Especial cambio climático, introducción

El cambio climático es una realidad

Se estima que 2015 será el año más cálido desde que existen registros térmicos. El cambio climático es una realidad. ¿Conseguiremos paliarlo a tiempo?

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El cambio climático es una realidad. El cambio climático

El cambio climático

El agua de fusión cae a raudales del casquete de hielo de la isla Nordaustlandet, en el archipiélago noruego de Svalbard. El Ártico es la zona de la Tierra que se calienta con mayor rapidez. Al ritmo actual, advierten los científicos, el hielo marino estival podría desaparecer de la región este mismo siglo.

Foto: Paul Nicklen

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El cambio climático es una realidad. El cambio climático

El cambio climático

Desde unos 2.300 metros de altura, Nueva York de noche recuerda más a un circuito electrónico que a una ciudad. El resplandor de las lámparas led –que aquí vemos iluminando Times Square y otras zonas del centro de Manhattan– explica los tonos violáceos.

Foto: Vincent Laforet

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El cambio climático

Bajo el sol matutino, el humo de los árboles incendiados vela la selva amazónica del Mato Grosso brasileño. En las últimas décadas se ha arrasado casi una cuarta parte de su masa forestal para dar paso al cultivo, lanzando a la atmósfera millones de toneladas de carbono almacenado.

Foto: George Steinmetz

Se estima que 2015 será el año más cálido desde que existen registros térmicos. El cambio climático es una realidad. ¿Conseguiremos paliarlo a tiempo?

Laurence Tubiana así lo cree. Esta mujer menuda y elegante de 63 años, «embajadora climática» de Francia, es la responsable del mayor proyecto de coordinación de esfuerzos de la historia. Lleva año y me­dio recorriendo el mundo, entrevistándose con negociadores de 195 países y haciendo lo posible para que la cumbre del clima que se celebrará en diciembre en París sea un éxito, un hito en la lucha contra el cambio climático. «Este año podría ser decisivo, un punto de inflexión», asegura.
Hay al menos 20 motivos para temer que fracase. Desde 1992, cuando los países del mundo acordaron en Río de Janeiro evitar la «peligrosa interferencia antropogénica en el sistema climático», se han reunido en 20 ocasiones sin que el contador de las emisiones de carbono se haya movido un ápice. En estos 23 años hemos emitido a la atmósfera casi tanto carbono como en todo el siglo pasado. El último decenio, y en concreto el año pasado, han sido los más cálidos desde que hay registros de la temperatura. Las olas de calor son cinco veces más frecuentes que antes. Un informe del año pasado advertía que gran parte del manto de hielo de la Antártida Occidental está condenada a fundirse, lo que significa que en los próximos siglos el nivel del mar se elevará 1,20 metros, probablemente mu­cho más. Ya hemos empezado a redibujar el ma­­pa del planeta, en especial el de las zonas donde la fauna, la flora y la humanidad pueden vivir.
Y, sin embargo, también flota en el aire un hálito de esperanza. Aunque esa esperanza se reduce en buena parte a palabras. China y Estados Unidos han anunciado un acuerdo para re­ducir las emisiones de carbono. Seis petroleras europeas aseguran que aplaudirían un impuesto sobre el carbono. El Fondo de Pensiones de Noruega se ha comprometido a no invertir más en carbón. Y el papa ha hecho valer su autoridad espiritual para manifestarse sobre el asunto. Pero hay motivos de esperanza más allá de las promesas y los anuncios. En 2014 las emisiones mundiales de carbono generadas por la quema de combustibles fósiles no aumentaron, aunque la economía planetaria seguía creciendo. Harán falta años para saber si se trata de una tendencia, pero fue la primera vez que ocurría algo semejante. Uno de los factores que explican la estabilización de las emisiones es que China, por primera vez en este siglo, quemó menos carbón que el año anterior. Y una de las razones de ello es que la producción de energías renovables
–eólica, solar e hidráulica– vive un auge en ese país (como en tantos otros), porque los costes se han desplomado. Hasta Arabia Saudí se ha subido al tren de la energía solar. «El mundo está en un momento de cambio», afirma Hans-Josef Fell, coautor de una ley que puso en marcha el boom alemán de las renovables. Es el tipo de punto de inflexión que aplaudimos.
No es el primero que vemos. En los últimos 50 años hemos creado un mundo en el que la gente vive 20 años más que antes, en el que cruzamos los océanos en una jornada, en el que nos comunicamos instantáneamente con el planeta entero prácticamente gratis y llevamos bibliotecas completas en la palma de la mano. Los combustibles fósiles lo hicieron posible, pero en la segunda mitad del siglo XXI tendremos que seguir adelante sin ellos si queremos evitar un desastre climático. Si alguien cree que no somos capaces de completar esa revolución, es porque no comprende hasta qué punto hemos cambiado ya el mundo. Si alguien cree que no optaremos por completar esa revolución… bueno, quizá tenga razón. Vivimos una aventura sin precedentes cuyo resultado es una incógnita y en la que nos lo jugamos todo. Hemos vivido otras transformaciones globales, pero por primera vez estamos intentando manejar el timón de una de ellas, intentando procurar un futuro más esperanzador para el planeta entero.
El desaparecido novelista E. L. Doctorow describió su proceso de escritura en estos términos: «Es como conducir de noche: no ves más allá de lo que alumbran los faros, pero puedes llegar a tu destino». Solucionar el cambio climático exigirá una capacidad de improvisación semejante. No tenemos que ver ante nosotros todo el camino que conduce al final feliz, pero sí debemos estar convencidos de que podemos alcanzar nuestro destino. Eso es lo que los negociadores tratarán de lograr en París. Ya no redactarán un tratado que obligue a todos los países del mundo a respetar una cuota de reducción de emisiones, sino que ahora buscarán el modo de «enviar al sector industrial una señal inequívoca», explica Tubiana, de «crear la profecía autocumplida de que la economía de bajas emisiones ya es una realidad». Cuando desde nuestro futuro más cálido echemos la vista atrás hasta 2015, sabremos si fue entonces cuando la profecía empezó a hacerse realidad.