El futuro de los zoos

Construir el arca

En breve los zoos deberán decidir entre mantener a los animales que los visitantes queremos ver o salvar aquellos que quizá pronto dejemos de ver.

La doctora Terri Roth se puso el traje de quirófano, se recogió la melena en un moño y se subió un guante de plástico transparente que le cubría el antebrazo derecho casi hasta el hombro. Mientras sus colegas acomodaban a la paciente, una rinoceronte de 680 kilos llamada Suci, en un estrecho recinto y le daban rodajas de manzana, se puso otro guante sobre el primero y agarró lo que pa­­recía el mando de una videoconsola. Seguidamente introdujo el brazo en el recto del animal.

Dos días antes Roth, directora del Centro de Conservación e Investigación de Especies en Peligro del Zoo de Cincinnati, había intentado inseminar a Suci, una rinoceronte de Sumatra nacida en el zoo en 2004. La inseminación artificial (IA) supuso introducir un tubo largo y delgado a través de los complicados pliegues del cérvix de Suci. Ahora había llegado el momento de hacerle una ecografía. En una pantalla de or­­denador apoyada cerca de las formidables nalgas del animal apareció una imagen granulada. Cuando se hizo la IA, daba la impresión de que el ovario derecho de Suci estaba a punto de liberar un óvulo. De ser así, existía la posibilidad de que se hubiera quedado preñada durante ese ciclo. Pero el óvulo seguía allí, en el mismo lugar donde Roth lo había visto la última vez, un círculo negro dentro de una nube gris.

«Suci no ha ovulado», anunció la doctora a la media docena de trabajadores del zoo que asistían a la ecografía. Se oyó un suspiro generaliza­do. «¡Qué pena!», dijo alguien. A pesar de estar obviamente decepcionada, inmediatamente Roth empezó a planificar el siguiente ciclo de Suci.

Hacer una ecografía a un rinoceronte puede parecer un tanto extremo, pero tengamos en cuenta lo siguiente: cuando el Zoo de Cincinnati abrió sus puertas en 1875, había hasta un millón de rinocerontes de Sumatra paciendo en los bosques desde Bután hasta Borneo. Hoy tal vez queden menos de cien en todo el mundo. Tres de ellos –Suci y sus hermanos Harapan y Andalas– nacieron en Cincinnati. Hace seis años el zoo envió a Andalas a Sumatra, donde se sabe que ha engendrado una cría en el Parque Nacional Way Kambas. Si esta especie sobrevive, será en gran parte gracias a los 16 años que Roth ha pasado recogiendo muestras de sangre, haciendo pruebas hormonales y ecografías a animales en cautividad.

Y lo mismo puede decirse de una creciente lista de especies que se están rescatando del olvido. A medida que los espacios naturales se reducen, los zoos van convirtiéndose en una especie de arcas de Noé modernas: el último refugio frente a una creciente marea de extinciones.

Aunque las colecciones de animales exóticos existen desde hace varios miles de años (en el siglo XV a.C. Hatshepsut, la célebre reina faraón del Antiguo Egipto, era dueña de una colección de monos, leopardos y jirafas), el parque zoológico es, como concepto y como una realidad, una invención relativamente reciente. La primera sociedad zoológica de Estados Unidos se fundó en 1859, en Filadelfia, con el fin de crear algo más valioso y educativo que los espectáculos ambulantes de animales y las menageries (colecciones de fieras salvajes) de moda en aquel momento. Pasaron otros 15 años antes de que se inaugurara el Zoo de Filadelfia. Poco después se incorporaron los de Cincinnati y Cleveland.
Desde sus inicios, los parques zoológicos estadounidenses se interesaron por la conservación de las especies. A finales del siglo XIX, el Zoo de Cincinnati intentó, aunque sin éxito, criar palomas migratorias, cuya población estaba cayendo en picado. A principios del siglo XX, cuando se calculaba que solo había 325 bisontes en libertad en América del Norte, el Zoo del Bronx instauró un programa de cría en cautividad que ayudó a salvar la especie. Pero los zoos han de mantenerse, y los animales que atraen a las masas no son necesariamente los que más ayuda precisan.

Robert Lacy, biólogo conservacionista de la Sociedad Zoológica de Chicago, afirma que los zoos deberán «tomar algunas decisiones francamente difíciles en cuanto a sus prioridades. ¿Es mejor salvar unos pocos animales grandes y peludos, porque eso es lo que atrae al público? ¿O merece la pena centrarse en un montón de criaturas más pequeñas, en principio menos atractivas para la gente, si así se pueden salvar muchas más especies con los mismos fondos?».

Otros sostienen que la situación se está volviendo tan desesperada en el siglo XXI que los zoos tendrán que replantearse su razón de ser. ¿Por qué destinar recursos a especies que se las arreglan bien por su cuenta?

«Creo que decir que el público quiere ver x, y o z es una excusa –afirma Onnie Byers, presidenta del Grupo de Especialistas en Conservación y Reproducción, parte de la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)–. Muchas especies requieren precisamente la experiencia que puede proporcionar un zoo. Me encantaría que los zoos dejaran gra­dualmente de tener aquellas especies que no precisan su ayuda y utilizasen sus instalaciones para aquellas que sí la necesitan.»

Entre los animales que siguen existiendo gracias a los esfuerzos de cría en cautividad por parte de parques zoológicos estadounidenses están el oryx de Arabia, el hurón de pies negros, el lobo rojo, el rascón de Guam y el cóndor californiano. En 1982 la población de cóndores californianos se había reducido a tan solo unos 22 ejemplares. Poco después se capturaron todos los que quedaban en libertad y se llevaron a los zoos de Los Ángeles y San Diego. Aunque la reintroducción de esta ave ha estado llena de problemas, ahora hay más de 200 individuos en el medio natural.

Dado que este tipo de programas son muy caros, suelen dirigirlos los parques zoológicos de las grandes ciudades. Pero cada vez hay más zoos pequeños que participan. El Zoo del Parque Miller, en Bloomington, Illinois, es uno de los parques zoológicos acreditados más pequeños de Estados Unidos: solo ocupa 1,6 hectáreas.

En él se han criado lobos rojos y próximamente quieren aprender a criar una subespecie amenazada de ardilla conocida como la ardilla roja del monte Graham.

«Es un animal pequeño que no requiere gran cantidad de espacio –dice Hay Tetzloff, director del zoo–. Uno de los guardas del parque me miró y me dijo: “¿no sería genial ser el primer zoo en criar este animal?”.»

En este Momento, el grupo de animales más amenazado del mundo es seguramente el de los anfibios. Según la UICN, que elabora la Lista Roja de especies amenazadas, más de una tercera parte de las especies de rana, sapo y salamandra se encuentran en riesgo de extinción. Los anfibios carecen incluso del mínimo carisma del que gozan el cóndor o el lobo rojo, y por su­­puesto no pueden competir con las especies que atraen a la gente a los zoos, como el oso panda o el león, que no se enfrentan (todavía) a la extinción inminente en su medio natural. No obstante, ser pequeño también tiene sus ventajas. Por ejemplo, se puede conservar una población entera de anfibios en menos espacio que el que se necesita para un solo rinoceronte de 700 kilos, como Suci.

«Es una responsabilidad enorme tener a tu cargo la mitad de los miembros existentes de una especie» dice Jim Breheny, director del Zoo del Bronx, de la Wildlife Conservation Society. Está en lo que había sido el hospital veterinario del zoo y ahora es una unidad de reproducción de última generación, llena de terrarios con sa­­pos de Kihansi, unos anfibios de color amarillo mostaza del tamaño de una moneda de 50 céntimos de euro. Parece un padre primerizo después de un parto difícil: orgulloso y aliviado.

Según como se mire, el sapo de Kihansi es una de las especies más desafortunadas o una de las más afortunadas. Hasta finales de la década de 1990 era un desconocido para la ciencia. No fue descubierto hasta que un proyecto hi­­droeléctrico estaba arrasando su diminuto hábitat: menos de dos hectáreas de humedal envuelto en neblina en la garganta del río Kihansi, en el este de Tanzania. En el año 2000, al percatarse de que el proyecto podría dañar la recién descubierta especie, el Gobierno tanzano invitó al Zoo del Bronx a recoger algunos de los animales para mantener una «colonia de seguridad».

Se capturaron exactamente 499 sapos; la mi­­tad permanecieron en el Bronx, y los demás acabaron en el Zoo de Toledo (Ohio). Unos años más tarde un hongo mortal que había estado diezmando poblaciones enteras de anfibios por todo el mundo apareció en la garganta del Kihansi. Entre el germen patógeno y los efectos del proyecto hidrológico, el número de sapos cayó en picado. En 2004 los investigadores que trabajaban en la zona solo vieron tres ejemplares, y en los siguientes años, no encontraron ni uno. En 2009 el sapo de Kihansi fue declarado extinto en estado silvestre.

Mientras esto ocurría, los parques zoológicos trataban de averiguar la manera de recrear el microhábitat altamente especializado que da nombre a este sapo. En la garganta hay una serie de cataratas cuya salpicadura proporcionaba a estos animales una fina llovizna las 24 horas del día. En el Bronx se instaló un pulverizador en cada terrario para imitar ese efecto. El sapo de Kihansi es un anfibio poco usual porque es vivíparo. Para esas diminutas crías recién nacidas, el zoo tuvo que encontrar presas aún más pequeñas; a la larga dieron con unos diminutos artrópodos conocidos como colémbolos.

Tras algunas pérdidas iniciales bastante alarmantes, los sapos empezaron a medrar y a re­­producirse. En 2010 ya había varios miles de ejemplares en Nueva York y Toledo. Aquel año se enviaron 100 sapos de vuelta a Tanzania, a la Universidad de Dar es Salaam. Mientras tanto, los tanzanos estaban trabajando en la garganta. Al desviar agua de las cataratas, el proyecto hidrológico había eliminado la humedad constante de la cual dependen estos animales. Los tanzanos montaron en la garganta una especie de aspersor inmenso para restaurar la llovizna. En 2012 se reintrodujeron los primeros sapos criados en cautividad.

Pero por cada éxito hay decenas de casos de especies que están al borde de la extinción. Después de inspeccionar los sapos en el Zoo del Bronx, Breheny presumió de unas tortugas de caja de cabeza amarilla recién nacidas. Procedentes de China, estas tortugas están en peligro crítico de extinción; se cree que no hay más de 150 ejemplares en la naturaleza. Hace poco el zoo anunció que intentará criar la mitad de las 25 especies de tortugas más amenazadas del mundo. Y ha hecho un llamamiento para que otros zoos se encarguen de la otra mitad.
«No podemos perder esta oportunidad –dice Breheny–. Incluso un zoo pequeño puede albergar una o más especies y cambiar la situación.»

En la otra punta del país, en el Instituto de Investigación para la Conservación del Zoo de San Diego, Marlys Houck saca una caja de pe­­queños viales de plástico de un tanque de nitrógeno líquido (la temperatura en el interior del tanque es de -196 °C), localiza los dos que quiere y los coloca sobre una mesa de acero.

Dentro de los viales se halla lo que queda del poo-uli, un ave robusta de rostro negro y dulce y pecho claro que vivía en la isla hawaiana de Maui. El poo-uli seguramente se extinguió un año o dos después de que el Zoo de San Diego y el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos efectuaran un último intento de salvarlo, en 2004. En ese momento se creía que solo había tres ejemplares, y la idea era capturarlos e intentar reproducirlos. Pero solo uno de ellos, un macho, se dejó atrapar.

Cuando murió, dos meses después, su cuerpo fue inmediatamente enviado al Zoo de San Diego. Era el fin de semana del Día de Acción de Gracias, y Houck fue corriendo al instituto para cultivar las células del cadáver que aún estaban vivas. «Es nuestra última oportunidad –recuerda que pensó–. Como pasó con el dodo.» Pudo cultivar algunas de las células de un ojo del ave, y los resultados de ese esfuerzo constituyen ahora el contenido de estos viales. Houck no quiere que las células se calienten tanto como para dañarse, por lo que pasado un minuto, coloca los viales de nuevo en la caja y los devuelve al tanque. El nitrógeno líquido emite un vapor neblinoso y fantasmal.

Junto con miles de otros viales de aspecto idéntico, los tubos con células de poo-uli representan lo que se podría describir como un último intento desesperado de conservación: el Zoo Congelado. Hay casi mil especies en este zoo, que ocupa una sala del primer piso del instituto.

Por ahora, al menos, todas excepto una de las especies que están congeladas a temperaturas muy bajas siguen teniendo ejemplares de carne y hueso. Pero se podría predecir con bastante fiabilidad que en los próximos años habrá cada vez más especies que sigan los pasos del poo-uli. Muchos de los animales de ese «zoo» están en grave peligro de extinción; entre ellos, el orangután de Sumatra, el leopardo del Amur y el solitario puaiohi, un ave cantora de Kauai. Mientras miro cómo Houck guarda los pequeños viales, me planteo ese futuro en el que lo que se entiende por conservación se relacionará demasiadas veces con el nitrógeno líquido. A pesar de que las ranas y los sapos gozan del dudoso mérito de pertenecer al grupo de animales con mayor riesgo de extinción, hay que señalar que las tasas de extinción de muchas otras clases de animales se están aproximando a las de los anfibios: se calcula que una tercera parte de los corales que construyen arrecifes, una cuarta parte de los mamíferos, una quinta parte de los reptiles y una sexta parte de las aves están abocadas al olvido.
«Creo que habrá cada vez más especies en las que el único material vivo que quede sea unas células dentro del Zoo Congelado», me dice Oliver Ryder, el director de genética del instituto. Resulta que una especie de este tipo, bueno, en realidad una subespecie –el rinoceronte blanco norteño–, se encuentra a tan solo unos cientos de metros del despacho de Ryder. De este animal nativo de África central solo quedan siete ejemplares, y su inminente extinción se considera inevitable. Dos de los siete animales –Nola, una hembra, y Angalifu, un macho– viven en el Safari Park del Zoo de San Diego, y cuando salgo del instituto para ir a verlos, los encuentro disfrutando del sol de media tarde. Ambos están acercándose a los 40 años de edad y son demasiado mayores para reproducirse, pero cuando mueran, en cierta manera, podemos decir que sobrevivirán: una última esperanza suspendida en una nube congelada.