Meteorología extrema

El tiempo está loco

Diluvios casi bíblicos, olas de calor interminables, enjambres de tornados… El tiempo ha cambiado últimamente. ¿Qué está pasando?

La predicción para el fin de semana en Nashville, Tennessee, era de 50 a 100 milímetros de lluvia.

Pero la tarde del sábado 1 de mayo, algunas partes de la ciudad habían recibido ya más de 150 milímetros y seguía lloviendo a mares.

En el centro de coordinación de emergencias, el alcalde Karl Dean estaba recibiendo los primeros informes sobre las inundaciones cuando en una pantalla de televisión apareció algo que captó su atención. Era una imagen en directo de coches y camiones en la Interestatal 24, inundada por un afluente del río Cumberland, al sudoeste de la ciudad. Junto a ellos, por el carril lento, pasaba flotando un aula prefabricada de 12 metros de largo de una de las escuelas locales. «Hay un edificio chocando contra los vehículos», decía en ese momento el presentador.

Dean llevaba unas cuantas horas en el centro de operaciones, pero cuando vio el aula flotando por la carretera, reaccionó. «Comprendí claramente la extrema gravedad de la situación», recuerda. Al poco tiempo, el teléfono de emergencias empezó a recibir llamadas procedentes de todos los puntos de la ciudad. La policía, los bomberos y los equipos de rescate salían a bordo de embarcaciones. Un grupo tuvo que ir en lancha a la I-24 para rescatar al conductor de un camión con tráiler en un tramo de la carretera donde el agua le llegaba hasta el pecho, al tiempo que otros equipos salvaban a las familias atrapadas en los tejados y a los trabajadores de las naves industriales inundadas. Aun así, ese fin de semana murieron 11 personas en la ciudad.

Fue un tipo de tormenta nunca visto en Nash­ville. «Llovió con más violencia que nunca –dice Brad Paisley, cantante de country y dueño de una granja en las afueras de la ciudad–. Fue como cuando estás en un centro comercial, empieza a llover a cántaros y piensas: “Esperaré cinco mi­­nutos y cuando amaine correré hasta el coche”. Pero no amainó hasta el día siguiente.»

En los estudios del NewsChannel 5, el canal local de la cadena CBS, el meteorólogo Charlie Neese sabía de dónde venía el diluvio. La corriente en chorro se había quedado estancada sobre la ciudad, y una sucesión de tormentas levantaba aire caliente y húmedo del golfo de México, se desplazaba unos mil kilómetros hacia el nordeste y descargaba el agua sobre Nashville. Mientras Neese y sus colegas emitían el programa desde un plató en el primer piso, la redacción situada en la planta baja se inundaba con el reflujo de los desagües. «El agua manaba a borbotones de los retretes», recuerda Neese.

El nivel del río Cumberland, que atraviesa el corazón de Nashville, empezó a aumentar el sábado por la mañana. En la empresa de alquiler de embarcaciones Ingram Barge Company, David Edgin, que había sido capitán de remolcadores, tenía más de siete barcos y 70 barcazas navegando por el río. Al ver que la lluvia no paraba, llamó al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y preguntó por el pronóstico de la crecida. «Esto no entra en nuestros modelos –le respondió el oficial de guardia–. Nunca habíamos visto nada parecido.» Sabiamente, Edgin ordenó amarrar las embarcaciones en lugares seguros de la ribera.

La noche del sábado el Cumberland había crecido por lo menos cuatro metros, hasta alcanzar una altura de 10 metros, y el Cuerpo de Ingenieros pronosticaba que llegaría a los 13. Pero el domingo no dejó de llover, y el lunes el río alcanzó un máximo de 16 metros, casi cuatro por encima del nivel de inundación. La riada afectó las calles del centro y causó pérdidas por valor de 2.000 millones de dólares.

Cuando salió el sol el lunes por la mañana, en algunas partes de Nashville habían caído más de 340 milímetros de lluvia, el doble que el anterior récord de 167,5 milímetros registrado en 1979 durante el huracán Frederic. Pete Fisher, gerente del Grand Ole Opry, el gran auditorio de música country, necesitó una canoa para llegar al famoso teatro, que está situado a orillas del río en el nordeste de la ciudad. Él y el ingeniero de audio Tommy Hensley tuvieron que remar para entrar por una puerta lateral. «Entramos en el teatro flotando –cuenta Fisher–. Estaba oscuro como boca de lobo y tuvimos que iluminar el escenario con una linterna. Cualquiera que hubiese estado sentado en la primera fila habría tenido dos metros de agua por encima de la cabeza.»

En los almacenes que hay a lo largo del río la inundación había sumergido material por valor de varios millones de dólares, entre el cual se encontraban los componentes de una pantalla de 11 por 19 metros que se iba a montar para el concierto de la gira de Brad Paisley, que estaba previsto se celebrase en menos de tres semanas. «Cada uno de los amplificadores, cada una de las guitarras a las que estaba acostumbrado quedaron destruidas –dice Paisley–. Sentí una impotencia como nunca antes había sentido.»

La experiencia cambió al cantante. «Aquí en Nashville normalmente el tiempo es benigno. Pero desde aquella inundación, no he vuelto a confiar en la normalidad.»

El tiempo ha cambiado. Fenómenos extremos como la inundación de Nashville (descrita por las autoridades como algo que ocurre una vez cada mil años) se han vuelto más frecuentes. Un mes antes de esta riada, unas lluvias torrenciales descargaron 280 milímetros de precipitaciones sobre Río de Janeiro en 24 horas y causaron co­­rrimientos de tierra que sepultaron a centenares de personas. Tres meses después la lluvia volvió a batir récords en Pakistán, con inundaciones que afectaron a más de 20 millones de personas. A finales de 2011 las inundaciones de Thailandia anegaron cientos de fábricas en los alrededores de Bangkok, lo que provocó una escasez mundial de discos duros de ordenador.

Y no solo los aguaceros ocupan los titulares. Durante el último decenio también hemos visto sequías severas en lugares como Texas, Australia, Rusia y el este de África, donde decenas de miles de personas han llenado los campos de refugiados. Europa ha sufrido mortíferas olas de calor y Estados Unidos ha registrado una cantidad sin precedentes de tornados. Las pérdidas ocasionadas por estos fenómenos situaron el coste mundial de los desastres meteorológicos de 2011 en un importe estimado de 121.000 millones de euros, alrededor de un 25% más que en 2010.

¿Qué está pasando? ¿Son esos fenómenos extremos señales de un peligroso cambio del clima mundial causado por la actividad humana, o solo estamos atravesando un ciclo natural de mala suerte?

Probablemente, las dos cosas. Los principales motores de los desastres recientes han sido los ciclos climáticos naturales, en particular El Niño y La Niña. En las últimas décadas hemos aprendido mucho acerca del modo en que las extrañas oscilaciones del Pacífico ecuatorial afectan al clima en todo el mundo. Durante los episodios de El Niño, una gigantesca masa de agua cálida que normalmente permanece en el Pacífico central se desplaza hacia el este y llega a las costas de América del Sur; durante el fenómeno de La Niña, esa masa se encoge y se retira hacia el Pacífico occidental. El calor y el vapor que emanan del agua cálida generan potentes frentes tormentosos de gran desarrollo vertical, cuya influencia se extiende más allá de los trópicos, hasta las corrientes en chorro que viajan sobre las latitudes medias. Las oscilaciones de esa masa de agua cálida a lo largo del ecuador (de este a oeste y de nuevo al este) hacen que las sinuosas trayectorias de las corrientes en chorro se desplacen al norte y al sur, lo que modifica el recorrido de las tormentas a través de los continentes. Los episodios de El Niño suelen llevar lluvias torrenciales a la zona meridional de Estados Unidos y a Perú, y sequías e incendios a Australia. Con La Niña, las lluvias anegan Australia pero escasean en el Su­­doeste de Estados Unidos, en Texas y en lugares aún más alejados, como el este de África.

Esas consecuencias no son automáticas ni invariables; la atmósfera y el océano son fluidos caóticos, y otras oscilaciones influyen en la me­­teorología en cada lugar y momento concretos. Sin embargo, el Pacífico tropical ejerce una in­­fluencia particularmente poderosa, porque desprende una cantidad enorme de calor y vapor de agua a la atmósfera. Los episodios extremos de El Niño o La Niña preparan el terreno para fenómenos extremos en otras partes del mundo.

Pero los ciclos naturales no son suficientes para explicar la reciente racha de desastres sin precedentes. Algo más está pasando. La Tierra se está calentando y hay mucha más humedad en la atmósfera. Decenios de observaciones desde estaciones meteorológicas, satélites, barcos, boyas, sondas oceánicas y globos sonda indican que la persistente acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera retiene el calor y calienta la tierra, los océanos y el aire. Aunque algunas regiones, en particular el Ártico, se están calentando más deprisa que otras, el promedio de la temperatura superficial del planeta ha aumentado medio grado en los últimos 40 años. En 2010 llegó a 14,51 °C, superando el récord registrado en 2005.

Al calentarse, los mares desprenden más vapor de agua. «Y ya sabemos que el agua de un cazo se evapora antes si encendemos el fuego», dice Jay Gulledge, investigador del Centro para el Clima y las Soluciones Energéticas (C2ES), una organización sin ánimo de lucro de Arlington, Virginia. Las mediciones efectuadas desde los satélites indican que el vapor de agua en la columna de aire ha aumentado un 4% en los últimos 25 años. Y cuanto más vapor de agua, mayor probabilidad de lluvias torrenciales.

Para finales de este siglo la temperatura media mundial podría aumentar entre 1,5 y 4,5 °C, una cifra que dependerá en parte de la cantidad de carbono que emitamos a la atmósfera hasta entonces. Los científicos prevén un cambio notable del tiempo atmosférico. Los patrones básicos de circulación se desplazarán hacia los polos, tal como están haciendo algunas plantas y animales para huir del calor (o para aprovecharlo). El cin­turón de lluvias tropicales (la zona de convergencia intertropical) ya se está ensanchando. Las zonas áridas subtropicales se están desplazando en dirección a los polos, hacia regiones como el Sudoeste de Estados Unidos, el sur de Australia o la Europa meridional, cada vez más expuestas a sequías intensas y prolongadas. Más allá de las zonas subtropicales, en las latitudes medias, las rutas de las tormentas también se están desplazando hacia los polos, una tendencia a largo plazo que se superpone a las fluctuaciones anuales producidas por El Niño o La Niña.

Uno de los grandes enigmas del tiempo que tendremos en el futuro es el océano Ártico, que desde la década de 1980 ha perdido el 40% de su hielo marino estival. Las temperaturas otoñales sobre lo que ahora es mar abierto han su­­bido entre 2 y 5 °C, porque el agua absorbe la luz solar que antes el hielo (de color más claro que el agua) reflejaba al espacio. Datos recientes indican que el calentamiento está alterando la co­­rriente en chorro polar, añadiendo a su recorrido en torno al planeta lentos meandros en dirección norte-sur, que tal vez sean la causa de que el invierno pasado fuese tan caluroso en América del Norte y tan frío en Europa. La corriente en chorro, que se desvió más al norte de lo normal, sobre Canadá, llevaba aire caliente; en cambio, la que se desvió hacia el sur, a Europa, dejó allí nieve y vientos gélidos. El invierno anterior fue el este de América del Norte el que recibió las mayores nevadas. Como los meandros se mueven de año en año, los extremos meteorológicos también pueden desplazarse de región.

Más difícil aún es predecir el efecto del calentamiento global sobre una tormenta concreta. En teoría, una mayor concentración de vapor de agua en la atmósfera debería aportar calor a las grandes tormentas, favoreciendo el desarrollo vertical que les permite crecer en tamaño y potencia. Según algunos modelos, el calentamiento global podría aumentar entre un 2 y un 11% la fuerza media de los huracanes y tifones para fines de siglo. Pero aún no hay un acuerdo entre los científicos sobre si se ha producido ya algún incremento, y los mismos modelos que pronostican huracanes más violentos también predicen que podrían ser menos frecuentes en el futuro.

El panorama de los tornados es más confuso. Una atmósfera más cálida y húmeda debería producir tormentas más severas, pero también podría reducir la cizalladura del viento necesaria para la generación de tornados. En Estados Unidos se están registrando más fenómenos de este tipo, pero también hay más gente que va en su busca con mejores instrumentos, y no se ha po­­dido documentar un aumento de tornados fuertes en los últimos 50 años. La primavera de 2011 fue una de las peores temporadas de tornados de la historia de Estados Unidos, pero los científicos aún no disponen de los datos ni de los conocimientos teóricos necesarios para afirmar que la causa sea el calentamiento planetario.

Sin embargo, en el caso de otros fenómenos extremos, la relación es bastante evidente. A mayor temperatura de la atmósfera, mayor es la probabilidad de que se produzcan olas de calor sin precedentes. En 2010 hubo 19 países que superaron sus récords nacionales de calor.

Con el aumento de la humedad atmosférica, se han intensificado las precipitaciones. La cantidad de agua descargada por los chaparrones más intensos (el 1% de los episodios lluviosos) ha aumentado casi en un 20% durante el último siglo en Estados Unidos. «Ahora una tormenta descarga más lluvia que hace 30 o 40 años», dice Gerald Meehl, científico del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Estados Unidos, con sede en Boulder, Colorado. A su juicio, el calentamiento global ha alterado la probabilidad de que se produzcan fenómenos extremos.

«Supongamos que un jugador de béisbol se dopa con anabolizantes –pone como ejemplo–. Si ese jugador consigue el triunfo para su equipo, no sabremos si ha sido gracias al dopaje o si lo habría logrado de todos modos. Pero los anabolizantes lo han hecho más probable.» Con el tiempo pasa lo mismo, dice Meehl. Los gases de efecto invernadero son los anabolizantes del sistema climático. «Añadiendo tan solo una pizca de dióxido de carbono al clima, todo se vuelve un poco más caluroso y las probabilidades de que se produzcan fenómenos extremos aumentan –afirma–. Los sucesos que antes eran raros se vuelven más corrientes.»

Nadie ha sufrido tanto el «dopaje» climático en los últimos tiempos como los habitantes de Texas. Los 1.049 residentes de Robert Lee, una ciudad de agricultores, empleados de la industria petrolera, pensionistas y pequeños comerciantes del oeste de Texas, pasaron gran parte de 2011 presenciando el agotamiento de sus reservas de agua. El embalse E. V. Spence, como muchos otros de la región, se quedó a menos del 1 % de su capacidad.

«Si no conseguimos pronto un aporte adicional, dejará de manar agua de los grifos –dijo el alcalde John Jacobs el invierno pasado–. No saldrá ni una gota. La situación es grave.» En enero se inició el tendido de una tubería de 19 kilómetros hasta Bronte, una localidad que dispone de pozos y de un embalse. Las obras terminaron en marzo, y a principios de mayo la tubería seguía en pruebas. «Creo que la tendremos lista a tiempo –dijo Jacobs–. Pero será en el último minuto. Si padeces del corazón, no vengas a vivir al oeste de Texas.»

Entre octubre de 2010 y septiembre de 2011 llovió menos en Texas que en cualquier otro período de 12 meses desde el comienzo de los registros en 1895. Todo el estado sufrió la sequía, pero el oeste ya estaba en una situación límite. Los agricultores, ganaderos y municipios de toda la región sufrieron las consecuencias. En muchos sitios el nivel freático descendió por debajo de las tuberías de bombeo, por lo que se quemaron los motores. «Muchos pozos se están secando –dijo Clark Abel, perforador de pozos residente en San Angelo–. Nuestro teléfono no deja de sonar. Es abrumador.»

La sequía también marchitó los prados, lo que obligó a algunos ganaderos a enviar sus reses al norte por carretera en busca de mejores pastos. En una especie de trashumancia moderna, vaqueros del rancho Four Sixes, cerca de Guthrie, y de su filial en Dixon Creek, en el Texas Panhandle (el extremo noroccidental del estado), transportaron en camiones con remolque de dos pisos más de 4.000 cabezas de ganado de la raza híbrida Angus hasta unas tierras arrendadas en un territorio que abarcaba desde Nebraska hasta el norte de Montana. «Nadie había visto nada parecido», dijo el gerente del rancho, Joe Leathers.

«Es la sequía de un año de duración más grave que hemos tenido», dijo el climatólogo John Nielsen-Gammon, empleado por el Gobierno estatal. (En los años cincuenta hubo una sequía igual de severa, que sin embargo tardó seis años en alcanzar la misma gravedad.) Para colmo, los texanos soportaron el año pasado el verano más caluroso que se recuerda. En Dallas hubo 71 días en que los termómetros superaron los 37,7 °C.

La causa principal de esa situación no era ningún misterio, declaró Nielsen-Gammon. La Niña empujó hacia el norte las rutas de las tormentas, lo que redujo las precipitaciones en el Sur de Estados Unidos, desde Arizona hasta las dos Carolinas.

Pero el calentamiento planetario agravó la situación e intensificó la ola de calor. «En condi­ciones normales, buena parte de la energía del Sol evapora el agua del suelo o de las plantas –explicó el climatólogo–. Pero cuando no hay agua que evaporar, toda la energía calienta el suelo y, en consecuencia, el aire. Con tan poca lluvia como habíamos tenido, probablemente habríamos batido récords de calor en Texas en 2011 aun sin cambio climático. Pero el cambio climático añadió alrededor de un grado de temperatura.»

Ese grado adicional fue como un bidón extra de gasolina en los bosques del estado. Al aumentar la evaporación, los resecó aún más. En 2011 Texas padeció la peor temporada de incendios de su historia: el fuego carbonizó 16.000 kilómetros cuadrados.

Uno de los incendios que causó más pérdidas comenzó el pasado mes de septiembre cerca del Parque Estatal Bastrop, al sudeste de Austin, donde los pinos estaban secos como la yesca. Alimentadas por un fuerte viento, las llamas se dirigieron hacia el sur y atravesaron los barrios residenciales de la ciudad, formando lo que los bomberos llaman largas «calles de fuego». El fuego devoró 1.685 viviendas pero dejó intactas otras cercanas, ante los ojos incrédulos de los damnificados.

Cuando Paige y Ray Shelton volvieron para inspeccionar su finca, adyacente al parque estatal, encontraron la casa en pie, pero el aserradero que Ray dirigía estaba reducido a cenizas y el taller de alfarería de Paige había sido arrasado. Mientras ella buscaba entre los restos, Ray fue al gallinero para ahorrarle a su mujer el mal trago de retirar los animales calcinados. Los árboles alrededor del gallinero estaban carbonizados.

«¿Y sabe qué pasó? –me dijo Ray–. Cuando doblé la esquina, el gallo asomó la cabeza y cacareó. No me lo podía creer. Casi me caigo de espaldas.» El fuego había llegado a dos centímetros del gallinero, pero por alguna razón las paredes, de madera de sabina de Virginia, no se habían quemado y las aves habían evitado el calor intenso y el humo. Fue un pequeño milagro en medio de una gran pérdida.

El tiempo meteorológico es responsable solo en parte del aumento de pérdidas y de la frecuencia creciente de desastres naturales. También son peores las consecuencias porque hay más personas expuestas. En estados como Texas, Arizona y California, la construcción de urbanizaciones en antiguos bosques ha determinado que haya más viviendas amenazadas por los incendios forestales, del mismo modo que el desarrollo inmobiliario en las costas de Florida, Carolina del Norte y Maryland expone las costosas casas de la playa y los hoteles a la furia de los huracanes y otras tormentas. Al mismo tiempo, el rápido crecimiento de megaciudades en los países en desarrollo de Asia y África ha hecho que las olas de calor y las inundaciones afecten a más millones de personas.

«Las cosas no van bien –dice el climatólogo de la Universidad de Princeton Michael Oppenheimer, que ha participado en la redacción de un informe sobre fenómenos meteorológicos extremos para el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático–. Francamente, lo estamos haciendo muy mal en lo tocante a los desastres naturales.»

La importancia económica de esta situación no ha pasado inadvertida a las compañías de seguros. Las pérdidas por desastres naturales que estaban aseguradas totalizaron el año pasado en Estados Unidos 36.000 millones de dólares. «No sabemos si esto será lo normal a partir de ahora, pero el sector está registrando una tasa extraordinaria de siniestros», informa Frank Nutter, de la Asociación de Reaseguros de América.

En Florida, donde huracanes, incendios forestales y sequía plantean riesgos enormes a las aseguradoras, varias compañías nacionales han dejado de ofrecer pólizas o las han restringido de alguna manera. Temen otra catástrofe como el huracán Andrew de 1992, que costó unos 25.000 millones de dólares al sector. Para llenar el hueco han surgido pequeñas compañías, y en 2002 el Gobierno estatal creó la Citizens Property Insurance Corporation, que se ha convertido en la principal proveedora de seguros para viviendas en Florida. Según Nutter, aún no se sabe si el nuevo sistema tiene suficientes recursos para hacer frente a una tormenta catastrófica. «Aún no ha pasado la prueba. Florida no ha sufrido un huracán importante desde 2005.»

Mientras tanto, algunos Gobiernos han dado pasos pequeños pero importantes hacia una mejor preparación ante los fenómenos meteorológicos extremos. La excepcional ola de calor que se vivió en 2003 en Europa se cobró al menos 35.000 vidas, y un análisis posterior reveló que el cambio climático había duplicado la probabilidad de que se repitiera el desastre. A partir de entonces las ciudades francesas prepararon centros con aire acondicionado y establecieron un registro de los ancianos que necesitarían ser conducidos a esos refugios. Cuando en 2006 una nueva ola de calor se abatió sobre Francia, la mortandad se redujo en dos tercios.

Del mismo modo, después de que una tormenta tropical matara a medio millón de personas en Bangladesh en 1970, el Gobierno desarrolló un sistema de alerta temprana y construyó sencillos refugios de hormigón para las familias evacuadas. Actualmente, cuando un ciclón se abate sobre el país, el número de víctimas no pasa de varios miles.

Según Jay Gulledge, los desastres meteorológicos son como un ataque al corazón. «Cuando el médico te indica cómo prevenir un infarto, no te dice que hagas ejercicio pero que puedes seguir fumando.» El mejor enfoque ante los fenómenos meteorológicos extremos es prestar atención a todos los factores de riesgo, y desarrollar cultivos que resistan la sequía, edificios que soporten inundaciones y vientos huracanados, normativas que impidan construir en sitios peligrosos y, por supuesto, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

«Sabemos que el calentamiento de la superficie terrestre está llevando más humedad a la atmósfera. Lo hemos medido. Los satélites lo ven», afirma Gulledge. Por eso, las probabilidades de que se produzcan fenómenos extremos no dejan de aumentar.

Debemos aceptar la realidad, insiste Oppenheimer, y hacer todo aquello que sabemos puede salvar vidas y evitar pérdidas. «No podemos estar ahí sin más y sufrir las consecuencias.»