dos jóvenes mecánicos de 20 años, trabajan de noche en su taller de motocicletas de Nbeeda, en Uganda. Las lámparas solares les ofrecen la posibilidad de alargar su jornada laboral y, de esta manera, ganar más dinero.

Foto: Rubén Salgado Escudero

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Energía para el pueblo. Pesca nocturna

Pesca nocturna

En el estado indio de Odisha, la gente sale a pescar con cestas cónicas e iluminación fotovoltaica. Menos de la mitad de los 42 millones de habitantes de Odisha utilizan la red eléctrica.

Foto: Rubén Salgado Escudero

Una revolución solar está transformando las vidas de la gente en el mundo en vías de desarrollo.

Prashant Mandal enciende una lámpara led del tamaño de una tableta de choco­late en la choza en la que vive con su mujer y sus cuatro hijos. Al instante, tonalidades amarillo canario y azul marino –reflejo de las lonas de plástico que hacen las veces de techumbre y de paredes de la casa familiar– inundan el angosto espacio en el que duermen. Mandal, de 42 años, señala sus pertenencias: una página arrancada de un viejo calendario hindú, una pila de platos de estaño, una caja de madera que sirve de asiento. Apaga la unidad fotovoltaica que suministra energía a la lámpara y la desconecta pieza a pieza. Luego se la lleva a una tienda situada a unos 20 metros, donde trabaja de chai wallah vendiendo té dulce con leche a los viajeros que recorren la desolada carretera de Madhotanda, una ciudad cercana a la frontera norte de la India.

«Mi vida es triste, pero lucharé para salir adelante –dice, tocándose el raído turbante anaranjado–. Y con esta luz obtenida con energía solar puedo tener el negocio abierto por las noches.»

Mandal, que construyó su vivienda ilegalmente en un terreno público en los límites de una reserva de tigres, no es más que una pieza minúscula de una innovadora maquinaria económica en ciernes, engranada por cientos de empresas que venden pequeñas unidades de energía solar fotovoltaicas a clientes de países en vías de desarrollo a quienes no llega el tendido eléctrico pero cuyas necesidades energéticas van en aumento. En el mundo hay aproximadamente 1.100 millones de personas sin acceso a la electricidad, y una cuarta parte de esa cifra corresponde a la India, donde gente como Mandal se ha visto condenada a recurrir al nocivo queroseno o a aparatosas baterías con frecuentes fugas de ácido.

La unidad fotovoltaica de Mandal alimenta dos lámparas led y un ventilador, y obtiene la energía de una placa solar de 40 vatios. La luz solar incide sobre la placa y carga una miniestación eléctrica de color naranja durante unas diez horas. Mandal alquila el equipo a Simpa Networks, que ofrece planes de abono adaptados al presupuesto de los consumidores de rentas más bajas. Así y todo, el equivalente a unos 30 céntimos diarios es un gasto enorme para Mandal, que mantiene a su familia con menos de dos euros al día. La comida cuesta dinero, al igual que los libros de texto, las medicinas y el té. El año pasado enfermó su hijo mediano, de 15 años, y la factura del hospital cargó a la familia con una deuda que supera los 3.500 euros.
No obstante, Mandal prefiere gastar el 20 % de sus ingresos en los servicios de Simpa que vivir gran parte de su vida en una oscuridad absoluta. «Antes gastaba lo mismo en recargar la batería –dice–. Y tenía que andar un kilómetro de ida y otro de vuelta para cargarla. A veces se vertía el ácido y me quemaba. Todo por tener luz.»

La lucha de Mandal se repite en las aldeas de Myanmar y de África, donde empresas privadas venden equipos y paneles fotovoltaicos a la po­­blación y construyen parques de energía solar. La Agencia Internacional de la Energía calcula que 621 millones de habitantes del África subsahariana carecen de electricidad. El insuficiente tendido eléctrico de la India explica que solo el 37 % de los casi 200 millones de personas que como Mandal viven en Uttar Pradesh usen electricidad como primera fuente de iluminación, según el censo de 2011. Simpa calcula que 20 mi­­llones de hogares del estado indio dependen principalmente del queroseno subvencionado. En los pequeños pueblos agrícolas los teléfonos móviles se cargan con baterías de tractor; cada verano, cuando las temperaturas pueden llegar a los 46 grados, se registran cientos de muertes causadas por golpes de calor, y el hollín negro y pegajoso del queroseno deteriora los pulmones. Los vecinos de Mandal que disponen de electricidad dicen que solo funciona dos o tres horas al día, con apagones que las autoridades no anuncian. De todos modos, para Mandal es inviable obtener otra energía que no sea la solar, por la naturaleza improvisada de su vivienda.

El director general de Simpa, Paul Needham, que antes trabajaba en el departamento de pu­blicidad de Microsoft en el estado de Washington, lleva en la India una vida privilegiada. En su casa tiene agua corriente, suministro eléc­trico prácticamente regular y wifi. Este canadiense se instaló en la India en 2012 con la esperanza de contribuir a reducir el abismo que separa a personas como él de Mandal. «La India es en muchos sentidos una sociedad dividida. Tras décadas de rápido desarrollo, las áreas ru­­rales como esta siguen sin dar alcance a las grandes ciudades –afirma–. Nuestros clientes no pueden esperar a que se construya una red eléctrica mejor. Necesitan energía ahora mismo.»

Needham explica que se le ocurrió la idea de fundar su empresa cuando en 2010 se entrevistó en Tanzania con integrantes de una organización en favor de los derechos de la mujer. Vio cómo cargaban los móviles usando la placa solar de una vecina a cambio de dinero. «Se me ocurrió que podría tener posibilidades como modelo de negocio –dice–. La venta de energía solar.»

Años antes de que empresas como Simpa em­­pezasen a ofrecer sus servicios a clientes como Mandal, en los mercados rurales de la India ya había quien vivía de vender energía solar. En puestos del tamaño de un armario, los vendedores exhiben unidades fotovoltaicas —con finos cables rojos y azules conectables a bombillas, teléfonos móviles o ventiladores— mientras se refrescan con un ventilador. Estas unidades solares, etiquetadas falsamente con marcas como Rolex, Gucci y Mercedes, cuestan entre 2,5 y 3,5 euros, mucho menos de lo que Mandal abona a Simpa cada mes. El problema de esos modelos, según Needham y otros representantes del floreciente sector de servicios y productos fotovoltaicos de la India, es que son de muy mala calidad y suelen fallar.

Julian Marshall, profesor de ingeniería me­dioambiental de la Universidad de Minnesota, explica que el sector tiene enormes posibilidades de crecer y mejorar las condiciones de vida en los países en desarrollo. Marshall analiza la contaminación del aire dentro de los hogares, tanto de los que están conectados a la red eléctrica como de los que no, para investigar los perjuicios sanitarios del queroseno y de otras fuentes de energía sucia. En toda la India, la suma de las emanaciones de las lámparas de queroseno domésticas y del hollín emitido por las plantas termoeléctricas de carbón causan infartos y daños pulmonares en buena parte de la población. Marshall reconoce a media docena de empresas termoeléctricas, entre ellas Simpa, el mérito de adoptar un enfoque innovador para vender sus servicios en la India rural. «El cliente decide adquirir esos servicios principalmente por motivos financieros –dice–, pero también existen beneficios sanitarios y medioambientales para la comunidad.»

La posibilidad de escapar del calor abrasador de la India quizá sea el mayor incentivo de los sistemas solares. Shiv Kumar, un jornalero de 20 años de Madhotanda, se gana la vida juntando heno para los agricultores por 2,25 euros al día. Cuando escasea el alimento, acepta cobrar en raciones de cereal. La vivienda que comparte con su padre y su hermano es de cemento, con dos habitaciones minúsculas mal ventiladas. Cuando un comercial de Simpa le enseñó cómo funcionaba el kit solar, se quedó prendado del ventilador. «La lámpara de queroseno daba una luz floja y amarillenta que me deprimía –dice, refrescándose delante de las aspas–, pero en mi vida he visto un ventilador mejor que este.»

Neel Shah, product manager de Simpa, puede dar fe de que los problemas de llevar servicios fotovoltaicos a las zonas rurales suelen ir más allá del precio. Una vez fue agredido por pasajeros del tren en el que viajaba. En otra ocasión unos vecinos del distrito de Mathura le advirtieron de que esa noche se iba a producir un saqueo de las viviendas a manos de una banda conocida por vestir solo ropa interior y engrasarse el cuerpo con aceite para evitar ser capturados. Uttar Pradesh, el estado más poblado de la India (con un 40 % más de población que Rusia), es también el más caótico. Las bandas organizadas y la delincuencia violenta son endémicas, como también lo son los cargos electos con antecedentes policiales.

«El negocio de la energía solar puede ser muy frustrante, pero clientes como Mandal hacen que valga la pena –dice Shah, quien conoció a Mandal hace unos meses, cuando este telefoneó a Simpa para expresar su admiración–. Queremos ver a un millón de personas como él con luz.»

Mientras tanto, en Madhotanda, dentro de la tienda en la que despacha tés, Mandal vuelve a montar la unidad fotovoltaica y cuelga la lámpara. Remueve el té que hierve en una olla de metal calentada al fuego, sin clientes en el insoportable calor vespertino. Al atardecer, cuando refresque, llegarán algunos transeúntes.

A Mandal le gustaría alquilar una segunda unidad solar para que sus hijos tengan un lugar de estudio más recogido, pero por ahora su prioridad es que el negocio prospere, una meta que cree alcanzable con ayuda de la energía solar.

«Cuando los clientes vean las luces –dice–, seguro que entran.»