Devolverles la vida: la era de la desextinción

La recuperación de una especie extinta ha dejado de ser una fantasía. ¿Pero es una buena idea?

26 de abril de 2013

El 30 de julio de 2003, un equipo de científicos españoles y franceses invirtió el curso del tiempo. Recuperó a un animal extinguido, aunque solo para ser testigos de cómo se extinguía de nuevo.

El animal que revivieron era una especie de cabra salvaje llamada bucardo, o cabra montés de los Pirineos (Capra pyrenaica pyrenaica), una bestia grande y hermosa que podía llegar a pesar 100 kilos, con unos cuernos largos y delicadamente curvados. Durante miles de años vivió en la cordillera pirenaica, donde trepaba por los roquedales, mordisqueaba tallos y hojas y soportaba crudos inviernos.



Pero llegaron las armas de fuego y, a lo largo de los siglos, los cazadores diezmaron su población. En 1989, un censo realizado por científicos españoles reveló que apenas quedaba una docena de ejemplares. Diez años después, la única superviviente era una hembra llamada Celia. Un equipo del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, dirigido por el veterinario Alberto Fernández-Arias, la capturó, le puso un collar de radiolocalización y la liberó de nuevo en su medio natural. Nueve meses después, el collar emitió una señal larga y continua: Celia había muerto. La encontraron bajo un árbol caído. Con su muerte, la especie pasó a estar oficialmente extinguida.

Sin embargo. algunas células de Celia sobrevivieron, conservadas en laboratorios de Zaragoza y Madrid. Durante los años siguientes un equipo experto en fisiología de la reproducción dirigido por José Folch inyectó núcleos de aquellas células en óvulos de cabra doméstica a los que se había extraído su ADN original, y luego implantó esos embriones reconstituidos en animales capaces de gestarlos. De 57 implantaciones, solo siete hembras quedaron preñadas. Y de esas siete gestaciones, seis no prosperaron. Pero una de las madres, un híbrido de cabra montés y ca­­bra doméstica, gestó a término un clon de Celia.

Folch y sus colegas le practicaron una cesárea y trajeron al mundo una cría de dos kilos de peso. Mientras sostenía en brazos al bucardo recién nacido, Fernández-Arias observó que el animal intentaba desesperadamente respirar. Pese a los esfuerzos para que la cabritilla respirara, el clon de Celia murió al cabo de pocos minutos. Posteriormente, la necropsia reveló que uno de los pulmones había desarrollado un enorme lóbulo supernumerario, denso como un trozo de hígado. Nadie habría podido hacer nada.

El dodo, el alca gigante, el tigre de Tasmania, el delfín del Yangtse, la paloma migratoria, el picamaderos imperial… El bucardo es uno más en la larga lista de animales que los humanos hemos llevado a la extinción, a veces de forma deliberada. Y teniendo en cuenta la gran cantidad de especies amenazadas actualmente, es muy probable que la lista crezca aún más en los próximos años. Fernández-Arias pertenece a un reducido pero apasionado grupo de investigadores que confían en la clonación para invertir esa tendencia.

Por primera vez en la historia, un grupo de genetistas, biólogos, conservacionistas y expertos en ética se reunían para debatir la posibilidad de recuperar especies extinguidas.

El concepto de devolver la vida a especies extinguidas (algunos lo llaman «desextinción») lleva más de dos decenios flotando en la frontera entre la realidad y la ciencia ficción, sobre todo desde que Michael Crichton insufló vida a los dinosaurios de su novela Parque Jurásico. Durante todo este tiempo, la ciencia de la desextinción ha avanzado muy por detrás de la fantasía. El clon de Celia es lo más cerca que han estado los científicos de una auténtica desextinción. Desde que presenció aquellos fugaces minutos de vida del clon, Fernández-Arias, actual jefe del Servicio de Caza, Pesca y Medio Acuático del Gobierno de Aragón, espera el momento en que la ciencia finalmente dé alcance a la fantasía, y los humanos podamos devolver la vida a un animal que hayamos extinguido.

«Ese momento ha llegado», me dijo. Conocí a Fernández-Arias el pasado otoño en un encuentro científico a puerta cerrada en la sede de National Geographic Society, en Washington, D.C. Por primera vez en la historia, un grupo de genetistas, biólogos, conservacionistas y expertos en ética se reunían para debatir la posibilidad de recuperar especies extinguidas. ¿Se podía hacer? ¿Se debía hacer? Uno a uno, los participantes presentaron asombrosos avances en la manipulación de células madre, en la recuperación de ADN antiguo y en la reconstrucción de genomas perdidos. A medida que se desarrollaba la reunión, el entusiasmo de los científicos crecía. Fue surgiendo un consenso: la desextinción ya está a nuestro alcance.

Fue surgiendo un consenso: la desextinción ya está a nuestro alcance.

«Hemos llegado mucho más lejos y mucho más deprisa de lo que nadie habría podido imaginar –dice Ross MacPhee, conservador de mamíferos del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York–. Lo que ahora necesitamos es una reflexión: ¿por qué hacerlo? ¿Por qué revivir una especie

En Parque Jurásico los dinosaurios son resucitados por su valor como atracción turística. Las consecuencias desastrosas de esa decisión han proyectado una sombra negativa sobre el concepto de la desextinción. Pero la gente tiende a olvidar que Parque Jurásico era pura fantasía. En realidad, las únicas especies que podemos aspirar a revivir son las que desaparecieron en las últimas decenas de miles de años y cuyos restos conservan células intactas o, como mínimo, suficiente ADN antiguo para reconstruir su genoma. Debido a la velocidad natural de la descomposición, no podemos soñar con recuperar el genoma completo de Tyrannosaurus rex, que desapareció hace 65 millones de años. Las especies que en teoría podríamos revivir son las que se extinguieron mientras el ser humano se convertía rápidamente en la especie dominante. Y sobre todo en los últimos años los humanos hemos provocado numerosas extinciones, por efecto de la caza, la destrucción de hábitats o la difusión de enfermedades. Ésa podría ser otra razón para devolverles la vida.

«Si hablamos de especies cuya causa de extinción hemos sido nosotros, entonces creo que es nuestra obligación intentarlo», opina Michael Archer, paleontólogo de la Universidad de Nueva Gales del Sur que desde hace años defiende la desextinción. Algunas voces críticas señalan que revivir una especie es como jugar a ser Dios. A lo que Archer responde: «Creo que ya jugamos a ser Dios cuando exterminamos a esos animales».

Otros científicos partidarios de la desextinción argumentan que habrá beneficios concretos. La diversidad biológica es un almacén de invenciones naturales. La mayoría de los fármacos, por ejemplo, no se inventaron partiendo de cero, sino que derivan de compuestos naturales presentes en diferentes especies de plantas silvestres, que también pueden extinguirse.

Algunos animales ya extinguidos también desempeñaban funciones vitales en sus ecosistemas. En Siberia, por ejemplo, hace 12.000 años vivían mamuts y otros grandes mamíferos pacedores. Entonces, el paisaje siberiano no era una tundra cubierta de musgo, sino una estepa herbácea. Serguéi Zimov, ecólogo ruso y director de la Estación Científica del Nordeste en Cherski, en la República de Sajá, sostiene desde hace tiempo que ese cambio no es una coincidencia. Los mamuts y numerosos herbívoros mantenían las praderas al remover el suelo y fertilizarlo con su estiércol. Cuando desaparecieron, el musgo desplazó a la hierba y transformó las estepas en una tundra menos productiva.

En los últimos años Zimov ha llevado caballos, bueyes almizcleros y otros grandes mamíferos a una región de Siberia a la que ha dado el nombre de Parque Pleistoceno. Le encantaría ver mamuts lanudos paciendo libremente por su parque. «Pero solo mis nietos los verán –afirma el ecólogo–. Un ratón se reproduce muy deprisa. Los mamuts lo hacen con mucha lentitud. Tendremos que esperar

Cuando fernández-arias trató de resucitar al bucardo hace 10 años, disponía de unos instrumentos que hoy nos parecen sumamente toscos. Habían pasado solo siete años desde el nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado. En esa etapa inicial, para clonar un animal había que coger una de sus células e insertar su ADN en un óvulo al que previamente se le había extraído el material genético. Una descarga eléctrica era suficiente para que ese huevo, o cigoto, empezara a dividirse, después de lo cual el embrión en desarrollo se transfería a la madre sustituta. La inmensa mayoría de esas gestaciones fracasaba, y el reducido número de animales que llegaban a nacer solían padecer algún trastorno.

Lo que antes era tecnología científica de alto riesgo hoy es algo corriente.

A lo largo del último decenio los científicos han mejorado las probabilidades de éxito en la clonación de animales, hasta el punto de que lo que antes era tecnología científica de alto riesgo hoy es algo corriente. Entre otras cosas, se han desarrollado procedimientos para que las células animales adultas regresen a un estado semejante al de las células embrionarias, que son capaces de producir cualquier tipo de célula, entre ellas óvulos y espermatozoides. Los óvulos obtenidos de esta manera se pueden manipular para producir embriones.

Estos impresionantes trucos tecnológicos facilitan enormemente la tarea de devolver a la vida una especie desaparecida. Científicos y exploradores llevan décadas hablando de revivir al mamut. Su primer logro (y hasta ahora el único) ha sido encontrar mamuts bien conservados en la tundra siberiana. Ahora, armados con las nuevas técnicas de clonación, los investigadores de la Fundación Sooam de Investigación Biotecnológica de Seúl se han asociado con expertos en mamuts de la Universidad Federal del Nordeste, en la ciudad siberiana de Yakutsk. El verano pasado remontaron el río Yana y, con mangueras gigantes, perforaron galerías en las paredes heladas que flanquean el río. En uno de esos túneles hallaron restos de diferentes tejidos de mamut, entre ellos médula ósea, pelo, piel y grasa. Los tejidos están ahora en Seúl, donde los científicos de Sooam los están examinando.

«Puestos a soñar, lo ideal sería encontrar una célula viable, una célula que esté viva», dice Insung Hwang, de Sooam, quien organizó la expedición al río Yana. Si los investigadores encuentran esa célula viva, podrían inducirla a producir millones de células, que a su vez se podrían reprogramar para formar embriones. Esos embriones se podrían implantar en elefantas, ya que el elefante es el pariente vivo más cercano del mamut. La mayoría de los científicos ve poco probable que una célula haya podido sobrevivir a la congelación en la tundra. Pero Hwang y sus colegas tienen un plan B: conseguir un núcleo celular intacto de mamut, cuya conservación es mucho más probable que la de una célula completa. Sin embargo, clonar un mamut partiendo solo de un núcleo intacto será mucho más difícil. Los investigadores de Sooam tendrán que transferir el núcleo a un óvulo de elefanta al que se le haya extraído su propio núcleo. Para eso habrá que extraer óvulos a una elefanta, algo que todavía nadie ha logrado. Si el ADN dentro del núcleo está suficientemente bien conservado para hacerse con el control de la célula, entonces el óvulo empezará a dividirse y formará un embrión de mamut. Si los científicos superan ese obstáculo, todavía les quedará la ímproba tarea de implantar el embrión en el útero de una elefanta. Por lo tanto, como advierte Zimov, hará falta mucha paciencia. Y si todo sale bien, aún habrá que esperar dos años para saber si la elefanta da a luz a un pequeño mamut sano. «Lo que yo siempre digo es: si no lo intentas, ¿cómo sabes que es imposible?», dice Hwang.

En 1813, mientras viajaba por el río Ohio desde Hardensburg hasta Louisville, John James Audubon presenció uno de los fenómenos naturales más increíbles de su época: una bandada de palomas migratorias (Ectopistes migratorius) que cubría por completo el cielo. «El aire estaba literalmente lleno de palomas –escribió más adelante el naturalista–. La luz del mediodía se oscureció como en un eclipse; por todas partes caían excrementos, mientras el zumbido de las alas me adormecía los sentidos

Cuando Audubon llegó a Louisville antes del crepúsculo, aún pasaban palomas por el cielo, y siguieron haciéndolo durante tres días más.

En 1813 habría sido difícil imaginar una especie que estuviese más lejos de la extinción. Pero a finales de siglo la pechirroja paloma migratoria se encontraba en situación de catastrófico declive, por la desaparición de los bosques de los que dependía y por la caza implacable. En 1900 se confirmó que el último ejemplar salvaje había sido abatido. Catorce años más tarde, apenas un siglo después de que Audubon se maravillara por su abundancia, la única paloma migratoria que subsistía en cautividad, una hembra llamada Martha, moría en el zoo de Cincinnati.

Hace dos años, el escritor y ambientalista Stewart Brand y su mujer, Ryan Phelan, fundadora del laboratorio de análisis genéticos DNA Direct, empezaron a preguntarse si sería posible devolver la vida a la especie. Una noche, mientras cenaban con George Church, biólogo de Harvard experto en manipulación de ADN, descubrieron que él estaba pensando lo mismo.

"Lo que yo siempre digo es: si no lo intentas, ¿cómo sabes que es imposible?"

Church sabía que los métodos habituales de clonación no servirían, porque los embriones de ave se desarrollan dentro de un cascarón y por las escasas probabilidades de que algún espécimen de museo conservara un genoma intacto y plenamente funcional. Pero podía imaginar otro modo de devolver la vida a la paloma. Los especímenes conservados contienen fragmentos de ADN. Combinando esos fragmentos, los científicos pueden leer los mil millones de letras, aproximadamente, que conforman el genoma de la paloma migratoria. Church aún no puede sintetizar un genoma animal completo, pero ha desarrollado técnicas que le permiten producir fragmentos considerables de ADN de cualquier secuencia que desee. En teoría, podría fabricar los genes de determinados rasgos de las palomas migratorias (por ejemplo, el que determina la cola alargada) e insertarlos en el genoma de una célula madre de paloma bravía.

Esas células madre, una vez modificadas, se podrían transformar en células germinales, precursoras de óvulos y espermatozoides, que a su vez se inyectarían en óvulos de paloma bravía, donde migrarían a los órganos sexuales de los embriones en desarrollo. Los pollos que salieran de esos huevos tendrían todo el aspecto de palomas bravías normales, pero serían portadores de óvulos y espermatozoides con ADN modificado. Cuando llegaran a la madurez y se reprodujeran, de sus huevos saldrían pollos con los rasgos particulares de las palomas migratorias. Después esas aves se podrían aparear entre sí, y de esa forma los científicos seleccionarían palomas cada vez más parecidas a las de la especie extinguida.

El método de Church de manipulación del genoma podría funcionar en teoría en cualquier especie con un pariente vivo cercano y un genoma susceptible de ser reconstruido. Así pues, si el equipo de Sooam fracasa en su intento de hallar un núcleo celular intacto de mamut, aún se podría intentar la recuperación de la especie. Ya existe la tecnología para reconstruir la mayoría de los genes necesarios para producir un mamut, que podrían insertarse en una célula madre de elefante. Y en el permafrost siberiano hay material en abundancia para nuevos experimentos.

Aunque la recuperación del mamut o de la paloma migratoria ya no es una simple fantasía, la realidad todavía está a años de distancia. Para otra especie extinguida, sin embargo, el plazo podría ser mucho más breve. De hecho, es probable que vuelva a estar en este mundo antes de la publicación de este reportaje.

El animal en cuestión es la obsesión de un grupo de científicos australianos encabezado por Michael Archer, que ha bautizado su iniciativa con el nombre de proyecto Lazarus. Previamente, Archer había dirigido un intento muy anunciado en los medios de comunicación de clonar al tigre de Tasmania, extinguido en la década de 1930, pero su equipo solo logró aislar unos pocos fragmentos del ADN del animal. Cansados de la desbordante expectación suscitada por un experimento tan mediático, Archer y sus colaboradores del proyecto Lazarus decidieron guardar silencio hasta estar en condiciones de ofrecer algunos resultados preliminares.

Ese momento ha llegado. A principios de enero, Archer y sus colegas revelaron que estaban intentando revivir dos especies de ranas australianas estrechamente emparentadas. Hasta su desaparición a mediados de la década de 1980, esas especies presentaban una modalidad de reproducción muy singular y bastante asombrosa. Las hembras expulsaban una nube de huevos que, una vez fecundados por los machos, se los tragaban enteros. Una hormona presente en los huevos inhibía la producción de ácido en sus estómagos, de tal manera que su cavidad gástrica se convertía en una especie de útero. Semanas después la hembra abría la boca y regurgitaba a las ranitas totalmente formadas. Esa milagrosa hazaña reproductora les valió a las dos especies sus nombres vulgares: rana incubadora gástrica australiana septentrional (Rheobatrachus vitellinus) y meridional (Rheobatrachus silus).

Por desgracia, poco después de que los investigadores empezaran a estudiarlas, las ranas de­­saparecieron. «Las ranas estaban ahí, y cuando los científicos volvieron, se habían esfumado», dice Andrew French, experto en clonación de la Universidad de Melbourne y miembro del proyecto Lazarus.

Con el fin de recuperar a aquellas ranas, los científicos del proyecto están utilizando técnicas de clonación de vanguardia con las que introducen núcleos celulares de ranas incubadoras gástricas en huevos de ranas de pantano australianas y de ranas listadas australianas, a los que previamente han extraído el material genético. El proceso es lento, porque los huevos de rana dejan de ser viables al cabo de unas pocas horas y no es posible congelarlos y revivirlos. Es necesario trabajar con huevos frescos, que las ranas solo producen una vez al año.

Aun así, han hecho progresos. «Baste decir que ya tenemos embriones de la rana extinguida –dice Archer–. Hemos avanzado mucho.» Los científicos del proyecto Lazarus están convencidos de que solo necesitan huevos de mejor calidad para avanzar todavía más. «A estas alturas solo es cuestión de números», dice French.

Para muchos científicos la desextinción no es más que una distracción ante la tarea acuciante de poner freno a las extinciones masivas.

La increíble rareza del método de reproducción de la rana incubadora gástrica evidencia lo que perdemos cuando una especie se extingue. ¿Pero significa eso que debamos devolverle la vida? ¿Será mejor el mundo por tener ranas que incuban a sus ranitas en el estómago? Según French, los beneficios son evidentes. Los conocimientos acerca de la reproducción que podrían derivarse del estudio de esas ranas quizá puedan servir algún día para encontrar tratamientos destinados a mujeres incapaces de llevar un embarazo a término. Sin embargo, para muchos científicos la desextinción no es más que una distracción ante la tarea acuciante de poner freno a las extinciones masivas.

«Es absolutamente urgente salvar las especies y los hábitats amenazados –advierte John Wiens, biólogo evolutivo de la Universidad Stony Brook de Nueva York–. ¿Por qué razón invertir millones de dólares en revivir a un puñado de especies desaparecidas, cuando aún hay millones por descubrir, describir y proteger?»

Los defensores de la desextinción responden que las técnicas de clonación e ingeniería genómica desarrolladas con ese fin también podrían servir para la protección de especies amenazadas, sobre todo de las que tienen problemas para reproducirse en cautividad. La biotecnología más avanzada puede ser muy cara, pero por lo general se abarata rápidamente. «Quizás algunos pen­saron que la vacuna contra la poliomielitis era una distracción respecto a los pulmones artificia­les –apunta George Church–. Es difícil decir de antemano qué es distracción y qué es salvación.»

Pero, ¿a qué llamaríamos salvación? Incluso si Church y sus colegas consiguen recrear todos los rasgos específicos de las palomas migratorias en una paloma bravía, ¿será el ave resultante una auténtica paloma migratoria o una mera curiosidad de la ingeniería genética? Si Archer y French logran producir una sola rana incubadora gástrica australiana (si no lo han hecho ya), ¿significará eso que han revivido la especie? Si esa rana no tiene un congénere, entonces se convertirá en una versión anfibia de Celia, y su especie seguirá igualmente extinguida. ¿Sería suficiente con mantener una población de las ranas en un laboratorio o tal vez en un zoo, donde la gente pudiera verlas? ¿O, para considerarlas realmente desextinguidas, habría que reintroducirlas en la naturaleza?

«Las reintroducciones en la naturaleza de es­­pecies que solo sobreviven en cautividad están plagadas de dificultades», dice el biólogo Stuart Pimm, de la Universidad Duke. Se hizo un gran esfuerzo, por ejemplo, para devolver el oryx de Arabia a su hábitat. Pero después de trasladar a los animales a un refugio en el centro de Omán en 1982, casi todos fueron abatidos por furtivos.

La caza no es la única amenaza a la que se enfrentarían las especies recuperadas. Muchas de ellas ya no tienen un hábitat propio. El delfín del Yangtse se extinguió a causa de la contaminación y otros efectos de la presión demográfica sobre el río que le dio su nombre, y la situación continúa siendo igual de mala. En todo el mundo las ranas están siendo diezmadas por un patógeno diseminado por la actividad humana, el hongo quítrido. Si algún día se liberaran ranas incubadoras gástricas australianas en los torrentes donde antes vivían, es posible que volvieran a extinguirse en poco tiempo.

«Sin un ambiente en el que reintroducir las especies recuperadas, el trabajo es inútil y un monumental derroche de dinero», declara Glenn Albrecht, director del Instituto de Sostenibilidad Social de la Universidad Murdoch, de Australia.

Incluso si la desextinción resultara ser un éxito logístico, quedarían problemas por resolver. Puede que la paloma migratoria encontrara un hogar acogedor en los bosques del este de Estados Unidos, pero, ¿no sería una introducción de un producto de la ingeniería genética en el medio ambiente? ¿Podrían las palomas migratorias convertirse en reservorio de un virus que quizás exterminara a otra especie de ave? ¿Y qué dirían los ciudadanos de la llegada de una nueva especie de paloma que cubre las calles con «nevadas» de excrementos?

Los defensores de la desextinción tienen en cuenta esas cuestiones, y la mayoría cree que será preciso resolverlas antes de seguir adelante con cualquier proyecto. Hank Greely, destacado experto en bioética de la Universidad Stanford, está muy interesado en el estudio de los aspectos éticos y jurídicos de la desextinción. Aun así, tanto para Greely como para muchos otros, el solo hecho de que la ciencia haya avanzado hasta el punto de hacer posible una hazaña tan espectacular es en sí mismo una razón de peso para apoyar la desextinción, en lugar de rehuirla.

«Lo que más me atrae de la desextinción es que… ¡sería fantástico! –dice Greely–. ¿Un tigre de dientes de sable? ¡Me encantaría verlo!»

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