Construir el arca: el futuro de los zoos

En breve los zoos deberán decidir entre mantener a los animales que los visitantes queremos ver o salvar aquellos que quizá pronto dejemos de ver.

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ANI019-00271. Pantera de Florida, Parque Zoológico Lowry, Tampa, Florida

Pantera de Florida, Parque Zoológico Lowry, Tampa, Florida

Rescatada cuando era un cachorro tras haber sido abandonada por su madre en 2007, Calusa, conocida como «Lucy»,  es una de las 165 panteras de Florida que aún quedan.

Puma Concolor Coryi

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Foto: Joel Sartore

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110529 A SPX Cape Town 07809. Acuario Two Oceans, Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Acuario Two Oceans, Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Una joven visitante contempla embelesada las ondulantes frondas de kelp gigante en la exposición Ocean Basket Kelp Forest del Acuario Two Oceans de Ciudad de El Cabo, Sudáfrica. La muestra alberga una gran variedad de especies piscícolas locales, entre ellos el galjoen, considerado un símbolo nacional. Las poblaciones salvajes de este pez han disminuido debido a la sobrepesca.

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Foto: Joel Sartore

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BIR037-00150 high res. Periquito ventrinaranja, Santuario de Healesville, Victoria, Australia

Periquito ventrinaranja, Santuario de Healesville, Victoria, Australia

Neophema chrysogaster

Estado de conservación: en peligro crítico

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Foto: Joel Sartore

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Panda gigante, Zoo de Atlanta, Georgia

Ailuropoda melanoleuca

Estado de conservación: en peligro de extinción

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Foto: Joel Sartore

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Licaones, Zoo y Acuario Henry Doorly, Omaha, Nebraska

Nacidos en cautividad  en 2010 en dos parques zoológicos diferentes, estos tres cachorros de licaón  se reunieron en Omaha para convertirse en parte  de una manada, algo esencial para su salud  y supervivencia.

Lycaon Pictus

Estado de conservación: el peligro de extinción

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Foto: Joel Sartore

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ESA002-00319 HR. Langures chatos dorados, Ocean Park, Hong Kong

Langures chatos dorados, Ocean Park, Hong Kong

Estos primates poco comunes, endémicos de China, son un reclamo tanto para los visitantes como para los fondos destinados a la investigación en los parques zoológicos, afirma el fotógrafo de naturaleza Joel Sartore.

Rhinopithecus Roxellana

Estado de conservación: en peligro de extinción 

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Foto: Joel Sartore

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ANI050-00091. Rinocerontes indios, Zoo de Fort Worth, Texas

Rinocerontes indios, Zoo de Fort Worth, Texas

Asha («esperanza» en hindi), de cuatro meses de edad, permanecerá junto a su madre durante dos años. Afortunadamente, tanto en los parques zoológicos como en la naturaleza, esta especie de rinoceronte es cada vez más numerosa.

Rhinoceros unicornis

Estado de conservación: vulnerable

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Foto: Joel Sartore

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131801 S Zoo Atlanta 12590. Tortuga de espolones, Zoo de Atlanta, Georgia

Tortuga de espolones, Zoo de Atlanta, Georgia

Astrochelys Yniphora

Estado de conservación : en peligro crítico

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Foto: Joel Sartore

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MM8181 130306 16259. Gorila occidental de llanura, Zoo de Cincinnati

Gorila occidental de llanura, Zoo de Cincinnati

Unas manos humanas alzan esta cría de gorila de cinco semanas, abandonada por su madre en un zoo de Texas. El zoo de Cincinnati utilizó diez madres adoptivas humanas para alimentar, abrazar y acarrear el bebé hasta que fue adoptada por una de las hembras de gorila del zoo.

Gorilla Gorilla 

Estado de conservación: en peligro crítico

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Foto: Joel Sartore

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MM8181 130309 16837. Tigre del Amur, Zoo de Indianapolis

Tigre del Amur, Zoo de Indianapolis

Cila, de 10 años, gandulea frente a la audiencia que la observa extasiada desde el otro lado del cristal. Una parte de la cuota de la entrada se destina a esfuerzos de conservación, entre ellos el trabajo de campo con tigres del Amur salvajes en la zona más oriental de Rusia.

Panthera tigris altaica

Estado de conservación: en peligro de extinción

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Foto: Joel Sartore

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MM8181 120912 03592. León marino de California, Ocean Park, Hong Kong

León marino de California, Ocean Park, Hong Kong

Acompañado de sus cuidadores, un artista con aletas saluda al público durante el espectáculo de delfines y leones marinos «Sea Dreams» de Ocean Park, un híbrido de parque temático y zoo que el año pasado superó en número de visitantes a Hong Kong Disneyland.

Zalophus californianus

Estado de conservación: Preocupación menor

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Foto: Joel Sartore

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ANI051-00033 HR. Bilbi mayor, Dreamworld, Queensland, Australia

Bilbi mayor, Dreamworld, Queensland, Australia

Macrotis lagotis

Estado de conservación: vulnerable

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Foto: Joel Sartore

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MM8181 121107 07287. Osos polares, Zoo y Acuario de Columbus, Powell, Ohio

Osos polares, Zoo y Acuario de Columbus, Powell, Ohio

Las gemelas Aurora y Anana tienen espacio suficiente para efectuar piruetas en la exposición Polar Frontier, que muestra al espectador cómo afecta el deshielo a los osos polares en estado salvaje.

Ursus maritimus

Estado de conservación: vulnerable

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Foto: Joel Sartore

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MM8181 130330 20133. Jirafas reticuladas, Zoo del Monte Cheyenne, Colorado Springs, Colorado

Jirafas reticuladas, Zoo del Monte Cheyenne, Colorado Springs, Colorado

La mayor manada de jirafas reticuladas en cautividad de América del Norte, 18 ejemplares, mantiene un contacto directo y cercano con el público, a quien se le anima a tocar y alimentar a los simpáticos animales.

Giraffa camelopardalis reticulata

Estado de conservación: vulnerable

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Foto: Joel Sartore

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120215 S LA Zoo 43215. Tapir de montaña, Zoo de Los Ángeles, California

Tapir de montaña, Zoo de Los Ángeles, California

Es posible que en el futuro el único lugar donde pueda verse un tapir de montaña, una especie en peligro de extinción en su hábitat natural, los Andes, sea un zoo. Este macho es uno de los nueve ejemplares que viven en cautividad.

Tapirus pinchaque

Estado de conservación: en peligro de extinción

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Foto: Joel Sartore

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Joel headshot. Joel Sartore

Joel Sartore

La mitad de las especies de la Tierra podrían estar irreversiblemente  abocadas a la extinción antes de 2100. Pero yo no me resigno a aceptarlo. De ahí nace la idea del Arca Fotográfica: lograr que el público mire a estos animales a los ojos y llegue a implicarse en su conservación mientras aún estemos a tiempo. Mi objetivo es fotografiar tantas especies en cautividad como pueda antes de que sea demasiado tarde. Ya tengo unas 3.000, y  no he hecho más que empezar. Trabajo sobre todo en parques zoológicos  y acuarios, los actuales guardianes del reino animal. Muchas especies ya habrían desaparecido si no fuera por sus heroicos esfuerzos de cría en  cautividad. El retrato de estudio sobre fondo blanco o negro crea igualdad: tan importante es una tortuga como un rinoceronte. El poder de la fotografía radica en su capacidad de congelar el tiempo. Mucho después de que yo haya desaparecido, estas imágenes seguirán trabajando a diario para salvar especies. No existe una misión más importante, porque es una locura  pensar que podemos condenar la fauna al olvido y creer que eso no vaya  a afectarnos. Sería un mundo que espero no llegar a ver jamás.  

18 de diciembre de 2013

La doctora Terri Roth se puso el traje de quirófano, se recogió la melena en un moño y se subió un guante de plástico transparente que le cubría el antebrazo derecho casi hasta el hombro. Mientras sus colegas acomodaban a la paciente, una rinoceronte de 680 kilos llamada Suci, en un estrecho recinto y le daban rodajas de manzana, se puso otro guante sobre el primero y agarró lo que pa­­recía el mando de una videoconsola. Seguidamente introdujo el brazo en el recto del animal.

Dos días antes Roth, directora del Centro de Conservación e Investigación de Especies en Peligro del Zoo de Cincinnati, había intentado inseminar a Suci, una rinoceronte de Sumatra nacida en el zoo en 2004. La inseminación artificial (IA) supuso introducir un tubo largo y delgado a través de los complicados pliegues del cérvix de Suci. Ahora había llegado el momento de hacerle una ecografía. En una pantalla de or­­denador apoyada cerca de las formidables nalgas del animal apareció una imagen granulada. Cuando se hizo la IA, daba la impresión de que el ovario derecho de Suci estaba a punto de liberar un óvulo. De ser así, existía la posibilidad de que se hubiera quedado preñada durante ese ciclo. Pero el óvulo seguía allí, en el mismo lugar donde Roth lo había visto la última vez, un círculo negro dentro de una nube gris. «Suci no ha ovulado», anunció la doctora a la media docena de trabajadores del zoo que asistían a la ecografía. Se oyó un suspiro generaliza­do. «¡Qué pena!», dijo alguien. A pesar de estar obviamente decepcionada, inmediatamente Roth empezó a planificar el siguiente ciclo de Suci.

Hoy tal vez queden menos de cien rinocerontes de Sumatra en todo el mundo

Hacer una ecografía a un rinoceronte puede parecer un tanto extremo, pero tengamos en cuenta lo siguiente: cuando el Zoo de Cincinnati abrió sus puertas en 1875, había hasta un millón de rinocerontes de Sumatra paciendo en los bosques desde Bután hasta Borneo. Hoy tal vez queden menos de cien en todo el mundo. Tres de ellos –Suci y sus hermanos Harapan y Andalas– nacieron en Cincinnati. Hace seis años el zoo envió a Andalas a Sumatra, donde se sabe que ha engendrado una cría en el Parque Nacional Way Kambas. Si esta especie sobrevive, será en gran parte gracias a los 16 años que Roth ha pasado recogiendo muestras de sangre, haciendo pruebas hormonales y ecografías a animales en cautividad.

A medida que los espacios naturales se reducen, los zoos van convirtiéndose en una especie de arcas de Noé modernas

Y lo mismo puede decirse de una creciente lista de especies que se están rescatando del olvido. A medida que los espacios naturales se reducen, los zoos van convirtiéndose en una especie de arcas de Noé modernas: el último refugio frente a una creciente marea de extinciones. Aunque las colecciones de animales exóticos existen desde hace varios miles de años (en el siglo XV a.C. Hatshepsut, la célebre reina faraón del Antiguo Egipto, era dueña de una colección de monos, leopardos y jirafas), el parque zoológico es, como concepto y como una realidad, una invención relativamente reciente. La primera sociedad zoológica de Estados Unidos se fundó en 1859, en Filadelfia, con el fin de crear algo más valioso y educativo que los espectáculos ambulantes de animales y las menageries (colecciones de fieras salvajes) de moda en aquel momento. Pasaron otros 15 años antes de que se inaugurara el Zoo de Filadelfia. Poco después se incorporaron los de Cincinnati y Cleveland.

Desde sus inicios, los parques zoológicos estadounidenses se interesaron por la conservación de las especies. A finales del siglo XIX, el Zoo de Cincinnati intentó, aunque sin éxito, criar palomas migratorias, cuya población estaba cayendo en picado. A principios del siglo XX, cuando se calculaba que solo había 325 bisontes en libertad en América del Norte, el Zoo del Bronx instauró un programa de cría en cautividad que ayudó a salvar la especie. Pero los zoos han de mantenerse, y los animales que atraen a las masas no son necesariamente los que más ayuda precisan.

Robert Lacy, biólogo conservacionista de la Sociedad Zoológica de Chicago, afirma que los zoos deberán «tomar algunas decisiones francamente difíciles en cuanto a sus prioridades. ¿Es mejor salvar unos pocos animales grandes y peludos, porque eso es lo que atrae al público? ¿O merece la pena centrarse en un montón de criaturas más pequeñas, en principio menos atractivas para la gente, si así se pueden salvar muchas más especies con los mismos fondos?».

Otros sostienen que la situación se está volviendo tan desesperada en el siglo XXI que los zoos tendrán que replantearse su razón de ser. ¿Por qué destinar recursos a especies que se las arreglan bien por su cuenta? «Creo que decir que el público quiere ver x, y o z es una excusa –afirma Onnie Byers, presidenta del Grupo de Especialistas en Conservación y Reproducción, parte de la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)–. Muchas especies requieren precisamente la experiencia que puede proporcionar un zoo. Me encantaría que los zoos dejaran gra­dualmente de tener aquellas especies que no precisan su ayuda y utilizasen sus instalaciones para aquellas que sí la necesitan.»

PhotoArk: Retratos de animales antes de que desaparezcan

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Retratos de animales antes de que desaparezcan

Entre los animales que siguen existiendo gracias a los esfuerzos de cría en cautividad por parte de parques zoológicos estadounidenses están el oryx de Arabia, el hurón de pies negros, el lobo rojo, el rascón de Guam y el cóndor californiano. En 1982 la población de cóndores californianos se había reducido a tan solo unos 22 ejemplares. Poco después se capturaron todos los que quedaban en libertad y se llevaron a los zoos de Los Ángeles y San Diego. Aunque la reintroducción de esta ave ha estado llena de problemas, ahora hay más de 200 individuos en el medio natural.

Dado que este tipo de programas son muy caros, suelen dirigirlos los parques zoológicos de las grandes ciudades. Pero cada vez hay más zoos pequeños que participan. El Zoo del Parque Miller, en Bloomington, Illinois, es uno de los parques zoológicos acreditados más pequeños de Estados Unidos: solo ocupa 1,6 hectáreas. En él se han criado lobos rojos y próximamente quieren aprender a criar una subespecie amenazada de ardilla conocida como la ardilla roja del monte Graham. «Es un animal pequeño que no requiere gran cantidad de espacio –dice Hay Tetzloff, director del zoo–. Uno de los guardas del parque me miró y me dijo: “¿no sería genial ser el primer zoo en criar este animal?”.»

En este momento, el grupo de animales más amenazado del mundo es seguramente el de los anfibios. Según la UICN, que elabora la Lista Roja de especies amenazadas, más de una tercera parte de las especies de rana, sapo y salamandra se encuentran en riesgo de extinción. Los anfibios carecen incluso del mínimo carisma del que gozan el cóndor o el lobo rojo, y por su­­puesto no pueden competir con las especies que atraen a la gente a los zoos, como el oso panda o el león, que no se enfrentan (todavía) a la extinción inminente en su medio natural. No obstante, ser pequeño también tiene sus ventajas. Por ejemplo, se puede conservar una población entera de anfibios en menos espacio que el que se necesita para un solo rinoceronte de 700 kilos, como Suci.

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«Es una responsabilidad enorme tener a tu cargo la mitad de los miembros existentes de una especie» dice Jim Breheny, director del Zoo del Bronx, de la Wildlife Conservation Society. Está en lo que había sido el hospital veterinario del zoo y ahora es una unidad de reproducción de última generación, llena de terrarios con sa­­pos de Kihansi, unos anfibios de color amarillo mostaza del tamaño de una moneda de 50 céntimos de euro. Parece un padre primerizo después de un parto difícil: orgulloso y aliviado.

Según como se mire, el sapo de Kihansi es una de las especies más desafortunadas o una de las más afortunadas. Hasta finales de la década de 1990 era un desconocido para la ciencia. No fue descubierto hasta que un proyecto hi­­droeléctrico estaba arrasando su diminuto hábitat: menos de dos hectáreas de humedal envuelto en neblina en la garganta del río Kihansi, en el este de Tanzania. En el año 2000, al percatarse de que el proyecto podría dañar la recién descubierta especie, el Gobierno tanzano invitó al Zoo del Bronx a recoger algunos de los animales para mantener una «colonia de seguridad».

"Es una responsabilidad enorme tener a tu cargo la mitad de los miembros existentes de una especie"

Se capturaron exactamente 499 sapos; la mi­­tad permanecieron en el Bronx, y los demás acabaron en el Zoo de Toledo (Ohio). Unos años más tarde un hongo mortal que había estado diezmando poblaciones enteras de anfibios por todo el mundo apareció en la garganta del Kihansi. Entre el germen patógeno y los efectos del proyecto hidrológico, el número de sapos cayó en picado. En 2004 los investigadores que trabajaban en la zona solo vieron tres ejemplares, y en los siguientes años, no encontraron ni uno. En 2009 el sapo de Kihansi fue declarado extinto en estado silvestre.

Mientras esto ocurría, los parques zoológicos trataban de averiguar la manera de recrear el microhábitat altamente especializado que da nombre a este sapo. En la garganta hay una serie de cataratas cuya salpicadura proporcionaba a estos animales una fina llovizna las 24 horas del día. En el Bronx se instaló un pulverizador en cada terrario para imitar ese efecto. El sapo de Kihansi es un anfibio poco usual porque es vivíparo. Para esas diminutas crías recién nacidas, el zoo tuvo que encontrar presas aún más pequeñas; a la larga dieron con unos diminutos artrópodos conocidos como colémbolos.

Tras algunas pérdidas iniciales bastante alarmantes, los sapos empezaron a medrar y a re­­producirse. En 2010 ya había varios miles de ejemplares en Nueva York y Toledo. Aquel año se enviaron 100 sapos de vuelta a Tanzania, a la Universidad de Dar es Salaam. Mientras tanto, los tanzanos estaban trabajando en la garganta. Al desviar agua de las cataratas, el proyecto hidrológico había eliminado la humedad constante de la cual dependen estos animales. Los tanzanos montaron en la garganta una especie de aspersor inmenso para restaurar la llovizna. En 2012 se reintrodujeron los primeros sapos criados en cautividad.

Pero por cada éxito hay decenas de casos de especies que están al borde de la extinción

Pero por cada éxito hay decenas de casos de especies que están al borde de la extinción. Después de inspeccionar los sapos en el Zoo del Bronx, Breheny presumió de unas tortugas de caja de cabeza amarilla recién nacidas. Procedentes de China, estas tortugas están en peligro crítico de extinción; se cree que no hay más de 150 ejemplares en la naturaleza. Hace poco el zoo anunció que intentará criar la mitad de las 25 especies de tortugas más amenazadas del mundo. Y ha hecho un llamamiento para que otros zoos se encarguen de la otra mitad. «No podemos perder esta oportunidad –dice Breheny–. Incluso un zoo pequeño puede albergar una o más especies y cambiar la situación.»

En la otra punta del país, en el Instituto de Investigación para la Conservación del Zoo de San Diego, Marlys Houck saca una caja de pe­­queños viales de plástico de un tanque de nitrógeno líquido (la temperatura en el interior del tanque es de -196 °C), localiza los dos que quiere y los coloca sobre una mesa de acero. Dentro de los viales se halla lo que queda del poo-uli, un ave robusta de rostro negro y dulce y pecho claro que vivía en la isla hawaiana de Maui. El poo-uli seguramente se extinguió un año o dos después de que el Zoo de San Diego y el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos efectuaran un último intento de salvarlo, en 2004. En ese momento se creía que solo había tres ejemplares, y la idea era capturarlos e intentar reproducirlos. Pero solo uno de ellos, un macho, se dejó atrapar.

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Cuando murió, dos meses después, su cuerpo fue inmediatamente enviado al Zoo de San Diego. Era el fin de semana del Día de Acción de Gracias, y Houck fue corriendo al instituto para cultivar las células del cadáver que aún estaban vivas. «Es nuestra última oportunidad –recuerda que pensó–. Como pasó con el dodo.» Pudo cultivar algunas de las células de un ojo del ave, y los resultados de ese esfuerzo constituyen ahora el contenido de estos viales. Houck no quiere que las células se calienten tanto como para dañarse, por lo que pasado un minuto, coloca los viales de nuevo en la caja y los devuelve al tanque. El nitrógeno líquido emite un vapor neblinoso y fantasmal.

Junto con miles de otros viales de aspecto idéntico, los tubos con células de poo-uli representan lo que se podría describir como un último intento desesperado de conservación: el Zoo Congelado. Hay casi mil especies en este zoo, que ocupa una sala del primer piso del instituto.

Me planteo ese futuro en el que lo que se entiende por conservación se relacionará demasiadas veces con el nitrógeno líquido

Por ahora, al menos, todas excepto una de las especies que están congeladas a temperaturas muy bajas siguen teniendo ejemplares de carne y hueso. Pero se podría predecir con bastante fiabilidad que en los próximos años habrá cada vez más especies que sigan los pasos del poo-uli. Muchos de los animales de ese «zoo» están en grave peligro de extinción; entre ellos, el orangután de Sumatra, el leopardo del Amur y el solitario puaiohi, un ave cantora de Kauai. Mientras miro cómo Houck guarda los pequeños viales, me planteo ese futuro en el que lo que se entiende por conservación se relacionará demasiadas veces con el nitrógeno líquido. A pesar de que las ranas y los sapos gozan del dudoso mérito de pertenecer al grupo de animales con mayor riesgo de extinción, hay que señalar que las tasas de extinción de muchas otras clases de animales se están aproximando a las de los anfibios: se calcula que una tercera parte de los corales que construyen arrecifes, una cuarta parte de los mamíferos, una quinta parte de los reptiles y una sexta parte de las aves están abocadas al olvido.

«Creo que habrá cada vez más especies en las que el único material vivo que quede sea unas células dentro del Zoo Congelado», me dice Oliver Ryder, el director de genética del instituto. Resulta que una especie de este tipo, bueno, en realidad una subespecie –el rinoceronte blanco norteño–, se encuentra a tan solo unos cientos de metros del despacho de Ryder. De este animal nativo de África central solo quedan siete ejemplares, y su inminente extinción se considera inevitable. Dos de los siete animales –Nola, una hembra, y Angalifu, un macho– viven en el Safari Park del Zoo de San Diego, y cuando salgo del instituto para ir a verlos, los encuentro disfrutando del sol de media tarde. Ambos están acercándose a los 40 años de edad y son demasiado mayores para reproducirse, pero cuando mueran, en cierta manera, podemos decir que sobrevivirán: una última esperanza suspendida en una nube congelada.