La era de la incredulidad

¿Crece el escepticismo hacia la ciencia?

El escepticismo hacia la ciencia va en aumento. La polalización de opiniones está a la orden del día.

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La era de la incredulidad

UN SALTO DE GIGANTE PARA LOS ESCÉPTICOS

Un empleado del Centro Espacial Kennedy de la NASA, en Florida, coloca en su sitio los elementos que formarán parte de una exposición. Siempre ha habido escépticos que dudan de la ciencia establecida, pero internet ha dado un espaldarazo a las creencias excéntricas. ¿Crees que la llegada a la Luna fue un montaje? Entra en la red: descubrirás que no eres el único. Hay un montón de gente que piensa como tú.

Foto: Richard Barnes

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UN DINOSAURIO EN EL EDÉN

En el Museo de la Creación de Petersburg, Kentucky, Adán y Eva comparten el Paraíso con un dinosaurio. Según los creacionistas de la Tierra joven, el planeta fue creado hace menos de 10.000 años con humanos como los de ahora. La ciencia sostiene que la Tierra tiene 4.600 millones de años, que todos los seres vivos evolucionaron a partir de microbios y que los humanos modernos aparecieron hace unos 200.000 años, 65 millones de años después de que los dinosaurios se hubiesen extinguido.

Foto: Richard Barnes

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DEBATE TORMENTOSO

El huracán Sandy no fue provocado por un cambio climático antropogénico, pero el daño que causó en Nueva Jersey se exacerbó por la subida del nivel del mar, causada en parte por el cambio climático. Para quienes cuestionan el consenso existente sobre este y otros temas científicos, el escepticismo es «casi una insignia de pertenencia a un colectivo», dice Dan Kahan, investigador de Yale.

Foto: Richard Barnes

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LA CABRA ARAÑA 

El Centro de Historia Postnatural de Pittsburgh expone ejemplares disecados de organismos genéticamente modificados, como Freckles, una cabra criada para que su leche contenga una proteína de la seda de la araña, que algún día podría transformarse en una fibra de uso comercial. No hay pruebas de que los OGM sean nocivos para la salud humana, pero la preocupación pública ha hecho que en 64 países y tres estados de Estados Unidos se hayan aprobado leyes que exigen su identificación en el etiquetado de los alimentos.

Foto: Richard Barnes

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REACCIÓN A LA VACUNA

En la Escuela de la Naturaleza Cedarsong de Vashon Island, Washington, Kina y Kaia se cuentan entre los muchos niños que no están vacunados contra enfermedades como el sarampión. El movimiento antivacunas está al alza en Estados Unidos; 46 estados autorizan exenciones religiosas en los programas de vacunación, y otros 19, exenciones ideológicas.

Foto: Richard Barnes

El escepticismo hacia la ciencia va en aumento. La polalización de opiniones está a la orden del día.

En una escena de la comedia ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, obra maestra de Stanley Kubrick, Jack D. Ripper –un desmandado general
estadounidense que ha ordenado por su cuenta y riesgo un ataque nuclear contra la Unión Soviética– explica por qué solo bebe «agua destilada, agua de lluvia o alcohol puro» a Lionel Mandrake, un coronel de la Fuerza Aérea Británica al borde de un ataque de nervios.
RIPPER: ¿Ha oído hablar de algo llamado fluoridación? ¿Fluoridación del agua?
MANDRAKE: Sí, alguna vez lo he oído, sí.
RIPPER: ¿Pero sabe lo que es?
MANDRAKE: Nnnn-no. No sé lo que es, no.
RIPPER: ¿Se da cuenta de que la fluoridación es el complot comunista más monstruoso y terrible que jamás el hombre haya tenido que afrontar?

Cuando se estrenó la película, en 1964, los beneficios sanitarios de la fluoración del agua estaban archidemostrados, hasta el punto de que las teorías de la conspiración antifluoración eran tema de comedia. Por eso quizás el lector se sorprenda al saber que, cincuenta años más tarde, la fluoración sigue inspirando temores y paranoias. En 2013 un colectivo ciudadano de Portland, Oregón, una de las poquísimas ciudades grandes estadounidenses que no fluoran el agua, bloquearon un proyecto de las autoridades locales que se proponía hacerlo. No les gustaba la idea de que el Gobierno añadiese «sustancias químicas» al agua que consumían. Aducían que el fluoruro podría ser dañino para la salud.

En realidad el fluoruro es un mineral natural que, en las microconcentraciones que se usan en los sistemas públicos de abastecimiento de agua potable, endurece el esmalte dental y previene la caries, una forma barata y segura de mejorar la salud dental de todos los ciudadanos, ricos o pobres. Ese es el consenso científico y médico.

A lo que parte de la ciudadanía de Portland, con el mismo discurso que los activistas antifluoración de todo el mundo, responde: no nos lo creemos.
En esta época que nos ha tocado vivir cualquier tipo de conocimiento científico –desde la seguridad del fluoruro y de las vacunas hasta el hecho de que el cambio climático sea una realidad– tiene que vérselas con una oposición organizada y a menudo furibunda. Alentados por sus propias fuentes de información y sus propias interpretaciones de los trabajos de investigación, los escépticos han declarado la guerra al consenso de los expertos. Hoy hay tantas polémicas de este estilo que se diría que una mano diabólica ha puesto en el agua alguna sustancia que convierte a los ciudadanos en contestatarios. Y se habla tanto de esta tendencia –en libros, artículos y congresos académicos– que el escepticismo para con la ciencia se ha convertido en sí mismo en un meme de la cultura popular. En la reciente película Interstellar, ambientada en unos Estados Unidos futuristas donde impera la opresión y la NASA sobrevive en obligada clandestinidad, los libros de texto enseñan que los alunizajes del programa Apolo fueron un montaje.
En cierto sentido todo ese escepticismo puede ser lógico. La ciencia y la tecnología tienen una omnipresencia sin precedentes en nuestras vidas. Para muchos de nosotros este mundo nuevo es maravilloso, cómodo y rico en recompensas, pero también es más complicado y a veces desconcertante. Hoy nos enfrentamos a unos riesgos cuyo análisis no resulta fácil.
Se nos pide que aceptemos, por ejemplo, que no hay peligro en consumir alimentos que contienen organismos genéticamente modificados (OGM), porque según los expertos no existen pruebas de lo contrario ni razones para pensar que la alteración específica de unos genes en un laboratorio sea más peligrosa que su alteración indiscriminada mediante la hibridación tradicional. Pero hay quien piensa en la idea de transferir genes de una especie a otra y se imagina a un científico loco haciendo estragos. Y así, dos siglos después de que Mary Shelley escribiese Frankenstein, hay quien habla de frankenfood.
Cuando el mundo es un hervidero de peligros reales e imaginarios, no es fácil distinguir cuáles son unos y cuáles los otros. ¿Deberíamos temer que el virus del Ébola, que únicamente se transmite por contacto directo con fluidos corporales, mute y comience a transmitirse por vía aérea? Hay consenso científico en considerar que eso sería extremadamente improbable: nunca se ha visto que un virus cambie radicalmente su modo de transmisión en humanos y tampoco hay la más mínima prueba de que la última cepa del Ébola vaya a ser una excepción. Pero si uno teclea «transmisión aérea del Ébola» en un buscador de internet, accederá a una distopía en la que el virus en cuestión posee poderes casi sobrenaturales, entre ellos el de matarnos a todos.
En este mundo desconcertante debemos decidir en qué creer y cómo actuar en consecuencia. En principio, para eso existe la ciencia. «La ciencia no es un corpus de datos –dice la geofísica Marcia McNutt, que en su día estuvo al frente del Servicio Geológico de Estados Unidos y hoy dirige la prestigiosa revista Science–. La ciencia es un método para decidir si aquello en lo que elegimos creer se basa en las leyes de la naturaleza o no.» Pero para la mayoría de nosotros este método no surge de forma natural. Y por eso metemos la pata, una y otra vez, creyendo que son verdaderas cosas que en realidad son falsas.

 

Y así llevamos toda la vida, huelga decirlo. El método científico nos conduce a verdades que no son obvias en absoluto, a menudo son asombrosas y a veces son difíciles de aceptar. A principios del siglo XVII, cuando Galileo afirmó que la Tierra rotaba sobre su propio eje y giraba al­­rededor del Sol, no solo estaba rechazando la doctrina de la Iglesia: pedía a la gente que creyese en algo que iba en contra del sentido común (porque realmente da la impresión de que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra y porque nosotros no percibimos que la Tierra rote). Galileo fue llevado a juicio y obligado a retractarse. Dos siglos después Charles Darwin se libró de ese mal trago, pero su idea de que todos los seres vivos provienen de un ancestro primordial y de que los humanos somos primos lejanos de los monos, de las ballenas y hasta de los moluscos abisales continúa siendo un trágala para muchos. Tres cuartos de lo mismo ocurre con otra idea decimonónica: que el dióxido de carbono, un gas in­­visible que todos exhalamos continuamente y que no constituye ni el 0,001 % de la atmósfera, podría estar modificando el clima de la Tierra.
Aunque aceptemos intelectualmente estos preceptos de la ciencia, en el plano subconsciente nos aferramos a nuestras intuiciones, que los investigadores denominan creencias ingenuas. Un reciente estudio de Andrew Shtulman, del Occidental College de Los Ángeles, reveló que hasta los estudiantes con formación científica avanzada vacilan un instante en su razonamiento cuando se les pide que afirmen o nieguen que los humanos descienden de animales marinos o que la Tierra gira alrededor del Sol. Una y otra verdad van en contra de la intuición. Los alumnos, incluso aquellos que marcaron «verdadero», tardaron más en responder que cuando se les preguntaba si los humanos descienden de criaturas arborícolas (también cierto, pero más asimilable) o si la Luna gira alrededor de la Tierra (también cierto, pero intuitivo). La investigación de Shtulman indica que, a medida que recibimos educación científica, reprimimos nuestras creencias ingenuas pero jamás llegamos a eliminarlas por completo. Siguen agazapadas en nuestro cerebro, llamándonos con cantos de sirena cuando nos proponemos comprender el mundo.
Para explicárnoslo, la mayoría recurrimos a experiencias y anécdotas personales, a historias en lugar de estadísticas. A lo mejor nos hacemos un análisis del antígeno prostático específico, por más que esta prueba haya dejado de recomendarse en general, porque gracias a esta prueba a un íntimo amigo se le detectó a tiempo un cáncer de próstata, y no hacemos tanto caso a las estadísticas que, compiladas meticulosamente en múltiples estudios, indican que ese análisis no suele salvar vidas y en cambio es la causa de un gran número de cirugías innecesarias. O nos enteramos de que se han diagnosticado varios casos de cáncer en una ciudad próxima a un vertedero peligroso y damos por hecho que son achacables a esa contaminación. Pero una cosa es causalidad y otra distinta es casualidad, y que en un entorno reducido se den varios casos de lo mismo no excluye que sea pura coincidencia.
Nos cuesta digerir las coincidencias, aceptar que las cosas puedan ser aleatorias; nuestro cerebro tiene hambre de patrones que tengan sentido. La ciencia nos avisa, sin embargo, de que podemos autoengañarnos. Para tener la certeza absoluta de que existe una conexión de causa y efecto entre el vertedero y los casos de cáncer se necesita que un análisis estadístico demuestre una prevalencia del cáncer muy superior a la que se esperaría por azar, pruebas de que los enfermos estuvieron expuestos a las sustancias químicas del vertedero y demostraciones del poder cancerígeno de las sustancias químicas en cuestión.
El método científico es una disciplina dura hasta para los propios científicos, quienes, como todos nosotros, son vulnerables a lo que ellos llaman el sesgo de la confirmación: la tendencia a buscar y ver solamente aquellas pruebas que confirman lo que ya creían desde el principio. Pero a diferencia de los legos, los científicos someten sus ideas a la revisión formal de sus colegas antes de publicarlas. Una vez publicados los resultados, si son importantes, otros científicos intentarán reproducirlos para verificarlos (y, con lo escépticos y competitivos que son por naturaleza, si descubren que no se sostienen, les faltará tiempo para anunciarlo). Los resultados científicos son siempre provisionales, susceptibles de quedar anulados por algún experimento u observación futuros. Los científicos rara vez proclaman verdades o certezas absolutas. La incertidumbre es inevitable en la vanguardia del conocimiento.
A veces hay científicos que no cumplen los ideales del método. Sobre todo en la investigación biomédica existe una preocupante tendencia a publicar resultados irreproducibles fuera del laboratorio donde se obtuvieron, razón por la cual ha empezado a exigirse una mayor transparencia sobre las condiciones de los experimentos. A Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud, le preocupa la «salsa secreta» –procedimientos especializados, software customizado, ingredientes originales– que los investigadores no comparten con sus colegas. Pero no ha perdido la fe en los procesos científicos. «La ciencia siempre acaba dando con la verdad –dice–. Puede que falle la primera vez, quizá también la segunda, pero tarde o temprano encuentra la verdad.»
La provisionalidad de la ciencia es otro aspecto que genera dudas en mucha gente. Para algunos escépticos del cambio climático, por ejemplo, el hecho de que en los años setenta unos cuantos científicos temiesen (con razón, por lo que parecía entonces) que se avecinaba una glaciación es suficiente para poner en entredicho la actual preocupación por el calentamiento del planeta.

El otoño pasado, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático –compuesto por cientos de científicos que operan bajo los auspicios de la ONU– emitió su quinto informe en los últimos 25 años. En esta ocasión repetía con más claridad y contundencia que nunca la conclusión que comparten todos los científicos del mundo: la temperatura de la superficie del planeta se ha elevado unos 0,8 grados centígrados en los últimos 130 años y es altamente probable que las acciones humanas –como la quema de combustibles fósiles– hayan sido la causa principal de ese calentamiento desde mediados del siglo XX. Muchos estadounidenses (un porcentaje muy superior al de otros países) todavía recelan de ese consenso o creen que los ecologistas se prevalen de la amenaza del calentamiento global para atacar el mercado libre y la sociedad industrial en general. El senador James Inhofe, de Oklahoma, una de las voces republicanas más contundentes en materia me­dioambiental, dictaminó hace tiempo que el calentamiento global es una patraña.
Es ridículo pensar que centenares de científicos se prestarían a colaborar en un engaño de semejante envergadura: a cualquiera de ellos le encantaría desenmascarar a un colega. Lo que es obvio, en cambio, es que diversas organizaciones financiadas en parte por la industria de los combustibles fósiles han intentado sabotear la comprensión pública del consenso científico dando pábulo a unos cuantos escépticos.
Los medios de comunicación en Estados Unidos dedican una notable atención a este tipo de inconformistas, incrédulos, polemistas profesionales y exaltados. A cierta prensa también le gustaría hacernos creer que la ciencia es un no parar de hallazgos impactantes que debemos agradecer a genios solitarios.
Nada más lejos de la realidad. La (anodina) verdad es que normalmente la ciencia avanza a paso de tortuga, mediante la acumulación regular de datos y explicaciones aportados por muchas personas a lo largo de muchos años. Al consenso sobre el cambio climático se llegó por esa vía. No va a modificarse en razón de lo que marque un único termómetro en un momento dado.
Pero la labor de comunicación de la industria, por muy engañosa que sea, no basta para explicar por qué, tal y como revela la última encuesta del Centro de Investigaciones Pew, solo el 40 % de los estadounidenses acepta que la principal causa del calentamiento global sea la actividad humana.
El «problema de comunicación de la ciencia» (con este eufemismo lo denominan los científicos que lo estudian) ha generado un gran número de investigaciones nuevas sobre cómo decidimos a qué dar crédito y por qué nos negamos tantas veces a admitir el consenso científico. No es que seamos incapaces de comprenderlo, postula Dan Kahan, profesor de la Universidad Yale. En un estudio pidió a 1.540 estadounidenses, una muestra representativa, que puntuasen en una escala de cero a diez la amenaza del cambio climático. Acto seguido estableció una correlación entre la puntuación dada y el nivel de formación científica de cada sujeto. Descubrió que cuanto más elevado era el nivel de educación, más extremas eran las puntuaciones… por altas o por bajas. La educación científica fomenta la polarización en el asunto del clima, no el consenso. Según Kahan, esto se debe a que la gente tiende a utilizar el conocimiento científico para reafirmarse en creencias previamente moldeadas por su propia manera de ver e interpretar el mundo.
Los estadounidenses se dividen en dos tipos básicos, explica Kahan. Los de mentalidad más «igualitaria» y «comunitaria» suelen recelar del sector industrial y tienden a pensar que se trae entre manos cosas peligrosas que exigen una regulación por parte de las autoridades; lo más probable es que perciban los riesgos del cambio climático. Por contra, las mentalidades «jerárquicas» e «individualistas» respetan a los altos cargos del sector y desaprueban que las autoridades interfieran en sus actividades; tienden a rechazar las advertencias sobre el cambio climático porque saben a qué podrían conducir si se escuchasen: a algún tipo de gravamen o normativa que restrinja las emisiones.
En cierto modo el cambio climático ha llegado a convertirse en Estados Unidos en el criterio que asigna a un individuo a una u otra de estas dos tribus antagónicas. Cuando dos estadounidenses discuten sobre esta cuestión, asegura Kahan, en realidad están debatiendo sobre su identidad, sobre su pertenencia a un colectivo u otro. El razonamiento es el siguiente: los nuestros creemos esto; los otros no lo creen. Para un individualista jerárquico, rechazar los hechos climatológicos científicamente demostrados no es irracional, porque aceptándolos no cambiaría el mundo, pero sí podría provocar que lo expulsasen de su tribu.
«Pensemos en un barbero de un pueblo de Carolina del Sur –ha escrito Kahan–. ¿Es buena idea que invite a su clientela a firmar una petición para instar al Congreso a que actúe con relación al cambio climático? No. Si lo hace, se encontrará sin trabajo, igual que le ocurrió al excongresista de ese estado Bob Inglis cuando propuso que se actuase en ese sentido.»
La ciencia apela a nuestro cerebro racional, pero nuestras creencias están motivadas en gran parte por las emociones, y la motivación más potente es mantener el vínculo con nuestros iguales. «Estamos todos en el instituto. Nunca hemos salido del instituto –asegura Marcia McNutt–. Las personas todavía tenemos la necesidad de encajar, y esa necesidad es tan fuerte que los valores y las opiniones de nuestro entorno inmediato se salen siempre con la suya en perjuicio de la ciencia. Y seguirá siendo así, sobre todo cuando ignorar lo científico no supone grandes perjuicios.»
Mientras tanto internet facilita como nunca a escépticos y descreídos de todos los signos la localización de sus propios datos y expertos. Ya han pasado a la historia los tiempos en que un número restringido de instituciones poderosas –universidades de élite, enciclopedias, grandes organizaciones periodísticas, incluso National Geographic– hacían las veces de filtros de la información científica. Internet ha democratizado la información, algo positivo en sí mismo, pero junto con la televisión por cable, permite vivir en una «burbuja de filtros» en la que solo entra aquella información de la que el ocupante ya está convencido previamente.
¿Cómo penetrar en esa burbuja? ¿Cómo convertir a los escépticos del cambio climático? Presentarles una lluvia de datos no es buen mé­todo. Liz Neeley, que contribuye al desarrollo de las habilidades comunicativas de los científicos desde una organización llamada Compass, afirma que el público necesita escuchar a personas convencidas y en las que confían, personas con quienes compartan valores fundamentales.

Cualquier racionalista sentirá un punto de desánimo ante semejante panorama. Cuando Kahan describe cómo decidimos en qué creer, el resultado de esa decisión a veces se antoja meramente anecdótico. Quienes trabajamos en el sector de la comunicación científica somos tan tribales como cualquiera, me dijo. Si damos crédito a las ideas científicas no es porque hayamos evaluado en sentido estricto todas y cada una de las pruebas, sino porque sentimos afinidad para con la comunidad científica. Cuando le mencioné que yo acepto plenamente la teoría de la evolución, me dijo: «La creencia en la evolución es una descripción de tu persona. No una explicación de cómo razonas».
Puede ser. Solo que la evolución es un hecho comprobado. Sin ella no se entiende la biología. En estos temas no es cierto que haya dos posturas. El cambio climático está ocurriendo de verdad. Las vacunas verdaderamente salvan vidas. Estar en lo cierto sí importa, y la tribu científica tiene un largo historial de cuestiones resueltas con éxito al cabo del tiempo. La sociedad moderna se sostiene sobre esos aciertos.
Dudar de la ciencia también tiene sus consecuencias. Quienes creen que las vacunas provocan autismo –suelen ser personas con estudios y acomodadas, por cierto– están socavando la «inmunidad colectiva o de grupo» ante enfermedades tales como la tos ferina y el sarampión. El movimiento antivacunas no ha dejado de ganar adeptos desde que en 1998 la prestigiosa publicación médica británica The Lancet pu­­blicara un estudio que vinculaba una vacuna común con el autismo. Posteriormente la revista retiró el estudio, que quedó absolutamente desacreditado, pero la idea de que existe una relación entre las vacunas y el autismo ha sido respaldada por figuras famosas y fortalecida por los habituales filtros de internet.
En el debate sobre el clima, las repercusiones de dudar probablemente sean planetarias e irreversibles. En Estados Unidos los escépticos de esta cuestión han logrado su objetivo fundamental, a saber, bloquear los proyectos legislativos dirigidos a combatir el calentamiento del planeta. No han tenido que ganar por méritos: les ha bastado con enredar la madeja lo suficiente para que no se puedan promulgar leyes que regulen las emisiones de gases de efecto invernadero.
Algunos ecologistas piden a los científicos que salgan de sus torres de marfil y se involucren en la batalla política. Si un científico pretende transitar por esa vía, habrá de andarse con tiento, advierte Liz Neeley. «Una vez cruzada la frontera entre la divulgación científica y el activismo es muy difícil dar marcha atrás», explica. En el debate sobre el cambio climático, el argumento principal de los escépticos es que las teorías científicas que lo presentan como algo real y muy peligroso están sesgadas políticamente, impulsadas por el activismo medioambiental y no por datos puros y duros. No es cierto, y quien lo sostenga está calumniando a los científicos honrados. Pero resulta más fácil de creer si los científicos se salen de su ámbito de especialización y comienzan a defender políticas concretas.
En realidad ese desapego –la objetividad, o sangre fría de los científicos si se quiere llamar así– es la principal arma de la ciencia. Su gran baza es que nos dice la verdad, no lo que nos gustaría que fuese la verdad. Los científicos no están exentos de dogmatismos, pero sus dogmas siempre acaban marchitándose bajo la luz abrasadora de la nueva investigación. En la ciencia no es pecado cambiar de opinión cuando las pruebas así lo exigen. Para algunos, la tribu es más importante que la verdad; para los mejores científicos, la verdad es más importante que la tribu.
El pensamiento científico debe aprenderse, y no siempre se enseña como es debido, opina McNutt. Los alumnos acaban sus estudios creyendo que la ciencia es un catálogo de datos, no un método. Al método científico no llegamos de forma espontánea, pero, bien pensado, tampoco a la democracia. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad no existieron ni lo uno ni lo otro. Nos dedicábamos a matarnos entre nosotros para subirnos a un trono, a rezar a algún dios de la lluvia y, por suerte o por desgracia, a hacer las cosas de manera muy parecida a como las hacían nuestros ancestros lejanos.
Hoy vivimos cambios vertiginosos, tan rápidos que a veces da miedo. No todo es progreso. Nuestra ciencia ha hecho de nosotros los organismos dominantes, sin ánimo de ofender a las hormigas y las cianobacterias, y estamos cambiando la faz del planeta. Huelga decir que tenemos todo el derecho a hacer preguntas sobre algunas de las posibilidades que nos ofrecen la ciencia y la tecnología. «Todo el mundo debería replantearse las cosas –dice McNutt–. Ese es el sello del científico. Pero al hacerlo hay que utilizar el método científico, o confiar en personas que lo utilizan, para decidir qué postura adoptar en las cuestiones planteadas.» Mucho deberemos mejorar a la hora de hallar respuestas, porque lo que está claro es que las preguntas serán más complejas en el futuro.