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Telescopio Gigante Magallanes

Imaginen a Galileo frente al Telescopio Gigante Magallanes, o GMT (arriba). El astrónomo italiano fue el primero en ampliar el cielo nocturno con ayuda de una lente. ¿Sería capaz de reconocer en esa enorme estructura a uno de los descendientes del catalejo con el que descubrió las lunas de Júpiter?
Lo que podemos asegurar es que si Galileo utilizara hoy el GMT, encontraría algo muy distinto a lo esperado. Desde sus primeros descubrimientos en el cielo nocturno hace 400 años, los telescopios han proporcionado información determinante sobre el cosmos. Gracias a ellos sabemos que otros planetas tienen lunas, que las estrellas tienen planetas y que el universo se expande.
Quizá ningún otro instrumento ha incidido tanto en nuestra forma de entender el cosmos como el telescopio. Parece que cuanto más avanzado sea éste, más sorprendente nos resulta la existencia. De pronto el tiempo es relativo, la mayor parte de la masa del cosmos es una sustancia invisible llamada materia oscura, y existe un fenómeno igual de misterioso, la energía oscura, que está acelerando la velocidad de expansión del universo. Con la esperanza de llegar a comprender esas incógnitas, los telescopios del mañana, como el GMT, emplearán una tecnología de extrema precisión para captar la luz de los puntos más distantes del espacio. Del mismo modo que Galileo observó Júpiter y Saturno, los astrónomos actuales estudiarán los primeros momentos del cosmos.
Pero desde el más sencillo refractor de Galileo hasta el GMT de múltiples espejos, todos los telescopios se basan en algo muy simple: ser los ojos de la Tierra. Todos buscan lo mismo: explicar la totalidad del universo.